«Abrir la puerta a lo real», por Alfonso Garnica

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Alfonso Garnica.

Abogado y escritor. Socio de Departamento Procesal de Garnica Asesores Legales. Profesor de Derecho Procesal en ISDE Law & Business School.

Abrir la puerta a lo real

Se ha olvidado en esta era tecnocientífica la importancia de la literatura para conocer toda la realidad del mundo. Se sitúa en esa finalidad y causa en un plano de igualdad con las matemáticas, la física y la química. No se trata de que como ciencia sea equiparable categóricamente, sino que, al igual que -sobre todo- la física, observa y describe la realidad del universo, sin que ambas sean excluyentes.

Desde la explosión de la cosmovisión propiciada por Einstein, la interpretación de Copenhague auspiciada por Bohr, el gato de Schrödinger, el experimento de la doble rendija, la radicación de fondo de microondas, la teoría de cuerdas y, cómo no, la Teoría del Todo y el Multiverso; la física se ha convertido en la ciencia que explica el mundo y el universo, a través del lenguaje de las matemáticas.

El auge de la física y el lenguaje matemático, por contraposición o por la manida bipolaridad, ha desplazado a la literatura como fuente de conocimiento de la realidad, relegándola a una forma de entretenimiento. Este movimiento tectónico, en consecuencia, ha frustrado esta función primordial de la literatura, limitando el conocimiento del ser humano en un ámbito esencial: la parte de la realidad que es inaprehensible e inconmensurable.

Describir el mundo con palabras

Si observamos un libro, la física y la química nos darán detalles sobre su longitud, anchura, profundidad, composición, peso, tiempo aproximado de lectura, color, antigüedad de sus materiales y, en definitiva, de todos los elementos necesarios para identificarlo como un libro. Sin embargo, ¿es una definición completa del libro? ¿Se agota con ello su realidad?  

Si nos acercamos a ese libro ya individualizado y lo observamos más detalladamente, comprobamos que se trata de una edición del Quijote. ¿Podría la física o la química, a través de la matemática, explicar qué significa eso? Obviamente, la respuesta a esa pregunta es negativa, pues entramos dentro del ámbito de estudio de la literatura. Será esta la que explicará, más allá de sus aspectos formales y medibles con los que podrá, lógicamente, interactuar con la física, que se trata de una novela con un argumento concreto y un significado determinado.

En este breve espacio no puedo profundizar en este argumento, pero valga como conclusión, que la física puede explicar el libro, pero no puede explicar el Quijote. Sin embargo, una y otra explicación precisan coexistir si queremos tener una explicación completa del Quijote.

Esto mismo ocurre con el mundo, entendido en su máxima expresión. Existe una realidad material que está siendo explicada de forma magistral y extensa por la física desde principios del siglo XX, pero esa realidad material no agota la realidad del mundo ni lo explica por completo. Coexiste con esa realidad material otra inmaterial que antes he definido como inaprehensible e inconmensurable, que escapa a los dominios de la física y que debe ser explicada por las letras y descrita por la literatura.

Con la literatura se materializan y se hacen accesibles al ser humano las entidades que conforman el mundo inmaterial, que denominaremos como “lo real”. Algunos son sentimientos y se comprueban internamente y se confirman de forma relacional, otros se conforman como presentimientos que solo podrán tener confirmación en el convencimiento interno.

No pretendo darle a la literatura la función propia de la filosofía, aunque nuevamente, como con la física, sus funciones no son excluyentes y convergen en muchos puntos. La literatura aspira a la descripción de la realidad, a relatarla como es, no necesariamente a explicarla como sí lo hace per se la filosofía.

Ambición universal e intención estética

La literatura, cuando se refiere a lo real, lo hace con afán descriptivo y, en cierta forma, didáctico. Por eso, es muy acertada la afirmación que dice que la literatura trae el mundo al lenguaje.[1] El amor, la envidia, el bien, el mal, la verdad, la justicia, el alma o el espíritu… son realidades del mundo que se hacen accesibles a través de la literatura. Complementan la realidad que explica la física.

Podría objetarse a la anterior afirmación que el autor, cuando escribe un libro, no se encuentra sometido a las leyes físicas, ni tampoco pueden confirmarse o refutarse sus conclusiones respecto a lo real, toda vez que por su propia naturaleza no pueden ser definidas físicamente, sin embargo, la literatura cuando se refiere a lo real y lo describe, sí está sometida a límites.

El autor podrá hurtar a la física el mundo en el que se desarrollan sus personajes, pero no puede sustraerse de los principios que rigen lo real, porque, entonces, su historia sería incontable. El ejemplo más evidente sería el amor. Este puede verse afectado por la psicología del personaje y la relación con aquello que ama, puede ser amor romántico, filial, fraternal; idealista, realista, práctico; pero en ningún modo puede ser impostado, porque entonces el lector no identificará ese sentimiento con amor. El concepto de amor no puede ser hurtado en literatura, como sí puede ser modificado el mundo físico, porque eso haría a la obra intrascendente.

De esta manera, la literatura, cuando apela a lo real, se basa en el cumplimiento intrínseco de las normas que el autor se impone, esto es el contexto en el que la historia se desarrolla, pero también responde a normas externas que no puede sortear: esa limitación insalvable, permite que la literatura pueda ser considerada como una forma adecuada de entender el mundo en el que vivimos.

Partiendo de todo lo anterior, se evidencia la importancia de leer y, sin solución de continuidad, se plantea también la duda de si la mera lectura proporciona el acceso a esa parte de la realidad. La respuesta, creo yo, debe ser positiva en la medida que hemos dado de la literatura, cualquiera que sea el género (narrativa, poesía, teatro o ensayo). Cualquier libro literario aspira a introducir el mundo en el lenguaje a través de la palabra. Tiene ambición universal e intención estética. Como se puede comprobar, la finalidad de este tipo de obras no es (al menos inmediatamente) entretener.

Del entretenimiento a la decadencia

Lo que ha producido la decadencia de la literatura no ha sido la televisión, los teléfonos inteligentes o las tabletas y ordenadores; la caída en desgracia de la literatura ha sido porque se ha apartado de su finalidad principal. Los libros han perdido su carácter literario porque se presentan como una forma de entretenimiento de masas. Su causa no es ya lo real, sino cubrir la necesidad de esparcimiento, ocio y divertimento que la sociedad actual exige como fórmula de la felicidad. Sería algo así como si la física se redujera a encandilar con sus trucos en ferias y espectáculos.

No se quiere afirmar que no se escriba nada bueno, eso sería un maximalismo injusto, lo que ocurre es que como dijo Pérez-Reverte, en una entrevista concedida en abril de 2026 a El Español: “Lo bueno se asfixia entre tanta basura”. No necesita traducción, y se ha ganado el derecho a expresarse con contundencia, pero adaptado a esta meditación, es lo mismo que decir que la literatura se asfixia entre tanto entretenimiento.

Quizá sea Kafka quien lo expresa de una forma más abrupta en una carta que envía a su amigo Pollak, en la que afirma: “Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leemos entonces ese libro? ¿Para que nos haga felices, como tú escribes? Dios mío, felices seríamos también si no tuviéramos libros… un libro debe ser el hacha para el mar helado que hay dentro de nosotros. Eso creo”. Debe advertirse que el objeto de la carta no era una disquisición literaria. Responde a una carta previa que no se ha conservado. Con todo, creo que el contenido de la cita sirve para nuestro propósito.

La literatura, para serlo, necesita orientarse al mundo de lo real a través de la realidad sensible. Si trata de rehuirlo o falsearlo, traspasa los límites de lo que se entiende por literatura. Sin embargo, respetando sus propios límites, podrá acercar al lector (y al autor) a la verdad, hacia el origen del mundo, aunque la palabra imperfecta no podrá, como tampoco ha podido la física, alcanzarlo.

Pero de lo que no se puede hablar es mejor callar, como dijo Wittgenstein, por lo que no debemos darle a la literatura una función que exceda esos límites. Desde lo humano no podemos aspirar más que acceder a lo humano. La literatura no amplía las fronteras de este mundo, lo describe y nos permite tener el presentimiento de aquello que no conoceremos.[2] 

Restauremos el lugar que debe ocupar la literatura, reforcemos el conocimiento del mundo y, “cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que sea largo…” que la lectura de las obras literarias despierte tus sentidos, acompañen tus emociones, respondiendo a tus preguntas y ayudándote a aceptar que de lo que no se puede hablar, es mejor callar, y, quizá, simplemente solo debas asombrarte.

[1] Se atribuye a Italo Calvino, aunque seguramente sea una paráfrasis de su obra Mundo escrito y mundo no escrito. 

[2] Son clarificadoras las palabras de Domingo en el “Hombre que fue Jueves” de Chesterton: “Averiguarán ustedes lo que son las estrellas… entenderán lo que es el mar y yo seguiré siendo un enigma”.

«A propósito de Clarín. Republicano de las letras», por Antonio Jiménez-Blanco

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz.

Catedrático de Derecho administrativo. Letrado de las Cortes Generales. Autor de publicaciones en diversas materias de Derecho público.

A propósito de «Clarín. Republicano de las letras», de Rafael Jiménez Asensio

Clarín, pseudónimo de Leopoldo Alas —en realidad García-Alas Ureña—, que vivió medio siglo mal contado (1852-1901) fue, ante todo, lo que los franceses llaman un homme de lettres, aunque teniendo lo jurídico —como más tarde Miguel Delibes, Francisco Ayala o Alejandro Nieto— como formación de base. De hecho, era nada menos que catedrático de lo que entonces se llamaba Derecho Natural, hoy de Filosofía o Teoría del Derecho, y fue quien, en 1881 —poco antes de tomar posesión de la Cátedra— prologó la versión española de La lucha por el derecho de Ihering, con un texto que Giner calificó como “uno de los trabajos de más intensa profundidad y de más sustancia de nuestra literatura filosofía-jurídica”.

En los últimos años está mereciendo mucha atención: al extraordinario El caso Alas Clarín, con el subtítulo —ciertamente expresivo— La memoria y el canon literario, de Ricardo Labra (2022), se suma ahora la obra Clarín. Republicano de las letras —definitiva, si es que acaso tiene sentido emplear esa palabra— de Rafael Jiménez Asensio, que, tras los estudios sobre Galdós (2023) y Valera (2024), “cierra esta suerte de trilogía”, como se afirma en la propia solapa del libro al presentar al autor. Ni que decir tiene que tanto el grancanario como el egabrense vuelven a estar muy presentes en este nuevo trabajo.

De la industrialización al desastre del 98

Pongamos las cosas en su contexto o, como se decía antes, en su sazón. Las palabras “progresista” y “conservador” están muy gastadas por el uso que de ellas se hace en nuestra España polarizada —calificativo postmoderno de lo que no es sino el tribalismo de siempre—, al grado de que su empleo para calificar a algunas personas, sobre todo si son del planeta judicial, arroja un resultado verdaderamente caricaturesco: suele suceder por cierto con los estereotipos (“verdades cansadas”, como decía George Steiner). Pero lo que nadie podrá negar es que en esa dicotomía —palabra que empleo en el sentido de Norberto Bobbio para referirse a la diferencia entre lo público y lo privado— anida un fondo de verdad. Es un hecho indiscutido que todo está siempre mutando (la razón está del lado de Heráclito de Éfeso y de Darwin, no de Parménides ni de sus discípulos de la escuela de Elea), mutaciones sobre cuya raíz última puede discutirse si se encuentra en la evolución tecnológica —de la rueda a la IA— o en que son las mentalidades las que van cambiando. El debate sobre la causa y la consecuencia resulta tan interminable como el que enfrenta al huevo y la gallina, porque bien se sabe que la pescadilla tiende de manera impepinable a morderse la cola con terquedad.

Sea por lo uno o por lo otro, o por ambas cosas retroalimentadas, lo cierto es que frente a los cambios hay dos maneras de reaccionar: o celebrarlos o lamentarlos. Y sucede que, en la segunda mitad del siglo XIX, la que empieza en el año 1848, las cosas se aceleraron. La expansión del ferrocarril (es decir, los caminos para la máquina de vapor; para el motor de explosión y las carreteras habría que esperar todavía) dio lugar en Europa a la industrialización y la urbanización, dos palabras distintas para llamar a lo que en el fondo es una sola cosa. Un fenómeno que vino acompañado de la idea de que el espacio de identidad política pasaba a ser la nación —recuérdense las unificaciones de Italia y de Alemania—, concebida en su acepción democrática. De ahí el sufragio universal, entendido, eso sí, solo para los varones. Pero las mujeres no iban a resignarse, ni en lo relativo al voto ni en ninguna otra faceta de la vida, empezando por lo que hoy llamamos las relaciones de pareja: a los maridos insoportables no había por qué seguirles aguantando. Surge así el adulterio (femenino) no solo como hecho social sino también como género literario, con Madame Bovary, la legendaria Emma, de la mano de Flaubert, que se vio procesado por las autoridades del régimen de Napoleón III —nada se consigue gratis—; y (en 1878) tanto con Ana Karenina como con Luisa, la protagonista de El primo Basilio, de José María Eça de Queiroz. Novelas todas ellas a las que el calificativo de realistas —el de costumbristas se ha quedado antiguo— se ajusta como el guante a la mano.

En España, aun con nuestro lamentable rezago —los primeros trenes no llegaron hasta 1848 en Barcelona y 1849 en Madrid—, todo se desarrollaba más o menos igual: leyes de ensanche de poblaciones en los años sesenta y sufragio universal (masculino) en 1890, ya bajo otro régimen político, el de la Constitución alfonsina de 1876, con el desdichado Sexenio de por medio. Y con una década de final de siglo marcada por la desgracia: el asesinato de Cánovas en 1897 y, claro está, el desastre del 98, no hace falta decir de qué siglo. Nuestras ‘novelas de adulterio’ habían aparecido antes, La regenta —ya se estaba echando en falta la cita— en 1884 y 1885 (fueron dos tomos) y Fortunata y Jacinta, en cuatro volúmenes en 1887.

Crítico literario, azote político y maestro del relato breve

El libro de Rafael Jiménez Asensio que da lugar a estas líneas —una suerte de biografía intelectual— retrata a Clarín, en primer lugar, en cuanto crítico literario, y por cierto, de la clase de los implacables, o ácidos incluso (“higiénicos”, según sus propias palabras), lo que no le granjeó precisamente amistades. Particular mención merece, en ese contexto, Emilia Pardo Bazán (y, claro está, José Lázaro Galdeano, el editor de La España moderna, que junto con El imparcial de Ortega y Munilla eran el no va más), acerca de todo lo cual se encuentra el lector multitud de anécdotas.

Segundo, Jiménez Asensio se recrea en el Clarín autor de cuentos o novelas cortas, con particular atención a los textos recogidos en El gallo de Sócrates, publicado en 1901 (mismo año de fallecimiento del maestro) y ahora reeditado. Y eso sin contar sus obras de teatro, que también las hubo, aunque no fuese lo más celebrado en su momento y lo mejor conocido hoy.

Y, en fin, tenemos el Clarín comentarista político, el de los Paliques, que, lejos de mostrarse un cortesano (los había hasta los límites de lo bufonesco, obviamente retribuidos a tanto la línea), se comportaba de nuevo como un crítico feroz del régimen de la Restauración —ya se sabe: las palabras clientelismo y caciquismo son casi una cláusula de estilo para describir aquello— y, en particular, de la persona de Antonio Cánovas del Castillo. Incluso después del sufragio universal (masculino, se insiste): “[…] lo que hemos traído es la cocina económica. Un hombre un voto, no; un hombre un plato” (El heraldo de Madrid, 22 de abril de 1896). Y siempre, en la línea de Mariano José de Larra, con gran escepticismo sobre las posibilidades de arreglo de las cosas: nunca se alineó con los regeneracionistas, a los que, ya en 1899 —es decir, tras el acabose— dedicó un artículo poniéndolos de vuelta y media.

Reflexiones vigentes más de un siglo después

Las casi 270 páginas del libro (más diez de bibliografía) cunden muchísimo. No hay desperdicio. Y, leídas en esta España de 2026 (cuando han sido escritas), dan lugar a muchas reflexiones sobre nuestro tiempo, porque se puede concluir que las actuales patologías, como el sectarismo de los tertulianos —y de la opinión pública— o el descrédito de la clase política (auténticos malditos de la sociedad) ya existían entonces.

Suele decirse, siguiendo a Ortega, que los nacionalismos periféricos son una consecuencia del desastre de Cuba. Se justifican en una España decadente —las naciones moribundas de que hablaba Lord Salisbury en contraste con la feliz Inglaterra de su tiempo, la arcadia rediviva— y de ahí que, por ejemplo, los triunfos futbolísticos patrios les supongan toda una afrenta. Pero el libro recoge (págs. 199 a 205) textos de Clarín anteriores a 1898 donde, con tono verdaderamente profético —un auténtico oráculo en la mejor tradición griega—, se alerta de la calamidad que se nos venía encima. Por ejemplo, en un artículo en La publicidad del 2 de febrero de 1896, apenas un lustro después de las Bases de Manresa:

«El regionalismo que, per se, es una cosa natural y excelente, siempre es peligroso en España, porque suele significar el salto atrás de la civilización y de la racionalidad […]. No me hace gracia tratar con los fanáticos de ningún género, ni con los que lo son por retrógrados, ni con los que lo son por separatistas de campanario, por espíritu de aislamiento sea regional, municipal, de clan de tribu o lo que se quiera. Todo ello es puramente salto atrás […]. En Cataluña, como en Galicia, como en Asturias, hay que tener mucho cuidado con cierta clase de regionalistas que trabajan ‘pro domo sua’ y aspiran al provincialismo para ser, si pueden, cabeza de ratón, notabilidades de treinta leguas a la redonda, caciques literarios o científicos o lo que sea».

Poco más de un año más tarde, el 15 de abril de 1897, en La saeta, el maestro volvía a despacharse a gusto:

«Si el regionalismo ha de ser pasarse la vida tocando la gaita si es uno gallego o asturiano, o cantando la jota si es aragonés, si el regionalismo ha de ser formar sociedades de bombos mutuos entre las celebridades de campanario, entonces el regionalismo es todo vanidad. El regionalismo artificial es una Zarzuela de espectáculo, para que se luzcan los literatos de la lengua. Para que puedan llamarse eminentes varios señores que nadie conoce más allá de los límites del respectivo obispado».

Han pasado más de 125 años desde que esas líneas se escribieron y, en cuanto al fondo, poco hemos mejorado. Igual a quien le asistía la razón es a Parménides y no a Heráclito, porque el rasgo esencial de la sociedad española sigue siendo, con uno u otro nombre, el tribalismo, no se sabe si herencia berebere o incluso más antigua, de los pueblos germánicos que conocemos como visigodos. En el bien entendido de que algo sí ha cambiado, hoy ese tipo de frases no se atreve a pronunciarlas —en público— nadie y menos aún un republicano (un progre, sí). La ventana de Overton se ha estrechado muchísimo. Podemos hablar de lo políticamente correcto, la autocensura o como lo queramos llamar: los Ramones Martínez Vigil (el obispo de Vetusta que, en 1885, recién aparecida La regenta, escribió su famosa carta condenatoria) ya no hacen falta.

Suele afirmarse, con tono de lamentación, y no sin motivo, que a Clarín le ha faltado, en la capital de Asturias —y no solo— el reconocimiento intelectual al que era acreedor. En ese contexto, a este libro, como el de Labra de 2022, y antes los de Yvan Lissorgues, se les saluda con muestras de satisfacción de una suerte de deuda histórica o, dicho en términos actuales, un acto de justa reparación de la memoria igualmente histórica. Aceptado ese marco mental, hay que decir que igual la tardanza ha merecido la pena: Don Leopoldo estaba esperando a sus bisnietos, los Tolívar Alas (uno de ellos, por cierto, prologuista del libro objeto de esta glosa). Vaya un lujazo de estirpe, aunque haya tardado en manifestarse.

 

Clarín. Republicano de las letras, de Rafael Jiménez Asensio (Ediciones Orígenes, 2026).

¿Dónde acaba el diseño y empieza el arte?, por Pablo Fernández Carballo-Calero

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Pablo Fernández Carballo-Calero,

Catedrático de Derecho Mercantil. Universidad de Vigo.
Consejero Académico HOYNG ROKH MONEGIER Madrid

¿Dónde acaba el diseño y empieza el arte?

¿Puede una sandalia disfrutar de la misma protección jurídica que una novela o una pintura? El Tribunal de Distrito de Midden-Nederland (con sede en Utrecht, Países Bajos) respondió afirmativamente a esta cuestión en una sentencia de noviembre de 2025 que estima parcialmente la demanda interpuesta por Birkenstock contra la cadena neerlandesa de calzado Scapino.

El tribunal consideró que varios de los modelos más emblemáticos de la firma alemana —en concreto “Arizona”, “Madrid” y “Florida”— podían beneficiarse de la protección dispensada por el derecho de autor. La siguiente imagen muestra uno de los modelos analizados en el litigio junto con la versión comercializada por Scapino.

Modelo “Arizona” de Birkenstock
Modelos comercializados por Scapino

La resolución resulta especialmente llamativa porque se produjo pocos meses después de que el Tribunal Supremo alemán hubiera alcanzado una conclusión distinta respecto de los mismos modelos. Mientras el Alto Tribunal germano consideró que los modelos litigiosos no alcanzaban el umbral de originalidad exigido por el derecho de autor, el tribunal neerlandés llegó a la conclusión contraria.

De la propiedad industrial al derecho de autor

Más allá del destino judicial de unas conocidas sandalias, el litigio refleja una de las cuestiones más debatidas del derecho de la propiedad intelectual contemporáneo: la posibilidad de que un mismo objeto cotidiano acumule la protección propia de una modalidad de propiedad industrial y la dispensada por el derecho de autor. En otras palabras, ¿dónde termina la protección de la apariencia de un producto y dónde comienza la tutela reservada a las creaciones artísticas?

La pregunta no es trivial. Sillas, lámparas, bolsos, prendas de vestir son objetos concebidos para cumplir una función práctica. Sin embargo, también pueden incorporar decisiones estéticas y creativas que los distingan de otros productos similares. Lo que está en juego no es únicamente una discusión académica sobre la naturaleza artística de determinados objetos cotidianos. La diferencia entre proteger un objeto como diseño o como obra tutelada por el derecho de autor puede traducirse en varias décadas adicionales de exclusividad: de un máximo de veinticinco años desde la fecha de presentación de la solicitud de registro en el primer caso a un plazo que, con carácter general, se extiende durante toda la vida del autor y hasta setenta años después de su fallecimiento en el segundo. No es extraño, por tanto, que la delimitación entre ambas formas de protección haya generado una intensa polémica doctrinal y jurisprudencial.

La controversia encuentra su origen en la propia naturaleza de las dos modalidades de protección implicadas. Como es bien sabido, el diseño protege la apariencia externa de un producto siempre que sea nuevo y posea carácter singular. Su finalidad es fomentar la innovación en la forma de los productos industriales, otorgando a su titular un derecho exclusivo de duración limitada.

El derecho de autor, por el contrario, responde a una lógica distinta. No protege la novedad en sentido técnico ni la ventaja competitiva derivada de una determinada solución de diseño, sino la expresión de una creación intelectual original. Además, como hemos apuntado, la duración de la protección es considerablemente más extensa. De ahí que la posibilidad de acumular ambas modalidades de tutela haya suscitado históricamente intensos debates.

Originalidad y “mérito artístico”

En este contexto, durante décadas la cuestión fundamental consistió en dilucidar si los objetos utilitarios debían satisfacer un requisito adicional para acceder a la protección propia del derecho de autor. En efecto, ¿bastaba con que el diseño fuese original o era necesario que incorporase un valor artístico especialmente cualificado? La respuesta a esta pregunta dividió durante años a la doctrina y a los tribunales europeos, hasta que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea pareció zanjar el debate en su conocida sentencia “Cofemel” de 12 de septiembre de 2019 (asunto C-683/17, Cofemel — Sociedade de Vestuário SA c. G-Star Raw CV).

En dicha resolución, el Tribunal de Justicia descartó expresamente que los diseños tuviesen que superar un examen adicional de mérito artístico para acceder a la protección que brinda la propiedad intelectual. Lo determinante es que el objeto litigioso pueda calificarse como una creación intelectual original que refleje las decisiones libres y creativas de su autor.

A partir de “Cofemel”, varios tribunales nacionales se vieron obligados a revisar criterios que, de forma expresa o implícita, venían exigiendo un mérito artístico para reconocer la protección de los diseños como obras protegidas por la propiedad intelectual. Un buen ejemplo de esta evolución puede encontrarse en la sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona de 6 de marzo de 2020, relativa a la conocida “Farola Latina”. En ella, el tribunal revisó el enfoque tradicional seguido hasta entonces y analizó la cuestión desde la óptica marcada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, centrando el debate en la originalidad de la creación y no en la concurrencia de un supuesto mérito artístico añadido, para concluir que el diseño de la farola creado por la arquitecta y diseñadora Beth Galí podía beneficiarse de la protección dispensada por el derecho de autor.

Proyecto Piet Smit Terrain, Rotterdam (Países Bajos)

Más allá de que recientemente nuestro Tribunal Supremo determinase que los tribunales españoles carecían de competencia judicial internacional para juzgar una presunta infracción de derechos de autor cometida en Qatar por entidades extranjeras, la sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona constituye un buen ejemplo de que el acceso de un diseño a la protección que brinda el derecho de autor no puede condicionarse a la acreditación de un valor artístico añadido.

Ahora bien, la desaparición de este requisito no resolvió todos los problemas. Más bien, abrió un nuevo frente de debate. Si ya no podía exigirse un mérito artístico específico para acceder a la protección por derecho de autor, la pregunta pasaba a ser otra: ¿dónde debían situarse los límites de dicha protección cuando se trata de objetos destinados a cumplir una función práctica?

La cuestión no es menor. El concepto de originalidad manejado por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea se basa en que la creación constituya una expresión de la personalidad de su autor y refleje sus decisiones libres y creativas. Pero, llevada esta idea hasta sus últimas consecuencias, podría sostenerse que un gran número de productos son susceptibles de beneficiarse de la protección que brinda la propiedad intelectual. Dicho de otro modo, la solución adoptada por el TJUE parece haber resuelto un problema —evitar que los tribunales deban pronunciarse sobre el valor artístico de una creación—, pero al precio de difuminar la frontera entre el diseño y la obra protegida por el derecho de autor.

El alcance de la protección, caso por caso

La consecuencia inmediata de esta evolución es que cada vez resulta más frecuente que objetos concebidos para un uso cotidiano aspiren también a convertirse en obras de arte protegidas por la propiedad intelectual. Bolsos, prendas de vestir, lámparas, sillas o sandalias han pasado a ocupar un lugar cada vez más relevante en los litigios sobre copyright, obligando a los tribunales a delimitar caso por caso el alcance de la protección.

Conflictos como el que enfrentó a Ganni con Steve Madden, las controversias surgidas en torno a las célebres sillas comercializadas por Vitra, los bolsos Kelly y Birkin de Hermès o los recientes procedimientos relativos a las sandalias de Birkenstock demuestran que la pregunta que da título a este artículo está lejos de encontrar una respuesta definitiva.

Si antes el problema consistía en determinar cuándo un diseño era suficientemente artístico para merecer la consideración de obra protegida por la propiedad intelectual, hoy la preocupación parece ser justamente la contraria: evitar que una concepción excesivamente amplia de la originalidad termine convirtiendo en obras protegidas muchos de los objetos cotidianos que nos rodean.

Quizá ello explique por qué, al final, seguimos regresando a la misma pregunta: ¿puede una sandalia disfrutar de la misma protección jurídica que una novela o una pintura? Como hemos visto, la respuesta ya no depende de que el objeto sea considerado suficientemente artístico, sino de una cuestión mucho más compleja: que refleje la personalidad de su autor a través de decisiones libres y creativas. Un auténtico laberinto jurídico en el que sigue resultando difícil discernir dónde termina el diseño y dónde empieza el arte.

«El Paraíso de los libros», por Juan Manuel de Prada

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Juan Manuel de Prada,

escritor. Licenciado en Derecho y Doctor en Filología Hispánica. 
Autor de la bilogía Mil ojos esconde la noche: La ciudad sin luz (2024) y Cárcel de tinieblas (2025). Ganador del Premio Planeta (1997) y Premio Nacional de Narrativa (2004).

El Paraíso de los libros

Como Borges, yo también me figuro el Paraíso bajo la especie de una biblioteca. Una biblioteca populosa como la eternidad, que incluya los libros que mi ávida memoria reconoce, los libros que mi ferviente entusiasmo espera leer antes de que la muerte me visite, y también los incontables libros que no podré leer en esta vida. Y en ese Paraíso no podrá faltar mi amado y añorado abuelo, con quien espero reencontrarme. Fue mi abuelo quien me enseñó a leer, cuando todavía no había cumplido los tres años, casi a la vez que aprendía a hablar. Lo hizo con la ayuda de una vetusta cartilla que en su primera página incluía las letras vocales, acompañadas de un dibujo alusivo: la a de abanico, la e de erizo, la i de iglesia, la o de ojo, la u de uvas.

Guardo todavía un ejemplar de aquella cartilla, desvencijado y amarillento; y, mientras lo hojeo, me imagino aupado sobre las rodillas de mi abuelo, arrimados ambos a la camilla que escondía bajo sus faldas el calor hospitalario del brasero, pronunciando al unísono esos sonidos que servían para designar el mundo; y llego a imaginar tan vívidamente esa escena que por momentos creo recordarla. Pero sé bien que se trata de falsos recuerdos, reelaborados a partir de otras impresiones posteriores que me han dejado una huella indeleble, como los besos de buenos días que mi abuelo me daba en las mejillas cada mañana, restregándome su barba picajosa de tres o cuatro días, una barba que le crecía recia y me dejaba las mejillas escocidas. Ahora que esos besos me faltan me despierto muchos días añorando aquel escozor en la piel, y a veces incluso llego a sentirlo en la duermevela como una lija amorosa que frotase todo mi rostro, lavándolo de arrugas y pensamientos sombríos.

Al calor de la poesía de Gabriel y Galán

Mi abuelo, que me enseñó a leer, no era sin embargo hombre de lecturas numerosas. La sabiduría que había atesorado no se la habían proporcionado los libros, sino las asperezas y sinsabores de la vida; sin embargo, guardaba como oro en paño un ejemplar muy magullado de las poesías de José María Gabriel y Galán, que había llegado a aprenderse de memoria allá en su infancia campesina. Sospecho que hoy ya casi nadie frecuenta a Gabriel y Galán, tan alejado de la muy cuestionable sensibilidad contemporánea; pero su poesía rural, candeal, muy delicadamente emotiva me sigue poniendo un amasijo de ortigas en la garganta cada vez que la releo. El poema predilecto de mi abuelo se titulaba El vaquerillo; y me lo recitaba a diario, con una voz que era a un tiempo muy viril y muy melancólica, como si en el niño protagonista estuviese viendo al niño que yo era por entonces, o incluso al niño que él mismo había sido:

“He dormido esta noche en el monte
con el niño que cuida mis vacas.
En el valle tendió para ambos
el rapaz su raquítica manta
y se quiso quitar, ¡pobrecillo!,
su blusilla y hacerme almohada.”

Mientras mi abuelo leía aquellos versos temblorosos, yo sentía crecer dentro de mí el relente de una noche pasada en la intemperie, y me acurrucaba contra él, para sentir el calor de su sangre derramándose por sus venas antiguas, como un río rumoroso y lentísimo, para sentir los latidos de su corazón, como un reloj que midiese la respiración del mundo. Pegados el uno al otro, como la piedra al liquen, sentíamos que se nos hacían de acero los cuerpos y de oro las almas; y la noche que ya se avecindaba a lo lejos ni siquiera nos rozaba: ambos éramos invulnerables y eternos como los dioses.

Mi abuelo y yo solíamos dar largas caminatas en pos del crepúsculo, siguiendo el curso del río o por vericuetos que sólo él conocía, en busca de las hierbas medicinales que le servían para curar sus achaques. Recuerdo que me cantaba canciones de cuando la guerra, o todavía más antiguas, con una voz cascada y agrietada de melancolías, y que me contaba anécdotas de su juventud de vendedor ambulante, anécdotas sobre aquellos años ásperos en que dormía en las posadas de los caminos, y a veces también a la intemperie, escrutado por las estrellas y las lechuzas. En uno de aquellos paseos mi abuelo me llevó hasta la biblioteca de la ciudad en que crecí, allá donde las iglesias románicas guardaban su liturgia anciana y fresquísima. Mi abuelo, como tantos otros jubilados, solía hojear los periódicos en la biblioteca, para ahorrarse las monedillas que costaban en el quiosco; y, mientras lo hacía, me dejaba en la sala de lectura infantil, donde descubrí que los libros eran un tesoro inagotable que podría llenar mis días y mis noches, un tesoro que refulgía como el oro de las mitologías.

Del ‘método’ a la pasión insomne

La visión de aquellas estanterías atestadas de libros, combadas por el peso de cientos de volúmenes que aguardaban expectantes mi curiosidad, me produjo una suerte de arrobo. Extrañamente, pensé que aquella biblioteca era una suerte de templo, protegido de las contingencias y de los vanos afanes de los hombres, donde podría alimentar mi devoción por los siglos de los siglos. Y, como no sabía por dónde empezar, me impuse un método de lectura disparatado: decidí que estaba obligado a leer todos aquellos libros, uno por uno, y para que mi propósito no flaquease, decidí leerlos en estricto orden, empezando por el anaquel más alto de la estantería más próxima a la entrada de la biblioteca; cuando acabé con el primer anaquel, seguí con el siguiente, y así hasta acabar con la primera estantería. Durante años, seguí a rajatabla aquel disparatado método; e, inevitablemente, hice acopio de lecturas absurdas o perfectamente prescindibles; también de lecturas demasiado abstrusas para un niño que apenas había empezado a descifrar los senderos de la vida. Pero también en aquellos libros absurdos o prescindibles o demasiado intrincados hallé motivos de alborozo; y todavía hoy queda en mí algo de aquel niño desprejuiciado que no hacía ascos a nada en su pasión voraz por la lectura, una pasión que pronto anegaría mi vida entera, como un amor insomne que no me concedía tregua. Más de una vez mi madre me pilló robando horas al sueño, con la lámpara de mesilla encendida, absorto en la lectura de un libro; y, aun después de que mi madre me apagara la lámpara de mesilla, yo me las ingeniaba para seguir leyendo, armado de una linterna, acurrucado entre las mantas. Y así me sorprendía el amanecer, calenturiento de palabras que me aturdían con un fragor de enjambre.

Alma y literatura, más allá de la vida

Por supuesto, en aquella época, pensaba que tendría tiempo suficiente para leer todos los libros que me apeteciera. En mis visitas a la biblioteca pública, me paseaba entre los anaqueles atestados con un sentimiento optimista e insensato; como el terrateniente que recorre las lindes de su finca, creía que mi vida sería suficientemente larga como para asomarme a todas aquellas páginas que, en cierto modo, me pertenecían. Pues, en el ímpetu de los pocos años, a falta de otras posesiones más inmediatas y palpables, uno llega a albergar la certeza un tanto megalómana o presuntuosa de que el futuro le pertenece en exclusividad. Ahora ya sé que me moriré sin haber leído muchos libros que deseo leer; y me consuelo pensando que los leeré después de haber muerto, en ese Paraíso soñado por Borges donde no pueden faltar los libros.

Puedo llegar a concebir un mundo lóbrego como el que urdió Ray Bradbury, en el que los libros hayan sufrido persecución y alimentado el fuego, como pájaros asesinados, para sobrevivir instalados en la memoria agradecida de unos pocos hombres libres; pues en la novela de Bradbury, cada hombre libre se aprendía de memoria un libro, se convertía en un hombre-libro, y por las noches, en torno a una fogata, recitaba ese libro a sus compañeros. No puedo concebir, en cambio, la existencia humana sin libros; sería tanto como imaginarla desposeída de alma, extraviada en los pasadizos de un mundo ininteligible.

«Jueces, redes y medios de comunicación», por Pablo de Lora

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Pablo de Lora,
escritor, ensayista y divulgador. Catedrático de Filosofía del Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid.

Jueces, redes y medios de comunicación

Huelga insistir en la importancia que, para la solidez del Estado de Derecho, tiene que los jueces no solo “sean” sino que “parezcan” imparciales, alejados de la pugna política o partidista. Nuestros más altos tribunales no se han cansado de repetirlo en una jurisprudencia que está plenamente consolidada. ¿Hasta qué punto, en aras a la satisfacción de ese requisito, deben manifestar sus opiniones o criterios a través de las redes sociales o los medios de comunicación? Algo se dirá en las líneas que siguen a propósito de ese espinoso y complejo asunto.

El siempre añorado profesor Tomás y Valiente acostumbraba a decir que los jueces hablan en sus providencias, autos y sentencias. Es un criterio de demarcación claro, pero probablemente en exceso estricto. El juez tiene una posición como jurista que es ciertamente privilegiada para transmitir conocimiento, y la sociedad seguramente lamentaría no poder disponer de la divulgación de su sabiduría o experiencia. De hecho, si por jueces entendemos, laxamente, también a los magistrados del propio Tribunal Constitucional del que formó parte, hasta llegar a presidirlo, Tomás y Valiente, sería exagerado que él mismo, o perspicuos juristas de disciplinas diversas que conformaron ese órgano, salvados los casos que estuvieran llamados a resolver, no hubieran podido impartir conferencias, o dar entrevistas en televisión acerca de aquellas materias sobre las que pueden aportar un juicio experto y fundado.

Otros jueces de carrera han llegado a ser excelentes especialistas en su materia y no es ni mucho menos descabellado que dicten clases para provecho de estudiantes o abogados u otros profesionales del Derecho. Yo recibí en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid el magisterio del fiscal, luego magistrado del Tribunal Supremo, Martín Pallín, o del juez de lo contencioso-administrativo José Yusti Bastarreche, por poner dos ejemplos bien cercanos.

De las aulas a los tuits

Desde aquellos años en los que la difusión del Derecho por jueces y magistrados se canalizaba en medios de comunicación escritos o audiovisuales, o en las aulas académicas o salas de conferencias, las cosas han cambiado de manera dramática; en su doble sentido de “intensidad” y “afectación”. Muchos jueces y magistrados se han lanzado, con su mejor intención, a las aguas de las procelosas “redes” y bien está siempre que conserven su apariencia y embriden sus deseos de terciar en lo que no sea aclarar el Derecho, el procedimiento, el funcionamiento de las instituciones. Si cruzan la, a veces, delgada línea roja que separa la lege lata de la lege ferenda, la oportunidad de la política legislativa o directamente la política, correrán el riesgo de acabar cual Ulises que ha logrado desatarse y arrojarse al mar mientras cruza las islas de Eea. Así ha ocurrido en no pocas ocasiones con jueces y magistrados que se creyeron a resguardo por el uso del “nickname” en Twitter, ahora X, y que sufrieron las dentelladas de las sirenas afanadas en desvelar su identidad y partido judicial.

La prudencia ante las cámaras

Hay cierta imprudencia también en algunas expresiones, parlamentos o actitudes de jueces y magistrados que, quizá inadvertidamente, han sido grabados en contextos que invitaban a la familiaridad y a la complicidad con el auditorio. Es el caso reciente del juez David Maman que participaba como ponente en unas jornadas del ICAM sobre violencia de género. Su campechanía y afán anti-academicista se ha revelado inoportuno. Es cierto que sus consideraciones sobre el actual funcionamiento del régimen jurídico en materia de violencia contra la mujer; las dudas y complejidades que la reciente reforma de la organización judicial plantea; los incentivos perversos puestos a disposición de la presunta víctima en el orden civil, todo ello, y más, es vox populi, pero el juez Maman se debió cuidar más dado el actual clima de polarización política y exacerbados ánimos. También los jueces que, sabedores de estar siendo grabados o siendo su vista reproducida en directo, dirigen el debate procesal o interrogan al testigo confundiendo el rigor y la autoridad con el desplante y la ofensa gratuita.

El prestigio del Poder Judicial, en juego

Tampoco ayuda a la imagen de la función judicial que los jueces, por legítima que sea su querella, muestren el caos organizativo de sus juzgados, y no digamos ya que se manifiesten con la toga puesta y proclamen “estar en huelga”. Aunque no se trate expresamente de un juez, las recientes declaraciones del ex Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, a un programa de televisión distinguiendo, de modo muy torpe y sectario, entre fiscales “progresistas” y “conservadores” (los primeros preocupados por respetar los Derechos Humanos y la igualdad, los segundos dispuestos a no proteger a los inmigrantes, al trato desigual y escépticos de la violencia de género y de la existencia del machismo estructural) son también un magnífico ejemplo de lo que no se debe decir públicamente si es que uno tiene el propósito de que la institucionalidad no vuele definitivamente por los aires.

En España el Estado de Derecho está en sus horas más bajas desde el advenimiento de la democracia: a la colonización de las instituciones y órganos constitucionales clave; el estado terminal del Parlamento; el abuso hasta límites nunca sospechables del Decreto-Ley; y la condena de todo un Fiscal General del Estado por la comisión de un gravísimo delito se ha sumado la promulgación de leyes de dudosísima constitucionalidad, si es que no crasa inconstitucionalidad, como ha sido señaladamente el caso de la popularmente conocida como “Ley de Amnistía”. En ese contexto el Poder Judicial se antoja como el último bastión que puede evitar que termine de difuminarse la división de poderes y el control del poder político por el Derecho en nuestro país. Es por ello por lo que, más que nunca, los jueces y magistrados harán bien en extremar el celo a la hora de pronunciarse públicamente más allá de lo que admiten las resoluciones que están encomendados a dictar. Con su prestigio e imagen se juegan, y nos jugamos, mucho.

«Balanza y vocación de la poesía», por Jesús García Calderón

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Jesús García Calderón,
poeta, escritor y jurista. Fiscal de la Fiscalía de la Comunidad Autónoma de Andalucía Académico de número de la Real Academia Extremeña de las Letras y las Artes

Balanza y vocación de la poesía

Las aciagas circunstancias del roñoso ejercicio del poder y la mediocridad reinante en nuestro camino hacia un complicado progreso han conseguido que pensemos que “Derecho” y “Literatura” son términos que deben y merecen ser antagónicos. Se afirma categóricamente, con tan poco rubor como tanta ignorancia, que el mundo de los juristas es casi siempre un árido espacio descreativo. Pero nada más lejos de la realidad: hablar de Derecho y Literatura es una redundancia. Pocas cosas hay tan literarias como algunos preceptos de una sabia ley que conoce a varias generaciones y, olvidando a los legisladores que la crearon, se comporta como esas coplas populares de las que nos hablaba Manuel Machado como máxima aspiración del poeta, para ser únicamente hija del tiempo y no reconocer otra autoría que la cifra del año que la vio nacer.

Ya el 25 de septiembre de 1781, Gaspar Melchor Jovellanos -cuando solo tiene 39 años, pero ya pertenece a la Real Academia de San Fernando y a la Real Academia de la Historia- lee ante don Carlos III su breve Discurso de Ingreso en la Real Academia Española. Lo ha titulado Sobre la necesidad del estudio de la lengua para comprender el espíritu de la legislación y en él se muestra convencido de la verdadera finalidad que inspira su nombramiento. Piensa que la corporación procura con esta designación que se conozca y aplique mejor la lengua por quienes deben interpretar las diversas leyes del Reino. Añade Jovellanos otras enseñanzas que al día de hoy resultan plenamente vigentes y hasta profetizan el grave problema al que nos enfrentamos a diario sobre la mala utilización del lenguaje por los juristas.

Para Jovellanos, están decisivamente equivocados quienes creen que el conocimiento primario de la lengua que nos proporciona nuestra etapa escolar y una cierta inclinación posterior hacia la lectura es más que suficiente bagaje para que el jurista afronte su labor profesional con garantías. No es así porque la lengua modifica sus hábitos y acepciones, amplía sus significados, construye nuevas palabras y descubre nuevos modos de unirlas para alcanzar una mayor eficacia y hasta una considerable belleza. No basta con recordar las reglas básicas de la Gramática. No podemos exigir al jurista la pulcritud del filólogo, pero sí procurar una relación respetuosa con el lenguaje que nos permita conocerlo y comprender su valor y alcanzar la convicción de que no es la lengua la que sirve al Derecho, sino que es el Derecho el que sirve a los intereses quizá más elevados del lenguaje.

El artículo 148 del Reglamento Notarial

En cierta ocasión, hablando justamente de Derecho como Literatura en la Academia Sevillana del Notariado, tuve la ocurrencia de intentar convertir en una silva el vigente artículo 148 del Reglamento Notarial de 1944 que, como es sabido, establece literalmente que “los instrumentos públicos deberán redactarse empleando en ellos estilo claro, puro, preciso, sin frases ni término alguno oscuros ni ambiguos, y observando, de acuerdo con la Ley, como reglas imprescindibles, la verdad en el concepto, la propiedad en el lenguaje y la severidad en la forma”.

Recordemos que la silva es una composición métrica muy frecuente en la poesía española en la que se alternan libremente versos endecasílabos y heptasílabos. Encontró en Góngora y en sus Soledades el cénit de nuestra poesía. Pero también es la silva, como me enseñó Vicente Sabido, aquel poema que se escribe en un elevado impulso, de un solo y certero golpe, casi como un dictado lúcido que se desata por sorpresa dentro de la razón y muchas veces sin que el propio poeta lo presienta o espere.

Después de varios intentos, no conseguí la transformación en silva del precepto porque quise mantenerme fiel al mecánico conteo de las sílabas y no tomarme algunas licencias que podían resultar necesarias y hasta aconsejables para celebrar la exactitud de un texto tan bien logrado. No me di cuenta de que el precepto contaba con la suficiente cadencia interior, con el flujo fonético necesario para ajustar una métrica oculta que mi ignorancia no supo identificar. Tengo pendiente una charla con mi admirado Antonio Carvajal para que me ilustre, como ya hizo con su Metáfora de las huellas, proverbial estudio sobre métrica, para que podamos culminar este firme propósito de llevar el Reglamento Notarial a la poética española contemporánea.

En cualquier caso, métricas aparte, no podemos negar que el redactor anónimo de este luminoso precepto probablemente sucumbió al arrebato lírico más intenso en el momento de rematar su obra. Señalar como reglas imprescindibles la verdad en el concepto, la propiedad en el lenguaje y la severidad en la forma es un tricolon muy afortunado y del mayor nivel retórico que pueda imaginarse en la lengua española. No puede darse mejor consejo o mayor consuelo a cualquier espíritu inquieto que inicie la paradójica (tan penosa y dichosa a la vez) aventura de escribir. Sea cual sea el género finalmente elegido, ya se trate de una novela de aventuras o de redactar instrumentos hipotecarios. Porque esta conjugación de la verdad con la falta de cualquier artificio o mendacidad que ensucie la claridad de nuestro mensaje convierte la tarea de escribir, para el jurista, en una de las empresas humanas con mayor dificultad. Hablamos de la dificultad de trazar esos límites que permitan, con el auxilio de las leyes y algunos nobles principios, una convivencia más segura y el aliento necesario para la buena dirección del progreso.

El arte de trazar límites

Creo que fue Manuel Olivencia quien en su recordado Discurso de Ingreso en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla elogiaba la dimensión literaria del Derecho Mercantil al recordar el famoso tratado del profesor Joaquín Garrigues. Ya mereció esta magnífica obra elevados elogios de signo puramente literario del gran novelista y académico Miguel Delibes, profesor de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid, quien descubrió en las enseñanzas del recordado catedrático, textualmente, “el arte de encadenar palabras con belleza y erudición, la exactitud del adjetivo, el ramalazo metafórico deslumbrante y eficaz […] la forma y la estructura literarias, la precisión de la palabra, el arte de escribir en suma y al margen de lo que se cuenta a los demás con belleza y eficacia en la mera combinación de unos signos”.

Ambos comprendieron que la misión de la norma y de su intérprete no es otra que el arte de trazar límites y este noble cometido es también el que persigue el vate, el rapsoda o el aedo, el peculiar discurso que alumbra con sus versos el hogar de nuestras emociones.

La decisión del poeta y el pesaje de la palabra

Volvieron a preguntarme hace algunas semanas si me resultaba fácil conciliar mi profesión de fiscal con mi aspiración poética. He respondido muchas veces esa misma pregunta, pero esta vez quise reforzar mi respuesta enumerando una heterogénea serie de profesiones. Contable, subdirector de una compañía de seguros, pediatra y ginecólogo, profesor de francés, empleado bancario, agente de cambio y bolsa o portera de fincas urbanas. Estas dispares ocupaciones corresponden a Fernando Pessoa, Wallace Stevens, William Carlos Williams, Antonio Machado, T. S. Eliot, Ricardo Defarges y a mi admirada Begoña Abad. Tan brillante nómina de grandes poetas demuestra que esta condición no se vincula con ninguna traza profesional o académica. Desde muy joven, algunas voces magistrales que tuve la suerte de tratar y de las que tanto aprendí en largas conversaciones, me enseñaron a desconfiar del poeta “profesional”, tanto como del poeta domesticado. Nada mejor que una ocupación distante para conseguir esa discreta ocultación donde germina de forma más exuberante la pulcritud de la inspiración.

Ocurre con el poeta, de otra parte, lo mismo que ocurre con algunas decisiones jurisdiccionales. Creo que fue Saramago quien nos recordó que, en puridad, no siempre somos nosotros los que tomamos las decisiones, sino que a veces son las decisiones las que nos toman a nosotros. Así sucede con muchos dictámenes o sentencias y también con la ocurrencia de escribir poesía, porque si el poeta es verdadero, casi no tiene elección. Lo atrapa una decisión que le viene impuesta desde lo más profundo de su ser y que le aflora al margen de su voluntad. Le aparece como un imperativo ineludible y paradójico, asumiendo ese dulce e ingrato deber al que debe enfrentarse con el escaso bagaje de su posible virtud.

Quizá por esta especie de sentencia de conformidad que suscribimos con la Literatura, señalaba Ernst Jünger en sus famosas memorias que el estilo del escritor, en especial el del buen poeta, se basa precisamente en la Justicia, recordando que solo la persona justa sabe cómo hay que trazar la frase y sopesar la palabra. Por todo esto y por alguna que otra intuición, sabemos que la rectitud y la ambición del Derecho están muchas veces presentes en la balanza y vocación de la poesía.

«La importancia de las Humanidades», por Fidel Ángel Cadena Serrano

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Fidel Ángel Cadena Serrano

Fiscal de Sala Jefe de la Sección Penal de la Fiscalía del Tribunal Supremo.

La importancia de las Humanidades

En los planes de Educación subsiste el Bachillerato de Humanidades. En una época que denosta el intangible y se burla de la trascendencia, los tecnicismos y la Inteligencia Artificial quieren desplazar en la hoguera de las vanidades filosóficas a la memoria, bautizada hostilmente como inteligencia de los tontos, y a los valores metafísicos que se desprenden de la Filosofía, el Arte, la Literatura o las llamadas lenguas muertas, denominadas así, curiosa y paradójicamente, porque, pese a no hablarse y escribirse ahora en los territorios geográficos y políticos donde antaño vehiculaban los pensamientos y articulaban la comunicación, permanecen absolutamente vivas en la memoria de todos los que reconocen su influencia capital en la formación de la cultura y la proyección vertical del hombre.

En el principio no fue así. Las humanidades eran básicas. Terencio proclamaba que todo lo que pertenece al hombre interesa vivamente. “Homo sum et nihil humani a me alienum puto”. Para los clásicos tan importante era el tratado geométrico de Euclides como Los Diálogos de Platón, tan necesario el trivium como el cuadrivium. Feliz Arcadia en que convergían las ciencias experimentales con las ciencias del espíritu.

Pero la dicotomía entre las ciencias y las humanidades terminó por surgir en un mundo que equivocadamente creyó entender que la colocación del hombre en el centro del Universo -y también del saber enciclopédico- comportaba la preterición del clasicismo. Ese cisma conceptual tiene su punto de partida en Kant y la Ilustración y posiblemente antes en el Discurso del Método de Descartes. En esos momentos se abrió una brecha entre ambos conocimientos, que tristemente quisieron separarse, reclamando las ciencias empíricas su independencia de la tutela celeste que atribuían a la cultura teocéntrica. Ignoraban los cismáticos, como enseñara Hegel, que incluso los que luchan están abrazados.

En esa querella entre el moderno y el antiguo saber salieron triunfantes las ciencias sobre las letras. María Moliner en su Diccionario enseña que las humanidades enriquecen el espíritu, pero carecen de aplicación inmediata. Tenía razón. Las ciencias empíricas son demostrables, exactas y de aplicación inmediata, pero las humanidades, sin frutos cortoplacistas, son las únicas capaces de dar respuesta a las preguntas últimas que superan la tangibilidad y la inmanencia.

En estas líneas de grueso trazado pretendo expresar que sigue existiendo un ámbito existencial y educativo que solo las humanidades saben cubrir cuando se trata de proyectar la mente y el espíritu. Las ciencias y las letras deberían, pues, complementarse. Como escribe Savater, las humanidades desarrollan la capacidad crítica, el sentido del razonamiento lógico, la búsqueda de la verdad más allá de los dogmas y la capacidad para asimilar las más altas realizaciones del ser humano.

Antígona, Tomás Moro y la condición humana

Recurriremos al ejemplo para explicar la importancia de los principios y valores clásicos y la necesidad de que las Humanidades recuperen su espacio en la academia y la educación. Ya en la antigüedad, el dramaturgo Sófocles, que conforma la triada capitolina de la tragedia griega con Eurípides y Esquilo, presentó el drama de Antígona, que contraviniendo el decreto del rey Creonte, tirano de Tebas, enterró a su hermano Polinices, invocando que sentía su conciencia como un mandato ético de jerarquía axiológica superior a la ley positiva. Ocurrió lo mismo con Tomás Moro quien, en su condición de primer ministro, se negó a rubricar el Acta de Supremacía de 1534 que declaraba al rey como jefe supremo de la Iglesia católica en Inglaterra. Tomás Moro, no obstante, se empeñó en resaltar que su negativa a dar el consentimiento a la preterición del Papado no afectaba a su lealtad institucional con la Corona que permanecía incólume. La coherencia de Moro le costó la vida e idéntica suerte corrió Antígona por haber enterrado a su hermano arrojando tierra sobre su cadáver. Esas actuaciones explican, entre otras cosas, el nacimiento de la objeción de conciencia, que responde al principio constitucional de que los derechos fundamentales de las minorías -como la libertad ideológica y la libertad religiosa- no pueden quedar siempre en manos de la opinión mayoritaria.

Según el principio democrático de Habermas, la democracia sería la afanosa búsqueda del justo equilibrio entre el respeto por los derechos de las minorías y la aceptación universal de la voluntad parlamentaria. Eso nos enseñarían Antígona o Tomás Moro: que, sin prescindirse en absoluto de la vigencia de las normas, que deben existir para afirmar el Derecho, es posible suscitar un conflicto de intereses en temas fundamentales que proteja la libertad de conciencia frente a la imperatividad de la ley. Ese derecho a la objeción de conciencia es hoy reconocido por el legislador, por ejemplo, en el artículo 30.2 CE como alternatividad al servicio militar obligatorio. En otro ámbito, también por el Código Deontológico Médico que en su artículo 32 proclama que el reconocimiento de la objeción de conciencia del médico constituye un presupuesto imprescindible para garantizar la libertad e independencia de su ejercicio profesional, derecho que se ha ejercitado para no realizar actuaciones sanitarias o prácticas médicas contrarias al juramento hipocrático en supuestos de aborto y eutanasia. Antígona y Moro elevan la condición humana proyectándola al infinito de la transcendencia.

Del posthumanismo al wokismo

Urge aquella recuperación de las letras, más si cabe, porque frente a la vuelta a la vida del humanismo, florecen, en sentido opuesto, como espigas del progreso, la manipulación genética, la inteligencia artificial y las corrientes filosóficas del transhumanismo y posthumanismo.

Esas posiciones científicas pueden ser contrarias a la ética. La formación de seres genéticamente enriquecidos por la selección de embriones rompe con los principios de libertad, igualdad y dignidad del ser humano. Por otro lado, se piensa en la creación de criaturas humanas conectadas con máquinas y que serían auténticos avatares que habrían de trascender al hombre. Así, una de las ideas del proyecto CYBORG -Kevin Warwick- es trasladar la mente, la personalidad y la memoria de un ser humano a un robot, androide u ordenador. Se trataría así de crear modelos informáticos de la conciencia humana que permitiesen transferir la inteligencia del ser humano a un soporte informático, con cuyo artificial potenciamiento el hombre se convertiría en inmortal. Utópicamente se enseña que así desaparecerían el dolor, la enfermedad y la muerte. El hombre recuperaría, rebelándose contra el Génesis, los dones preternaturales que Dios le retirara por el mal uso de su libertad. En verdad, esas corrientes, parecen decir que “queremos ya en la tierra alcanzar el cielo, porque el otro se lo dejamos a los ángeles” -Heinrich Heine-.

En el fondo es el hombre que juega a ser Dios -Habermas-, lo que nos permite asistir a una verdadera rebelión de aquel contra su propia existencia -Arendt-, en la que quiere llegarse a un auténtico concepto de deconstrucción de la ontología del ser como denunciara Heidegger en su Carta sobre el humanismo para crear un ser soberano “sin Dios ni amo”.

El wokismo camina en la misma dirección de rechazo liberal de la metafísica clásica, de manera que solo el grupo identitario pueda definir lo que es bueno y en el que el sentimiento prevalezca no solo sobre la ciencia, sino también sobre los valores que conforman las humanidades. Estos peligrosos brotes creativos tan reales como ignorados reclaman la recuperación de las Humanidades que forman el espíritu, la cultura, el rigor, el análisis y la capacidad crítica frente al dogmatismo emocional.

«Trump y el nuevo (des)orden internacional», por Javier Rupérez Rubio

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Javier Rupérez Rubio

Exembajador de España en los Estados Unidos, exdiputado y exsenador de las Cortes Generales, académico de Ciencias Morales y Políticas, diplomático, político y escritor.

Trump y el nuevo (des)orden internacional

Siendo el presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, y al poco de comenzar la I Guerra Mundial que enfrentaba al imperio alemán contra Francia e Inglaterra, un submarino alemán hundió frente a las costas de Irlanda al transatlántico americano Lusitania, causando la muerte de más de 1.500 personas. Entre ellas el músico español Enrique Granados, que regresaba de Nueva York, donde había estrenado con gran éxito sus Goyescas. Era el año 1915. Dos años después, en una similar maniobra, otro submarino alemán hundió en aguas británicas al transatlántico americano Sussex, provocando lo que el presidente americano había ido contemplando desde 1915: participar junto con franceses y británicos en la guerra contra Alemania. Wilson, que inicialmente había sido partidario de mantener la neutralidad de su país en el conflicto, fue un elemento determinante en la victoria contra Alemania y en la resolución política y legal del conflicto, a través del Tratado de Versalles y de la creación de la Sociedad de Naciones, primer intento de ésta de establecer las bases para una convivencia sentada sobre el respeto a las normas de un incipiente derecho internacional. Pero en 1920, en EEUU, el partido republicano en la contienda electoral contra el partido demócrata, al que pertenecía Wilson, llevó al Senado, y obtuvo, la retirada de los Estados Unidos del Tratado de Versalles, así como su ausencia de la Sociedad de Naciones. Todo ello favoreció la aparición y el crecimiento en Alemania del nazismo hitleriano y la consiguiente erosión de las relaciones internacionales, que desembocaron en 1939, con la invasión de Polonia por parte de Alemania y la URSS, en el comienzo de la II Guerra Mundial. La paz del Tratado de Versalles y de la recortada Sociedad de Naciones había durado apenas 20 años.

De la guerra fría, ¿a la III Guerra Mundial?

Le correspondió al presidente americano Franklin Delano Rooselvet, también inicialmente inclinado a mantener la neutralidad del país en el conflicto entre el Eje germano-italiano y el Reino Unido y Francia, tomar la decisión de participar en el mismo del lado de Londres y París cuando, en diciembre de 1941, una nutrida avalancha de aviones y navíos militares japoneses atacaron la base militar americana de Pearl Harbor, en la isla de Hawai. La victoria resultante, en parte debida al cambio de fila que durante el conflicto experimentó la URSS al pasar de sus fidelidades berlinesas a otras occidentales, no tuvo un explícito tratado de paz, pero sí una nueva y reforzada pauta de comportamiento nacional e internacional: la Organización de las Naciones Unidas, cuya Carta fue firmada en San Francisco en octubre de 1945. Desde entonces, hace 89 años, el mundo en general ha conocido una evolución notable que, sin ser perfecta ni desconocer errores y tropiezos, ha podido garantizar un estado de previsibilidad pacífica rara vez, sí alguna, registrada durante los últimos siglos. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca como presidente de los Estados Unidos el 20 de enero de 2025, tras ser elegido por segunda vez para el cargo en las elecciones presidenciales del año 2024, ha vuelto a descargar pesada y dolorosamente sobre la comunidad internacional las mismas dudas surgidas por la jerarquía norteamericana antes de la I y la II Guerra Mundial. O, dicho de otra forma, ¿habremos pasado de la Guerra Fría, y la consiguiente y afortunada generalización de la democracia tras la caída de la URSS y el Pacto de Varsovia, a la terrible posibilidad de una III Guerra Mundial?

Veto a las organizaciones globales

Trump no tiene ningún afecto por las instituciones internacionales, precisamente aquellas cuya finalidad esencial, en el ámbito general o regional, es la de mantener cauces de comportamiento que garanticen la paz. Ya durante su primer mandato, entre los años 2017 y 2021, había calificado a la OTAN de “organización obsoleta”. Le ha faltado tiempo en las primeras semanas de su segundo mandato, para proclamar su voluntad de hacerse con el vecino Canadá como estado número 51 de los EE.UU., de reclamar la soberanía sobre el Canal de Panamá, de hacer lo propio, incluso con amenazas de utilizar la fuerza si ello fuera necesario, con la isla danesa de Groenlandia. No hace falta recordar cómo la intervención armada que condujo contra Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro -con independencia de los sentimientos de horror que el sátrapa venezolano suscita en cualquier persona bien ordenada- constituye una flagrante violación de los mandatos internacionales, que consideran ilegal la utilización de la fuerza contra la integridad territorial de los estados. Actitud esta que, como es bien sabido, ha sido y sigue siendo mantenida por el autócrata ruso Vladimir Putin, que mantiene con Trump una indudable vecindad de camaradería, al violar desde 2014, con la ocupación de Crimea, y desde 2022, con la agresión armada contra el territorio continental, la integridad territorial de Ucrania.

Y en la misma longitud de onda cabe registrar el manifiesto desapego que Trump siente hacia las organizaciones internacionales, y en particular hacia la ONU. Acaba de anunciar la creación de una Junta de Paz -curiosamente así denominada por alguien que no descarta la utilización de la violencia para conseguir sus objetivos- que, bajo la parca contribución de mil millones de dólares por cabeza estatal, une a veinte estados próximos a la categoría de satélites de Washington (*) que afirman rendirse ante el derecho al veto que sólo una persona del sistema podrá ejercer: Donald Trump. Sin olvidar la progresiva y brutal retirada de los Estados Unidos de una parte significativa de las agencias de la ONU dedicadas a la mejora existencial de los ciudadanos del mundo en terrenos básicos para la supervivencia: el Acuerdo de París sobre cambio climático, la UNESCO, el Fondo de Población, o el Programa ONU para los Asentamientos Humanos. Otras, más de sesenta organizaciones diversas, han sido también abandonadas por la Casa Blanca trumpiana.

Una respuesta firme y ordenada

Trump, que en su carrera personal y política -fue el organizador del golpe de estado que el 6 de enero de 2021 invadió por la fuerza el edificio del Congreso en Washington para protestar por el resultado electoral que legítimamente le había privado de continuar en la Casa Blanca después de su primer mandato- tiene un amplio y largo historial delictivo, y sólo tiene como aspiración la realización del “negocio” personal y familiar, como demuestran los datos de enriquecimiento que en ese entorno está experimentando en los doce meses que lleva al frente del gobierno americano. Y también, no hay que olvidarlo, su inclinación a considerar la reformulación de sus amenazas si, enfrente, alguien con capacidad y voluntad suficiente para hacer creíblemente frente a las amenazas del (des)gobierno internacional, le planta abierta y claramente cara. Como recientemente ha ocurrido en la reunión de Davos según han dejado sentir con claridad el presidente francés, Macron, y el primer ministro canadiense, Carney. Porque en la peculiar y grave circunstancia que el mandatario americano nos depara cabe la preocupación, pero no la desesperanza: la ciudadanía mundial que ha creído y sigue creyendo en la superioridad de la democracia, de los derechos humanos, del respeto a las normas internacionales de comportamiento, no está sola ni abandonada. A ella, en Europa, en América, en Asia, en Oceanía, le corresponde la respuesta firme y ordenada para poner freno a la barbarie política, económica e ideológica que Trump quiere imponer en la anchura del globo terráqueo. En ello nos va la paz. Y la libertad. Y la vida.

(*) Albania, Argentina, Armenia, Azerbaiyán, Bahréin, Bielorrusia, Bulgaria, Egipto, Hungría, Indonesia Israel, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Kuwait, Mongolia, Marruecos, Pakistán, Paraguay, Catar, Arabia Saudita.

«Obligación y pasión», por José Luis Criado Barragán

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

José Luis Criado Barragán.

Notario y piloto; tricampeón del Rally Dakar en la categoría ‘Mission 1000’

Obligación y pasión

Mi historia con el Dakar es semejante a la expresión: «Cuidado, si deseas algo con mucha intensidad corres el peligro de que se haga realidad». Así fue conmigo. Desde la perspectiva de un adolescente apasionado del motor y la competición, el París-Dakar (así se llamaba originariamente) suponía el mayor reto e ilusión que podría sucederme en la vida. Seguía con atención y auténtica curiosidad las retransmisiones radiofónicas que desde el lejano desierto del Sáhara y las llanuras pedregosas de Marruecos ofrecía noche tras noche José María García, el gran comunicador y pionero de todos los programas de media noche que hoy inundan nuestras radios. Los míticos Juan Porcar, Cañellas, Carlos del Val… auténticos campeones me acompañaban cada noche perdiendo horas de sueño, pero ganando imaginación y sed de aventura.

Fue precisamente Carlos del Val -que era de Andújar y amigo de mi padre- el que me espetó, al manifestarle “algún día yo iré al Paris-Dakar”: “Chico eso es muy difícil”. Nada me ha espoleado más en mi vida que un imposible no fuere posible. Lo mismo me pasó también con la oposición a notario, al manifestarme un profesor de Derecho civil que nunca lo conseguiría.

De la notaría a las dunas

No sé si por llevarle la contraria a ambos o porque ambas cosas las desee muchísimo que… ambas las logre. El París-Dakar apareció en mi vida como un torbellino gracias a dos personas que comparecieron un día en mi despacho de La Roca del Vallès, y que habían participado en la última edición. Al enterarme, me ofrecí por si “algún día les faltaba alguien”. Creo que se rieron de aquel chaval inexperto y recién ingresado al Notariado, pero al cabo de dos meses me ofrecieron la oportunidad y la cogí al vuelo. La emoción se sumó a la responsabilidad de copilotar un camión de 400 caballos y 12 toneladas que estaba preparado para surcar dunas y llanuras llenas de peligros y trampas. ¿Qué me esperaba? ¿Sería capaz de asumir el reto? Era lo que había deseado tanto tiempo y ahora estaba allí para que un chaval ilusionado atrapase el otro sueño de adolescente.

Efectivamente la realidad superó a la ficción. Aquellos paisajes eran mucho más hermosos que los que había imaginado; el desierto era tan inmenso y precioso que producía satisfacción y gozo imposible de describir; el esfuerzo y el sacrificio superaban cualquier predicción que me hubieren comentado. Todo era una amalgama de sensaciones y vivencias que no quería que acabasen nunca. Como en la famosa película, «fue el principio de una gran amistad». Al año siguiente ya me consideraba un veterano. ¡Qué lejos de la realidad! Cuánto me quedaba por aprender. Pero ahí estaba y, con ese bagaje, inicié mi segundo Rallye: el París-Le CAP. Cambié el camión por el coche. Un Nissan Patrol de fibra de vidrio con el que ese año habíamos ganado el campeonato de España de tierra. Aquel rally fue verdadera aventura. Nos pasó de todo. Desde un accidente tremendo, pasando por atravesar toda África y acabar en una cárcel de Nigeria, a alcanzar a nuestros compañeros en Angola -que había estado en guerra-. Todas estas peripecias las habíamos recorrido completamente solos y absolutamente desconectados de la carrera, sin que nadie supiera si estábamos vivos o muertos. Corría el año 1992.

Unas pinceladas ilustrativas de aquellos primeros años. Los vehículos eran auténticos hierros sin ningún tipo de tecnología ni tampoco aparatos de navegación; solo una brújula que yo llevaba con un cordel al cuello y que para que se orientara un poco había que dar varias vueltas hasta que más o menos cogía rumbo. Impresionante. La prehistoria. Era la aventura en su estado más puro. Era el Dakar. Era lo que tanto había anhelado. Se fueron sucediendo los rallies con muchas aventuras, experiencias, amigos, grandes peligros, accidentes mortales, disparos, bombas que explotaban cerca de ti y que causaron víctimas. Siempre cerca del peligro. Siempre con el corazón en un puño, pero, no cejábamos. Podía más la gesta que el miedo. Tardé en acabar mi primer Dakar la friolera de cinco largos años.

Una dupla exitosa y pionera

Al sexto rally conocí al que ha sido, es y será mi compañero inseparable y la otra parte del centauro que formamos: Jordi Juvanteny. Gran piloto, gran persona y alguien con el que me he jugado la vida y, si Dios quiere, me la seguiré jugando. Iniciamos una singladura que ha perdurado durante 32 años, solo interrumpido por el COVID. Siempre juntos y corriendo mil aventuras en África, Mongolia, Rusia, China, Suramérica y actualmente Arabia Saudita. Carreras sin fin, noches eternas, rutas imposibles, arenas difíciles, dunas catedrales… La pasión de dos personas que siempre han buscado lo más difícil, la gran dificultad que es esta carrera con sus múltiples aristas y bellezas sin límites.

Después de hacerlo todo en esta carrera y ser “la extraña pareja”, como nos tilda la prensa; después de haber sido secuestrados en Mauritania y despedirnos con lágrimas porque pensábamos que nos iban a ejecutar; después de haber ganado en 18 ocasiones la categoría 6×6 y otras cuatro la de camiones de serie… Ahora somos los pioneros en nuevas tecnologías y, contra todo y contra todos, hemos abierto un camino a una categoría nueva en el Dakar llamada ‘Mission 1000’ que da cabida al llamado “laboratorio del Dakar”, donde tienen acogida todo tipo de propulsiones alternativas a los combustibles fósiles, ya sea electricidad, híbridos, hidrógeno, gas, etc. En su día recogimos el guante de este nuevo reto y estamos corriendo con hidrógeno combinado con un motor eléctrico, con lo que hemos conseguido ser el primer y único vehículo cero emisiones y, además, haber sido por tres años consecutivos campeones de la categoría.

Es una auténtica satisfacción y orgullo que dos pilotos veteranos, con 35 y 34 rallies -respectivamente-, sean los más novedosos tecnológicamente y hayan iniciado un camino que sirva de guía a la competición más dura del planeta, en aras de una mayor sostenibilidad y ahorro de energía. Esperemos continuar en este proyecto tan innovador y seguir disfrutando de esta pasión que no es otra cosa que la sed de aventura, y tener la sensación de que cuando acabas la carrera, al igual que cuando concluyes una escritura, el premio es el deber cumplido. Doy Fe.

«La Literatura pone letra al Deporte», por Enrique Arnaldo Alcubilla

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Enrique Arnaldo Alcubilla.

Magistrado del Tribunal Constitucional. Letrado de las Cortes Generales. Catedrático de Derecho Constitucional por la Universidad Rey Juan Carlos

La Literatura pone letra al Deporte

La literatura es, probablemente, la mejor de las atalayas desde la que contemplar la vida. El novelista nos abre los ojos. Su obra nos permite conocer, aprender, disfrutar, descubrir historias, ideas, pasiones, ilusiones, aunque también desilusiones… León Tolstoi dijo algo así como que un libro bien escrito es el mejor producto de la civilización. No hay, pues, sociedad civilizada concebible sin la literatura.

La literatura, a veces, es una expresión de realismo, pero otras da rienda suelta a la imaginación, a la fantasía o a la magia. El novelista puede ser notario o escultor, escribano o taumaturgo, y hasta integrar todas estas profesiones al tiempo. Su misión es atraer la atención, cautivar al lector, seducirlo de tal forma que quede apresado por las garras de su relato. El novelista busca al lector entusiasta, febril, apasionado. Nótese que entre los oficios no he incluido el ejercicio de la ingeniería, que era la pretensión de Stalin: convertir a los escritores en ingenieros de las almas.

La literatura despierta emociones, abre los poros de nuestra piel, nos traslada a lugares recónditos, a sentirnos personajes de sueños o de pesadillas, nos hace reflexionar, pues es fuente de enseñanzas. Para mí, pero seguro que para muchos, la literatura es una necesidad, como lo es el agua para el peregrino. Amo la literatura como la primera de las bellas artes, quizás también porque no sé pintar, ni escribir una partitura, ni modelar con barro (y tampoco estoy dotado para eso que se conoce como bricolaje).

La literatura es disfrute para los sentidos. Y el deporte también lo es. Ambos nacieron para deleitar. Ambos nos permiten gozar. Gonzalo Torrente Ballester, en Filomeno, a mi pesar, aconsejó que cuando se escribe hay que tener un sentido deportivo de la literatura, como también de la vida. Tomo el adjetivo como referente: deportivo, deportividad. Nos rememora el valor de lo limpio, de lo transparente, del respeto, de la armonía, de la dignidad. Los ingleses lo denominan fair play, y ellos fueron los que inventaron la mayor parte de los sports.

El deporte es connatural al ser humano desde sus formas más primitivas. Noah Harari ya escribió que los sapiens competían en una asombrosa variedad de juegos. Pero es en el mundo contemporáneo en el que ha adquirido una irresistible atracción derivada de su eclosión universal partir de las olimpiadas de la edad moderna. La literatura es su espejo de la realidad y ha reflejado, desde que el mundo es mundo, el interés por el deporte; lo ha consagrado como hecho literario por más que algún sector excéntrico y minoritario de la intelectualidad lo haya pretendido minusvalorar o hasta despreciar.

Sin pretender emular a Francisco Umbral y su famoso «he venido a hablar de mi libro», debo sincerarme y dar cuenta de que este es el fin que he pretendido con El deporte en la literatura, editado por Espasa: acreditar que el deporte ha tenido un lugar en la escritura. Lo encontramos en la Ilíada de Homero, cuando narra los juegos fúnebres de Patroclo; en el Gimnástico de Filostrato; en los Epinicios de Píndaro, en los que canta a los vencedores de los juegos olímpicos; pero también en Aristóteles, en Virgilio o en Séneca. En la Baja Edad Media no faltan referencias, como en el Cantar del Mío Cid, que define los torneos como competición deportiva, el Amadís de Gaula o el Tirant lo Blanch; pero en la Edad Moderna se multiplican en especial cuando la literatura -Cervantes o Shakespeare, Calderón, Camoes o Góngora- nos habla de los juegos de pelota (el tenis tiene por entonces su origen, como demuestra Álvaro Enrigue en Muerte Súbita), de los de fuerza o de los de velocidad.

El mundo contemporáneo se está convirtiendo en una sociedad deportivizada, pero en algunos pioneros encontramos la primera expresión, por ejemplo, en el Emile de Rousseau, o más adelante en Flaubert, Dickens o Larra, entre nosotros que defienden la relevancia de la educación física para el aprendizaje de los jóvenes. Como escribe Richard Ford en su aclamada El periodista deportivo, «los deportes son el paradigma de la vida», y es, probablemente, el sentido que expresó el Nobel Albert Camus cuando dijo aquello de que «lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Muchos de los que nos han legado páginas inolvidables han sido, como el argelino, practicantes. Desde Nabokov a Mario Benedetti, desde Miguel Hernández a Gerardo Diego, desde Miguel Delibes a Pier Paolo Pasolini, desde De Lillo a Roth, incluso Groucho Marx, quien se reivindica como tenista (aunque pierde siempre) y hasta Woody Allen, quien a pesar de su estatura se reivindica como baloncestista.

El universo fútbol parece tan dominante que expulsa otras modalidades deportivas, hasta el punto de que Philip Kerr dice que «es, de hecho, lo más importante del mundo». Por fortuna la literatura es plural, abierta y toca todas las teclas del piano, aunque fútbol (Galeano, Handke, Villoro, Sacheri, Benedetti, Cela, Marías, Garci, Vargas Llosa o Fontanarrosa) y boxeo (Conan Doyle, Oates, Cortázar, Remnick, Mailer o Gistau) son las preferidas por la literatura. La pelota y el combate son dominantes como en los juegos de la antigüedad. Pero hay tantas referencias… a correr, en Echenoz o en Murakami; a la natación, en Soledad Puértolas; al surf, en William Finnegan; al golf, en Wodehouse y  Updike; al ciclismo, en Dino Buzzati; al tenis, en la extraordinaria biografía de André Agassi Open, o en Foster Wallace con El tenis como experiencia religiosa; a las carreras de caballos, en Fernando Savater o en Hemingway; a la gimnasia, en Lola Lafon; al béisbol, en Leonardo Padura o en Paul Auster; a la esgrima en Pérez Reverte; al rugby en John Carlin; o a la pelota vasca en Unamuno o Pío Baroja.

El deporte se siente o se plasma de muchas formas en la literatura: como afición, como ejercicio, como evasión o como entretenimiento, como pasión, como religión, como parte de la educación integral, como arte, como instrumento de superación, como símbolo o bandera de un país, como instrumento político, incluso como signo social distintivo, pero sobre todo por ser, como dice Martínez de Pisón: «una escuela de valores morales». Ciertamente mucho antes, en La deshumanización del arte, el maestro Ortega dijo que «el triunfo del deporte significa la victoria de los valores de la juventud sobre los valores de senectud», y en otro de sus escritos escribió que la cultura no es hija del trabajo sino del deporte y que esta es la forma superior de la existencia humana. Así lo percibió, como valor, el barón de Coubertain. Albert Camus pronunció una sugerencia en su ciudad natal, Argel, ya con el reconocimiento del Premio Nobel y se atrevió a confesar que debía al deporte “todo lo que más sé a la larga acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”. Olvidemos los disvalores, cuando se torna en deriva negocial o en amaño de los resultados en virtud de interesadas apuestas, en violencia o en fanatismo que los ingleses definieron como hooliganism. El deporte, en fin, es un hecho literario incontestable, como han captado los grandes nombres de la literatura, particularmente la contemporánea, que lo llega a convertir en eje central de una novela o incluso de una poesía, como lo demuestran Alberti, Celaya, Miguel Hernández o Luis Alberto de Cuenca. Muchos maestros han conseguido que el deporte se haya hecho literatura.

Me identifico con el pensamiento del fundador de neoplatonismo, Plotino, que defendía que el arte es posterior a la naturaleza. La literatura es el arte que consagra la natural actividad deportiva como hecho literario incontestable.

El deporte en la literatura

Autor: Enrique Arnaldo Alcubilla Editorial: Espasa