La evitable lacra del hambre

La pandemia de la obesidad que asola a las sociedades desarrolladas tiene su cruel reverso en los millones de seres humanos que pasan hambre a diario en todo el mundo. Una lacra que supone un evidente fracaso de una humanidad maravillada por sus logros tecnológicos e incapaz de poner freno a este estigma que nos avergüenza como especie.

En términos absolutos, más de uno de cada 10 habitantes del mundo pasa hambre. Un 11% de los 7.500 millones de almas que pueblan el planeta Tierra. La población conjunta de los Estados Unidos y del continente europeo. Un total de 821 millones de personas malviven en el seno de la extrema pobreza, con menos de un dólar al día, sobre todo en zonas de África, Asia y América Latina. Y lo peor de todo es que este fracaso colectivo de la humanidad se podría solucionar con voluntad política, destinando mayores recursos a la cooperación, y un aumento de la concienciación social de los ciudadanos del mundo desarrollado para luchar contra el creciente desperdicio de alimentos.

No más excusas. La tecnología nos ha permitido, en las últimas décadas, aumentar exponencialmente nuestra capacidad para producir alimentos hasta llegar a multiplicarla por tres. A tenor de esta cifra no cabe duda de que la solución del hambre implica facilitar el acceso a los alimentos, ya que parece evidente que el problema técnico de la producción ha sido superado.

Negocio frente a derecho. Si hay un aspecto de este inmenso puzle que es el hambre, que levanta un clamor unánime por parte de todos los expertos en la materia es, sin duda alguna, el desperdicio de alimentos mediante el descarte selectivo de los mismos. El despilfarro de productos alimentarios representa, sólo en España, que el 42% de la comida que se tira a la basura provenga del consumo doméstico. Un porcentaje que evidencia a las claras nuestra forma de alimentarnos y entraña graves consecuencias para los habitantes de las zonas más desfavorecidas del planeta.

Asimismo, la mercantilización de los alimentos, provocada por su control en manos de unas pocas multinacionales que consideran su producción como un mero negocio, implica evidentes efectos negativos en el reparto de los recursos alimentarios, gracias a la imposición que realizan estas grandes corporaciones en los precios en origen y, por consiguiente, en su distribución en los mercados mundiales, priorizando el beneficio económico por encima del derecho a la alimentación.

Los seres humanos nos maravillamos hoy en día, con toda la razón, de los grandes logros conseguidos por el esfuerzo colectivo de las personas. Sin embargo, los vagones de cola del desarrollo humano siguen atestados de millones de seres humanos que claman por una solución a problemas tan básicos como su alimentación diaria.

Por Fernando Geijo