ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Las cosas de los genios

por Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz,

Catedrático de Derecho administrativo. Letrado de las Cortes Generales. Autor de publicaciones en diversas materias de Derecho público. Experto en Derecho administrativo, económico y de la competencia.

Expertos en diferentes aéreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este primer número nos acompañan: Eduardo Torres-Dulce Lifante. Fiscal y profesor de Derecho Penal. Fue Fiscal General del Estado. Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz. Catedrático de Derecho administrativo y Letrado de las Cortes Generales en excedencia. Consuelo Madrigal Martínez-Pereda. Fiscal. Fue Fiscal General del Estado.

¿Picasso, un traidor, y no sólo desde una perspectiva, sino de tres? Parece que sí.

Excelente el libro de José María Beneyto, Las traiciones de Picasso, de Turner, 2022. Merece una glosa.

Henriette Theodora Markovitch (Paris, 1907-París, 1997) fue una mujer de vida larga (casi 90 años) y, desde todos los puntos de vista, interesa. Primero, por lo movido geográficamente de su existencia: hija de un arquitecto croata -Joseph Marcovitch: en el idioma de su tierra, Josip Marković- que encontró trabajo en el Buenos Aires de comienzos del siglo XX y se llevó allí a su familia. De hecho, la niña pasó en Argentina desde los tres años a los veintitrés (o sea, hasta 1930) y eso le permitió hacerse con la lengua de Cervantes. Dialecto, eso sí, lumfardo, como el de Alfredo Di Stéfano.

Luego, por sus dotes artísticas, sobre todo -aparte de la pintura- en la fotografía: a la altura de un Henri Cartier-Bresson, con el que, ya ella de vuelta en París, coincidió en la Academie Lothe, que entonces, junto con la École de Photographie de la Ville de Paris, era el no va más del oficio. Sus photo-collages siguen siendo aún hoy toda una referencia.

Pero tercero y, sobre todo, porque, para decirlo con un eufemismo, la estabilidad emocional no formaba parte de sus atributos y de hecho tuvo que ser tratada por el doctor Jacques Lacan, el más famoso psicoanalista francés, en el hospital de Sainte-Anne.

Se trata -a estas alturas no hará falta decirlo- de Dora Maar, conocida sobre todo por su relación amorosa -es un decir- con Picasso, que se extendió durante casi diez años, entre 1936 y 1945, o sea, el periodo de la guerra civil española, incluyendo el episodio del cuadro Guernica, sobre el bombardeo de 26 de abril de 1937, y la ocupación alemana de París. Dora Maar estuvo, sí, entre las mujeres que se arrimaron al genio y -dicho sea, sin ofender a las víctimas- le consintieron -a lo largo del tiempo, no sólo cuando al hombre le entraba un arrebato momentáneo- toda suerte de barbaridades, psicológicas y aun físicas. Se conoce que el hombre tenía un especial atractivo para quienes, expuesto con palabras castizas, les va la marcha.

Habla Dora Maar

En el libro, de 42 capítulos, divididos en cuatro partes más un final, hay varios de aquellos en los que se da a Dora Maar el papel de la primera persona. Por ejemplo, el 7 (llamado precisamente Habla Dora Maar: páginas 43 a 48) y el 42 y último (Luz, páginas 257-265), donde relata sus tratamientos hospitalarios y lo que ella llama “el día de mi verdadera liberación”, muchos años después de haber roto con el ogro. Ella afirma que: “No le guardo rencor. Al contrario, dejé de tenerle odio cuando me convertí en otra”. Pero hasta la última línea se le percibe el rencor: “El gran genio del siglo… ¡Pobre siglo!”. Lo que se dice despacharse a gusto contra aquello -o aquel- al que, pese a todo, no se le ha podido aplicar la que sin duda es la mayor de las venganzas: el olvido.

La segunda perspectiva desde la que se analiza al pintor malagueño -desde la que se le despelleja hasta la carne viva- es, por supuesto, la de su militancia servil en el movimiento comunista a partir de 1945 (después de haber colaborado con los ocupantes de París, al menos pasivamente, en el periodo 1940-1944; lo que se dice adaptarse al medio). Aun siendo notorio que no fue el único dentro de la intelectualidad que entró -libremente y con entusiasmo- en tan siniestro ejército, los supuestamente antifascistas y contrarios al imperialismo: de las odas a Stalin entre los poetas de lengua castellana, incluyendo alguno que en 1983 mereció el Premio Cervantes, que se dice pronto, no hará falta acordarse ahora. De ello habla el libro sobre todo en los capítulos 34 (Al fin un hogar, páginas 199-208) y siguientes. Y del grupo de Cambridge, con Anthony Blunt y compañía, sencillamente mejor no hablar. Pero la película no se entiende sin el relato previo de lo sucedido en los años treinta: la eficacísima labor propagandística de un Willy Münzenberg -hasta su muerte en 1940 cerca de Grenoble, coincidiendo con el inicio de la ocupación: los autores de las purgas se mostraban así de implacables- y un Ilya Ehrenburg, con cuyo apellido se encabeza incluso un capítulo: el 14 (páginas 83-87).

Al Picasso de la postguerra mundial se le somete a ese foco y el resultado es -sólo podía ser- una caricatura, vistas las cosas con ojos de hoy. En el bien entendido de que, aun así, el hombre se ocupó en todo momento de nadar y guardar la ropa, porque era ante todo un marchand y los más poderosos de sus clientes se encontraban en Estados Unidos. Poderoso caballero es quien ya sabemos.

El último ángulo desde el que el autor somete a Picasso al tercer grado -la otra de las traiciones- es el estrictamente artístico. Es donde, hechas las sumas y las restas, el balance, aun mostrando igualmente números rojos, no lo hace -era de esperar- con un saldo tan negativo. Aunque, una vez más, poniendo toda suerte de peros y matices. Es el propio José María Beneyto el que así se expresa en la página 32: “Jamás negaré que su capacidad de reinventar la pintura y reinventarse como artista es absolutamente única, y no negaré su genialidad. Sin duda hay un antes y un después de Picasso; nadie como él transformó y quizás encarne también el siglo XX”. Pero en seguida viene la de arena: “(…) se ha convertido en un fetiche, como si todo lo que tocara estuviera necesariamente sacralizado, elevado a una dimensión superior e inaccesible (…). Es una vaca sagrada, y algunos de sus cuadros, como el Guernica, o de sus símbolos, como las palomas, son adorados y venerados beatamente por multitudes de todos los países, en Occidente y en Oriente. La cultura de masas y Picasso son una y la misma cosa”. Al cabo, y pese a sus méritos, el balance resulta también negativo: “Eso ha hecho mucho daño al arte”.

También ahí sale el malagueño escurrido, dicho sea de nuevo en términos coloquiales. Puesto a parir.

Veredicto inclemente

Un veredicto particularmente inclemente es el que se expresa en la página 38, donde se habla de “sus celos y su odio a los grandes de la historia del arte. Y sobre todo frente a los dos que consideraba de su raza, sus precursores, y con los que estuvo midiéndose desde que tuvo conciencia de su grandeza, de su genialidad: Velázquez y Goya”.

Hay conmemoraciones -aniversarios, para decirlo con una palabra más neutral- que nunca habrían debido llegar, porque lo que se presentaba como una celebración termina teniendo el efecto de que, de algo o alguien que arrastraba buena fama, acaba saliendo a la luz todo lo negativo y odioso que hasta entonces había permanecido oculto o al menos no se aireaba. Le sucedió en Francia en 1989 a la Revolución y en España en 1992 al descubrimiento de América. En 2023, al cumplirse cincuenta años de la muerte del malagueño más universal, estamos en plena explosión del movimiento Me Too (y de la cultura de la cancelación) y, como era de esperar, la memoria del personaje ha dado lugar a más vapuleos que aplausos. Conmemorar significa fatalmente cancelar: lo aquí sucedido se veía venir.

En el libro aparecen, como es obvio, otros muchos personajes por así decir secundarios, y no sólo las demás mujeres que tuvieron la suerte (?) de cruzar su vida con este hombre en algún momento de su existencia. Y también bastantes de los nombres de la rive gauche -no hace falta decir de qué ciudad estamos hablando- de la época, desde un Max Jacob a un Paul Eluard o, si continuamos en el periodo de ocupación, un Ernst Jünger.

El relato se presenta formalmente como un diálogo entre el autor -el fiscal, vamos a llamarle así- y una periodista madrileña que juega el papel de defensora angelical, aunque poco a poco va cediendo todas las trincheras. Es una historia -esa conversación- que transcurre en este preciso tiempo, aunque se superpone a todos los anteriores. No, por cierto, el único elemento novelesco del conjunto.

El autor del libro es persona de formación germánica y alguno de sus trabajos anteriores –Los elementos del mundo, de 2009 y El espía que engañó al mundo, de 2016- respondían mayormente a ese perfil. Ahora ha sabido poner el foco en Francia, en concreto la Francia intelectual de la postguerra, que, vista desde España, tanta admiración y envidia despertó. El resultado es espléndido, resulta tópico decirlo, pero a ver si a fuerza de repetirlo alguien lo escucha algún día: debieran leerlo sobre todo los jóvenes. Aprenderían muchas cosas. Y más aún si son de los que están, como suele decirse, ideologizados, sea a babor o a estribor. Caerse del guindo, aun de manera estrepitosa, puede ser -aparte de muy útil: sin escepticismo no se puede ir por la vida con un mínimo de dignidad- no sólo saludable sino incluso extraordinariamente placentero.