ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA
Abogado y escritor. Socio de Departamento Procesal de Garnica Asesores Legales. Profesor de Derecho Procesal en ISDE Law & Business School.
Abrir la puerta a lo real
Se ha olvidado en esta era tecnocientífica la importancia de la literatura para conocer toda la realidad del mundo. Se sitúa en esa finalidad y causa en un plano de igualdad con las matemáticas, la física y la química. No se trata de que como ciencia sea equiparable categóricamente, sino que, al igual que -sobre todo- la física, observa y describe la realidad del universo, sin que ambas sean excluyentes.
Desde la explosión de la cosmovisión propiciada por Einstein, la interpretación de Copenhague auspiciada por Bohr, el gato de Schrödinger, el experimento de la doble rendija, la radicación de fondo de microondas, la teoría de cuerdas y, cómo no, la Teoría del Todo y el Multiverso; la física se ha convertido en la ciencia que explica el mundo y el universo, a través del lenguaje de las matemáticas.
El auge de la física y el lenguaje matemático, por contraposición o por la manida bipolaridad, ha desplazado a la literatura como fuente de conocimiento de la realidad, relegándola a una forma de entretenimiento. Este movimiento tectónico, en consecuencia, ha frustrado esta función primordial de la literatura, limitando el conocimiento del ser humano en un ámbito esencial: la parte de la realidad que es inaprehensible e inconmensurable.
Describir el mundo con palabras
Si observamos un libro, la física y la química nos darán detalles sobre su longitud, anchura, profundidad, composición, peso, tiempo aproximado de lectura, color, antigüedad de sus materiales y, en definitiva, de todos los elementos necesarios para identificarlo como un libro. Sin embargo, ¿es una definición completa del libro? ¿Se agota con ello su realidad?
Si nos acercamos a ese libro ya individualizado y lo observamos más detalladamente, comprobamos que se trata de una edición del Quijote. ¿Podría la física o la química, a través de la matemática, explicar qué significa eso? Obviamente, la respuesta a esa pregunta es negativa, pues entramos dentro del ámbito de estudio de la literatura. Será esta la que explicará, más allá de sus aspectos formales y medibles con los que podrá, lógicamente, interactuar con la física, que se trata de una novela con un argumento concreto y un significado determinado.
En este breve espacio no puedo profundizar en este argumento, pero valga como conclusión, que la física puede explicar el libro, pero no puede explicar el Quijote. Sin embargo, una y otra explicación precisan coexistir si queremos tener una explicación completa del Quijote.
Esto mismo ocurre con el mundo, entendido en su máxima expresión. Existe una realidad material que está siendo explicada de forma magistral y extensa por la física desde principios del siglo XX, pero esa realidad material no agota la realidad del mundo ni lo explica por completo. Coexiste con esa realidad material otra inmaterial que antes he definido como inaprehensible e inconmensurable, que escapa a los dominios de la física y que debe ser explicada por las letras y descrita por la literatura.
Con la literatura se materializan y se hacen accesibles al ser humano las entidades que conforman el mundo inmaterial, que denominaremos como “lo real”. Algunos son sentimientos y se comprueban internamente y se confirman de forma relacional, otros se conforman como presentimientos que solo podrán tener confirmación en el convencimiento interno.
No pretendo darle a la literatura la función propia de la filosofía, aunque nuevamente, como con la física, sus funciones no son excluyentes y convergen en muchos puntos. La literatura aspira a la descripción de la realidad, a relatarla como es, no necesariamente a explicarla como sí lo hace per se la filosofía.
Ambición universal e intención estética
La literatura, cuando se refiere a lo real, lo hace con afán descriptivo y, en cierta forma, didáctico. Por eso, es muy acertada la afirmación que dice que la literatura trae el mundo al lenguaje.[1] El amor, la envidia, el bien, el mal, la verdad, la justicia, el alma o el espíritu… son realidades del mundo que se hacen accesibles a través de la literatura. Complementan la realidad que explica la física.
Podría objetarse a la anterior afirmación que el autor, cuando escribe un libro, no se encuentra sometido a las leyes físicas, ni tampoco pueden confirmarse o refutarse sus conclusiones respecto a lo real, toda vez que por su propia naturaleza no pueden ser definidas físicamente, sin embargo, la literatura cuando se refiere a lo real y lo describe, sí está sometida a límites.
El autor podrá hurtar a la física el mundo en el que se desarrollan sus personajes, pero no puede sustraerse de los principios que rigen lo real, porque, entonces, su historia sería incontable. El ejemplo más evidente sería el amor. Este puede verse afectado por la psicología del personaje y la relación con aquello que ama, puede ser amor romántico, filial, fraternal; idealista, realista, práctico; pero en ningún modo puede ser impostado, porque entonces el lector no identificará ese sentimiento con amor. El concepto de amor no puede ser hurtado en literatura, como sí puede ser modificado el mundo físico, porque eso haría a la obra intrascendente.
De esta manera, la literatura, cuando apela a lo real, se basa en el cumplimiento intrínseco de las normas que el autor se impone, esto es el contexto en el que la historia se desarrolla, pero también responde a normas externas que no puede sortear: esa limitación insalvable, permite que la literatura pueda ser considerada como una forma adecuada de entender el mundo en el que vivimos.
Partiendo de todo lo anterior, se evidencia la importancia de leer y, sin solución de continuidad, se plantea también la duda de si la mera lectura proporciona el acceso a esa parte de la realidad. La respuesta, creo yo, debe ser positiva en la medida que hemos dado de la literatura, cualquiera que sea el género (narrativa, poesía, teatro o ensayo). Cualquier libro literario aspira a introducir el mundo en el lenguaje a través de la palabra. Tiene ambición universal e intención estética. Como se puede comprobar, la finalidad de este tipo de obras no es (al menos inmediatamente) entretener.
Del entretenimiento a la decadencia
Lo que ha producido la decadencia de la literatura no ha sido la televisión, los teléfonos inteligentes o las tabletas y ordenadores; la caída en desgracia de la literatura ha sido porque se ha apartado de su finalidad principal. Los libros han perdido su carácter literario porque se presentan como una forma de entretenimiento de masas. Su causa no es ya lo real, sino cubrir la necesidad de esparcimiento, ocio y divertimento que la sociedad actual exige como fórmula de la felicidad. Sería algo así como si la física se redujera a encandilar con sus trucos en ferias y espectáculos.
No se quiere afirmar que no se escriba nada bueno, eso sería un maximalismo injusto, lo que ocurre es que como dijo Pérez-Reverte, en una entrevista concedida en abril de 2026 a El Español: “Lo bueno se asfixia entre tanta basura”. No necesita traducción, y se ha ganado el derecho a expresarse con contundencia, pero adaptado a esta meditación, es lo mismo que decir que la literatura se asfixia entre tanto entretenimiento.
Quizá sea Kafka quien lo expresa de una forma más abrupta en una carta que envía a su amigo Pollak, en la que afirma: “Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leemos entonces ese libro? ¿Para que nos haga felices, como tú escribes? Dios mío, felices seríamos también si no tuviéramos libros… un libro debe ser el hacha para el mar helado que hay dentro de nosotros. Eso creo”. Debe advertirse que el objeto de la carta no era una disquisición literaria. Responde a una carta previa que no se ha conservado. Con todo, creo que el contenido de la cita sirve para nuestro propósito.
La literatura, para serlo, necesita orientarse al mundo de lo real a través de la realidad sensible. Si trata de rehuirlo o falsearlo, traspasa los límites de lo que se entiende por literatura. Sin embargo, respetando sus propios límites, podrá acercar al lector (y al autor) a la verdad, hacia el origen del mundo, aunque la palabra imperfecta no podrá, como tampoco ha podido la física, alcanzarlo.
Pero de lo que no se puede hablar es mejor callar, como dijo Wittgenstein, por lo que no debemos darle a la literatura una función que exceda esos límites. Desde lo humano no podemos aspirar más que acceder a lo humano. La literatura no amplía las fronteras de este mundo, lo describe y nos permite tener el presentimiento de aquello que no conoceremos.[2]
Restauremos el lugar que debe ocupar la literatura, reforcemos el conocimiento del mundo y, “cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que sea largo…” que la lectura de las obras literarias despierte tus sentidos, acompañen tus emociones, respondiendo a tus preguntas y ayudándote a aceptar que de lo que no se puede hablar, es mejor callar, y, quizá, simplemente solo debas asombrarte.
[1] Se atribuye a Italo Calvino, aunque seguramente sea una paráfrasis de su obra Mundo escrito y mundo no escrito.
[2] Son clarificadoras las palabras de Domingo en el “Hombre que fue Jueves” de Chesterton: “Averiguarán ustedes lo que son las estrellas… entenderán lo que es el mar y yo seguiré siendo un enigma”.












Mi historia con el Dakar es semejante a la expresión: «Cuidado, si deseas algo con mucha intensidad corres el peligro de que se haga realidad». Así fue conmigo. Desde la perspectiva de un adolescente apasionado del motor y la competición, el París-Dakar (así se llamaba originariamente) suponía el mayor reto e ilusión que podría sucederme en la vida. Seguía con atención y auténtica curiosidad las retransmisiones radiofónicas que desde el lejano desierto del Sáhara y las llanuras pedregosas de Marruecos ofrecía noche tras noche José María García, el gran comunicador y pionero de todos los programas de media noche que hoy inundan nuestras radios. Los míticos Juan Porcar, Cañellas, Carlos del Val… auténticos campeones me acompañaban cada noche perdiendo horas de sueño, pero ganando imaginación y sed de aventura.
