Clarín, pseudónimo de Leopoldo Alas —en realidad García-Alas Ureña—, que vivió medio siglo mal contado (1852-1901) fue, ante todo, lo que los franceses llaman un homme de lettres, aunque teniendo lo jurídico —como más tarde Miguel Delibes, Francisco Ayala o Alejandro Nieto— como formación de base. De hecho, era nada menos que catedrático de lo que entonces se llamaba Derecho Natural, hoy de Filosofía o Teoría del Derecho, y fue quien, en 1881 —poco antes de tomar posesión de la Cátedra— prologó la versión española de La lucha por el derecho de Ihering, con un texto que Giner calificó como “uno de los trabajos de más intensa profundidad y de más sustancia de nuestra literatura filosofía-jurídica”.
En los últimos años está mereciendo mucha atención: al extraordinario El caso Alas Clarín, con el subtítulo —ciertamente expresivo— La memoria y el canon literario, de Ricardo Labra (2022), se suma ahora la obra Clarín. Republicano de las letras —definitiva, si es que acaso tiene sentido emplear esa palabra— de Rafael Jiménez Asensio, que, tras los estudios sobre Galdós (2023) y Valera (2024), “cierra esta suerte de trilogía”, como se afirma en la propia solapa del libro al presentar al autor. Ni que decir tiene que tanto el grancanario como el egabrense vuelven a estar muy presentes en este nuevo trabajo.
De la industrialización al desastre del 98
Pongamos las cosas en su contexto o, como se decía antes, en su sazón. Las palabras “progresista” y “conservador” están muy gastadas por el uso que de ellas se hace en nuestra España polarizada —calificativo postmoderno de lo que no es sino el tribalismo de siempre—, al grado de que su empleo para calificar a algunas personas, sobre todo si son del planeta judicial, arroja un resultado verdaderamente caricaturesco: suele suceder por cierto con los estereotipos (“verdades cansadas”, como decía George Steiner). Pero lo que nadie podrá negar es que en esa dicotomía —palabra que empleo en el sentido de Norberto Bobbio para referirse a la diferencia entre lo público y lo privado— anida un fondo de verdad. Es un hecho indiscutido que todo está siempre mutando (la razón está del lado de Heráclito de Éfeso y de Darwin, no de Parménides ni de sus discípulos de la escuela de Elea), mutaciones sobre cuya raíz última puede discutirse si se encuentra en la evolución tecnológica —de la rueda a la IA— o en que son las mentalidades las que van cambiando. El debate sobre la causa y la consecuencia resulta tan interminable como el que enfrenta al huevo y la gallina, porque bien se sabe que la pescadilla tiende de manera impepinable a morderse la cola con terquedad.
Sea por lo uno o por lo otro, o por ambas cosas retroalimentadas, lo cierto es que frente a los cambios hay dos maneras de reaccionar: o celebrarlos o lamentarlos. Y sucede que, en la segunda mitad del siglo XIX, la que empieza en el año 1848, las cosas se aceleraron. La expansión del ferrocarril (es decir, los caminos para la máquina de vapor; para el motor de explosión y las carreteras habría que esperar todavía) dio lugar en Europa a la industrialización y la urbanización, dos palabras distintas para llamar a lo que en el fondo es una sola cosa. Un fenómeno que vino acompañado de la idea de que el espacio de identidad política pasaba a ser la nación —recuérdense las unificaciones de Italia y de Alemania—, concebida en su acepción democrática. De ahí el sufragio universal, entendido, eso sí, solo para los varones. Pero las mujeres no iban a resignarse, ni en lo relativo al voto ni en ninguna otra faceta de la vida, empezando por lo que hoy llamamos las relaciones de pareja: a los maridos insoportables no había por qué seguirles aguantando. Surge así el adulterio (femenino) no solo como hecho social sino también como género literario, con Madame Bovary, la legendaria Emma, de la mano de Flaubert, que se vio procesado por las autoridades del régimen de Napoleón III —nada se consigue gratis—; y (en 1878) tanto con Ana Karenina como con Luisa, la protagonista de El primo Basilio, de José María Eça de Queiroz. Novelas todas ellas a las que el calificativo de realistas —el de costumbristas se ha quedado antiguo— se ajusta como el guante a la mano.
En España, aun con nuestro lamentable rezago —los primeros trenes no llegaron hasta 1848 en Barcelona y 1849 en Madrid—, todo se desarrollaba más o menos igual: leyes de ensanche de poblaciones en los años sesenta y sufragio universal (masculino) en 1890, ya bajo otro régimen político, el de la Constitución alfonsina de 1876, con el desdichado Sexenio de por medio. Y con una década de final de siglo marcada por la desgracia: el asesinato de Cánovas en 1897 y, claro está, el desastre del 98, no hace falta decir de qué siglo. Nuestras ‘novelas de adulterio’ habían aparecido antes, La regenta —ya se estaba echando en falta la cita— en 1884 y 1885 (fueron dos tomos) y Fortunata y Jacinta, en cuatro volúmenes en 1887.
Crítico literario, azote político y maestro del relato breve
El libro de Rafael Jiménez Asensio que da lugar a estas líneas —una suerte de biografía intelectual— retrata a Clarín, en primer lugar, en cuanto crítico literario, y por cierto, de la clase de los implacables, o ácidos incluso (“higiénicos”, según sus propias palabras), lo que no le granjeó precisamente amistades. Particular mención merece, en ese contexto, Emilia Pardo Bazán (y, claro está, José Lázaro Galdeano, el editor de La España moderna, que junto con El imparcial de Ortega y Munilla eran el no va más), acerca de todo lo cual se encuentra el lector multitud de anécdotas.
Segundo, Jiménez Asensio se recrea en el Clarín autor de cuentos o novelas cortas, con particular atención a los textos recogidos en El gallo de Sócrates, publicado en 1901 (mismo año de fallecimiento del maestro) y ahora reeditado. Y eso sin contar sus obras de teatro, que también las hubo, aunque no fuese lo más celebrado en su momento y lo mejor conocido hoy.
Y, en fin, tenemos el Clarín comentarista político, el de los Paliques, que, lejos de mostrarse un cortesano (los había hasta los límites de lo bufonesco, obviamente retribuidos a tanto la línea), se comportaba de nuevo como un crítico feroz del régimen de la Restauración —ya se sabe: las palabras clientelismo y caciquismo son casi una cláusula de estilo para describir aquello— y, en particular, de la persona de Antonio Cánovas del Castillo. Incluso después del sufragio universal (masculino, se insiste): “[…] lo que hemos traído es la cocina económica. Un hombre un voto, no; un hombre un plato” (El heraldo de Madrid, 22 de abril de 1896). Y siempre, en la línea de Mariano José de Larra, con gran escepticismo sobre las posibilidades de arreglo de las cosas: nunca se alineó con los regeneracionistas, a los que, ya en 1899 —es decir, tras el acabose— dedicó un artículo poniéndolos de vuelta y media.
Reflexiones vigentes más de un siglo después
Las casi 270 páginas del libro (más diez de bibliografía) cunden muchísimo. No hay desperdicio. Y, leídas en esta España de 2026 (cuando han sido escritas), dan lugar a muchas reflexiones sobre nuestro tiempo, porque se puede concluir que las actuales patologías, como el sectarismo de los tertulianos —y de la opinión pública— o el descrédito de la clase política (auténticos malditos de la sociedad) ya existían entonces.
Suele decirse, siguiendo a Ortega, que los nacionalismos periféricos son una consecuencia del desastre de Cuba. Se justifican en una España decadente —las naciones moribundas de que hablaba Lord Salisbury en contraste con la feliz Inglaterra de su tiempo, la arcadia rediviva— y de ahí que, por ejemplo, los triunfos futbolísticos patrios les supongan toda una afrenta. Pero el libro recoge (págs. 199 a 205) textos de Clarín anteriores a 1898 donde, con tono verdaderamente profético —un auténtico oráculo en la mejor tradición griega—, se alerta de la calamidad que se nos venía encima. Por ejemplo, en un artículo en La publicidad del 2 de febrero de 1896, apenas un lustro después de las Bases de Manresa:
«El regionalismo que, per se, es una cosa natural y excelente, siempre es peligroso en España, porque suele significar el salto atrás de la civilización y de la racionalidad […]. No me hace gracia tratar con los fanáticos de ningún género, ni con los que lo son por retrógrados, ni con los que lo son por separatistas de campanario, por espíritu de aislamiento sea regional, municipal, de clan de tribu o lo que se quiera. Todo ello es puramente salto atrás […]. En Cataluña, como en Galicia, como en Asturias, hay que tener mucho cuidado con cierta clase de regionalistas que trabajan ‘pro domo sua’ y aspiran al provincialismo para ser, si pueden, cabeza de ratón, notabilidades de treinta leguas a la redonda, caciques literarios o científicos o lo que sea».
Poco más de un año más tarde, el 15 de abril de 1897, en La saeta, el maestro volvía a despacharse a gusto:
«Si el regionalismo ha de ser pasarse la vida tocando la gaita si es uno gallego o asturiano, o cantando la jota si es aragonés, si el regionalismo ha de ser formar sociedades de bombos mutuos entre las celebridades de campanario, entonces el regionalismo es todo vanidad. El regionalismo artificial es una Zarzuela de espectáculo, para que se luzcan los literatos de la lengua. Para que puedan llamarse eminentes varios señores que nadie conoce más allá de los límites del respectivo obispado».
Han pasado más de 125 años desde que esas líneas se escribieron y, en cuanto al fondo, poco hemos mejorado. Igual a quien le asistía la razón es a Parménides y no a Heráclito, porque el rasgo esencial de la sociedad española sigue siendo, con uno u otro nombre, el tribalismo, no se sabe si herencia berebere o incluso más antigua, de los pueblos germánicos que conocemos como visigodos. En el bien entendido de que algo sí ha cambiado, hoy ese tipo de frases no se atreve a pronunciarlas —en público— nadie y menos aún un republicano (un progre, sí). La ventana de Overton se ha estrechado muchísimo. Podemos hablar de lo políticamente correcto, la autocensura o como lo queramos llamar: los Ramones Martínez Vigil (el obispo de Vetusta que, en 1885, recién aparecida La regenta, escribió su famosa carta condenatoria) ya no hacen falta.
Suele afirmarse, con tono de lamentación, y no sin motivo, que a Clarín le ha faltado, en la capital de Asturias —y no solo— el reconocimiento intelectual al que era acreedor. En ese contexto, a este libro, como el de Labra de 2022, y antes los de Yvan Lissorgues, se les saluda con muestras de satisfacción de una suerte de deuda histórica o, dicho en términos actuales, un acto de justa reparación de la memoria igualmente histórica. Aceptado ese marco mental, hay que decir que igual la tardanza ha merecido la pena: Don Leopoldo estaba esperando a sus bisnietos, los Tolívar Alas (uno de ellos, por cierto, prologuista del libro objeto de esta glosa). Vaya un lujazo de estirpe, aunque haya tardado en manifestarse.

Clarín. Republicano de las letras, de Rafael Jiménez Asensio (Ediciones Orígenes, 2026).