Siguiente Justicia para todos
Es frecuente lamentarse de que la cultura española ha dado a veces la espalda a sus tradiciones. En el caso del flamenco, felizmente normalizado y valorado hoy, el camino lo arrancó hace un siglo un pionero y compositor de talla mundial: Manuel de Falla, del que este año se conmemora el 150 aniversario de su nacimiento y el 80 de su muerte.
Falla es una figura de primerísimo orden por su enorme influencia también en otros sentidos: por su amistad inspiradora con miembros de la generación del 27; por la vigencia de sus composiciones interpretadas hasta hoy; y por la pertinencia de su figura serena, que buscó incluso mantenerse al margen de las controversias políticas que desgarraron España al final de su vida sin renunciar por ello a su independencia y opiniones.
Todo ello en el marco de una vida exitosa en lo profesional y muy discreta en lo personal, dos características poco frecuentes en la trayectoria de los grandes genios españoles. Nacido en Cádiz el 23 de noviembre de 1876, tuvo una infancia relativamente inquieta por los vaivenes económicos de su padre, el comerciante José María Falla, pero en la que encontró inmediato refugio en la afición musical de su madre, María Jesús Matheu, y el apoyo que le acompañaría hasta el fin de su vida de su hermana María del Carmen.
A DIFERENCIA DE OTROS GENIOS ESPAÑOLES, CONOCIÓ EL ÉXITO EN VIDA Y OPTÓ POR UNA TRAYECTORIA PERSONAL DISCRETA
Raíces nacionales
Ya embebido de la música tradicional andaluza, se trasladó a Madrid para estudiar en el conservatorio en 1896. Poco después empezó a estrenar obras y en 1904 ganó su primer premio importante por una obra todavía hoy interpretada: La vida breve.
Uno de sus profesores, Felipe Pedrell, le influyó de forma decisiva con su defensa de la idea de que los compositores españoles debían crear música culta basada en las raíces nacionales, a imagen de la senda emprendida entonces en Rusia, Chequia, Noruega o Finlandia. Con ese impulso se trasladó a París en 1907.
En esa época trabó amistad con los principales compositores del mundo: Isaac Albéniz, que falleció un par de años después, pero también con Maurice Ravel, Igor Stravinsky o Claude Debussy.
Aunque ya entonces Falla manifestaba su interés por las tradiciones populares, es significativo que este último escribiera en público sobre la «ausencia de españolismo superficial» en las composiciones del gaditano.
La guerra mundial le llevó a volver a Madrid en 1914, y en ese retorno se sucederían los estrenos de sus grandes obras: El amor brujo en su primera versión de ese mismo año; Noches en los jardines de España, El sombrero de tres picos… El estreno parisino de esta última corrió a cargo de la mítica compañía Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev, con decorados y vestuario de Pablo Picasso.
SU AMISTAD CON LORCA ES LA MÁS CONOCIDA, PERO SU RELACIÓN CON LA GENERACIÓN DEL 27 FUE MUY ESTRECHA
Su amistad con Lorca
Tras ser invitado a Granada para un homenaje, Falla decidió fijar su residencia allí. Trabó amistad con una serie de intelectuales locales entre los que pronto destacó un joven poeta 22 años más joven que él: Federico García Lorca. La amistad entre ambos los llevó a numerosos recorridos juntos en busca de tonadas populares, navidades compartidas en las que el compositor tocaba el piano en casa del poeta, o a la organización de actividades como un célebre concurso de cante jondo en 1922. Gracias a Lorca Falla se relacionó con amigos de la generación del 27 que le presentó el poeta, caso de Rafael Alberti o Jorge Guillén.
EN 1904 GANÓ SU PRIMER PREMIO IMPORTANTE POR UNA OBRA TODAVÍA HOY INTERPRETADA: LA VIDA BREVE
Sin embargo, la amistad entre Falla y Lorca se distanció cuando este último le dedicó el poema Oda al Santísimo Sacramento del Altar, que, a Falla, católico practicante, le incomodó por su combinación de elementos sensuales con el sacramento de la comunión. Con todo, la simpatía se mantuvo y Falla intentó interceder ante las autoridades franquistas cuando Lorca fue detenido.
Aunque en principio se mostró favorable a la idea de la república, Falla desaprobó las acciones en contra de la iglesia y optó por apartarse progresivamente de la vida pública, algo que la victoria franquista no remedió en absoluto. Incómodo igualmente con el franquismo, meses después del final de la guerra civil optó por exiliarse y pasó sus últimos años en una pequeña localidad argentina, Alta Gracia, donde optó por centrarse en los interminables retoques y añadidos de la que debía ser su obra magna, la cantata La Atlántida.
ENTRE 1915 Y 1919 SE SUCEDERÍAN LOS ESTRENOS DE SUS OBRAS EL AMOR BRUJO EN SU PRIMERA VERSIÓN; NOCHES EN LOS JARDINES DE ESPAÑA Y EL SOMBRERO DE TRES PICOS
Era la adaptación de un extenso poema en catalán de Jacint Verdaguer que adoraba, y en el que veía reflejo de muchas de sus ideas religiosas y filosóficas, así como su empeño por tender un puente cultural entre América y el Mediterráneo. Habría sido la culminación de un segundo periodo de la carrera de Falla, iniciado en los años veinte, más academicista y neoclásico, que hoy comienza a valorarse, pero quedó en el olvido durante décadas. La Atlántida fue culminada por uno de los discípulos de Falla, Ernesto Halffter, en dos versiones de 1961 y 1976. La escénica raramente se representa, aunque sí una más reducida para orquesta.
Falla murió el 14 de noviembre de 1946, tras años de salud delicada. Aunque había dejado escrito que quería ser enterrado en suelo americano, el gobierno franquista insistió en que se le trajera a España. Algo que no había conseguido antes en vida pese a ofrecerle una pensión vitalicia que contrastaba con los apuros económicos que sufrió en Argentina.
TRABÓ AMISTAD CON LOS PRINCIPALES COMPOSITORES DEL MUNDO: ISAAC ALBÉNIZ, MAURICE RAVEL, IGOR STRAVINSKY O CLAUDE DEBUSSY
Hoy descansa en la catedral de Cádiz. Su hermana María del Carmen, eterna compañera, le sobrevivió 25 años que empleó en gran medida en la recopilación del formidable Archivo Manuel de Falla de Granada, una parte del cual se expone hasta el 25 de octubre en la capital nazarí y desde el 12 de noviembre en la Fundación SGAE de Madrid. Aunque con vaivenes en su popularidad, la obra de Falla es hoy un referente indiscutible, aunque él quizá disfrutaría más de saber que se le considera el pionero en la aceptación por parte del público culto de la música tradicional andaluza.
Una de las razones por la que la obra de Falla fue apreciada en España en vida del propio compositor es sin duda el reconocimiento internacional que obtuvo de forma inmediata, y que se mantiene hasta hoy. En los tres siglos transcurridos entre la obra de Tomás Luis de Victoria en el siglo XVI hasta la de Isaac Albéniz (1860-1909) y Falla, ningún otro compositor español tuvo una proyección similar. Sólo estos tres nombres, y obras puntuales de Francisco Tárrega (1852-1909) con sus Recuerdos de la Alhambra y Joaquín Rodrigo (1901-1999) con su Concierto de Aranjuez, consiguen interpretaciones regulares hasta hoy en los grandes auditorios de todo el planeta. Un contraste que en la época en que la figura de Falla ascendió tras la prematura muerte de Albéniz, resultaba chocante en comparación con el respeto internacional existente por las creaciones españolas en otras ramas como la pintura y la literatura.
Como casi toda la obra de Falla, su trabajo más popular, El amor brujo, conoció sucesivas versiones y retoques, pero justo también en 2025 se cumplió el centenario de la versión definitiva que el compositor ya no retocó. Este dato, sumado a la celebridad de la obra, ha hecho que sea la más representada en las actuales conmemoraciones. El amor brujo nació en 1914 como un ballet con partes recitadas en el que Falla unificaba y daba continuidad a una serie de composiciones populares que bailaba la mítica Pastora Imperio, que por entonces apenas superaba la veintena. Tras una serie de versiones para ballet o instrumentales, la que Falla dio finalmente por buena, con la célebre Danza ritual del fuego y arreglos para gran orquesta, se estrenó en mayo de 1925 en París.
A la hora de hacer una pequeña colección musical de las obras clave de Falla, los expertos parecen coincidir en el valor histórico de la interpretación de El amor brujo a cargo de L’Orchestre de la Suisse Romande con la dirección de Ernest Ansermet. Aunque un enfoque suizo parezca extraño para una obra española, lo cierto es que Ansermet trabajó en su juventud parisina con los Ballets Rusos, con lo que dirigió la obra en su propio estreno de 1919, décadas antes de esta grabación. Respecto a Noches en los jardines de España, las versiones de Alicia de Larrocha de los años setenta se consideran no superadas. Del Concierto para clave que Falla compuso para su amiga Wanda Landowska no se han reeditado las grabaciones de la propia pianista polaca, aunque puede destacarse la interpretación del vasco Joaquín Achúcarro con la London Symphony Orchestra. Partes escogidas de algunas de estas versiones se pueden encontrar en el doble CD de la casa Decca The Essential Falla. También cabe citar Falla Collection, de la casa Brilliant, con cinco CD interpretados por la Sinfónica Simón Bolívar venezolana dirigida por Gustavo Dudamel.
La exhaustiva web oficial del sesquicentenario, falla150.manueldefalla.com, recoge todos los conciertos conmemorativos que se celebran en distintas partes del mundo.
La revista Encuentros Manuel de Falla recordó hace unos años el centenario del famoso concurso de Cante Jondo de Granada, una acción decisiva en la reivindicación del flamenco que emprendieron Falla y García Lorca.
En los Anales de la Real Academia de Bellas Artes encontramos uno de los estudios más detallados sobre la amistad de Falla con los mucho más jóvenes miembros de la generación del 27.
Déjanos tu email y recibirás un correo cuando publiquemos el siguiente número de la revista.