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En vez de fortalecer el único organismo capaz de coordinar una respuesta global, lo hemos acabado de despojar del poco poder que tenía"
Quizás la frase que más recordamos de la época de la pandemia de covid-19 es una afirmación que repetíamos como un mantra para darnos ánimos en los tiempos más difíciles: de esta saldremos mejores. ¿Ha sido así? Si por “mejores” entendemos ser más conscientes de que dependemos los unos de los otros y de que la solidaridad es lo que nos va a salvar de los retos globales de salud, está claro que no, como evidencia el aumento en los últimos cinco años de los discursos xenófobos y egoístas, encabezados por el “nosotros primero” de Trump y de otros políticos que no creen que ayudar al prójimo sea una prioridad. Si “mejores” significa más bien preparados para la siguiente pandemia, la respuesta es igual de contundente: no lo parece.
El efecto secundario
¿Qué ha ido mal? Casi todo. Bajo la presión intensa de la lucha por la supervivencia que representaron los primeros meses de la pandemia, cuando aún no sabíamos a qué clase de enemigo nos enfrentábamos, la respuesta ciudadana fue ejemplar en muchos países, empezando por el nuestro. Esto compensó los tumbos que daban unos dirigentes muy poco preparados para lidiar con una crisis de esas dimensiones, a pesar de que los científicos hacía años que alertaban de su posibilidad.
Pero el efecto secundario de todo eso se diría que ha sido un rebote hacia la despreocupación absoluta. Esta actitud de raíz se ha trasladado a nuestros líderes. Por ejemplo, los ataques frontales de Estados Unidos a cualquier estructura supranacional, aplaudidos por los numerosos imitadores que les van saliendo, han significado que la OMS esté más debilitada que nunca. En vez de fortalecer el único organismo capaz de coordinar una respuesta global, lo hemos acabado de despojar del poco poder que tenía.
Así pues, si nos preguntamos cómo responderíamos ahora a otra amenaza planetaria, solo hace falta fijarse en lo que ha pasado durante el reciente brote de hantavirus en un crucero: se reaccionó tarde, no había protocolos claros y cada país hizo lo que quiso, en general desoyendo las tímidas recomendaciones científicas de la OMS. Los virus de este tipo es muy poco probable que lleguen a dar pandemias, ni siquiera epidemias, pero nada hace pensar que las actuaciones serían diferentes ante un microbio potencialmente más peligroso. Sin la más remota posibilidad de ir coordinados, lo más probable es que viéramos una secuela del desastre organizativo de principios del 2020.
El brote de Ébola que aún azota el Congo es el mejor ejemplo de que la resilencia tendría que ser un asunto global. La desmantelación encubierta del USAID (siglas en inglés de la agencia para el desarrollo internacional del gobierno de los Estados Unidos) que ha llevado a cabo el gobierno de Trump desde su regreso al poder ha dejado desprotegidos a los países centroafricanos que dependían de estos recursos para responder a sus crisis de salud. Algunos expertos calculan que ya hay 750.000 muertos que se podrían haber salvado si USAID hubiera seguido funcionando como siempre. La cifra podría aumentar hasta los 14 millones antes de que Trump termine su segundo mandato, en 2029.
Falta de solidaridad
Estas cifras son una cuantificación de una realidad incontestable: no estamos mejor que antes de la pandemia, sino al contrario. El problema no es tanto que existan personajes que, como Trump o toda la ultraderecha europea, prioricen el bienestar de los locales hasta el punto de empujar a una muerte certera a los que no tienen tanta suerte, si no que estos políticos son el reflejo de una masa considerable de personas (las que los han votado) que no creen que en la solidaridad ni en ayudar a los más necesitados.
Hay que tener en cuenta que una de las característiques que han permitido a nuestra especie sobrevivir y convertirse en una de las más exitosas del planeta es precisamente la colaboración. Sin la capacidad de colaborar no hubiéramos podido jamás formar estructuras sociales tan grandes y complejas como las que tenemos, y seguiríamos viviendo en grupos pequeños, como los demás primates. Las grandes comunidades empezaron a establecerse a partir del surgimiento de agricultura, hace más de doce mil años, lo que probablemente nos obligó a expandir los límites naturales de nuestra capacidad de trabajar para un objetivo común. Esto parece que lo hemos olvidado.
Es triste, pues, que después de vencer instintos animales ancestrales como son el individualismo y la xenofobia, que tenían un sentido en el principio de la historia cuando nos teníamos que proteger de los extraños que amenazaban nuestra supervivencia, ahora volvamos a caer en los mismos errores del pasado. No ver la humanidad como una sola unidad acaba siendo perjudicial, incluso para los partidarios de dar prioridad a ciertos grupos étnicos o socioculturales: hay estudios que demuestran que, cuanto mayores son las desigualdades sociales en un país, peor es la calidad de vida para todos, ricos y pobres.
Ante este resurgimiento del egoísmo ancestral humano, Europa está intentando organizar una estructura que permita más resilencia ante crisis de salud, coordinada a nivel continental. No es la solución al problema, pero es una buena noticia. Por lo menos mitigará en parte los efectos de la “doctrina Trump”, por llamarla de alguna manera. Pero para estar verdaderamente tranquilos haría falta un cambio de perspectiva que trasladara este tipo de iniciativas al resto del planeta y esto, por desgracia, no parece que vaya a pasar en los próximos años.
Salvador Macip
Director de los Estudios de Ciencias de Salud de la UOC e investigador de la Fundación Pasqual Maragall.
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