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PROTECCIÓN AL CONSUMIDOR

EN EL ESCAPARATE

RAIMUNDO FORTUÑY,

director general de Fundación Notariado

La firma electrónica no puede controlar la veracidad del dato: no sabe si el firmante está actuando bajo coacción o engaño"

Datos ciertos respaldados por la fe pública

Las jornadas de San Sebastián organizadas por Fundación Notariado han girado este año bajo el título de La importancia del dato en la sociedad del siglo XXI.   Tras dos años dedicados al diagnóstico y soluciones al problema de la vivienda en España, hemos reflexionado sobre el dato y su trascendencia en la sociedad actual. Enlazando ambos contenidos –vivienda y dato-, el año pasado ya presentamos en primicia el Portal Estadístico del Notariado, hoy ya una realidad unánimemente reconocida por todos los actores en el sector de la vivienda, auténtico “big data” que ha constituido un revulsivo en el sector, donde ya no se especula sobre precios ofertados o intuiciones, sino que se estructura toda la información acuñada por el Notariado con una fiabilidad extrema.

Mero ruido

Este año hemos hablado de la ciencia del dato, esa que nos permite evolucionar a través de la información hasta el pleno conocimiento. El “dato”, ese término que ya en 2006 fue calificado por el matemático británico Clive Humby como el nuevo petróleo (“data is the new oil”), dada su inutilidad en estado puro, ya que requiere -como el petróleo- ser extraído, refinado y analizado antes de que su utilización resulte provechosa. El dato es la unidad fundamental de la información. Son hechos brutos, observación sin procesar, que por sí sola ofrece poco significado.  

En el mundo, donde se generan millones de datos por segundo la habilidad de analizarlos y extraer patrones significativos resulta crucial para tomar decisiones en cualquier ámbito. Y, sin embargo, en medio de esta vorágine de información nos enfrentamos a una paradoja crucial: nunca hemos tenido tantos datos, y al mismo tiempo nunca ha sido tan difícil saber cuáles son verdaderos y cuáles meros bulos. Reconozcamos que el dato por sí solo es mero ruido si no está dotado de autenticidad. Y precisamente aquí, en la frontera entre la información en bruto y la veracidad y la seguridad que de ella emana, es donde la figura del notario cobra una relevancia vital.

Vivimos en la falsa sensación de que la seguridad jurídica está simplemente asociada a la tecnología. Muchos creen que la incorporación de una firma electrónica avanzada o cualificada a un documento privado eleva el dato en él contenido a la categoría de lo indubitado, lo que implica un grave error de concepto. La firma electrónica es una herramienta magnífica, pero con un alcance limitado: sólo garantiza la identidad digital y la integridad del soporte técnico, valida el contenedor, pero se desentiende del contenido. La firma electrónica no puede controlar la veracidad del dato: no sabe si el firmante está actuando bajo coacción o engaño, no sabe si las cláusulas son abusivas o ilegales, no sabe si los datos económicos declarados corresponden a la realidad o son un fraude.

Una fuente auténtica

Frente a ello, la actividad notarial opera en otra dimensión que no admite comparación. El notario no se limita a poner un sello digital; además de juzgar la capacidad, asesora a las partes para equilibrar el contrato y da fe pública, controla la legalidad y la integridad del instrumento público que interviene, y una vez finalizada la autorización del documento, clasifica y ordena el dato.  En este concreto ámbito pues -permítaseme decirlo-, “depura” el dato. En términos tecnológicos puede concluirse que el notario es el validador original del bloque, quien asegura que la información de entrada es veraz, conformando el dato más allá de lo puramente tecnológico.

Sólo sobre este fundamento puede entenderse que la obtención y el procesamiento de datos por parte del notario público a través de un sistema de índices quincenales extractados de los instrumentos públicos que autoriza, genera una base de datos de un valor incalculable con un beneficio no sólo para los ciudadanos en sus relaciones privadas sino también para el Estado en su conjunto. Un valor que se traduce en la prevención del blanqueo de capitales, el control del fraude fiscal y la seguridad jurídica en el tráfico inmobiliario y mercantil.

No debemos equivocarnos. Contra los agoreros que anunciaron ya con el primer Reglamento eIDAS el final del Notariado: la digitalización no debilita la función notarial, sino que la potencia. Las herramientas tecnológicas permiten que el dato notarial viaje hoy a la velocidad de la luz, pero lo que viaja no es un dato volátil, sino un dato cierto respaldado por la fe pública.

Quienes al abrigo del nuevo Reglamento eIDAS (creador del marco europeo de la identidad digital) y de la Directiva (UE) 2025/25 (impulsora de la digitalización en el derecho de sociedades y promotora de la interconexión entre los registros mercantiles), creen que la nueva regulación producirá un mundo virtual pleno de seguridad y veracidad, aciertan pero siempre que la obtención de datos y su posterior publicación en cada registro venga avalada por una fuente auténtica  (en la terminología del artículo 3.47 de aquella norma) como sin duda lo es la función pública notarial. Lo contrario es ignorar el ya viejo axioma “Garbache in Garbache out” (en anagrama GIGO): la publicidad por una fuente secundaria de datos no validados genera una información inconsistente y errónea.

Estoy convencido que las jornadas han servido de reflexión y han demostrado que una sociedad democrática avanzada no sólo necesita autopistas de la información raudas, sino que por encima de todo necesita certidumbre y veracidad. El documento privado con firma electrónica, ese que el anteproyecto de Ley de Integridad Pública pretende que sustituya a la escritura pública en la transmisión de participaciones sociales, carece de la validación y el control de legalidad que procura el notario al generar un instrumento público dotado de veracidad, integridad y autenticidad.  Sigamos pues defendiendo la fe pública, fuente auténtica primaria, una buena manera de asegurar la fiabilidad y certidumbre del dato.

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