Como Borges, yo también me figuro el Paraíso bajo la especie de una biblioteca. Una biblioteca populosa como la eternidad, que incluya los libros que mi ávida memoria reconoce, los libros que mi ferviente entusiasmo espera leer antes de que la muerte me visite, y también los incontables libros que no podré leer en esta vida. Y en ese Paraíso no podrá faltar mi amado y añorado abuelo, con quien espero reencontrarme. Fue mi abuelo quien me enseñó a leer, cuando todavía no había cumplido los tres años, casi a la vez que aprendía a hablar. Lo hizo con la ayuda de una vetusta cartilla que en su primera página incluía las letras vocales, acompañadas de un dibujo alusivo: la a de abanico, la e de erizo, la i de iglesia, la o de ojo, la u de uvas.
Guardo todavía un ejemplar de aquella cartilla, desvencijado y amarillento; y, mientras lo hojeo, me imagino aupado sobre las rodillas de mi abuelo, arrimados ambos a la camilla que escondía bajo sus faldas el calor hospitalario del brasero, pronunciando al unísono esos sonidos que servían para designar el mundo; y llego a imaginar tan vívidamente esa escena que por momentos creo recordarla. Pero sé bien que se trata de falsos recuerdos, reelaborados a partir de otras impresiones posteriores que me han dejado una huella indeleble, como los besos de buenos días que mi abuelo me daba en las mejillas cada mañana, restregándome su barba picajosa de tres o cuatro días, una barba que le crecía recia y me dejaba las mejillas escocidas. Ahora que esos besos me faltan me despierto muchos días añorando aquel escozor en la piel, y a veces incluso llego a sentirlo en la duermevela como una lija amorosa que frotase todo mi rostro, lavándolo de arrugas y pensamientos sombríos.
Al calor de la poesía de Gabriel y Galán
Mi abuelo, que me enseñó a leer, no era sin embargo hombre de lecturas numerosas. La sabiduría que había atesorado no se la habían proporcionado los libros, sino las asperezas y sinsabores de la vida; sin embargo, guardaba como oro en paño un ejemplar muy magullado de las poesías de José María Gabriel y Galán, que había llegado a aprenderse de memoria allá en su infancia campesina. Sospecho que hoy ya casi nadie frecuenta a Gabriel y Galán, tan alejado de la muy cuestionable sensibilidad contemporánea; pero su poesía rural, candeal, muy delicadamente emotiva me sigue poniendo un amasijo de ortigas en la garganta cada vez que la releo. El poema predilecto de mi abuelo se titulaba El vaquerillo; y me lo recitaba a diario, con una voz que era a un tiempo muy viril y muy melancólica, como si en el niño protagonista estuviese viendo al niño que yo era por entonces, o incluso al niño que él mismo había sido:
“He dormido esta noche en el monte
con el niño que cuida mis vacas.
En el valle tendió para ambos
el rapaz su raquítica manta
y se quiso quitar, ¡pobrecillo!,
su blusilla y hacerme almohada.”
Mientras mi abuelo leía aquellos versos temblorosos, yo sentía crecer dentro de mí el relente de una noche pasada en la intemperie, y me acurrucaba contra él, para sentir el calor de su sangre derramándose por sus venas antiguas, como un río rumoroso y lentísimo, para sentir los latidos de su corazón, como un reloj que midiese la respiración del mundo. Pegados el uno al otro, como la piedra al liquen, sentíamos que se nos hacían de acero los cuerpos y de oro las almas; y la noche que ya se avecindaba a lo lejos ni siquiera nos rozaba: ambos éramos invulnerables y eternos como los dioses.
Mi abuelo y yo solíamos dar largas caminatas en pos del crepúsculo, siguiendo el curso del río o por vericuetos que sólo él conocía, en busca de las hierbas medicinales que le servían para curar sus achaques. Recuerdo que me cantaba canciones de cuando la guerra, o todavía más antiguas, con una voz cascada y agrietada de melancolías, y que me contaba anécdotas de su juventud de vendedor ambulante, anécdotas sobre aquellos años ásperos en que dormía en las posadas de los caminos, y a veces también a la intemperie, escrutado por las estrellas y las lechuzas. En uno de aquellos paseos mi abuelo me llevó hasta la biblioteca de la ciudad en que crecí, allá donde las iglesias románicas guardaban su liturgia anciana y fresquísima. Mi abuelo, como tantos otros jubilados, solía hojear los periódicos en la biblioteca, para ahorrarse las monedillas que costaban en el quiosco; y, mientras lo hacía, me dejaba en la sala de lectura infantil, donde descubrí que los libros eran un tesoro inagotable que podría llenar mis días y mis noches, un tesoro que refulgía como el oro de las mitologías.
Del ‘método’ a la pasión insomne
La visión de aquellas estanterías atestadas de libros, combadas por el peso de cientos de volúmenes que aguardaban expectantes mi curiosidad, me produjo una suerte de arrobo. Extrañamente, pensé que aquella biblioteca era una suerte de templo, protegido de las contingencias y de los vanos afanes de los hombres, donde podría alimentar mi devoción por los siglos de los siglos. Y, como no sabía por dónde empezar, me impuse un método de lectura disparatado: decidí que estaba obligado a leer todos aquellos libros, uno por uno, y para que mi propósito no flaquease, decidí leerlos en estricto orden, empezando por el anaquel más alto de la estantería más próxima a la entrada de la biblioteca; cuando acabé con el primer anaquel, seguí con el siguiente, y así hasta acabar con la primera estantería. Durante años, seguí a rajatabla aquel disparatado método; e, inevitablemente, hice acopio de lecturas absurdas o perfectamente prescindibles; también de lecturas demasiado abstrusas para un niño que apenas había empezado a descifrar los senderos de la vida. Pero también en aquellos libros absurdos o prescindibles o demasiado intrincados hallé motivos de alborozo; y todavía hoy queda en mí algo de aquel niño desprejuiciado que no hacía ascos a nada en su pasión voraz por la lectura, una pasión que pronto anegaría mi vida entera, como un amor insomne que no me concedía tregua. Más de una vez mi madre me pilló robando horas al sueño, con la lámpara de mesilla encendida, absorto en la lectura de un libro; y, aun después de que mi madre me apagara la lámpara de mesilla, yo me las ingeniaba para seguir leyendo, armado de una linterna, acurrucado entre las mantas. Y así me sorprendía el amanecer, calenturiento de palabras que me aturdían con un fragor de enjambre.
Alma y literatura, más allá de la vida
Por supuesto, en aquella época, pensaba que tendría tiempo suficiente para leer todos los libros que me apeteciera. En mis visitas a la biblioteca pública, me paseaba entre los anaqueles atestados con un sentimiento optimista e insensato; como el terrateniente que recorre las lindes de su finca, creía que mi vida sería suficientemente larga como para asomarme a todas aquellas páginas que, en cierto modo, me pertenecían. Pues, en el ímpetu de los pocos años, a falta de otras posesiones más inmediatas y palpables, uno llega a albergar la certeza un tanto megalómana o presuntuosa de que el futuro le pertenece en exclusividad. Ahora ya sé que me moriré sin haber leído muchos libros que deseo leer; y me consuelo pensando que los leeré después de haber muerto, en ese Paraíso soñado por Borges donde no pueden faltar los libros.
Puedo llegar a concebir un mundo lóbrego como el que urdió Ray Bradbury, en el que los libros hayan sufrido persecución y alimentado el fuego, como pájaros asesinados, para sobrevivir instalados en la memoria agradecida de unos pocos hombres libres; pues en la novela de Bradbury, cada hombre libre se aprendía de memoria un libro, se convertía en un hombre-libro, y por las noches, en torno a una fogata, recitaba ese libro a sus compañeros. No puedo concebir, en cambio, la existencia humana sin libros; sería tanto como imaginarla desposeída de alma, extraviada en los pasadizos de un mundo ininteligible.