«La importancia de las Humanidades», por Fidel Ángel Cadena Serrano

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Fidel Ángel Cadena Serrano

Fiscal de Sala Jefe de la Sección Penal de la Fiscalía del Tribunal Supremo.

La importancia de las Humanidades

En los planes de Educación subsiste el Bachillerato de Humanidades. En una época que denosta el intangible y se burla de la trascendencia, los tecnicismos y la Inteligencia Artificial quieren desplazar en la hoguera de las vanidades filosóficas a la memoria, bautizada hostilmente como inteligencia de los tontos, y a los valores metafísicos que se desprenden de la Filosofía, el Arte, la Literatura o las llamadas lenguas muertas, denominadas así, curiosa y paradójicamente, porque, pese a no hablarse y escribirse ahora en los territorios geográficos y políticos donde antaño vehiculaban los pensamientos y articulaban la comunicación, permanecen absolutamente vivas en la memoria de todos los que reconocen su influencia capital en la formación de la cultura y la proyección vertical del hombre.

En el principio no fue así. Las humanidades eran básicas. Terencio proclamaba que todo lo que pertenece al hombre interesa vivamente. “Homo sum et nihil humani a me alienum puto”. Para los clásicos tan importante era el tratado geométrico de Euclides como Los Diálogos de Platón, tan necesario el trivium como el cuadrivium. Feliz Arcadia en que convergían las ciencias experimentales con las ciencias del espíritu.

Pero la dicotomía entre las ciencias y las humanidades terminó por surgir en un mundo que equivocadamente creyó entender que la colocación del hombre en el centro del Universo -y también del saber enciclopédico- comportaba la preterición del clasicismo. Ese cisma conceptual tiene su punto de partida en Kant y la Ilustración y posiblemente antes en el Discurso del Método de Descartes. En esos momentos se abrió una brecha entre ambos conocimientos, que tristemente quisieron separarse, reclamando las ciencias empíricas su independencia de la tutela celeste que atribuían a la cultura teocéntrica. Ignoraban los cismáticos, como enseñara Hegel, que incluso los que luchan están abrazados.

En esa querella entre el moderno y el antiguo saber salieron triunfantes las ciencias sobre las letras. María Moliner en su Diccionario enseña que las humanidades enriquecen el espíritu, pero carecen de aplicación inmediata. Tenía razón. Las ciencias empíricas son demostrables, exactas y de aplicación inmediata, pero las humanidades, sin frutos cortoplacistas, son las únicas capaces de dar respuesta a las preguntas últimas que superan la tangibilidad y la inmanencia.

En estas líneas de grueso trazado pretendo expresar que sigue existiendo un ámbito existencial y educativo que solo las humanidades saben cubrir cuando se trata de proyectar la mente y el espíritu. Las ciencias y las letras deberían, pues, complementarse. Como escribe Savater, las humanidades desarrollan la capacidad crítica, el sentido del razonamiento lógico, la búsqueda de la verdad más allá de los dogmas y la capacidad para asimilar las más altas realizaciones del ser humano.

Antígona, Tomás Moro y la condición humana

Recurriremos al ejemplo para explicar la importancia de los principios y valores clásicos y la necesidad de que las Humanidades recuperen su espacio en la academia y la educación. Ya en la antigüedad, el dramaturgo Sófocles, que conforma la triada capitolina de la tragedia griega con Eurípides y Esquilo, presentó el drama de Antígona, que contraviniendo el decreto del rey Creonte, tirano de Tebas, enterró a su hermano Polinices, invocando que sentía su conciencia como un mandato ético de jerarquía axiológica superior a la ley positiva. Ocurrió lo mismo con Tomás Moro quien, en su condición de primer ministro, se negó a rubricar el Acta de Supremacía de 1534 que declaraba al rey como jefe supremo de la Iglesia católica en Inglaterra. Tomás Moro, no obstante, se empeñó en resaltar que su negativa a dar el consentimiento a la preterición del Papado no afectaba a su lealtad institucional con la Corona que permanecía incólume. La coherencia de Moro le costó la vida e idéntica suerte corrió Antígona por haber enterrado a su hermano arrojando tierra sobre su cadáver. Esas actuaciones explican, entre otras cosas, el nacimiento de la objeción de conciencia, que responde al principio constitucional de que los derechos fundamentales de las minorías -como la libertad ideológica y la libertad religiosa- no pueden quedar siempre en manos de la opinión mayoritaria.

Según el principio democrático de Habermas, la democracia sería la afanosa búsqueda del justo equilibrio entre el respeto por los derechos de las minorías y la aceptación universal de la voluntad parlamentaria. Eso nos enseñarían Antígona o Tomás Moro: que, sin prescindirse en absoluto de la vigencia de las normas, que deben existir para afirmar el Derecho, es posible suscitar un conflicto de intereses en temas fundamentales que proteja la libertad de conciencia frente a la imperatividad de la ley. Ese derecho a la objeción de conciencia es hoy reconocido por el legislador, por ejemplo, en el artículo 30.2 CE como alternatividad al servicio militar obligatorio. En otro ámbito, también por el Código Deontológico Médico que en su artículo 32 proclama que el reconocimiento de la objeción de conciencia del médico constituye un presupuesto imprescindible para garantizar la libertad e independencia de su ejercicio profesional, derecho que se ha ejercitado para no realizar actuaciones sanitarias o prácticas médicas contrarias al juramento hipocrático en supuestos de aborto y eutanasia. Antígona y Moro elevan la condición humana proyectándola al infinito de la transcendencia.

Del posthumanismo al wokismo

Urge aquella recuperación de las letras, más si cabe, porque frente a la vuelta a la vida del humanismo, florecen, en sentido opuesto, como espigas del progreso, la manipulación genética, la inteligencia artificial y las corrientes filosóficas del transhumanismo y posthumanismo.

Esas posiciones científicas pueden ser contrarias a la ética. La formación de seres genéticamente enriquecidos por la selección de embriones rompe con los principios de libertad, igualdad y dignidad del ser humano. Por otro lado, se piensa en la creación de criaturas humanas conectadas con máquinas y que serían auténticos avatares que habrían de trascender al hombre. Así, una de las ideas del proyecto CYBORG -Kevin Warwick- es trasladar la mente, la personalidad y la memoria de un ser humano a un robot, androide u ordenador. Se trataría así de crear modelos informáticos de la conciencia humana que permitiesen transferir la inteligencia del ser humano a un soporte informático, con cuyo artificial potenciamiento el hombre se convertiría en inmortal. Utópicamente se enseña que así desaparecerían el dolor, la enfermedad y la muerte. El hombre recuperaría, rebelándose contra el Génesis, los dones preternaturales que Dios le retirara por el mal uso de su libertad. En verdad, esas corrientes, parecen decir que “queremos ya en la tierra alcanzar el cielo, porque el otro se lo dejamos a los ángeles” -Heinrich Heine-.

En el fondo es el hombre que juega a ser Dios -Habermas-, lo que nos permite asistir a una verdadera rebelión de aquel contra su propia existencia -Arendt-, en la que quiere llegarse a un auténtico concepto de deconstrucción de la ontología del ser como denunciara Heidegger en su Carta sobre el humanismo para crear un ser soberano “sin Dios ni amo”.

El wokismo camina en la misma dirección de rechazo liberal de la metafísica clásica, de manera que solo el grupo identitario pueda definir lo que es bueno y en el que el sentimiento prevalezca no solo sobre la ciencia, sino también sobre los valores que conforman las humanidades. Estos peligrosos brotes creativos tan reales como ignorados reclaman la recuperación de las Humanidades que forman el espíritu, la cultura, el rigor, el análisis y la capacidad crítica frente al dogmatismo emocional.

«Trump y el nuevo (des)orden internacional», por Javier Rupérez Rubio

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Javier Rupérez Rubio

Exembajador de España en los Estados Unidos, exdiputado y exsenador de las Cortes Generales, académico de Ciencias Morales y Políticas, diplomático, político y escritor.

Trump y el nuevo (des)orden internacional

Siendo el presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, y al poco de comenzar la I Guerra Mundial que enfrentaba al imperio alemán contra Francia e Inglaterra, un submarino alemán hundió frente a las costas de Irlanda al transatlántico americano Lusitania, causando la muerte de más de 1.500 personas. Entre ellas el músico español Enrique Granados, que regresaba de Nueva York, donde había estrenado con gran éxito sus Goyescas. Era el año 1915. Dos años después, en una similar maniobra, otro submarino alemán hundió en aguas británicas al transatlántico americano Sussex, provocando lo que el presidente americano había ido contemplando desde 1915: participar junto con franceses y británicos en la guerra contra Alemania. Wilson, que inicialmente había sido partidario de mantener la neutralidad de su país en el conflicto, fue un elemento determinante en la victoria contra Alemania y en la resolución política y legal del conflicto, a través del Tratado de Versalles y de la creación de la Sociedad de Naciones, primer intento de ésta de establecer las bases para una convivencia sentada sobre el respeto a las normas de un incipiente derecho internacional. Pero en 1920, en EEUU, el partido republicano en la contienda electoral contra el partido demócrata, al que pertenecía Wilson, llevó al Senado, y obtuvo, la retirada de los Estados Unidos del Tratado de Versalles, así como su ausencia de la Sociedad de Naciones. Todo ello favoreció la aparición y el crecimiento en Alemania del nazismo hitleriano y la consiguiente erosión de las relaciones internacionales, que desembocaron en 1939, con la invasión de Polonia por parte de Alemania y la URSS, en el comienzo de la II Guerra Mundial. La paz del Tratado de Versalles y de la recortada Sociedad de Naciones había durado apenas 20 años.

De la guerra fría, ¿a la III Guerra Mundial?

Le correspondió al presidente americano Franklin Delano Rooselvet, también inicialmente inclinado a mantener la neutralidad del país en el conflicto entre el Eje germano-italiano y el Reino Unido y Francia, tomar la decisión de participar en el mismo del lado de Londres y París cuando, en diciembre de 1941, una nutrida avalancha de aviones y navíos militares japoneses atacaron la base militar americana de Pearl Harbor, en la isla de Hawai. La victoria resultante, en parte debida al cambio de fila que durante el conflicto experimentó la URSS al pasar de sus fidelidades berlinesas a otras occidentales, no tuvo un explícito tratado de paz, pero sí una nueva y reforzada pauta de comportamiento nacional e internacional: la Organización de las Naciones Unidas, cuya Carta fue firmada en San Francisco en octubre de 1945. Desde entonces, hace 89 años, el mundo en general ha conocido una evolución notable que, sin ser perfecta ni desconocer errores y tropiezos, ha podido garantizar un estado de previsibilidad pacífica rara vez, sí alguna, registrada durante los últimos siglos. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca como presidente de los Estados Unidos el 20 de enero de 2025, tras ser elegido por segunda vez para el cargo en las elecciones presidenciales del año 2024, ha vuelto a descargar pesada y dolorosamente sobre la comunidad internacional las mismas dudas surgidas por la jerarquía norteamericana antes de la I y la II Guerra Mundial. O, dicho de otra forma, ¿habremos pasado de la Guerra Fría, y la consiguiente y afortunada generalización de la democracia tras la caída de la URSS y el Pacto de Varsovia, a la terrible posibilidad de una III Guerra Mundial?

Veto a las organizaciones globales

Trump no tiene ningún afecto por las instituciones internacionales, precisamente aquellas cuya finalidad esencial, en el ámbito general o regional, es la de mantener cauces de comportamiento que garanticen la paz. Ya durante su primer mandato, entre los años 2017 y 2021, había calificado a la OTAN de “organización obsoleta”. Le ha faltado tiempo en las primeras semanas de su segundo mandato, para proclamar su voluntad de hacerse con el vecino Canadá como estado número 51 de los EE.UU., de reclamar la soberanía sobre el Canal de Panamá, de hacer lo propio, incluso con amenazas de utilizar la fuerza si ello fuera necesario, con la isla danesa de Groenlandia. No hace falta recordar cómo la intervención armada que condujo contra Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro -con independencia de los sentimientos de horror que el sátrapa venezolano suscita en cualquier persona bien ordenada- constituye una flagrante violación de los mandatos internacionales, que consideran ilegal la utilización de la fuerza contra la integridad territorial de los estados. Actitud esta que, como es bien sabido, ha sido y sigue siendo mantenida por el autócrata ruso Vladimir Putin, que mantiene con Trump una indudable vecindad de camaradería, al violar desde 2014, con la ocupación de Crimea, y desde 2022, con la agresión armada contra el territorio continental, la integridad territorial de Ucrania.

Y en la misma longitud de onda cabe registrar el manifiesto desapego que Trump siente hacia las organizaciones internacionales, y en particular hacia la ONU. Acaba de anunciar la creación de una Junta de Paz -curiosamente así denominada por alguien que no descarta la utilización de la violencia para conseguir sus objetivos- que, bajo la parca contribución de mil millones de dólares por cabeza estatal, une a veinte estados próximos a la categoría de satélites de Washington (*) que afirman rendirse ante el derecho al veto que sólo una persona del sistema podrá ejercer: Donald Trump. Sin olvidar la progresiva y brutal retirada de los Estados Unidos de una parte significativa de las agencias de la ONU dedicadas a la mejora existencial de los ciudadanos del mundo en terrenos básicos para la supervivencia: el Acuerdo de París sobre cambio climático, la UNESCO, el Fondo de Población, o el Programa ONU para los Asentamientos Humanos. Otras, más de sesenta organizaciones diversas, han sido también abandonadas por la Casa Blanca trumpiana.

Una respuesta firme y ordenada

Trump, que en su carrera personal y política -fue el organizador del golpe de estado que el 6 de enero de 2021 invadió por la fuerza el edificio del Congreso en Washington para protestar por el resultado electoral que legítimamente le había privado de continuar en la Casa Blanca después de su primer mandato- tiene un amplio y largo historial delictivo, y sólo tiene como aspiración la realización del “negocio” personal y familiar, como demuestran los datos de enriquecimiento que en ese entorno está experimentando en los doce meses que lleva al frente del gobierno americano. Y también, no hay que olvidarlo, su inclinación a considerar la reformulación de sus amenazas si, enfrente, alguien con capacidad y voluntad suficiente para hacer creíblemente frente a las amenazas del (des)gobierno internacional, le planta abierta y claramente cara. Como recientemente ha ocurrido en la reunión de Davos según han dejado sentir con claridad el presidente francés, Macron, y el primer ministro canadiense, Carney. Porque en la peculiar y grave circunstancia que el mandatario americano nos depara cabe la preocupación, pero no la desesperanza: la ciudadanía mundial que ha creído y sigue creyendo en la superioridad de la democracia, de los derechos humanos, del respeto a las normas internacionales de comportamiento, no está sola ni abandonada. A ella, en Europa, en América, en Asia, en Oceanía, le corresponde la respuesta firme y ordenada para poner freno a la barbarie política, económica e ideológica que Trump quiere imponer en la anchura del globo terráqueo. En ello nos va la paz. Y la libertad. Y la vida.

(*) Albania, Argentina, Armenia, Azerbaiyán, Bahréin, Bielorrusia, Bulgaria, Egipto, Hungría, Indonesia Israel, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Kuwait, Mongolia, Marruecos, Pakistán, Paraguay, Catar, Arabia Saudita.

«Obligación y pasión», por José Luis Criado Barragán

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

José Luis Criado Barragán.

Notario y piloto; tricampeón del Rally Dakar en la categoría ‘Mission 1000’

Obligación y pasión

Mi historia con el Dakar es semejante a la expresión: «Cuidado, si deseas algo con mucha intensidad corres el peligro de que se haga realidad». Así fue conmigo. Desde la perspectiva de un adolescente apasionado del motor y la competición, el París-Dakar (así se llamaba originariamente) suponía el mayor reto e ilusión que podría sucederme en la vida. Seguía con atención y auténtica curiosidad las retransmisiones radiofónicas que desde el lejano desierto del Sáhara y las llanuras pedregosas de Marruecos ofrecía noche tras noche José María García, el gran comunicador y pionero de todos los programas de media noche que hoy inundan nuestras radios. Los míticos Juan Porcar, Cañellas, Carlos del Val… auténticos campeones me acompañaban cada noche perdiendo horas de sueño, pero ganando imaginación y sed de aventura.

Fue precisamente Carlos del Val -que era de Andújar y amigo de mi padre- el que me espetó, al manifestarle “algún día yo iré al Paris-Dakar”: “Chico eso es muy difícil”. Nada me ha espoleado más en mi vida que un imposible no fuere posible. Lo mismo me pasó también con la oposición a notario, al manifestarme un profesor de Derecho civil que nunca lo conseguiría.

De la notaría a las dunas

No sé si por llevarle la contraria a ambos o porque ambas cosas las desee muchísimo que… ambas las logre. El París-Dakar apareció en mi vida como un torbellino gracias a dos personas que comparecieron un día en mi despacho de La Roca del Vallès, y que habían participado en la última edición. Al enterarme, me ofrecí por si “algún día les faltaba alguien”. Creo que se rieron de aquel chaval inexperto y recién ingresado al Notariado, pero al cabo de dos meses me ofrecieron la oportunidad y la cogí al vuelo. La emoción se sumó a la responsabilidad de copilotar un camión de 400 caballos y 12 toneladas que estaba preparado para surcar dunas y llanuras llenas de peligros y trampas. ¿Qué me esperaba? ¿Sería capaz de asumir el reto? Era lo que había deseado tanto tiempo y ahora estaba allí para que un chaval ilusionado atrapase el otro sueño de adolescente.

Efectivamente la realidad superó a la ficción. Aquellos paisajes eran mucho más hermosos que los que había imaginado; el desierto era tan inmenso y precioso que producía satisfacción y gozo imposible de describir; el esfuerzo y el sacrificio superaban cualquier predicción que me hubieren comentado. Todo era una amalgama de sensaciones y vivencias que no quería que acabasen nunca. Como en la famosa película, «fue el principio de una gran amistad». Al año siguiente ya me consideraba un veterano. ¡Qué lejos de la realidad! Cuánto me quedaba por aprender. Pero ahí estaba y, con ese bagaje, inicié mi segundo Rallye: el París-Le CAP. Cambié el camión por el coche. Un Nissan Patrol de fibra de vidrio con el que ese año habíamos ganado el campeonato de España de tierra. Aquel rally fue verdadera aventura. Nos pasó de todo. Desde un accidente tremendo, pasando por atravesar toda África y acabar en una cárcel de Nigeria, a alcanzar a nuestros compañeros en Angola -que había estado en guerra-. Todas estas peripecias las habíamos recorrido completamente solos y absolutamente desconectados de la carrera, sin que nadie supiera si estábamos vivos o muertos. Corría el año 1992.

Unas pinceladas ilustrativas de aquellos primeros años. Los vehículos eran auténticos hierros sin ningún tipo de tecnología ni tampoco aparatos de navegación; solo una brújula que yo llevaba con un cordel al cuello y que para que se orientara un poco había que dar varias vueltas hasta que más o menos cogía rumbo. Impresionante. La prehistoria. Era la aventura en su estado más puro. Era el Dakar. Era lo que tanto había anhelado. Se fueron sucediendo los rallies con muchas aventuras, experiencias, amigos, grandes peligros, accidentes mortales, disparos, bombas que explotaban cerca de ti y que causaron víctimas. Siempre cerca del peligro. Siempre con el corazón en un puño, pero, no cejábamos. Podía más la gesta que el miedo. Tardé en acabar mi primer Dakar la friolera de cinco largos años.

Una dupla exitosa y pionera

Al sexto rally conocí al que ha sido, es y será mi compañero inseparable y la otra parte del centauro que formamos: Jordi Juvanteny. Gran piloto, gran persona y alguien con el que me he jugado la vida y, si Dios quiere, me la seguiré jugando. Iniciamos una singladura que ha perdurado durante 32 años, solo interrumpido por el COVID. Siempre juntos y corriendo mil aventuras en África, Mongolia, Rusia, China, Suramérica y actualmente Arabia Saudita. Carreras sin fin, noches eternas, rutas imposibles, arenas difíciles, dunas catedrales… La pasión de dos personas que siempre han buscado lo más difícil, la gran dificultad que es esta carrera con sus múltiples aristas y bellezas sin límites.

Después de hacerlo todo en esta carrera y ser “la extraña pareja”, como nos tilda la prensa; después de haber sido secuestrados en Mauritania y despedirnos con lágrimas porque pensábamos que nos iban a ejecutar; después de haber ganado en 18 ocasiones la categoría 6×6 y otras cuatro la de camiones de serie… Ahora somos los pioneros en nuevas tecnologías y, contra todo y contra todos, hemos abierto un camino a una categoría nueva en el Dakar llamada ‘Mission 1000’ que da cabida al llamado “laboratorio del Dakar”, donde tienen acogida todo tipo de propulsiones alternativas a los combustibles fósiles, ya sea electricidad, híbridos, hidrógeno, gas, etc. En su día recogimos el guante de este nuevo reto y estamos corriendo con hidrógeno combinado con un motor eléctrico, con lo que hemos conseguido ser el primer y único vehículo cero emisiones y, además, haber sido por tres años consecutivos campeones de la categoría.

Es una auténtica satisfacción y orgullo que dos pilotos veteranos, con 35 y 34 rallies -respectivamente-, sean los más novedosos tecnológicamente y hayan iniciado un camino que sirva de guía a la competición más dura del planeta, en aras de una mayor sostenibilidad y ahorro de energía. Esperemos continuar en este proyecto tan innovador y seguir disfrutando de esta pasión que no es otra cosa que la sed de aventura, y tener la sensación de que cuando acabas la carrera, al igual que cuando concluyes una escritura, el premio es el deber cumplido. Doy Fe.

«La Literatura pone letra al Deporte», por Enrique Arnaldo Alcubilla

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Enrique Arnaldo Alcubilla.

Magistrado del Tribunal Constitucional. Letrado de las Cortes Generales. Catedrático de Derecho Constitucional por la Universidad Rey Juan Carlos

La Literatura pone letra al Deporte

La literatura es, probablemente, la mejor de las atalayas desde la que contemplar la vida. El novelista nos abre los ojos. Su obra nos permite conocer, aprender, disfrutar, descubrir historias, ideas, pasiones, ilusiones, aunque también desilusiones… León Tolstoi dijo algo así como que un libro bien escrito es el mejor producto de la civilización. No hay, pues, sociedad civilizada concebible sin la literatura.

La literatura, a veces, es una expresión de realismo, pero otras da rienda suelta a la imaginación, a la fantasía o a la magia. El novelista puede ser notario o escultor, escribano o taumaturgo, y hasta integrar todas estas profesiones al tiempo. Su misión es atraer la atención, cautivar al lector, seducirlo de tal forma que quede apresado por las garras de su relato. El novelista busca al lector entusiasta, febril, apasionado. Nótese que entre los oficios no he incluido el ejercicio de la ingeniería, que era la pretensión de Stalin: convertir a los escritores en ingenieros de las almas.

La literatura despierta emociones, abre los poros de nuestra piel, nos traslada a lugares recónditos, a sentirnos personajes de sueños o de pesadillas, nos hace reflexionar, pues es fuente de enseñanzas. Para mí, pero seguro que para muchos, la literatura es una necesidad, como lo es el agua para el peregrino. Amo la literatura como la primera de las bellas artes, quizás también porque no sé pintar, ni escribir una partitura, ni modelar con barro (y tampoco estoy dotado para eso que se conoce como bricolaje).

La literatura es disfrute para los sentidos. Y el deporte también lo es. Ambos nacieron para deleitar. Ambos nos permiten gozar. Gonzalo Torrente Ballester, en Filomeno, a mi pesar, aconsejó que cuando se escribe hay que tener un sentido deportivo de la literatura, como también de la vida. Tomo el adjetivo como referente: deportivo, deportividad. Nos rememora el valor de lo limpio, de lo transparente, del respeto, de la armonía, de la dignidad. Los ingleses lo denominan fair play, y ellos fueron los que inventaron la mayor parte de los sports.

El deporte es connatural al ser humano desde sus formas más primitivas. Noah Harari ya escribió que los sapiens competían en una asombrosa variedad de juegos. Pero es en el mundo contemporáneo en el que ha adquirido una irresistible atracción derivada de su eclosión universal partir de las olimpiadas de la edad moderna. La literatura es su espejo de la realidad y ha reflejado, desde que el mundo es mundo, el interés por el deporte; lo ha consagrado como hecho literario por más que algún sector excéntrico y minoritario de la intelectualidad lo haya pretendido minusvalorar o hasta despreciar.

Sin pretender emular a Francisco Umbral y su famoso «he venido a hablar de mi libro», debo sincerarme y dar cuenta de que este es el fin que he pretendido con El deporte en la literatura, editado por Espasa: acreditar que el deporte ha tenido un lugar en la escritura. Lo encontramos en la Ilíada de Homero, cuando narra los juegos fúnebres de Patroclo; en el Gimnástico de Filostrato; en los Epinicios de Píndaro, en los que canta a los vencedores de los juegos olímpicos; pero también en Aristóteles, en Virgilio o en Séneca. En la Baja Edad Media no faltan referencias, como en el Cantar del Mío Cid, que define los torneos como competición deportiva, el Amadís de Gaula o el Tirant lo Blanch; pero en la Edad Moderna se multiplican en especial cuando la literatura -Cervantes o Shakespeare, Calderón, Camoes o Góngora- nos habla de los juegos de pelota (el tenis tiene por entonces su origen, como demuestra Álvaro Enrigue en Muerte Súbita), de los de fuerza o de los de velocidad.

El mundo contemporáneo se está convirtiendo en una sociedad deportivizada, pero en algunos pioneros encontramos la primera expresión, por ejemplo, en el Emile de Rousseau, o más adelante en Flaubert, Dickens o Larra, entre nosotros que defienden la relevancia de la educación física para el aprendizaje de los jóvenes. Como escribe Richard Ford en su aclamada El periodista deportivo, «los deportes son el paradigma de la vida», y es, probablemente, el sentido que expresó el Nobel Albert Camus cuando dijo aquello de que «lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Muchos de los que nos han legado páginas inolvidables han sido, como el argelino, practicantes. Desde Nabokov a Mario Benedetti, desde Miguel Hernández a Gerardo Diego, desde Miguel Delibes a Pier Paolo Pasolini, desde De Lillo a Roth, incluso Groucho Marx, quien se reivindica como tenista (aunque pierde siempre) y hasta Woody Allen, quien a pesar de su estatura se reivindica como baloncestista.

El universo fútbol parece tan dominante que expulsa otras modalidades deportivas, hasta el punto de que Philip Kerr dice que «es, de hecho, lo más importante del mundo». Por fortuna la literatura es plural, abierta y toca todas las teclas del piano, aunque fútbol (Galeano, Handke, Villoro, Sacheri, Benedetti, Cela, Marías, Garci, Vargas Llosa o Fontanarrosa) y boxeo (Conan Doyle, Oates, Cortázar, Remnick, Mailer o Gistau) son las preferidas por la literatura. La pelota y el combate son dominantes como en los juegos de la antigüedad. Pero hay tantas referencias… a correr, en Echenoz o en Murakami; a la natación, en Soledad Puértolas; al surf, en William Finnegan; al golf, en Wodehouse y  Updike; al ciclismo, en Dino Buzzati; al tenis, en la extraordinaria biografía de André Agassi Open, o en Foster Wallace con El tenis como experiencia religiosa; a las carreras de caballos, en Fernando Savater o en Hemingway; a la gimnasia, en Lola Lafon; al béisbol, en Leonardo Padura o en Paul Auster; a la esgrima en Pérez Reverte; al rugby en John Carlin; o a la pelota vasca en Unamuno o Pío Baroja.

El deporte se siente o se plasma de muchas formas en la literatura: como afición, como ejercicio, como evasión o como entretenimiento, como pasión, como religión, como parte de la educación integral, como arte, como instrumento de superación, como símbolo o bandera de un país, como instrumento político, incluso como signo social distintivo, pero sobre todo por ser, como dice Martínez de Pisón: «una escuela de valores morales». Ciertamente mucho antes, en La deshumanización del arte, el maestro Ortega dijo que «el triunfo del deporte significa la victoria de los valores de la juventud sobre los valores de senectud», y en otro de sus escritos escribió que la cultura no es hija del trabajo sino del deporte y que esta es la forma superior de la existencia humana. Así lo percibió, como valor, el barón de Coubertain. Albert Camus pronunció una sugerencia en su ciudad natal, Argel, ya con el reconocimiento del Premio Nobel y se atrevió a confesar que debía al deporte “todo lo que más sé a la larga acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”. Olvidemos los disvalores, cuando se torna en deriva negocial o en amaño de los resultados en virtud de interesadas apuestas, en violencia o en fanatismo que los ingleses definieron como hooliganism. El deporte, en fin, es un hecho literario incontestable, como han captado los grandes nombres de la literatura, particularmente la contemporánea, que lo llega a convertir en eje central de una novela o incluso de una poesía, como lo demuestran Alberti, Celaya, Miguel Hernández o Luis Alberto de Cuenca. Muchos maestros han conseguido que el deporte se haya hecho literatura.

Me identifico con el pensamiento del fundador de neoplatonismo, Plotino, que defendía que el arte es posterior a la naturaleza. La literatura es el arte que consagra la natural actividad deportiva como hecho literario incontestable.

El deporte en la literatura

Autor: Enrique Arnaldo Alcubilla Editorial: Espasa

«¿Qué es la equidad?», por Javier Gomá Lanzón

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA
Javier Gomá, filósofo.
Letrado del Consejo de Estado. Director de la Fundación Juan March. Director de la Cátedra de la Ejemplaridad/CUNEF.

¿Qué es la equidad?

Percibimos lo particular, pero pensamos lo universal. Escindidos en dos facultades tan dispares, hemos de desarrollar un arte que las una. La equidad cumple esa misión artística.  

Nuestros sentidos captan una mesa concreta, ésta o aquélla, mientras que nuestra mente, inspirada por la sensación que esta mesa a nuestro lado nos ha causado, alumbra la idea universal de mesa, un concepto susceptible de definición abstracta. El mundo de la acción -la moralidad, el Derecho- ocurre en lo particular: en esta mesa de aquí nos sentamos, comemos o escribimos; mientras que la idea de mesa, situada en el cielo de los conceptos, no nos sirve para estas funciones prácticas de la vida, si bien, por otra parte, conforma el elemento natural de la ciencia y la técnica, gracias a las cuales nuestro conocimiento avanza.

Estos dos planos -el de lo particular que perciben nuestros sentidos y el de lo universal objeto de nuestro conocimiento abstracto- están separados por una brecha que sume a la moralidad en la incertidumbre perpetua. Tomemos un concepto frecuente en el discurso práctico: la dignidad. La teoría trata de definirlo (yo mismo lo he hecho en Dignidad, 2019), pero, aun en el caso de que consiga proponer una definición filosófica exacta, ésta no ofrece seguridad alguna a la hora de calificar de digna o no una acción moral concreta.

De modo que la universalidad del concepto no está llamada a solucionar de forma definitiva, con la necesidad de una ley científica, el casuismo inagotable de la moralidad práctica, cuyas acciones, múltiples y variadas, dependen de agentes individuos con libertad de elección. Cada caso concreto encierra un mundo rico y complejo que no se deja subsumir en un esquema común. Entre la idealidad del concepto y la realidad de la experiencia, entre la necesidad lógica del primero y la contingencia imprevisible de la segunda, se abre inevitablemente un hiato que nadie puede aspirar a cerrar porque pertenece a la invariable naturaleza humana. No existen normas universalmente válidas que nos releven del deber de elegir lo que parece más conveniente para una situación única.

Prudencia y ley: la esencia

Es la prudencia la que prepara el camino para la comprensión de la esencia esquiva de la equidad, puente de comunicación entre la ley abstracta y el caso concreto. Aristóteles se refiere al menos tres veces en su tratado de Política a la tensión existente entre esos dos polos. […] Y, cuando, al repasar el catálogo de las virtudes morales en la Ética a Nicómaco, le toca el turno en el libro V a la de la justicia, se ocupa de esa clase de ley universal que es la jurídica, lo que le da pie para introducir la noción de equidad. “La ley es universal y hay casos en los que no es posible tratar las cosas rectamente de un modo universal”, señala el filósofo. En efecto, la ley enuncia una regla abstracta que vale para la mayoría de los casos, pero no para una minoría de ellos, a la que, debido a su particularidad, no le conviene la reducción obrada por la norma. “Y no por eso es menos correcta la ley -continúa el griego-, porque el yerro no radica en la ley, ni en el legislador, sino en la naturaleza de las cosas, pues tal es la índole de las cosas prácticas”.

Dicho de otra manera: lo legal es abstracto, lo práctico (equivalente a la acción moral) es concreto y, en el terreno de la experiencia, la exuberancia de los casos es tan grande que ni la ley ni el legislador son capaces de preverlos todos. Aquí la razón de ser de la equidad:

Cuando la ley presenta un caso universal y sobrevienen circunstancias que quedan fuera de la fórmula universal, entonces está bien, en la medida en que el legislador omite y yerra al simplificar, el que se corrija esta omisión, pues el mismo legislador hubiera hecho esta corrección si hubiera estado presente. […] Tal es la naturaleza de lo equitativo, una corrección de la ley en la medida en que su universalidad la deja incompleta.

La universalidad deja a la ley incompleta y esa omisión produce un error, el cual no vicia la ley ni al legislador, porque es intrínseco a la distancia entre lo universal de la ley y lo concreto de la acción moral. Interviene entonces la equidad para subsanar esa falta y completar la ley corrigiéndola conforme a lo que se imagina hubiera hecho el legislador si hubiera conocido esa falta. “Correctio legis in quo deficit propter universalitatem”, diría después Francisco Suárez siguiendo a Santo Tomás como éste sigue a Aristóteles (De las leyes, VI).

El concepto aristotélico

Ahora bien, esa corrección ¿en qué dirección va? Porque la equidad podría contribuir a corregir una ley tanto demasiado dura como demasiado blanda. Aristóteles parece tener en mente sólo el primer supuesto. Llama hombre equitativo a quien, “apartándose de la estricta justicia y de sus peores rigores, sabe ceder, aunque tenga la ley de su lado”. Lo cual demuestra que está pensando sólo en esa clase de norma que carga con excesivo rigor al individuo, siendo la equidad una técnica de suavizar o mitigar una severidad legal contraria a un sentido elemental de justicia.

La corrección aristotélica del Derecho estricto ha sido realizada históricamente con dos grados de intensidad diferente: en el grado más alto, la equidad corrige la ley produciendo un Derecho nuevo alternativo; en el más moderado, corrige sólo la literalidad de la ley indagando dentro de ella, sin derogarla ni invalidarla, una interpretación más equitativa.

El grado superior de la equidad fue practicado por el ius honorarium del Derecho romano y la Equity anglosajona, correctores, respectivamente, del ius civile y al Common Law. […] Una máxima romana enunció el problema: “Summum ius, summa iniuria”; otra anglosajona señalaró la solución: “Equality is equity”. Lo que empezó siendo un remedio excepcional para determinados casos límite terminó dando lugar a un Derecho de nueva creación alternativo al existente. Lo verdaderamente singular en ambos sistemas, el romano y el inglés, residió en la creatividad de dos órganos -un pretor, un tribunal- que se declararon competentes para dejar en desuso la legislación positiva otorgando a la equidad la consideración de nueva fuente de Derecho.

La otra forma de corrección aristotélica, de intensidad más moderada, no se concede a sí misma la potestad de innovar el Derecho vigente, sino que opera dentro de los límites establecidos por la ley. Esta segunda clase de equidad es la dominante en la cultura jurídica de la Europa continental medieval y moderna.

Esta otra equidad secundum legem experimentó una sustancial transformación durante el advenimiento del Estado de Derecho en la Europa del siglo XIX. Ahora la ley expresa la voluntad popular y, en consecuencia, el positivismo jurídico está aureolado de una legitimidad política-democrática mayor que antes. Las leyes conforman un ordenamiento completo y omnicomprensivo que no deja espacio a la creatividad extralegal de los jueces, los cuales, conforme a la célebre sentencia de Montesquieu, deben limitarse a ser “la voz muda que pronuncia las palabras de la ley”. La autonomía de la equidad se desdibuja, confundiéndose, bien con con los principios generales (así Federico de Castro en Derecho civil de España), bien con la interpretación finalista. Por supuesto, puede ocurrir que, por la evolución natural de la sociedad a lo largo del tiempo, una ley pierda la razón de ser que motivó su aprobación y que, carente de flexibilidad, desencadene efectos no deseados. Ni siquiera entonces hay necesidad ninguna de pedir la colaboración de la equidad judicial, porque el Estado de Derecho, si funciona adecuadamente, procederá a derogar cuanto antes la ley desactualizada y a sustituirla por otra mejor acompasada a la realidad de su tiempo. Si el conflicto deriva, en cambio, de una lucha de las interpretaciones, la antigua función correctora de la equidad puede ser plenamente asumida por un sistema de recursos judiciales ordinarios y extraordinarios.

Del Código Civil a la Constitución española

A este eclipse de la equidad a manos de un positivismo extremo seguirá un cierto reverdecimiento de la figura mediante una apertura del Derecho a los valores materiales, apertura bien ilustrada por las dos grandes novedades legislativas introducidas en el ordenamiento jurídico español durante los años setenta del siglo pasado: la reforma del Título Preliminar del Código Civil en 1974 y la aprobación de la Constitución en 1978.

La nueva versión del Título Preliminar incorpora por primera vez en Derecho español el concepto aristotélico de equidad. En su actual redacción dice el artículo 3.2 del Código Civil que “la equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita”. Se echa de ver que el Código adopta la segunda forma de corrección aristotélica de las leyes universales, la equidad secundum legem. De la posición sistemática que concede a la figura dentro del Título cabe deducir ex contrario la voluntad del legislador de restaurar su anterior autonomía. De un lado, no es un principio general, pues las tres fuentes del Derecho se enumeran en el artículo 1.1. De otro, tampoco se identifica con la interpretación finalista o espiritual de las normas, a la que se dedica el apartado primero del mismo artículo 3.

Si la equidad no es una fuente de Derecho ni una clase de interpretación, entonces ¿qué es? El artículo 3.2 la caracteriza como una ponderación en la aplicación de las normas. ¿Qué clase de ponderación? Una tendente -explica la Exposición de motivos del Título preliminar reformado- “a lograr una aplicación de la norma sensible a las particularidades de los casos”. Por consiguiente, la equidad se desentiende tanto de la generalidad de los principios como de la tipicidad de las normas objeto de interpretación, que se mueven en un plano de abstracción teórica, y se ocupa de su aplicación práctica, el momento delicado de la subsunción de la particularidad de dicho caso en el supuesto de hecho de la norma para determinar su consecuencia jurídica. Ahora bien, si no puede servirse ni de los principios generales ni de las reglas de interpretación de las normas, ¿en qué fundamenta el aplicador su ejercicio de ponderación equitativa? ¿Qué otras reglas, principios o valores extranormativos debe tener en cuenta para practicar debidamente la virtud aristotélica de la equidad?

La respuesta se halla en la segunda -y trascendental- de las dos novedades legislativas anunciadas. La Constitución española de 1978, en efecto, rezuma valores materiales por todos sus artículos desde el primero. Ofrece un muestrario rico pero controlado de justicia material a disposición del aplicador del Derecho para sus labores prácticas de equidad. Los conceptos que designan esa materialidad axiológica, enunciados en la norma sin definirlos, mantienen su naturaleza indeterminada y abierta para guiar, iluminar y orientar el caso concreto sin prejuzgar lo justo.

La entrada en vigor de la Constitución no ha cerrado el antiguo hiato que separa lo concreto de la vida y la universalidad del concepto. Cuando un operador jurídico debe enjuiciar si una norma aplicable a una persona es o no contraria a su dignidad, no cuenta con una plantilla que, aplicada al asunto de que se trate, dé como resultado la única solución correcta. El enjuiciamiento moral carece de la seguridad de las cosas necesarias que no pueden ser de otro modo y está sujeto a la incertidumbre imprevisible de las contingentes. Pero esto no significa en absoluto que dicho juicio sea arbitrario, como si flotara en el vacío condenado a la ausencia eterna de fundamento, pues existen unas reglas morales a medio camino entre los dos planos, el universal y el concreto. Son reglas que nacen de la práctica y confieren al agente una pericia que trasciende el mero casuismo, aun sin llegar tampoco al universalismo del concepto abstracto.

Una fuente de justicia

El lenguaje común se refiere a esas reglas partiendo del universo de las sensaciones que, al acumularse con la experiencia, enseñan a quien las percibe algunas lecciones generales para su vida. Así, una cosa es degustar una comida suculenta y otra tener gusto, esa facultad adquirida por el uso para elegir objetos bellos o conducirse con elegancia entre los hombres; una cosa es palpar algo con los dedos y otra tener tacto para salir airoso de situaciones delicadas; una ver con los ojos, otra tener una clara visión de futuro; una oler una fragancia, otra tener olfato para las buenas oportunidades; una oír una canción, otra tener oído para la música o para otras cosas. En todos estos ejemplos, los sentidos -vista, oído, tacto, gusto, olfato- abren su campo semántico desde lo sensorial hasta un saber genérico procedente de la experiencia que otorga a su poseedor un arte para conducirse conforme a unas reglas prácticas en las diferentes situaciones de la vida.

“Lo equitativo es lo justo que está fuera de la ley escrita”, dice Aristóteles en Retórica (1374a). ¿Dónde hallar esa fuente de justicia situada en algún lugar fuera de la ley positiva? Aristóteles responde que en la virtud intelectual de la prudencia.

De modo que la equidad, determinada como toda virtud ética por lo que haría el hombre prudente, es la forma que adopta el saber prudencial necesario para ejercitar con buen arte la justicia.

A guisa de conclusión de los razonamientos precedentes, cabe definir la equidad como ese saber prudencial que enseña a aplicar la ley universal al caso particular a la luz de los valores primordiales y los principios constitucionales a fin de que el resultado no repugne el sentido material de justicia.

*Este artículo es un extracto del prólogo del libro La equidad en el tratamiento de los inversores en energías renovables, coordinado por Juan Castro-Gil Amigo.

«¿Quién nos ha robado las historias?», por Fernando Pérez Rubio

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA
Fernando Pérez Rubio, notario de León.

Premio al Mejor Libro de 2025 de la editorial Círculo Rojo en la categoría ‘Ficción Contemporánea’ por su primera obra El banco más bonito del mundo.

¿Quién nos ha robado las historias?

A raíz de la reciente polémica suscitada con motivo de la concesión del Premio Planeta a Juan del Val -en la cual no me posiciono, pues mientras escribo estas líneas el libro aún no ha salido a la luz-, entre “literatura comercial” y “literatura intelectual” me ha venido a la cabeza una situación que viví el pasado verano en primera persona.

He de reconocer que la situación me ha llamado aún más la atención pues, apenas quince días antes del anuncio del ganador, mi primera novela El banco más bonito del mundo ganó el premio al mejor libro del año en la categoría ‘Novela Contemporánea’ de la editorial Círculo Rojo; premio al que no te presentas, pues el jurado elige entre todos los publicados durante el año.

Un paseo por la Feria del Libro

El pasado mes de junio me encontraba en Madrid. Era una soleada mañana de domingo, especialmente calurosa, y las calles del retiro eran un bullicio de lectores buscando a sus escritores preferidos. Al menos eso me pareció. Hacía tiempo que no pasaba por la Feria del Libro de Madrid.

Os contaré como anécdota que, en un banco apartado, en una de las calles aledañas a la feria, me encontré -bueno, pasé por delante- a mi filósofo de cabecera Javier Gomá. Reconozco que estuve tentado de acercarme a saludarle y por supuesto hacerme un selfi, pero lo vi tan tranquilamente charlando, imagino que con un amigo, que me pareció totalmente improcedente interrumpir.

Los que vivimos en provincias no estamos acostumbrados a encontrarnos con nuestros ídolos en persona y cuando alguna vez nos pasa, no siempre sabemos cómo reaccionar, pero hay que respetar la intimidad.

Pero no es de esto de lo que quería hablar. Lo que más me llamó la atención de la feria fueron las colas, o más bien la ausencia de ellas en algunas casetas. Me explico. Cuando el director de la editorial que publicó mi libro, Alberto Cerezuela, hizo una reseña señaló que le recordaba a Elvira Lindo y a Marta Sanz, y a un libro que me encantó, aunque exagerada comparación: La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

Los followers y la cultura del selfi

Por casualidades del destino resulta que las dos escritoras estaban firmando ejemplares de sus libros en casetas casi contiguas y cerca de ellas Máximo Huerta hacía lo propio. Me acerqué con la intención de comprar sus libros, no con mucha esperanza de conseguirlo, pues uno es alérgico a las colas, pero cual fue mi sorpresa cuando comprobé que apenas media docena de lectores esperaban la firma de sus ejemplares.

Había muchísima gente y había pasado por largas colas en otras casetas, así que decidí acercarme a ver quiénes eran los o las agraciados, imaginando que serían plumas ilustres, pues no se correspondía el bullicio con las pequeñas colas en las casetas de los para mi ilustres escritores y escritoras.

Mi sorpresa fue que no conocía a ninguno ni a ninguna de los firmantes -salvo al gran Eduardo Mendoza-. Realmente no había oído hablar de ellos en la vida, pero todos tenían una nota en común. Dudo que ninguno de ellos pasara de los veinticinco años, casi todas eran mujeres y todos los libros aparentemente respondían a una misma estética: portada en colores vivos, título simulando caligrafía a mano y casi todos, aparentemente, relacionados con el amor o el desamor juvenil.

Imagino que a esto es a lo que se refiere el reciente ganador del Planeta. Literatura comercial, no sé si buena o no, tampoco los he leído. Dios me libre criticar que escriban a temprana edad e incluso que vendan, aun cuando dudo que con su edad tengan mucha experiencia en esos temas, pero bueno, realmente, para escribir sobre un asesinato no es necesario haber asesinado a alguien. El mercado es el mercado, pero me sorprende la actual tendencia editorial.

Del thriller a la literatura juvenil

Pero sí que me ha llevado a reflexionar sobre la actual situación literaria en nuestro país, o al menos en mi modesta apreciación. Resulta extraño encontrarse en el escaparate de una librería un éxito editorial en el que no aparezca en las primeras páginas un cadáver en una cuneta o en un descampado, un policía jubilado normalmente con problemas mentales o adicto al alcohol -y por supuesto amargado- o una joven policía con el corazón roto o desengañada del amor, ambos con un tosco carácter y que, mientras nos van contando las causas de sus desdichas, en dos páginas finales nos desvelan que el asesino es alguien que pasaba por allí y no quien nos habían hecho creer.

Junto a esta tendencia del thriller, otra que le va a la par es la de la novela histórica, la cual creo que no es necesario explicar. Esta tendencia editorial es evidente en la mayoría de los autores actuales y habría que ser un necio para no reconocer que existen auténticas maravillas y extraordinarios escritores. No vaya nadie a pensar que estoy criticando estos géneros, de hecho soy consumidor habitual. Sin duda alguna, y en esto le doy la razón a Juan del Val, en muchos de ellos coincide calidad y comercialidad, ya que al igual que un buen libro puede ser un fracaso de ventas, también puede convertirse en un best seller.

Pero lo que un servidor desconocía es ese mundo literario adolescente-juvenil que me encontré en la feria y del cual mi hija me ha puesto al tanto, y que normalmente sustituye el cadáver por un par de jóvenes que descubren que el amor de su vida no era realmente tan perfecto como pensaban cuando se juraban amor eterno en un parque bajo los rayos del sol, o esa maligna amiga que te traiciona levantándole a su novio.

Francamente no estoy en condiciones de valorar si en este grupo existe calidad, porque como ya he dicho, desconocía su existencia. Ahora bien, parece ser que muchos de ellos se han hecho famosos en las redes y sus libros han sido un éxito entre sus seguidores. El mundo, no sé si para bien o para mal, ha dado un giro de 180 grados.

TikTok e Instagram: trampolín de ventas

En mis tiempos jóvenes un escritor a base de publicar podía llegar a ganar premios, era invitado a programas de radio o televisión en los que se hablaba de literatura (todos recordamos a Sánchez Drago, con Arrabal, Umbral, Cela etc.). Quiero decir, los autores primero escribían, después si tenían suerte vendían y algunos se hacían famosos y acudían a tertulias en los medios. Parece que hoy la tendencia es a la inversa.

Los escaparates de las librerías parecen estar poblados de libros escritos por famosos que primero van a la televisión o se han hecho famosos en TikTok opinando sobre todo lo opinable, en muchas ocasiones con desconocimiento absoluto del tema sobre el que opinan. Deciden o alguien les aconseja escribir un libro y automática e independientemente de la mayor o menor calidad del libro se convierten en superventas y se forman interminables colas de jóvenes y ávidos seguidores deseosos de adquirir su libro y volver a sus casas con un buen selfi que colgar en Instagram.

Lo que parece que ya no tiene cabida es la literatura sin muertos o sin flechazos instantáneos y consiguientes desamores. La literatura que simplemente cuenta historias. Por eso me congratula que autores como Máximo Huerta tengan el éxito que tienen, porque cuentan historias, historias de la vida misma que todavía tienen un nicho de lectores que buscamos algo más que asesinatos.

Por cierto, en la feria no compré su última novela, compré Una habitación en Paris y me pareció simplemente encantadora. Espero que tarde o temprano, no que desaparezca, pero sí que vuelva a haber un hueco para la literatura que cuenta historias.

«’Billy Wilder, un romántico caché», por Eduardo Torres-Dulce

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Billy Wilder, un romántico caché

por Eduardo Torres-Dulce,

Of counsel de Garrigues. Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entre 2012 y 2014 fue fiscal General del Estado. El derecho penal económico está en el centro de su labor académica y divulgativa.

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Eduardo Torres-Dulce Of counsel de Garrigues. Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entre 2012 y 2014 fue fiscal General del Estado; y Encarna Roca i Trías, catedrática de Derecho Civil, experta en derecho de familia, académica y magistrada (Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional).

Billy Wilder soporta dos equívocos críticos a la hora de enjuiciar sus películas y los dos equívocos tienen que ver con la manera un tanto superficial con que se abordan sus películas. Los dos, por su parte, están inextricablemente unidos. El primer equívoco consiste en afirmar, probablemente partiendo de su innegable talento como guionista, su primer oficio en el cine, que se trata de un cineasta más conceptual que visual, que le preocupan más lo que quiere contar y sus personajes y no la forma de hacerlo que es más bien funcional. Ese supuesto estilo sin estilo, que en realidad oculta una sutil y compleja puesta en escena, es algo que Wilder aprendió de Howard Hawks, al que pidió permiso para asistir al rodaje de Bola de fuego, cuyo guión había coescrito con su socio Charles Brackett bajo la supervisión del cineasta. Wilder comparte y padece esa equivocada premisa crítica con Luis Buñuel, otro cineasta al que se atribuye cierta tosquedad de estilo visual. Pero, como ocurre con Hawks, tras esa aparente funcionalidad, lo que emerge es un completo dominio de la puesta en escena, sin artificios, pero con une eficiencia narrativa muy meditada y poderosa.

Una demoledora mirada al mundo

Probablemente, aunque con más matices también pueda decirse otro tanto del segundo equívoco crítico que no es otro sino considerarle un conspicuo cínico a la hora de mirar al mundo y a sus personajes. Es verdad que el maestro vienés no se hace muchas ilusiones acerca de la bondad del ser humano o de la manera en la que funcionan las cosas, películas como Perdición, Sunset Boulevard lo acreditan, pero no es menos cierto que tras ello late siempre la mirada de un romántico vienés que se hace más evidente en la segunda parte de su carrera, la más cercana a su maestro Ernst Lubitsc. Lo que se puede comprobar en películas como Sabrina, Ariane, Testigo de carga, Irma La dulce, Avanti o La vida privada de Sherlock Holmes. Ese iceberg oculto tras su demoledora mirada al mundo y sus implacables reglas antipersonas, se revela con nitidez en películas como El Apartamento, Bésame, Tonto y En Bandeja de plata, que superficialmente pueden aparecer cargadas de vitriolo moral, y desde luego lo están y son, cuando sus finales dejan ver cuán sensible se muestra Wilder con los sueños y frustraciones padecidos por unos personajes apaleados por la vida o sus convenciones, o, si lo prefieren, por los pecados capitales de los que perdieron el Paraíso y no tienen ningún deseo de recuperarlo.

Así el millonario, puro Lubitsch, Frank Flannagan (Gary Cooper), escuchando desde el estribo de un vagón de tren , las mentiras sobre su promiscua vida amorosa de una enamorada Ariane (Audrey Hepburn), mientras el tren comienza a andar, para finalmente tomarla  entre sus brazos, equivale, los dos finales se construyen sobre sendos travellings morales como le gustaba a Godard, al de El apartamento con Fran Kubelik (Shirley McLaine) abandonando a su amante durante la fiesta de Nochevieja para correr hacia los brazos de Baxter (Jack Lemmon), su silencioso, y perdidamente inamorato, capaz de comprender por un espejito roto que el mundo no está hecho de fantasías amorosas sino de gente de carne y pecados, deseos e ideales maltratados. El reencuentro entre Fran y Baxter mientras se disponen a jugar una partida de cartas en la que él le declara a ella cuán enamorado está, y ella, sonriendo, sólo le contesta, “calla y reparte”, restablece la armonía del mundo wilderiano fundiendo los restos desperdigados del Paraíso, secundum Scott Fitzgerald, sobre la cotidiana realidad.

De la filmografía a la proyección de lo humano

Aún lo es más en la secuencia final de La vida privada de Sherlock Holmes, esa obra maestra amputada por los productores Mirisch ante la incomprensible o resignada pasividad de Wilder. En ella sorprendemos a Holmes (Robert Stephens) y Watson (Colin Blakeley) desayunando en el 221B de Baker Street. Holmes abre una carta remitida por su hermano Mycroft (Christopher Lee). Nada más leerla la deja sobre la mesa y se aleja ensimismado hacia la ventana de la habitación. Watson, discretamente, la toma y la lee; en off escuchamos su texto en la voz de Mycroft. Le comunica a su hermano que la espía prusiana ha sido detenida y fusilada por las autoridades japonesas. “Quizás te interese saber que en los últimos tiempos usaba el apellido de Ashdown”. Toda la trama de la película se condensa y se revela en ello. Bajo el alias de Valladon, la espía prusiana se infiltra en la vida, en una intrincada investigación, y, sobre todo en el corazón del misántropo, quizás misógino, quizás homosexual, de Holmes, viajando ambos hasta Escocia como Mr. and Mrs. Ashdown, compartiendo confidencias en un vagón cama del expreso y luego en la habitación del Caledonian Hotel, hasta que Mycroft le revela la verdad a su hermano. La mente más brillante de Europa derrotada por una mujer que le ha enamorado por completo, una mujer que ansiaba enfrentarse a la mente más inteligente de Europa. Tras la muerte de la espía que le amó, a Holmes sólo le queda la melancolía del recuerdo y la soledad de una solución de cocaína al 7%.

A mi juicio el personaje clave de esa segunda etapa de la filmografía wilderiana es el de Sir Wilfrid Robarts (Charles Laughton), el epicúreo abogado británico cuya truculenta existencia de corte rabelesiana, se revela, poco a poco, mientras avanza el proceso contra Leonard Vole (Tyrone Power), profundamente humana, dispuesto a sacrificar su vida, está convaleciente de un infarto, por mor del derecho de defensa, creyente sin fisuras en la ley como el medio que permite redimir injusticias notorias. Que le engañe Christine Vole (una fascinante Marlene Dietrich) una mujer, una de las claves secretas de la filmografía wilderiana, como Madame Valladon a Sherlock en La vida privada de Sherlock Holmes, loca de amor por un hombre que la engaña con otra mujer, permite concluir cómo se las gasta este vienés malgré tout que es Billy Wilder. Robarts la admira, pese a la derrota, profundamente y se lamenta de que no se hubiera confiado a él para organizar la defensa de Vole, Pero, quizás, ese deseo pugne con los secretos del corazón y la mente de una mujer enamorada.

«Vivir con la música», por Encarna Roca i Trías

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Vivir con la música

por Encarna Roca i Trías

Catedrática de Derecho Civil, experta en derecho de familia, académica y magistrada (Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional).

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Eduardo Torres-Dulce Of counsel de Garrigues. Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entre 2012 y 2014 fue fiscal General del Estado; y Encarna Roca i Trías, catedrática de Derecho Civil, experta en derecho de familia, académica y magistrada (Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional).

Nadie me enseñó música. Nadie estuvo dispuesto a pagar los estudios caros y de incierto futuro que exigía la música. Diré más, uno de los mayores disgustos que tuve fue la negativa a pagar una entrada para escuchar por primera vez la Misa solemnis de Beethoven. Aunque en otra época más temprana de mi vida había asistido a la representación de un portentoso y fascinante Fidelio que aún recuerdo como un cuento de terror. ¿Por qué me gusta la música? ¿Puede un arte tan abstracto apoderarse de una persona de 6 años y no dejarla más? ¿Es un arte diabólico?

Los inicios de un arte primigenio

Según Plutarco, la música merece un profundo respeto ya que se trata de una invención de los dioses, concretamente, del dios ornado por todas las virtudes, que es Apolo. Hasta tal punto se consideraba la música como un arte importante en su relación con los caracteres de los hombres, que los filósofos griegos pensaban que la música podía alterarlo de muy diversas maneras y ellos la usaron como medio para la educación de los ciudadanos; en las obras teatrales, lo que dio lugar más tarde a la ópera; la incluyeron en las matemáticas, como se hizo luego en el medieval quadrivium y dejando aparte las reglas de la armonía, que son harina de otro costal y que solo puede entender quien ha estudiado música, inventaron los denominados modos, aunque previamente y como base de sus elucubraciones matemáticas sobre la música Platón decía que la melodía se compone de tres elementos: letra, armonía y ritmo.

Los modos consistían en un sistema de escalas que expresaban algún tipo de sentimiento o actividad. Así Platón, en La República se refirió a determinados modos como el dórico que imita las acciones de los héroes y el frigio que pone la atención en las plegarias dirigidas a los dioses. Y no hay que olvidar el modo lidio, utilizado por Beethoven en su cuarteto nº 15, emocionante y emocionado movimiento en el que da gracias a Dios por haber sanado de una enfermedad. Los modos se convirtieron con el correr de los años y la evolución de la técnica, en los tonos mayor y menor, que tienen la misma finalidad.

Música y sociedad

Dejemos los inicios de la música. La evolución de los estilos, las técnicas y los instrumentos son objeto de los tratados de los musicólogos e investigadores; mis conocimientos son los que me han proporcionado ellos. Lo que me gustaría aportar en esta pequeña reflexión es lo que la música ha inspirado a lo largo de los siglos. Existe música porque existe humanidad y por ello, la historia de la música tiene que ver con la misma sociedad que la recibe y la exige. Imaginemos por un momento una pequeña iglesia románica, oscura, iluminada solo con velas, en la que durante la misa se canta una salmodia, en estilo silábico o con neumas o con melismas: los fieles no tienen por qué distinguir las técnicas en las que el canto está organizado, porque lo que sienten es la emoción que se les quiere transmitir. Y de aquí me pregunto ¿no resulta algo extemporáneo un concierto de gregoriano en una sala de conciertos? ¿No se sienten desplazados como espectadores ante una Misa de Bach deslocalizada?

La música será también un modo de poner paz en el alma o de infundir temor o de suscitar curiosidad. Cuantas veces hemos experimentado estos sentimientos escuchando la banda sonora de una película. La famosa escena de los nueve helicópteros bailando al ritmo de la Cabalgata de las Walkirias en Apocalypse now infunde al espectador una sensación de poderío inconsciente. E increíblemente, las series atonales nos ofrecen un buen acompañamiento para las películas de Tom y Jerry. ¡Quien lo iba a decir!

Un importante vínculo con la política

¿Tiene algo que ver la música con la política? Los aficionados normales asistimos a los conciertos o a las representaciones de ópera sin plantearnos nada más que la calidad de la interpretación, nuestra afinidad con el tipo de música que se está tocando incluso, por la necesidad de estar en un determinado lugar, en un determinado momento. Recuerdo un único concierto de Pavarotti en el Liceo de Barcelona, lleno de un público que había tenido que hacer horas de cola o recurrir a sus influencias en el teatro. El titular de un importante periódico respecto al concierto fue: “lo importante no es estar sino haber estado”. O el único concierto de los Beatles en España. O los conciertos de Springsteen. La música es un arte abstracto, pero no neutral y pocos piensan cuando lo escuchan, que detrás de un cuarteto de Shostakóvich hay una terrible realidad política.

Platón en La República recoge la noticia de que en determinados lugares se establecieron controles sobre la música: si debía proporcionarse un modelo para la política, la música debería encontrarse sometida al control de la jurisdicción del Estado y actuar de acuerdo con los ideales cívicos que constituyen la corrección política; para él la libre elección de ritmos y melodías debería prohibirse, permitiendo Platón aquellos textos que equiparan la virtud y la felicidad. ¿No nos recuerda esto las prohibiciones de determinados tipos de música?

El arte, y la música no deja de ser un arte, siempre ha estado en manos de grupos políticos formal o informalmente. El ejemplo típico es la Iglesia católica que ha impuesto a lo largo de los siglos sus criterios tanto para los textos musicales como para su interpretación. La prohibición de que las mujeres cantaran en lugares públicos produjo la existencia de los castrati, una de las aberraciones más importantes del siglo XVIII. La necesidad de la belleza y del placer produjo la necesidad de que muchos hombres conservaran su voz de niño y esto creó un mercado importante porque se necesitaban hombres que tuvieran esta voz. Farinelli, Senesino y otros vieron sacrificados sus derechos para satisfacer ese afán morboso de belleza.

La música, al servicio de los regímenes

El lado oscuro utilizó la música para la satisfacción de las “finalidades” de un determinado credo político. Los ejemplos más significativos fueron Hitler y Stalin. Hitler despreció horrorizado los textos de la entartete musik: la ópera de Krenek, que tenía como protagonista a un saxofonista negro es una de las obras significativas de la época de Weimar, que luego fueron bautizadas por el régimen nazi como música degenerada. Y como puede entenderse, se correspondía con la idea platónica según la cual el Estado debe prohibir determinadas manifestaciones musicales. En el caso de Jonny spielt auf no era solo el antisemitismo, sino también, el racismo. La exacerbada afición de Hitler por Wagner y su identificación con el ideal alemán, aumentada gracias a los halagos de la nuera del compositor y el declarado antisemitismo del propio Wagner no ha sido aun superada. Pero Hitler y Goebbels no solo utilizaron a Wagner: la 9ª sinfonía de Beethoven era interpretada en cada cumpleaños de Hitler, con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Furtwängler y en ausencia del propio homenajeado. Ahora su cuarto movimiento, Himno a la Alegría, constituye el himno de la UE.

La odisea vivida por Shostakóvich en la URSS de Stalin ilustra bien la utilización de la música por la política. Es conocido el episodio en el que el diario Pravda publicó un editorial titulado Caos en lugar de música, que produjo la retirada de los escenarios de la ópera Lady Macbeth en el distrito de Mtsensk y la persecución política de su autor. Porque no se adaptaba a la teoría oficial según la cual, la música debía escribirse por el método del “realismo socialista”. Por ello, compositores como el propio Shostakóvich o Prokofieff se encontraron siempre en la cuerda floja. Este fragmento demuestra lo que puede la censura en la música y cuáles son sus funciones en determinados regímenes: “¿Por qué camarada Shostakóvich, su nueva sinfonía no suena como su maravillosa Canción del contraplan? ¿Por qué el cansado trabajador del acero no silba su primer tema en su camino a casa? Sabemos, camarada Shostakóvich, que usted es capaz de escribir música que agrada a las masas. Entonces, ¿por qué persiste en sus formalistas graznidos y gruñidos que la burguesía engreída que todavía domina las salas de conciertos simplemente finge admirar?”

Neutralidad y presencia vital

Las óperas han sido siempre utilizadas para instruir sobre actitudes políticamente provechosas: La clemenza di Tito, de Mozart, como muchas obras de tema clásico de este periodo, nos enseña las cualidades que deben adornar a un gobernante; Fidelio, de Beethoven, la fidelidad matrimonial y la lucha contra el tirano; Mozart escribió su Flauta mágica para la iniciación en los misterios masónicos y la hoy desconocida obra de Aubert, La muette di Portici produjo una revuelta que fue el inicio de la revolución que causó la independencia de Bélgica. ¿Es tan neutra la música como pretenden quienes defienden sus planteamientos abstractos?

Todos vivimos con la música. De uno u otro tipo, pero la tenemos presente a lo largo de nuestras vidas: empezamos con las canciones de cuna que nos canta nuestra madre y acabamos con el Réquiem en nuestro funeral. Es realmente un regalo de los dioses.

«Las guerras de Trump», por Rafael Navarro-Valls

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

‘Las guerras de Trump’

por Rafael Navarro-Valls

Catedrático emérito y profesor de honor de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: José Luis Espinosa de Soto Notario de Vigo, académico de número de la Real Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación e integrante de programas de acogimiento familiar y Rafael Navarro-Valls, Catedrático emérito y profesor de honor de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid

En enero de 2025, Donald J. Trump inició su segundo mandato como presidente de Estados Unidos con una agenda internacional que ha potenciado y ordenado los pilares de su primera presidencia. La doctrina America First, basada en el nacionalismo económico, la centralización del poder presidencial y un enfoque transaccional, que ha evolucionado hacia una política exterior que busca no solo replantear el rol de Estados Unidos, sino también modificar las estructuras internacionales vigentes.

Por más que Trump tiene estallidos de desequilibrado -por ejemplo, en sus relaciones con Musk, su excesiva reacción ante los disturbios de Los Ángeles, las dudas ante el potencial atómico de Irán o sus vaivenes en el tema de los aranceles- existe un sector de proyecciones internacionales que no ha sido suficientemente analizado. El núcleo de la política exterior de Trump sigue siendo la prioridad de los intereses estadounidenses por encima de los compromisos globales y alianzas tradicionales. Lo que en su primer mandato estalló como retórica desafiante se va trasformando ahora en una estructura ejecutiva más fuerte.

Más cerca del imperialismo que de la política

En febrero de 2025, una orden ejecutiva formalizó la unificación exterior, consolidando la autoridad del presidente sobre todos los actores diplomáticos y otorgando al secretario de Estado la capacidad de reformar el servicio exterior. Esto ha llevado a una politización profunda del cuerpo diplomático, donde la lealtad a la visión presidencial prima sobre la experiencia profesional.

Este centralismo no solo apunta a controlar el discurso exterior, sino también a garantizar que cada relación internacional esté alineada con un principio básico: ¿qué obtiene Estados Unidos a cambio? Las alianzas dejan de ser valores compartidos y se convierten en transacciones.

La revitalización del lema Paz a través de la Fuerza consolidará esta filosofía. Trump entiende que el liderazgo mundial de Estados Unidos no se basa en alianzas o valores, sino en la capacidad de imponer condiciones desde una posición de poder militar y económico. Esta doctrina, aunque interesante para sectores nacionalistas, ha generado fricciones con socios estratégicos que perciben una actitud imperial y unilateralista. Así ha pasado con la operación Martillo de Medianoche contra Irán, que ha machacado tres centrales nucleares con 125 aviones y 75 proyectiles, con 14 bombas de más de 13.000 kilos, sin la más mínima consulta con sus hipotéticos aliados europeos. El posterior cese de las hostilidades entre Israel e Irán ha sido dirigido por Trump, después de la ficción del ataque de Irán a Doha.

Adiós al orden multilateral

Uno de los movimientos más significativos del inicio del segundo mandato de Trump ha sido su hostilidad intensificada hacia las instituciones internacionales. La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, la OMC y la OMS marca una ruptura sistemática con el orden liberal internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial. En lugar de colaborar para resolver desafíos globales como el cambio climático o la salud pública, la administración opta por respuestas bilaterales y acuerdos que puedan demostrar beneficios inmediatos y tangibles para la nación.

Este rechazo al multilateralismo tiene consecuencias estructurales. En el caso de la OTAN, Trump ha generado críticas in crescendo, llegando a exigir un aumento del gasto militar de los aliados europeos hasta el 5% del PIB, sólo discutida por Pedro Sánchez, en su afán de que sus aliados de izquierda se acerquen cada vez más a sus pretensiones de mantener el poder hasta las elecciones de 2027. Esta presión ha producido que Francia lidere las discusiones continentales y nuevos pactos de defensa dentro de la UE.

El alejamiento de Estados Unidos de sus compromisos multilaterales ha repercutido en países del sur del globo, que antes contaban con la asistencia humanitaria estadounidense y que se enfrentan ahora a una reorientación forzada hacia otros actores, como China, Turquía o Rusia. Esta dinámica está alterando el equilibrio global, debilitando la influencia blanda estadounidense y aumentando la competencia por esferas de influencia. Eso es más visible en lo que llamaremos las guerras de Trump.

Planes de paz y ‘mediación’ internacional

Trump prometió, aun antes de ser presidente, una paz rápida entre Ucrania y Rusia, presentando propuestas que implican concesiones territoriales significativas por parte de Kiev. El plan estadounidense contempla el reconocimiento de Crimea como territorio ruso, el control de facto ruso sobre zonas del Donbás, la exclusión permanente de Ucrania de la OTAN y el levantamiento de sanciones impuestas a Moscú desde 2014.

Aunque en contraprestación recibiría una fuerte compensación económica y una garantía de seguridad apoyada por potencias europeas, este plan es inaceptable para Ucrania, que ve en él una legitimación de la agresión militar rusa.

Ucrania canaliza los cambios por recursos naturales hacia empresas estadounidenses, alimentando acusaciones de neocolonialismo. Este enfoque pragmático, que subordina principios como la soberanía o la autodeterminación a objetivos estratégicos inmediatos, también refleja una pérdida de prestigio moral. Mientras se presenta como mediador de paz, Estados Unidos también capitaliza la destrucción para obtener ventajas económicas a largo plazo.

El enfoque de Trump hacia el conflicto palestino-israelí también ha dado un giro importante. Inicialmente, el plan de convertir Gaza en la Riviera de Oriente Medio incluía el desplazamiento de más de dos millones de palestinos a países vecinos y la reurbanización del enclave bajo dirección estadounidense. Esta propuesta fue rechazada internacionalmente y el presidente la retiró, pero sigue insistiendo en una toma de Gaza para reconstruirla desde cero. Esta propuesta, además de violar el derecho internacional, agravará las tensiones regionales. Egipto, Jordania y organizaciones como Hamás y Hezbolá han rechazado la idea, alertando sobre la posibilidad de un conflicto aún mayor. Este enfoque se inscribe dentro de una política de alineamiento incondicional con Israel Al privilegiar alianzas estratégicas y económicas sobre la autodeterminación palestina, Estados Unidos se arriesga a ser percibido como un actor parcial e intervencionista.

El castigo arancelario

Por otra parte, Trump ha reinstaurado la guerra comercial como herramienta central de política exterior. Desde abril de 2025, Estados Unidos ha impuesto un arancel universal del 10% sobre todas las importaciones, junto con aranceles recíprocos elevados a países con altos déficits comerciales con Washington.

El objetivo declarado es recuperar la soberanía y fomentar la relocalización industrial. En el caso de China, se ha alcanzado un acuerdo provisional que reduce temporalmente los aranceles, aunque persiste la amenaza de aumentos si no se cumplen los términos negociados. Estas medidas buscan contener el avance chino en sectores estratégicos como la biofabricación y la microelectrónica.

Sin embargo, el impacto negativo sobre el consumidor estadounidense es notable: el coste anual estimado por familia asciende a $4,600. Además, la incertidumbre generada por políticas erráticas ha debilitado la confianza internacional en la fiabilidad de Estados Unidos como socio económico.

En línea con su enfoque transaccional, Trump ha cuestionado el rol de Taiwán como socio estratégico. Acusándole de robar el negocio de semiconductores, ha propuesto aumentar los aranceles a sus productos y ha presionado para que Taipéi eleve su gasto en defensa hasta el 10% de su PIB.

Realineamientos estratégicos y erosión diplomática

Una de las decisiones más significativas de la administración Trump ha sido la desarticulación de la asistencia exterior. La disolución de USAID y la reorganización del Departamento de Estado han debilitado el rol histórico de Estados Unidos como líder humanitario y defensor de derechos.

Se estima que, la erosión de la diplomacia tradicional y el cierre de oficinas clave reduce la capacidad del país para anticipar crisis y construir relaciones duraderas. El vacío dejado por esta retirada podría ser aprovechado por potencias como China o Rusia, con consecuencias duraderas para el equilibrio mundial.

En conclusión, el segundo mandato de Donald Trump representa una consolidación ideológica y operativa de su visión de America First, con consecuencias profundas para la arquitectura global. El orden multilateral, basado en reglas y cooperación, ha sido reemplazado por una lógica de poder unilateral, transacciones bilaterales y realineamientos estratégicos.

Aunque esta estrategia puede generar beneficios a corto plazo para Estados Unidos -en forma de reducción de compromisos internacionales o acuerdos comerciales específicos- también ha erosionado alianzas clave, aumentado tensiones geopolíticas y generado una percepción de imprevisibilidad. En conflictos como Ucrania o Gaza, la búsqueda de soluciones rápidas y ventajosas ha marginado valores como la soberanía, los derechos humanos y el derecho internacional.

«Sobre el acogimiento familiar», por José Luis Espinosa de Soto

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

‘Sobre el acogimiento familiar’

por José Luis Espinosa de Soto

Notario de Vigo, académico de número de la Real Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación e integrante de programas de acogimiento familiar.

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: José Luis Espinosa de Soto Notario de Vigo, académico de número de la Real Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación e integrante de programas de acogimiento familiar y Rafael Navarro-Valls, Catedrático emérito y profesor de honor de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid

¿Qué harías si supieras que tu hogar puede cambiarle la vida a un niño, una niña o un adolescente? El pasado 31 de mayo se celebró el día del acogimiento familiar y la referencia que con tal motivo hizo en su web Cruz Roja Española (entidad que tiene un programa para formar y gestionar a familias acogedoras en colaboración con las administraciones públicas) comenzaba con esa pregunta, indicando que en España hay más de 17.000 niños, niñas y adolescentes tutelados en acogimiento residencial, es decir en residencias o instituciones, según datos del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.

La organización Aldeas Infantiles SOS destaca que crecer en un entorno familiar donde los niños y niñas se sientan vistos, escuchados y valorados es un derecho que incide directamente en su salud mental, su bienestar emocional y su desarrollo social y cognitivo. Y es que en la psicología moderna se repite constantemente la idea de que cubrir las necesidades afectivas es esencial para el equilibrio emocional del ser humano; y si esa idea la referimos a los niños y adolescentes no cabe duda de que crecer en un entorno que les proporcione esos mínimos cuidados afectivos es clave para tener de adulto una personalidad equilibrada. Este derecho lo reconoce la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, tanto en su preámbulo como en el art. 20, que incluso hace referencia a sistemas tradicionales de acogimiento.

Crecer en un entorno apropiado, clave para el futuro

El acogimiento familiar proporciona ese entorno afectivo a los niños, niñas y adolescentes que, por múltiples razones de todo tipo, no pueden vivir con sus padres o su familia biológica, ya que el niño se inserta en la familia acogedora como un hijo más -o como un hijo, si los acogedores no los tienen-. La experiencia demuestra que su situación en estos casos no difiere, en cuanto a la relación afectiva y personal, de la de un hijo. Además, una familia acogedora puede dar al menor, además de cariño, estabilidad económica, seguridad y una adecuada atención a las necesidades materiales en general, unas ayudas y apoyos que pueden ser muy importantes para su futuro. El niño o niña siente que forma parte de la familia y es aceptado en ella y generalmente llegada una edad se sentirá apoyado en sus proyectos y decisiones.

Claro está que esta situación no está exenta de dificultades, empezando por el hecho de que prestarse a ser una familia acogedora requiere una disponibilidad de tiempo y personal, que no siempre es fácil de tener, cierta estabilidad económica y una formación suficiente, para obtener la calificación positiva de aptitud. Una vez superadas las condiciones iniciales, otras dificultades tienen que ver, de un modo u otro, con el carácter naturalmente temporal del acogimiento. Primero porque, incluso cuando el niño o niña es acogido desde su nacimiento, llega a la familia con su propia historia, ya imborrable. Segundo, porque la integración en la familia puede ser algo complicada si los padres acogedores tienen también sus propios hijos -aunque no tiene porqué-, lo cual en ningún caso es motivo para descartar el acogimiento. Y tercero, porque el momento de la separación es, o puede ser según los casos, un momento de especial dificultad e incluso dramático, pero necesario e inevitable, tanto para la familia acogedora como para el menor.

Esto último es incluso más difícil de llevar para ambas partes cuando el acogimiento ha sido largo, tanto si el menor vuelve a su familia biológica como si es dado en adopción. En estos casos la separación puede ser una prueba dolorosa y difícil de superar, pero es necesario porque el niño lo que necesita es una familia definitiva y propia y el regreso a su familia o la adopción es siempre la mejor opción para él. Ello no quiere decir que en algunos casos no sea posible un acogimiento permanente, que dure hasta la edad adulta, pero lo ideal es dar al niño una solución más definitiva.

Soluciones jurídicas y acompañamiento emocional

La solución, en la medida de lo posible, de estos problemas o dificultades, necesita el apoyo de las instituciones públicas en un doble aspecto: el jurídico y el personal psicológico. En el ámbito jurídico, los menores en régimen de acogimiento están en la práctica totalidad de los casos bajo la tutela administrativa de los servicios de menores, que ejercen las funciones de guarda y custodia propias de la patria potestad, y mediante el contrato de acogimiento autorizan la convivencia con la familia acogedora. Generalmente estas situaciones funcionan correctamente, porque la mera convivencia no necesita muchas facultades ni autorizaciones legales, pero suelen quedar muchos problemas sin resolver. Sucede en la práctica algo parecido a lo que ocurre con los guardadores de hecho de las personas con discapacidad; en estos casos, aunque el grado de discapacidad de la persona que necesita apoyo sea grande, la labor del guardador puede desarrollarse bien por la mera vía de hecho, sin facultades representativas ni asistenciales, pero hay ocasiones en que la prestación de apoyo necesita alguna cobertura jurídica, que implica a veces un proceso lento y poco operativo, al igual que ocurre con el acogimiento de los menores.

En el ámbito personal y psicológico la necesidad es prestar tanto al menor como a la familia acogedora la ayuda necesaria en la gestión de la situación. Hay que tener en cuenta que la situación de acogimiento familiar, por muy provisional y transitoria que sea, se asemeja mucho a una verdadera relación familiar y el reconocimiento de esta realidad es necesario para evitar que, en el momento de terminarse el acogimiento cuando el menor se separa de la familia acogedora, al dolor de la separación se sume innecesariamente el ocasionado por una mala gestión de la separación.

En general los servicios administrativos de menores extreman su diligencia en mantener con claridad la diferencia entre el acogimiento familiar y la adopción, para evitar confusiones y situaciones problemáticas y ello ha llevado en muchas ocasiones que la separación de la familia de acogida se haga mediante una ruptura radical cortando en seco la relación. En estos casos esa ruptura abrupta y sin las suficientes explicaciones no pocas veces genera en el menor una sensación de abandono por parte de la familia acogedora incomprensible e incompatible con el afecto y la familiaridad del que hasta ese momento ha sido objeto, situación que para los acogedores añade al duelo ya asumido de antemano de la separación el de no poder evitar el sentimiento de culpabilidad por generar en el menor esa sensación de abandono no decidida ni deseada en realidad, lo cual puede incluso tener la consecuencia de echar por tierra o retroceder en los beneficios que la relación familiar y el cariño y apoyo prestado al menor le han generado durante el acogimiento.

Un vínculo a mantener

Esto, unido al propio hecho de que asumir la separación después de haberse generado una estrecha relación personal ya tiene su dificultad, es posible que haga que el plantearse un acogimiento familiar acabe siendo rechazado por muchas familias en nuestro país y siga habiendo un número tan alto de menores viviendo en centros residenciales.

Por ello es importante que tanto en el momento de iniciarse como -sobre todo- en el de terminarse el acogimiento todos esos sentimientos y situaciones sean tenidos en cuenta a fin de evitar al menor los sentimientos de frustración y conservar la relación afectiva entre el menor y los acogedores, en los casos en que es evidente que es beneficiosa para él. Ayuda bastante en este sentido el realizar esas operaciones de modo progresivo y no traumático, porque en ese momento una adecuada gestión de los sentimientos puede tener tanta importancia o más que las condiciones jurídicas de la situación.

Quizá el insuficiente apoyo a las familias de acogida sea una de las causas de que el acogimiento familiar no haya llegado consolidarse en nuestro país a un nivel satisfactorio. Puede que esa sea una de las causas y seguramente habrá otras, como la falta de visibilización o sensibilización social del problema, pero sirva al menos una reflexión de vez en cuando para llamar la atención sobre la situación de los llamados niños invisibles.