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Nº 161
Septiembre - octubre 2026
Cofundadora de la Compañía Micomicón, tras el paso por la dirección del Teatro Fernán Gómez de Madrid, desde 2024 Adelaida (Laila) Ripoll está al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). En la temporada que ahora arranca asume un reto muy especial, cuando la entidad celebra cuatro décadas desde su creación por Adolfo Marsillach. Con tal motivo, ha diseñado un programa de lujo, que arranca este mismo mes con un montaje de El Caballero de Olmedo que, tras abrir el Festival de Almagro y su paso por el de Olmedo, supone su debut como directora en esta nueva etapa.
-Arranca temporada mostrándose en la faceta de directora. ¿La añoraba?
– Ha sido tan intenso todo que no me ha dado tiempo ni a aburrirme ni a añorar. Es más, creo que fue muy buena decisión no dirigir nada durante el primer año porque había muchísimo trabajo y tenía que enterarme de cómo funcionaban las cosas.
-Con su experiencia en Micomicón de repente se encuentra en el Teatro Fernán Gómez como gestora. Y ahora en la CNTC…
– Hablamos de procesos distintos. En el Fernán Gómez aceptaba algo que me ofrecían. Me cayó de pronto del cielo, lo pensé mucho, y decidí dar el paso. En la CNTC no es algo que me viniera dado. Aquí me lo tuve que trabajar. Me puse con el proyecto, lo presenté al concurso y lo eligieron. La diferencia es importante. De no haber pasado por el Fernán Gómez no se me hubiera ocurrido optar por éste. Pero el Clásico era una casa que sentía de alguna manera mía, Donde me he formado y donde he hecho la mayor parte de mis trabajos. Integrada en la comisión para elegir textos con Elena Pimenta, participando en la redacción de los estatutos de la compañía…
“LA IDEA ES COPRODUCIR CON COMPAÑÍAS TODOS LOS AÑOS, PORQUE SOMOS UN SERVICIO PÚBLICO”
-Aceptar ambos cargos implica renuncias. El teatro: ¿ha perdido a la escritora, a la adaptadora, a la actriz? ¿Qué le ha costado más trabajo dejar?
– De la actriz, como la dejé hace muchos años, ya ni me acuerdo. Es algo ya de otra vida. Escribir, sigo escribiendo. Este año más, porque el pasado no tuve tiempo para nada. Eso sí, lo tengo que limitar a los periodos vacacionales: el verano, la Semana Santa… En cuanto a dirigir, el proyecto con la CNTC es hacer cada año un montaje con versión mía.
-¿Con su madre, Concha Cuetos, ¿ha trabajado?
– Cuando yo era actriz, hicimos juntas un par de cosas, y la dirigí en 2008 en un Tenorio en Alcalá, con ella como la Brígida.
-Comicón se ha quedado huérfano…
– Me he pedido una excedencia (sonríe). Lo tengo en standby. No tanto por falta de tiempo, que también, sino porque entiendo que no se debe.
-Pero la compañía sigue viva.
– Si. Acaban de hacer en coproducción con el Teatro Español un texto de Sawa. Y está girando con alguna otra cosa. En fin. No es un momento muy bueno para las compañías. Más bien, francamente malo.
“ESTA VERSIÓN DE EL CABALLERO DE OLMEDO GUSTA MUCHO A LOS JÓVENES DE VEINTITANTOS AÑOS. LA ENTIENDEN MUY BIEN Y SOBRE TODO SE SIENTEN MUY IDENTIFICADOS”“ESTA VERSIÓN DE EL CABALLERO DE OLMEDO GUSTA MUCHO A LOS JÓVENES DE VEINTITANTOS AÑOS. LA ENTIENDEN MUY BIEN Y SOBRE TODO SE SIENTEN MUY IDENTIFICADOS”
– ¿Para las pequeñas?
– Sí. No es malo, es malísimo. Basta echar un vistazo. No me refiero a productoras, hablo de núcleos estables con una trayectoria y un estilo. ¿Cuántas quedan? Prácticamente ninguna, asfixiadas porque no hay circuitos, y al no haberlos no hay trabajo. Además, se está produciendo un cambio generacional en los programadores, que desconocen a estas compañías. Echan en falta sus trabajos para nutrir sus carteles. Si no producen Teatro Corsario o Morboria, por decir dos de las que aguantan, en Olmedo o en Cáceres no tienen qué poner en escena. El pastel es muy pequeño, y las productoras grandes, que ganan mucho y pueden invertir, se están llevando todo el trabajo, mientras las compañías artesanas, que han creado el tejido teatral de este país durante años y persisten en su labor continuada con sello personal, están desapareciendo; las están expulsando.
-¿La CNTC puede ayudarlas a mantenerse?
– Para ello estamos haciendo coproducciones. Me consta que, para Teatro del Temple, con la coproducción de La Vengadora de las Mujeres, nos convertimos en un balón de oxígeno. De no haberlo hecho, se limitarían a gestionar su sala y a la docencia, porque no podían ya mantenerse…. La idea es coproducir con compañías todos los años, porque somos un servicio público y para eso estamos también, ¿no? Intentando mantener ese tejido, que es de una riqueza enorme, han hecho y pueden hacer todavía grandes trabajos. Aparte de que cada vez se hacen menos clásicos, que esa es otra. Porque sin circuitos, económicamente es una ruina. Son repartos muy grandes, necesitan un vestuario muy cuidado, muy específico, y no pueden abordar eso. Estamos condenados a ver espectáculos de clásicos con cinco actores, eliminando personajes y haciendo un teatro que no es como realmente debería ser el clásico. Y para eso también estamos ahí, apoyando a quienes lo necesitan.
-¿Esa es una de las ventajas que ve al puesto que tiene ahora?
– Por ejemplo. Una de ellas.
-¿Otras?
– Tiene muchas. Si no, no me hubiera presentado. Como este Caballero de Olmedo con trece actores, que no me hubiera podido permitir en otras circunstancias. O habríamos hecho algo parecido, porque los de Micomicón somos muy osados. Pero desde luego no este Caballero. Poder generar espectáculos que a uno le gustaría ver es otra de las grandes ventajas. O abordar de manera prácticamente óptima títulos que siempre he tenido ganas de hacer. Con buen presupuesto y buenos elencos, jugando con un repertorio que me gusta mucho y conozco bien. Me pareció un lujazo decir: “Para este texto tan bueno de El amor enamorado me gustaría ganar para la CNTC a Marta Pazos que no ha hecho nunca un Lope. Que lo dirija”. O después de pensar cómo me gustaría que Raquel Camacho hiciera una Fuenteovejuna, poder decirle: “¡Vamos a ello, a ver qué sale de aquí!”
“ESTAMOS CONDENADOS A VER ESPECTÁCULOS DE CLÁSICOS CON CINCO ACTORES, ELIMINANDO PERSONAJES Y HACIENDO UN TEATRO QUE NO ES COMO REALMENTE DEBERÍA SER EL CLÁSICO”
-Lo de las compañías nacionales haciendo grandes giras es algo que se acabó.
– Eso no existe, era de cuando comíamos jamón (risas). Desapareció ya hace mucho tiempo. Por ejemplo, lo hablábamos el otro día, tengo exactamente el mismo presupuesto que tenía Elena Pimenta hace 10 años, que ya era la tercera parte del que manejaba Eduardo Vasco. Desde entonces no ha subido, con todo lo que se han encarecido la vida, los hoteles… Este es otro país. Con la crisis de 2008 metieron una tijera espectacular y ahí se quedó. Y con eso estamos produciendo lo mismo que producía Elena. Claro está, que haciendo el pino con las orejas. Y sin poder salir todo lo que deberíamos.
-El Caballero de Olmedo que abre temporada se pudo ver en Almagro, luego en Olmedo Clásico. ¿Llega a Madrid igual que la primera vez, o lo considera work in progress?
– Espero que llegue mejor porque conforme se van haciendo funciones, los espectáculos mejoran. Será distinto, porque Almagro es un espacio enorme, al aire libre, donde se trabaja con microfonía, y el Teatro de la Comedia es una maravilla de acústica, visibilidad y recogimiento: porque el espacio determina mucho el espectáculo. En Almagro quedó más operístico, más grandote; aquí se va a recuperar la intimidad que creo que el texto requiere.
-Puesta a trasladar la acción en lugar de recurrir, como es tan habitual, a la actualidad o a un tiempo reciente, usted lo ha instalado en un territorio intermedio, como el romanticismo. ¿Un buen modo de reconocer la universalidad del lenguaje de Lope?
– Cuando abordas los espectáculos te viene una imagen y es muy difícil sacársela de la cabeza. Imposible luchar contra ella. Eso normalmente es bueno, y a mí desde siempre, El Caballero de Olmedo me ha parecido un relato romántico; un cuento de terror al estilo de los que podía contar Becquer en sus Leyendas. Tiene muchísimo que ver con el primer romanticismo alemán o inglés; con el Frankenstein de Mary Shelley en que se repiten determinados tópicos presentes en el romanticismo: la figura de la muerte, el bosque, la premonición, la sombra que te avisa, el doble… Todo eso nos lo encontramos en El Caballero de Olmedo. Con esa mezcla del arranque más o menos cómico, pero sobrevolando la desgracia todo el rato para acabar en rotundamente trágico. Algo muy bonito es que mucha gente, después de ver la función, me ha dicho que ya no la pueden imaginar en otra época. Y eso quiere decir que hemos acertado. A mí desde luego me resultan más creíbles vestidos con levitas, con aspecto romántico, que con un vestuario de principios del XVII.
“LA GENTE SE VUELVE LOCA CON LOS BRIDGERTON, PERO LO NUESTRO SON HISTORIAS MUY TREMENDAS, PASIONALES, EN VIVO Y EN DIRECTO”
-¿El verso acerca o aleja a público?
– ¡Menuda pregunta! Puede acercar o puede alejar. Las dos cosas. Depende de cómo se aborde y del trabajo que se haga. También del autor. Lope y Calderón son diferentes. O de si la versión genera una música y una belleza que acerca. Y no hablo de hacer inventos. Lo digo en el sentido de, ante términos en desuso, buscar un sinónimo que se entienda. Si el verso está dicho de manera artificiosa, la versión no es buena y los actores no saben lo que están diciendo, que eso a veces pasa también…
-¿Qué ocurre?
– Pues que aleja. Claro que aleja. Por eso creo que es importantísimo el trabajo que se haga con el verso y que los actores tengan muy claro lo que dicen. Un profesor en la RESAD aseguraba que, si el actor tenía claro lo que decía, se podían hacer digeribles hasta las páginas amarillas. Si tiene claro lo que está contando, lo transmite al público. Lo hemos podido comprobar con esta obra en Almagro y en Olmedo. Además, curiosamente esta versión gusta mucho a los jóvenes de veintitantos años. La entienden muy bien y sobre todo se sienten muy identificados con el personaje de Don Alonso. También con el de Inés. Pero sobre todo con Don Alonso. Y esa identificación de la juventud es muy bonita.
-¿Ha dado con la fórmula que no encuentra la música clásica para captar nuevas generaciones?
– También a mí me cuesta entender que no enganchen con la música clásica ni con la antigua. Con 15 y 16 años escuché muchísima, porque me encantaba. La dificultad está en la abstracción, porque la música no cuenta una historia. El teatro, sin embargo, tiene un argumento. Muchas veces, una historia de la época que estamos viendo en series de Netflix. La gente se vuelve loca con los Bridgerton, pero lo nuestro son historias muy tremendas, pasionales, en vivo y en directo. El escondido y la tapada está funcionando muy bien con los jóvenes, porque lo hacen los chicos de la Joven Compañía Nacional, ninguno de los cuales ha cumplido treinta años. Si le sumamos que en el texto pasan muchas cosas y se habla de amores juveniles, hay una identificación.
-Su amor por la música se nota. Esta temporada incluye hasta una zarzuela.
– El año pasado hicimos dos conciertos de música antigua y se agotaron las entradas al sacarlas a la venta. Por esa vía se detecta el interés de nuestro público por la música. Y es muy importante, como Compañía Nacional de Teatro Clásico, que lo pongamos en contexto, porque no se puede entender el teatro del Siglo de Oro sin la música. Eran uno. Recuperar esta Zarzuela de Calderón, la única de la que se conserva la partitura, lo tenía en proyecto. Cuando me encuentro con la gratísima sorpresa de que la Fundación Juan March y el Teatro de la Zarzuela lo querían hacer, pero no tenían actores. Como nosotros teníamos actores, pero no a los músicos, ha surgido una coincidencia fantástica y creo que esta coproducción va a ser muy bonita.
-Además, en una temporada muy importante, cuando la CNTC cumple cuarenta años.
– Exacto.
-Para usted, que la ha seguido desde los comienzos. ¿Pervive la huella Marsillach?
– Absolutamente. La respuesta es sí. Tenemos a Marsillach como nuestro Santo Patrón.
-Con puestas al día, supongo.
– Hay que estar con los ojos y los oídos muy abiertos a todo lo que hay alrededor. Teniendo en cuenta que cada época tiene sus textos clásicos favoritos, un trabajo que nos corresponde es decidir cuáles pueden conectar mejor: los más apropiados para el siglo XXI. Afianzando los títulos más importantes, como Fuenteovejuna, El caballero de Olmedo, La vida es sueño, El castigo sin venganza, El alcalde de Zalamea… a los que hay que volver cada equis tiempo. Pero también abriendo el canon, como empezó haciendo Marsillach, dando espacio a textos que no se han hecho nunca. Poniendo especial interés en las mujeres que escribían teatro en el Siglo de Oro. Como María de Zayas, Ana Caro, Sor Juana Inés o Ángela Acevedo. Grandísimos textos, muchos de los cuales todavía no se han representado en la CNTC, y hay que empezar a hacerlos.
Su entrega en cuerpo y alma a la causa de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, invita a seguir la activad de Laila Ripoll entre su sede de Madrid, con las dos salas repletas de actividades, y las distintas giras por teatros nacionales.
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