«La Literatura pone letra al Deporte», por Enrique Arnaldo Alcubilla

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Enrique Arnaldo Alcubilla.

Magistrado del Tribunal Constitucional. Letrado de las Cortes Generales. Catedrático de Derecho Constitucional por la Universidad Rey Juan Carlos

La Literatura pone letra al Deporte

La literatura es, probablemente, la mejor de las atalayas desde la que contemplar la vida. El novelista nos abre los ojos. Su obra nos permite conocer, aprender, disfrutar, descubrir historias, ideas, pasiones, ilusiones, aunque también desilusiones… León Tolstoi dijo algo así como que un libro bien escrito es el mejor producto de la civilización. No hay, pues, sociedad civilizada concebible sin la literatura.

La literatura, a veces, es una expresión de realismo, pero otras da rienda suelta a la imaginación, a la fantasía o a la magia. El novelista puede ser notario o escultor, escribano o taumaturgo, y hasta integrar todas estas profesiones al tiempo. Su misión es atraer la atención, cautivar al lector, seducirlo de tal forma que quede apresado por las garras de su relato. El novelista busca al lector entusiasta, febril, apasionado. Nótese que entre los oficios no he incluido el ejercicio de la ingeniería, que era la pretensión de Stalin: convertir a los escritores en ingenieros de las almas.

La literatura despierta emociones, abre los poros de nuestra piel, nos traslada a lugares recónditos, a sentirnos personajes de sueños o de pesadillas, nos hace reflexionar, pues es fuente de enseñanzas. Para mí, pero seguro que para muchos, la literatura es una necesidad, como lo es el agua para el peregrino. Amo la literatura como la primera de las bellas artes, quizás también porque no sé pintar, ni escribir una partitura, ni modelar con barro (y tampoco estoy dotado para eso que se conoce como bricolaje).

La literatura es disfrute para los sentidos. Y el deporte también lo es. Ambos nacieron para deleitar. Ambos nos permiten gozar. Gonzalo Torrente Ballester, en Filomeno, a mi pesar, aconsejó que cuando se escribe hay que tener un sentido deportivo de la literatura, como también de la vida. Tomo el adjetivo como referente: deportivo, deportividad. Nos rememora el valor de lo limpio, de lo transparente, del respeto, de la armonía, de la dignidad. Los ingleses lo denominan fair play, y ellos fueron los que inventaron la mayor parte de los sports.

El deporte es connatural al ser humano desde sus formas más primitivas. Noah Harari ya escribió que los sapiens competían en una asombrosa variedad de juegos. Pero es en el mundo contemporáneo en el que ha adquirido una irresistible atracción derivada de su eclosión universal partir de las olimpiadas de la edad moderna. La literatura es su espejo de la realidad y ha reflejado, desde que el mundo es mundo, el interés por el deporte; lo ha consagrado como hecho literario por más que algún sector excéntrico y minoritario de la intelectualidad lo haya pretendido minusvalorar o hasta despreciar.

Sin pretender emular a Francisco Umbral y su famoso «he venido a hablar de mi libro», debo sincerarme y dar cuenta de que este es el fin que he pretendido con El deporte en la literatura, editado por Espasa: acreditar que el deporte ha tenido un lugar en la escritura. Lo encontramos en la Ilíada de Homero, cuando narra los juegos fúnebres de Patroclo; en el Gimnástico de Filostrato; en los Epinicios de Píndaro, en los que canta a los vencedores de los juegos olímpicos; pero también en Aristóteles, en Virgilio o en Séneca. En la Baja Edad Media no faltan referencias, como en el Cantar del Mío Cid, que define los torneos como competición deportiva, el Amadís de Gaula o el Tirant lo Blanch; pero en la Edad Moderna se multiplican en especial cuando la literatura -Cervantes o Shakespeare, Calderón, Camoes o Góngora- nos habla de los juegos de pelota (el tenis tiene por entonces su origen, como demuestra Álvaro Enrigue en Muerte Súbita), de los de fuerza o de los de velocidad.

El mundo contemporáneo se está convirtiendo en una sociedad deportivizada, pero en algunos pioneros encontramos la primera expresión, por ejemplo, en el Emile de Rousseau, o más adelante en Flaubert, Dickens o Larra, entre nosotros que defienden la relevancia de la educación física para el aprendizaje de los jóvenes. Como escribe Richard Ford en su aclamada El periodista deportivo, «los deportes son el paradigma de la vida», y es, probablemente, el sentido que expresó el Nobel Albert Camus cuando dijo aquello de que «lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Muchos de los que nos han legado páginas inolvidables han sido, como el argelino, practicantes. Desde Nabokov a Mario Benedetti, desde Miguel Hernández a Gerardo Diego, desde Miguel Delibes a Pier Paolo Pasolini, desde De Lillo a Roth, incluso Groucho Marx, quien se reivindica como tenista (aunque pierde siempre) y hasta Woody Allen, quien a pesar de su estatura se reivindica como baloncestista.

El universo fútbol parece tan dominante que expulsa otras modalidades deportivas, hasta el punto de que Philip Kerr dice que «es, de hecho, lo más importante del mundo». Por fortuna la literatura es plural, abierta y toca todas las teclas del piano, aunque fútbol (Galeano, Handke, Villoro, Sacheri, Benedetti, Cela, Marías, Garci, Vargas Llosa o Fontanarrosa) y boxeo (Conan Doyle, Oates, Cortázar, Remnick, Mailer o Gistau) son las preferidas por la literatura. La pelota y el combate son dominantes como en los juegos de la antigüedad. Pero hay tantas referencias… a correr, en Echenoz o en Murakami; a la natación, en Soledad Puértolas; al surf, en William Finnegan; al golf, en Wodehouse y  Updike; al ciclismo, en Dino Buzzati; al tenis, en la extraordinaria biografía de André Agassi Open, o en Foster Wallace con El tenis como experiencia religiosa; a las carreras de caballos, en Fernando Savater o en Hemingway; a la gimnasia, en Lola Lafon; al béisbol, en Leonardo Padura o en Paul Auster; a la esgrima en Pérez Reverte; al rugby en John Carlin; o a la pelota vasca en Unamuno o Pío Baroja.

El deporte se siente o se plasma de muchas formas en la literatura: como afición, como ejercicio, como evasión o como entretenimiento, como pasión, como religión, como parte de la educación integral, como arte, como instrumento de superación, como símbolo o bandera de un país, como instrumento político, incluso como signo social distintivo, pero sobre todo por ser, como dice Martínez de Pisón: «una escuela de valores morales». Ciertamente mucho antes, en La deshumanización del arte, el maestro Ortega dijo que «el triunfo del deporte significa la victoria de los valores de la juventud sobre los valores de senectud», y en otro de sus escritos escribió que la cultura no es hija del trabajo sino del deporte y que esta es la forma superior de la existencia humana. Así lo percibió, como valor, el barón de Coubertain. Albert Camus pronunció una sugerencia en su ciudad natal, Argel, ya con el reconocimiento del Premio Nobel y se atrevió a confesar que debía al deporte “todo lo que más sé a la larga acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”. Olvidemos los disvalores, cuando se torna en deriva negocial o en amaño de los resultados en virtud de interesadas apuestas, en violencia o en fanatismo que los ingleses definieron como hooliganism. El deporte, en fin, es un hecho literario incontestable, como han captado los grandes nombres de la literatura, particularmente la contemporánea, que lo llega a convertir en eje central de una novela o incluso de una poesía, como lo demuestran Alberti, Celaya, Miguel Hernández o Luis Alberto de Cuenca. Muchos maestros han conseguido que el deporte se haya hecho literatura.

Me identifico con el pensamiento del fundador de neoplatonismo, Plotino, que defendía que el arte es posterior a la naturaleza. La literatura es el arte que consagra la natural actividad deportiva como hecho literario incontestable.

El deporte en la literatura

Autor: Enrique Arnaldo Alcubilla Editorial: Espasa

«¿Qué es la equidad?», por Javier Gomá Lanzón

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA
Javier Gomá, filósofo.
Letrado del Consejo de Estado. Director de la Fundación Juan March. Director de la Cátedra de la Ejemplaridad/CUNEF.

¿Qué es la equidad?

Percibimos lo particular, pero pensamos lo universal. Escindidos en dos facultades tan dispares, hemos de desarrollar un arte que las una. La equidad cumple esa misión artística.  

Nuestros sentidos captan una mesa concreta, ésta o aquélla, mientras que nuestra mente, inspirada por la sensación que esta mesa a nuestro lado nos ha causado, alumbra la idea universal de mesa, un concepto susceptible de definición abstracta. El mundo de la acción -la moralidad, el Derecho- ocurre en lo particular: en esta mesa de aquí nos sentamos, comemos o escribimos; mientras que la idea de mesa, situada en el cielo de los conceptos, no nos sirve para estas funciones prácticas de la vida, si bien, por otra parte, conforma el elemento natural de la ciencia y la técnica, gracias a las cuales nuestro conocimiento avanza.

Estos dos planos -el de lo particular que perciben nuestros sentidos y el de lo universal objeto de nuestro conocimiento abstracto- están separados por una brecha que sume a la moralidad en la incertidumbre perpetua. Tomemos un concepto frecuente en el discurso práctico: la dignidad. La teoría trata de definirlo (yo mismo lo he hecho en Dignidad, 2019), pero, aun en el caso de que consiga proponer una definición filosófica exacta, ésta no ofrece seguridad alguna a la hora de calificar de digna o no una acción moral concreta.

De modo que la universalidad del concepto no está llamada a solucionar de forma definitiva, con la necesidad de una ley científica, el casuismo inagotable de la moralidad práctica, cuyas acciones, múltiples y variadas, dependen de agentes individuos con libertad de elección. Cada caso concreto encierra un mundo rico y complejo que no se deja subsumir en un esquema común. Entre la idealidad del concepto y la realidad de la experiencia, entre la necesidad lógica del primero y la contingencia imprevisible de la segunda, se abre inevitablemente un hiato que nadie puede aspirar a cerrar porque pertenece a la invariable naturaleza humana. No existen normas universalmente válidas que nos releven del deber de elegir lo que parece más conveniente para una situación única.

Prudencia y ley: la esencia

Es la prudencia la que prepara el camino para la comprensión de la esencia esquiva de la equidad, puente de comunicación entre la ley abstracta y el caso concreto. Aristóteles se refiere al menos tres veces en su tratado de Política a la tensión existente entre esos dos polos. […] Y, cuando, al repasar el catálogo de las virtudes morales en la Ética a Nicómaco, le toca el turno en el libro V a la de la justicia, se ocupa de esa clase de ley universal que es la jurídica, lo que le da pie para introducir la noción de equidad. “La ley es universal y hay casos en los que no es posible tratar las cosas rectamente de un modo universal”, señala el filósofo. En efecto, la ley enuncia una regla abstracta que vale para la mayoría de los casos, pero no para una minoría de ellos, a la que, debido a su particularidad, no le conviene la reducción obrada por la norma. “Y no por eso es menos correcta la ley -continúa el griego-, porque el yerro no radica en la ley, ni en el legislador, sino en la naturaleza de las cosas, pues tal es la índole de las cosas prácticas”.

Dicho de otra manera: lo legal es abstracto, lo práctico (equivalente a la acción moral) es concreto y, en el terreno de la experiencia, la exuberancia de los casos es tan grande que ni la ley ni el legislador son capaces de preverlos todos. Aquí la razón de ser de la equidad:

Cuando la ley presenta un caso universal y sobrevienen circunstancias que quedan fuera de la fórmula universal, entonces está bien, en la medida en que el legislador omite y yerra al simplificar, el que se corrija esta omisión, pues el mismo legislador hubiera hecho esta corrección si hubiera estado presente. […] Tal es la naturaleza de lo equitativo, una corrección de la ley en la medida en que su universalidad la deja incompleta.

La universalidad deja a la ley incompleta y esa omisión produce un error, el cual no vicia la ley ni al legislador, porque es intrínseco a la distancia entre lo universal de la ley y lo concreto de la acción moral. Interviene entonces la equidad para subsanar esa falta y completar la ley corrigiéndola conforme a lo que se imagina hubiera hecho el legislador si hubiera conocido esa falta. “Correctio legis in quo deficit propter universalitatem”, diría después Francisco Suárez siguiendo a Santo Tomás como éste sigue a Aristóteles (De las leyes, VI).

El concepto aristotélico

Ahora bien, esa corrección ¿en qué dirección va? Porque la equidad podría contribuir a corregir una ley tanto demasiado dura como demasiado blanda. Aristóteles parece tener en mente sólo el primer supuesto. Llama hombre equitativo a quien, “apartándose de la estricta justicia y de sus peores rigores, sabe ceder, aunque tenga la ley de su lado”. Lo cual demuestra que está pensando sólo en esa clase de norma que carga con excesivo rigor al individuo, siendo la equidad una técnica de suavizar o mitigar una severidad legal contraria a un sentido elemental de justicia.

La corrección aristotélica del Derecho estricto ha sido realizada históricamente con dos grados de intensidad diferente: en el grado más alto, la equidad corrige la ley produciendo un Derecho nuevo alternativo; en el más moderado, corrige sólo la literalidad de la ley indagando dentro de ella, sin derogarla ni invalidarla, una interpretación más equitativa.

El grado superior de la equidad fue practicado por el ius honorarium del Derecho romano y la Equity anglosajona, correctores, respectivamente, del ius civile y al Common Law. […] Una máxima romana enunció el problema: “Summum ius, summa iniuria”; otra anglosajona señalaró la solución: “Equality is equity”. Lo que empezó siendo un remedio excepcional para determinados casos límite terminó dando lugar a un Derecho de nueva creación alternativo al existente. Lo verdaderamente singular en ambos sistemas, el romano y el inglés, residió en la creatividad de dos órganos -un pretor, un tribunal- que se declararon competentes para dejar en desuso la legislación positiva otorgando a la equidad la consideración de nueva fuente de Derecho.

La otra forma de corrección aristotélica, de intensidad más moderada, no se concede a sí misma la potestad de innovar el Derecho vigente, sino que opera dentro de los límites establecidos por la ley. Esta segunda clase de equidad es la dominante en la cultura jurídica de la Europa continental medieval y moderna.

Esta otra equidad secundum legem experimentó una sustancial transformación durante el advenimiento del Estado de Derecho en la Europa del siglo XIX. Ahora la ley expresa la voluntad popular y, en consecuencia, el positivismo jurídico está aureolado de una legitimidad política-democrática mayor que antes. Las leyes conforman un ordenamiento completo y omnicomprensivo que no deja espacio a la creatividad extralegal de los jueces, los cuales, conforme a la célebre sentencia de Montesquieu, deben limitarse a ser “la voz muda que pronuncia las palabras de la ley”. La autonomía de la equidad se desdibuja, confundiéndose, bien con con los principios generales (así Federico de Castro en Derecho civil de España), bien con la interpretación finalista. Por supuesto, puede ocurrir que, por la evolución natural de la sociedad a lo largo del tiempo, una ley pierda la razón de ser que motivó su aprobación y que, carente de flexibilidad, desencadene efectos no deseados. Ni siquiera entonces hay necesidad ninguna de pedir la colaboración de la equidad judicial, porque el Estado de Derecho, si funciona adecuadamente, procederá a derogar cuanto antes la ley desactualizada y a sustituirla por otra mejor acompasada a la realidad de su tiempo. Si el conflicto deriva, en cambio, de una lucha de las interpretaciones, la antigua función correctora de la equidad puede ser plenamente asumida por un sistema de recursos judiciales ordinarios y extraordinarios.

Del Código Civil a la Constitución española

A este eclipse de la equidad a manos de un positivismo extremo seguirá un cierto reverdecimiento de la figura mediante una apertura del Derecho a los valores materiales, apertura bien ilustrada por las dos grandes novedades legislativas introducidas en el ordenamiento jurídico español durante los años setenta del siglo pasado: la reforma del Título Preliminar del Código Civil en 1974 y la aprobación de la Constitución en 1978.

La nueva versión del Título Preliminar incorpora por primera vez en Derecho español el concepto aristotélico de equidad. En su actual redacción dice el artículo 3.2 del Código Civil que “la equidad habrá de ponderarse en la aplicación de las normas, si bien las resoluciones de los Tribunales sólo podrán descansar de manera exclusiva en ella cuando la ley expresamente lo permita”. Se echa de ver que el Código adopta la segunda forma de corrección aristotélica de las leyes universales, la equidad secundum legem. De la posición sistemática que concede a la figura dentro del Título cabe deducir ex contrario la voluntad del legislador de restaurar su anterior autonomía. De un lado, no es un principio general, pues las tres fuentes del Derecho se enumeran en el artículo 1.1. De otro, tampoco se identifica con la interpretación finalista o espiritual de las normas, a la que se dedica el apartado primero del mismo artículo 3.

Si la equidad no es una fuente de Derecho ni una clase de interpretación, entonces ¿qué es? El artículo 3.2 la caracteriza como una ponderación en la aplicación de las normas. ¿Qué clase de ponderación? Una tendente -explica la Exposición de motivos del Título preliminar reformado- “a lograr una aplicación de la norma sensible a las particularidades de los casos”. Por consiguiente, la equidad se desentiende tanto de la generalidad de los principios como de la tipicidad de las normas objeto de interpretación, que se mueven en un plano de abstracción teórica, y se ocupa de su aplicación práctica, el momento delicado de la subsunción de la particularidad de dicho caso en el supuesto de hecho de la norma para determinar su consecuencia jurídica. Ahora bien, si no puede servirse ni de los principios generales ni de las reglas de interpretación de las normas, ¿en qué fundamenta el aplicador su ejercicio de ponderación equitativa? ¿Qué otras reglas, principios o valores extranormativos debe tener en cuenta para practicar debidamente la virtud aristotélica de la equidad?

La respuesta se halla en la segunda -y trascendental- de las dos novedades legislativas anunciadas. La Constitución española de 1978, en efecto, rezuma valores materiales por todos sus artículos desde el primero. Ofrece un muestrario rico pero controlado de justicia material a disposición del aplicador del Derecho para sus labores prácticas de equidad. Los conceptos que designan esa materialidad axiológica, enunciados en la norma sin definirlos, mantienen su naturaleza indeterminada y abierta para guiar, iluminar y orientar el caso concreto sin prejuzgar lo justo.

La entrada en vigor de la Constitución no ha cerrado el antiguo hiato que separa lo concreto de la vida y la universalidad del concepto. Cuando un operador jurídico debe enjuiciar si una norma aplicable a una persona es o no contraria a su dignidad, no cuenta con una plantilla que, aplicada al asunto de que se trate, dé como resultado la única solución correcta. El enjuiciamiento moral carece de la seguridad de las cosas necesarias que no pueden ser de otro modo y está sujeto a la incertidumbre imprevisible de las contingentes. Pero esto no significa en absoluto que dicho juicio sea arbitrario, como si flotara en el vacío condenado a la ausencia eterna de fundamento, pues existen unas reglas morales a medio camino entre los dos planos, el universal y el concreto. Son reglas que nacen de la práctica y confieren al agente una pericia que trasciende el mero casuismo, aun sin llegar tampoco al universalismo del concepto abstracto.

Una fuente de justicia

El lenguaje común se refiere a esas reglas partiendo del universo de las sensaciones que, al acumularse con la experiencia, enseñan a quien las percibe algunas lecciones generales para su vida. Así, una cosa es degustar una comida suculenta y otra tener gusto, esa facultad adquirida por el uso para elegir objetos bellos o conducirse con elegancia entre los hombres; una cosa es palpar algo con los dedos y otra tener tacto para salir airoso de situaciones delicadas; una ver con los ojos, otra tener una clara visión de futuro; una oler una fragancia, otra tener olfato para las buenas oportunidades; una oír una canción, otra tener oído para la música o para otras cosas. En todos estos ejemplos, los sentidos -vista, oído, tacto, gusto, olfato- abren su campo semántico desde lo sensorial hasta un saber genérico procedente de la experiencia que otorga a su poseedor un arte para conducirse conforme a unas reglas prácticas en las diferentes situaciones de la vida.

“Lo equitativo es lo justo que está fuera de la ley escrita”, dice Aristóteles en Retórica (1374a). ¿Dónde hallar esa fuente de justicia situada en algún lugar fuera de la ley positiva? Aristóteles responde que en la virtud intelectual de la prudencia.

De modo que la equidad, determinada como toda virtud ética por lo que haría el hombre prudente, es la forma que adopta el saber prudencial necesario para ejercitar con buen arte la justicia.

A guisa de conclusión de los razonamientos precedentes, cabe definir la equidad como ese saber prudencial que enseña a aplicar la ley universal al caso particular a la luz de los valores primordiales y los principios constitucionales a fin de que el resultado no repugne el sentido material de justicia.

*Este artículo es un extracto del prólogo del libro La equidad en el tratamiento de los inversores en energías renovables, coordinado por Juan Castro-Gil Amigo.

«¿Quién nos ha robado las historias?», por Fernando Pérez Rubio

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA
Fernando Pérez Rubio, notario de León.

Premio al Mejor Libro de 2025 de la editorial Círculo Rojo en la categoría ‘Ficción Contemporánea’ por su primera obra El banco más bonito del mundo.

¿Quién nos ha robado las historias?

A raíz de la reciente polémica suscitada con motivo de la concesión del Premio Planeta a Juan del Val -en la cual no me posiciono, pues mientras escribo estas líneas el libro aún no ha salido a la luz-, entre “literatura comercial” y “literatura intelectual” me ha venido a la cabeza una situación que viví el pasado verano en primera persona.

He de reconocer que la situación me ha llamado aún más la atención pues, apenas quince días antes del anuncio del ganador, mi primera novela El banco más bonito del mundo ganó el premio al mejor libro del año en la categoría ‘Novela Contemporánea’ de la editorial Círculo Rojo; premio al que no te presentas, pues el jurado elige entre todos los publicados durante el año.

Un paseo por la Feria del Libro

El pasado mes de junio me encontraba en Madrid. Era una soleada mañana de domingo, especialmente calurosa, y las calles del retiro eran un bullicio de lectores buscando a sus escritores preferidos. Al menos eso me pareció. Hacía tiempo que no pasaba por la Feria del Libro de Madrid.

Os contaré como anécdota que, en un banco apartado, en una de las calles aledañas a la feria, me encontré -bueno, pasé por delante- a mi filósofo de cabecera Javier Gomá. Reconozco que estuve tentado de acercarme a saludarle y por supuesto hacerme un selfi, pero lo vi tan tranquilamente charlando, imagino que con un amigo, que me pareció totalmente improcedente interrumpir.

Los que vivimos en provincias no estamos acostumbrados a encontrarnos con nuestros ídolos en persona y cuando alguna vez nos pasa, no siempre sabemos cómo reaccionar, pero hay que respetar la intimidad.

Pero no es de esto de lo que quería hablar. Lo que más me llamó la atención de la feria fueron las colas, o más bien la ausencia de ellas en algunas casetas. Me explico. Cuando el director de la editorial que publicó mi libro, Alberto Cerezuela, hizo una reseña señaló que le recordaba a Elvira Lindo y a Marta Sanz, y a un libro que me encantó, aunque exagerada comparación: La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

Los followers y la cultura del selfi

Por casualidades del destino resulta que las dos escritoras estaban firmando ejemplares de sus libros en casetas casi contiguas y cerca de ellas Máximo Huerta hacía lo propio. Me acerqué con la intención de comprar sus libros, no con mucha esperanza de conseguirlo, pues uno es alérgico a las colas, pero cual fue mi sorpresa cuando comprobé que apenas media docena de lectores esperaban la firma de sus ejemplares.

Había muchísima gente y había pasado por largas colas en otras casetas, así que decidí acercarme a ver quiénes eran los o las agraciados, imaginando que serían plumas ilustres, pues no se correspondía el bullicio con las pequeñas colas en las casetas de los para mi ilustres escritores y escritoras.

Mi sorpresa fue que no conocía a ninguno ni a ninguna de los firmantes -salvo al gran Eduardo Mendoza-. Realmente no había oído hablar de ellos en la vida, pero todos tenían una nota en común. Dudo que ninguno de ellos pasara de los veinticinco años, casi todas eran mujeres y todos los libros aparentemente respondían a una misma estética: portada en colores vivos, título simulando caligrafía a mano y casi todos, aparentemente, relacionados con el amor o el desamor juvenil.

Imagino que a esto es a lo que se refiere el reciente ganador del Planeta. Literatura comercial, no sé si buena o no, tampoco los he leído. Dios me libre criticar que escriban a temprana edad e incluso que vendan, aun cuando dudo que con su edad tengan mucha experiencia en esos temas, pero bueno, realmente, para escribir sobre un asesinato no es necesario haber asesinado a alguien. El mercado es el mercado, pero me sorprende la actual tendencia editorial.

Del thriller a la literatura juvenil

Pero sí que me ha llevado a reflexionar sobre la actual situación literaria en nuestro país, o al menos en mi modesta apreciación. Resulta extraño encontrarse en el escaparate de una librería un éxito editorial en el que no aparezca en las primeras páginas un cadáver en una cuneta o en un descampado, un policía jubilado normalmente con problemas mentales o adicto al alcohol -y por supuesto amargado- o una joven policía con el corazón roto o desengañada del amor, ambos con un tosco carácter y que, mientras nos van contando las causas de sus desdichas, en dos páginas finales nos desvelan que el asesino es alguien que pasaba por allí y no quien nos habían hecho creer.

Junto a esta tendencia del thriller, otra que le va a la par es la de la novela histórica, la cual creo que no es necesario explicar. Esta tendencia editorial es evidente en la mayoría de los autores actuales y habría que ser un necio para no reconocer que existen auténticas maravillas y extraordinarios escritores. No vaya nadie a pensar que estoy criticando estos géneros, de hecho soy consumidor habitual. Sin duda alguna, y en esto le doy la razón a Juan del Val, en muchos de ellos coincide calidad y comercialidad, ya que al igual que un buen libro puede ser un fracaso de ventas, también puede convertirse en un best seller.

Pero lo que un servidor desconocía es ese mundo literario adolescente-juvenil que me encontré en la feria y del cual mi hija me ha puesto al tanto, y que normalmente sustituye el cadáver por un par de jóvenes que descubren que el amor de su vida no era realmente tan perfecto como pensaban cuando se juraban amor eterno en un parque bajo los rayos del sol, o esa maligna amiga que te traiciona levantándole a su novio.

Francamente no estoy en condiciones de valorar si en este grupo existe calidad, porque como ya he dicho, desconocía su existencia. Ahora bien, parece ser que muchos de ellos se han hecho famosos en las redes y sus libros han sido un éxito entre sus seguidores. El mundo, no sé si para bien o para mal, ha dado un giro de 180 grados.

TikTok e Instagram: trampolín de ventas

En mis tiempos jóvenes un escritor a base de publicar podía llegar a ganar premios, era invitado a programas de radio o televisión en los que se hablaba de literatura (todos recordamos a Sánchez Drago, con Arrabal, Umbral, Cela etc.). Quiero decir, los autores primero escribían, después si tenían suerte vendían y algunos se hacían famosos y acudían a tertulias en los medios. Parece que hoy la tendencia es a la inversa.

Los escaparates de las librerías parecen estar poblados de libros escritos por famosos que primero van a la televisión o se han hecho famosos en TikTok opinando sobre todo lo opinable, en muchas ocasiones con desconocimiento absoluto del tema sobre el que opinan. Deciden o alguien les aconseja escribir un libro y automática e independientemente de la mayor o menor calidad del libro se convierten en superventas y se forman interminables colas de jóvenes y ávidos seguidores deseosos de adquirir su libro y volver a sus casas con un buen selfi que colgar en Instagram.

Lo que parece que ya no tiene cabida es la literatura sin muertos o sin flechazos instantáneos y consiguientes desamores. La literatura que simplemente cuenta historias. Por eso me congratula que autores como Máximo Huerta tengan el éxito que tienen, porque cuentan historias, historias de la vida misma que todavía tienen un nicho de lectores que buscamos algo más que asesinatos.

Por cierto, en la feria no compré su última novela, compré Una habitación en Paris y me pareció simplemente encantadora. Espero que tarde o temprano, no que desaparezca, pero sí que vuelva a haber un hueco para la literatura que cuenta historias.

«’Billy Wilder, un romántico caché», por Eduardo Torres-Dulce

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Billy Wilder, un romántico caché

por Eduardo Torres-Dulce,

Of counsel de Garrigues. Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entre 2012 y 2014 fue fiscal General del Estado. El derecho penal económico está en el centro de su labor académica y divulgativa.

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Eduardo Torres-Dulce Of counsel de Garrigues. Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entre 2012 y 2014 fue fiscal General del Estado; y Encarna Roca i Trías, catedrática de Derecho Civil, experta en derecho de familia, académica y magistrada (Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional).

Billy Wilder soporta dos equívocos críticos a la hora de enjuiciar sus películas y los dos equívocos tienen que ver con la manera un tanto superficial con que se abordan sus películas. Los dos, por su parte, están inextricablemente unidos. El primer equívoco consiste en afirmar, probablemente partiendo de su innegable talento como guionista, su primer oficio en el cine, que se trata de un cineasta más conceptual que visual, que le preocupan más lo que quiere contar y sus personajes y no la forma de hacerlo que es más bien funcional. Ese supuesto estilo sin estilo, que en realidad oculta una sutil y compleja puesta en escena, es algo que Wilder aprendió de Howard Hawks, al que pidió permiso para asistir al rodaje de Bola de fuego, cuyo guión había coescrito con su socio Charles Brackett bajo la supervisión del cineasta. Wilder comparte y padece esa equivocada premisa crítica con Luis Buñuel, otro cineasta al que se atribuye cierta tosquedad de estilo visual. Pero, como ocurre con Hawks, tras esa aparente funcionalidad, lo que emerge es un completo dominio de la puesta en escena, sin artificios, pero con une eficiencia narrativa muy meditada y poderosa.

Una demoledora mirada al mundo

Probablemente, aunque con más matices también pueda decirse otro tanto del segundo equívoco crítico que no es otro sino considerarle un conspicuo cínico a la hora de mirar al mundo y a sus personajes. Es verdad que el maestro vienés no se hace muchas ilusiones acerca de la bondad del ser humano o de la manera en la que funcionan las cosas, películas como Perdición, Sunset Boulevard lo acreditan, pero no es menos cierto que tras ello late siempre la mirada de un romántico vienés que se hace más evidente en la segunda parte de su carrera, la más cercana a su maestro Ernst Lubitsc. Lo que se puede comprobar en películas como Sabrina, Ariane, Testigo de carga, Irma La dulce, Avanti o La vida privada de Sherlock Holmes. Ese iceberg oculto tras su demoledora mirada al mundo y sus implacables reglas antipersonas, se revela con nitidez en películas como El Apartamento, Bésame, Tonto y En Bandeja de plata, que superficialmente pueden aparecer cargadas de vitriolo moral, y desde luego lo están y son, cuando sus finales dejan ver cuán sensible se muestra Wilder con los sueños y frustraciones padecidos por unos personajes apaleados por la vida o sus convenciones, o, si lo prefieren, por los pecados capitales de los que perdieron el Paraíso y no tienen ningún deseo de recuperarlo.

Así el millonario, puro Lubitsch, Frank Flannagan (Gary Cooper), escuchando desde el estribo de un vagón de tren , las mentiras sobre su promiscua vida amorosa de una enamorada Ariane (Audrey Hepburn), mientras el tren comienza a andar, para finalmente tomarla  entre sus brazos, equivale, los dos finales se construyen sobre sendos travellings morales como le gustaba a Godard, al de El apartamento con Fran Kubelik (Shirley McLaine) abandonando a su amante durante la fiesta de Nochevieja para correr hacia los brazos de Baxter (Jack Lemmon), su silencioso, y perdidamente inamorato, capaz de comprender por un espejito roto que el mundo no está hecho de fantasías amorosas sino de gente de carne y pecados, deseos e ideales maltratados. El reencuentro entre Fran y Baxter mientras se disponen a jugar una partida de cartas en la que él le declara a ella cuán enamorado está, y ella, sonriendo, sólo le contesta, “calla y reparte”, restablece la armonía del mundo wilderiano fundiendo los restos desperdigados del Paraíso, secundum Scott Fitzgerald, sobre la cotidiana realidad.

De la filmografía a la proyección de lo humano

Aún lo es más en la secuencia final de La vida privada de Sherlock Holmes, esa obra maestra amputada por los productores Mirisch ante la incomprensible o resignada pasividad de Wilder. En ella sorprendemos a Holmes (Robert Stephens) y Watson (Colin Blakeley) desayunando en el 221B de Baker Street. Holmes abre una carta remitida por su hermano Mycroft (Christopher Lee). Nada más leerla la deja sobre la mesa y se aleja ensimismado hacia la ventana de la habitación. Watson, discretamente, la toma y la lee; en off escuchamos su texto en la voz de Mycroft. Le comunica a su hermano que la espía prusiana ha sido detenida y fusilada por las autoridades japonesas. “Quizás te interese saber que en los últimos tiempos usaba el apellido de Ashdown”. Toda la trama de la película se condensa y se revela en ello. Bajo el alias de Valladon, la espía prusiana se infiltra en la vida, en una intrincada investigación, y, sobre todo en el corazón del misántropo, quizás misógino, quizás homosexual, de Holmes, viajando ambos hasta Escocia como Mr. and Mrs. Ashdown, compartiendo confidencias en un vagón cama del expreso y luego en la habitación del Caledonian Hotel, hasta que Mycroft le revela la verdad a su hermano. La mente más brillante de Europa derrotada por una mujer que le ha enamorado por completo, una mujer que ansiaba enfrentarse a la mente más inteligente de Europa. Tras la muerte de la espía que le amó, a Holmes sólo le queda la melancolía del recuerdo y la soledad de una solución de cocaína al 7%.

A mi juicio el personaje clave de esa segunda etapa de la filmografía wilderiana es el de Sir Wilfrid Robarts (Charles Laughton), el epicúreo abogado británico cuya truculenta existencia de corte rabelesiana, se revela, poco a poco, mientras avanza el proceso contra Leonard Vole (Tyrone Power), profundamente humana, dispuesto a sacrificar su vida, está convaleciente de un infarto, por mor del derecho de defensa, creyente sin fisuras en la ley como el medio que permite redimir injusticias notorias. Que le engañe Christine Vole (una fascinante Marlene Dietrich) una mujer, una de las claves secretas de la filmografía wilderiana, como Madame Valladon a Sherlock en La vida privada de Sherlock Holmes, loca de amor por un hombre que la engaña con otra mujer, permite concluir cómo se las gasta este vienés malgré tout que es Billy Wilder. Robarts la admira, pese a la derrota, profundamente y se lamenta de que no se hubiera confiado a él para organizar la defensa de Vole, Pero, quizás, ese deseo pugne con los secretos del corazón y la mente de una mujer enamorada.

«Vivir con la música», por Encarna Roca i Trías

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Vivir con la música

por Encarna Roca i Trías

Catedrática de Derecho Civil, experta en derecho de familia, académica y magistrada (Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional).

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Eduardo Torres-Dulce Of counsel de Garrigues. Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Entre 2012 y 2014 fue fiscal General del Estado; y Encarna Roca i Trías, catedrática de Derecho Civil, experta en derecho de familia, académica y magistrada (Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional).

Nadie me enseñó música. Nadie estuvo dispuesto a pagar los estudios caros y de incierto futuro que exigía la música. Diré más, uno de los mayores disgustos que tuve fue la negativa a pagar una entrada para escuchar por primera vez la Misa solemnis de Beethoven. Aunque en otra época más temprana de mi vida había asistido a la representación de un portentoso y fascinante Fidelio que aún recuerdo como un cuento de terror. ¿Por qué me gusta la música? ¿Puede un arte tan abstracto apoderarse de una persona de 6 años y no dejarla más? ¿Es un arte diabólico?

Los inicios de un arte primigenio

Según Plutarco, la música merece un profundo respeto ya que se trata de una invención de los dioses, concretamente, del dios ornado por todas las virtudes, que es Apolo. Hasta tal punto se consideraba la música como un arte importante en su relación con los caracteres de los hombres, que los filósofos griegos pensaban que la música podía alterarlo de muy diversas maneras y ellos la usaron como medio para la educación de los ciudadanos; en las obras teatrales, lo que dio lugar más tarde a la ópera; la incluyeron en las matemáticas, como se hizo luego en el medieval quadrivium y dejando aparte las reglas de la armonía, que son harina de otro costal y que solo puede entender quien ha estudiado música, inventaron los denominados modos, aunque previamente y como base de sus elucubraciones matemáticas sobre la música Platón decía que la melodía se compone de tres elementos: letra, armonía y ritmo.

Los modos consistían en un sistema de escalas que expresaban algún tipo de sentimiento o actividad. Así Platón, en La República se refirió a determinados modos como el dórico que imita las acciones de los héroes y el frigio que pone la atención en las plegarias dirigidas a los dioses. Y no hay que olvidar el modo lidio, utilizado por Beethoven en su cuarteto nº 15, emocionante y emocionado movimiento en el que da gracias a Dios por haber sanado de una enfermedad. Los modos se convirtieron con el correr de los años y la evolución de la técnica, en los tonos mayor y menor, que tienen la misma finalidad.

Música y sociedad

Dejemos los inicios de la música. La evolución de los estilos, las técnicas y los instrumentos son objeto de los tratados de los musicólogos e investigadores; mis conocimientos son los que me han proporcionado ellos. Lo que me gustaría aportar en esta pequeña reflexión es lo que la música ha inspirado a lo largo de los siglos. Existe música porque existe humanidad y por ello, la historia de la música tiene que ver con la misma sociedad que la recibe y la exige. Imaginemos por un momento una pequeña iglesia románica, oscura, iluminada solo con velas, en la que durante la misa se canta una salmodia, en estilo silábico o con neumas o con melismas: los fieles no tienen por qué distinguir las técnicas en las que el canto está organizado, porque lo que sienten es la emoción que se les quiere transmitir. Y de aquí me pregunto ¿no resulta algo extemporáneo un concierto de gregoriano en una sala de conciertos? ¿No se sienten desplazados como espectadores ante una Misa de Bach deslocalizada?

La música será también un modo de poner paz en el alma o de infundir temor o de suscitar curiosidad. Cuantas veces hemos experimentado estos sentimientos escuchando la banda sonora de una película. La famosa escena de los nueve helicópteros bailando al ritmo de la Cabalgata de las Walkirias en Apocalypse now infunde al espectador una sensación de poderío inconsciente. E increíblemente, las series atonales nos ofrecen un buen acompañamiento para las películas de Tom y Jerry. ¡Quien lo iba a decir!

Un importante vínculo con la política

¿Tiene algo que ver la música con la política? Los aficionados normales asistimos a los conciertos o a las representaciones de ópera sin plantearnos nada más que la calidad de la interpretación, nuestra afinidad con el tipo de música que se está tocando incluso, por la necesidad de estar en un determinado lugar, en un determinado momento. Recuerdo un único concierto de Pavarotti en el Liceo de Barcelona, lleno de un público que había tenido que hacer horas de cola o recurrir a sus influencias en el teatro. El titular de un importante periódico respecto al concierto fue: “lo importante no es estar sino haber estado”. O el único concierto de los Beatles en España. O los conciertos de Springsteen. La música es un arte abstracto, pero no neutral y pocos piensan cuando lo escuchan, que detrás de un cuarteto de Shostakóvich hay una terrible realidad política.

Platón en La República recoge la noticia de que en determinados lugares se establecieron controles sobre la música: si debía proporcionarse un modelo para la política, la música debería encontrarse sometida al control de la jurisdicción del Estado y actuar de acuerdo con los ideales cívicos que constituyen la corrección política; para él la libre elección de ritmos y melodías debería prohibirse, permitiendo Platón aquellos textos que equiparan la virtud y la felicidad. ¿No nos recuerda esto las prohibiciones de determinados tipos de música?

El arte, y la música no deja de ser un arte, siempre ha estado en manos de grupos políticos formal o informalmente. El ejemplo típico es la Iglesia católica que ha impuesto a lo largo de los siglos sus criterios tanto para los textos musicales como para su interpretación. La prohibición de que las mujeres cantaran en lugares públicos produjo la existencia de los castrati, una de las aberraciones más importantes del siglo XVIII. La necesidad de la belleza y del placer produjo la necesidad de que muchos hombres conservaran su voz de niño y esto creó un mercado importante porque se necesitaban hombres que tuvieran esta voz. Farinelli, Senesino y otros vieron sacrificados sus derechos para satisfacer ese afán morboso de belleza.

La música, al servicio de los regímenes

El lado oscuro utilizó la música para la satisfacción de las “finalidades” de un determinado credo político. Los ejemplos más significativos fueron Hitler y Stalin. Hitler despreció horrorizado los textos de la entartete musik: la ópera de Krenek, que tenía como protagonista a un saxofonista negro es una de las obras significativas de la época de Weimar, que luego fueron bautizadas por el régimen nazi como música degenerada. Y como puede entenderse, se correspondía con la idea platónica según la cual el Estado debe prohibir determinadas manifestaciones musicales. En el caso de Jonny spielt auf no era solo el antisemitismo, sino también, el racismo. La exacerbada afición de Hitler por Wagner y su identificación con el ideal alemán, aumentada gracias a los halagos de la nuera del compositor y el declarado antisemitismo del propio Wagner no ha sido aun superada. Pero Hitler y Goebbels no solo utilizaron a Wagner: la 9ª sinfonía de Beethoven era interpretada en cada cumpleaños de Hitler, con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Furtwängler y en ausencia del propio homenajeado. Ahora su cuarto movimiento, Himno a la Alegría, constituye el himno de la UE.

La odisea vivida por Shostakóvich en la URSS de Stalin ilustra bien la utilización de la música por la política. Es conocido el episodio en el que el diario Pravda publicó un editorial titulado Caos en lugar de música, que produjo la retirada de los escenarios de la ópera Lady Macbeth en el distrito de Mtsensk y la persecución política de su autor. Porque no se adaptaba a la teoría oficial según la cual, la música debía escribirse por el método del “realismo socialista”. Por ello, compositores como el propio Shostakóvich o Prokofieff se encontraron siempre en la cuerda floja. Este fragmento demuestra lo que puede la censura en la música y cuáles son sus funciones en determinados regímenes: “¿Por qué camarada Shostakóvich, su nueva sinfonía no suena como su maravillosa Canción del contraplan? ¿Por qué el cansado trabajador del acero no silba su primer tema en su camino a casa? Sabemos, camarada Shostakóvich, que usted es capaz de escribir música que agrada a las masas. Entonces, ¿por qué persiste en sus formalistas graznidos y gruñidos que la burguesía engreída que todavía domina las salas de conciertos simplemente finge admirar?”

Neutralidad y presencia vital

Las óperas han sido siempre utilizadas para instruir sobre actitudes políticamente provechosas: La clemenza di Tito, de Mozart, como muchas obras de tema clásico de este periodo, nos enseña las cualidades que deben adornar a un gobernante; Fidelio, de Beethoven, la fidelidad matrimonial y la lucha contra el tirano; Mozart escribió su Flauta mágica para la iniciación en los misterios masónicos y la hoy desconocida obra de Aubert, La muette di Portici produjo una revuelta que fue el inicio de la revolución que causó la independencia de Bélgica. ¿Es tan neutra la música como pretenden quienes defienden sus planteamientos abstractos?

Todos vivimos con la música. De uno u otro tipo, pero la tenemos presente a lo largo de nuestras vidas: empezamos con las canciones de cuna que nos canta nuestra madre y acabamos con el Réquiem en nuestro funeral. Es realmente un regalo de los dioses.

«Las guerras de Trump», por Rafael Navarro-Valls

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

‘Las guerras de Trump’

por Rafael Navarro-Valls

Catedrático emérito y profesor de honor de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: José Luis Espinosa de Soto Notario de Vigo, académico de número de la Real Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación e integrante de programas de acogimiento familiar y Rafael Navarro-Valls, Catedrático emérito y profesor de honor de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid

En enero de 2025, Donald J. Trump inició su segundo mandato como presidente de Estados Unidos con una agenda internacional que ha potenciado y ordenado los pilares de su primera presidencia. La doctrina America First, basada en el nacionalismo económico, la centralización del poder presidencial y un enfoque transaccional, que ha evolucionado hacia una política exterior que busca no solo replantear el rol de Estados Unidos, sino también modificar las estructuras internacionales vigentes.

Por más que Trump tiene estallidos de desequilibrado -por ejemplo, en sus relaciones con Musk, su excesiva reacción ante los disturbios de Los Ángeles, las dudas ante el potencial atómico de Irán o sus vaivenes en el tema de los aranceles- existe un sector de proyecciones internacionales que no ha sido suficientemente analizado. El núcleo de la política exterior de Trump sigue siendo la prioridad de los intereses estadounidenses por encima de los compromisos globales y alianzas tradicionales. Lo que en su primer mandato estalló como retórica desafiante se va trasformando ahora en una estructura ejecutiva más fuerte.

Más cerca del imperialismo que de la política

En febrero de 2025, una orden ejecutiva formalizó la unificación exterior, consolidando la autoridad del presidente sobre todos los actores diplomáticos y otorgando al secretario de Estado la capacidad de reformar el servicio exterior. Esto ha llevado a una politización profunda del cuerpo diplomático, donde la lealtad a la visión presidencial prima sobre la experiencia profesional.

Este centralismo no solo apunta a controlar el discurso exterior, sino también a garantizar que cada relación internacional esté alineada con un principio básico: ¿qué obtiene Estados Unidos a cambio? Las alianzas dejan de ser valores compartidos y se convierten en transacciones.

La revitalización del lema Paz a través de la Fuerza consolidará esta filosofía. Trump entiende que el liderazgo mundial de Estados Unidos no se basa en alianzas o valores, sino en la capacidad de imponer condiciones desde una posición de poder militar y económico. Esta doctrina, aunque interesante para sectores nacionalistas, ha generado fricciones con socios estratégicos que perciben una actitud imperial y unilateralista. Así ha pasado con la operación Martillo de Medianoche contra Irán, que ha machacado tres centrales nucleares con 125 aviones y 75 proyectiles, con 14 bombas de más de 13.000 kilos, sin la más mínima consulta con sus hipotéticos aliados europeos. El posterior cese de las hostilidades entre Israel e Irán ha sido dirigido por Trump, después de la ficción del ataque de Irán a Doha.

Adiós al orden multilateral

Uno de los movimientos más significativos del inicio del segundo mandato de Trump ha sido su hostilidad intensificada hacia las instituciones internacionales. La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, la OMC y la OMS marca una ruptura sistemática con el orden liberal internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial. En lugar de colaborar para resolver desafíos globales como el cambio climático o la salud pública, la administración opta por respuestas bilaterales y acuerdos que puedan demostrar beneficios inmediatos y tangibles para la nación.

Este rechazo al multilateralismo tiene consecuencias estructurales. En el caso de la OTAN, Trump ha generado críticas in crescendo, llegando a exigir un aumento del gasto militar de los aliados europeos hasta el 5% del PIB, sólo discutida por Pedro Sánchez, en su afán de que sus aliados de izquierda se acerquen cada vez más a sus pretensiones de mantener el poder hasta las elecciones de 2027. Esta presión ha producido que Francia lidere las discusiones continentales y nuevos pactos de defensa dentro de la UE.

El alejamiento de Estados Unidos de sus compromisos multilaterales ha repercutido en países del sur del globo, que antes contaban con la asistencia humanitaria estadounidense y que se enfrentan ahora a una reorientación forzada hacia otros actores, como China, Turquía o Rusia. Esta dinámica está alterando el equilibrio global, debilitando la influencia blanda estadounidense y aumentando la competencia por esferas de influencia. Eso es más visible en lo que llamaremos las guerras de Trump.

Planes de paz y ‘mediación’ internacional

Trump prometió, aun antes de ser presidente, una paz rápida entre Ucrania y Rusia, presentando propuestas que implican concesiones territoriales significativas por parte de Kiev. El plan estadounidense contempla el reconocimiento de Crimea como territorio ruso, el control de facto ruso sobre zonas del Donbás, la exclusión permanente de Ucrania de la OTAN y el levantamiento de sanciones impuestas a Moscú desde 2014.

Aunque en contraprestación recibiría una fuerte compensación económica y una garantía de seguridad apoyada por potencias europeas, este plan es inaceptable para Ucrania, que ve en él una legitimación de la agresión militar rusa.

Ucrania canaliza los cambios por recursos naturales hacia empresas estadounidenses, alimentando acusaciones de neocolonialismo. Este enfoque pragmático, que subordina principios como la soberanía o la autodeterminación a objetivos estratégicos inmediatos, también refleja una pérdida de prestigio moral. Mientras se presenta como mediador de paz, Estados Unidos también capitaliza la destrucción para obtener ventajas económicas a largo plazo.

El enfoque de Trump hacia el conflicto palestino-israelí también ha dado un giro importante. Inicialmente, el plan de convertir Gaza en la Riviera de Oriente Medio incluía el desplazamiento de más de dos millones de palestinos a países vecinos y la reurbanización del enclave bajo dirección estadounidense. Esta propuesta fue rechazada internacionalmente y el presidente la retiró, pero sigue insistiendo en una toma de Gaza para reconstruirla desde cero. Esta propuesta, además de violar el derecho internacional, agravará las tensiones regionales. Egipto, Jordania y organizaciones como Hamás y Hezbolá han rechazado la idea, alertando sobre la posibilidad de un conflicto aún mayor. Este enfoque se inscribe dentro de una política de alineamiento incondicional con Israel Al privilegiar alianzas estratégicas y económicas sobre la autodeterminación palestina, Estados Unidos se arriesga a ser percibido como un actor parcial e intervencionista.

El castigo arancelario

Por otra parte, Trump ha reinstaurado la guerra comercial como herramienta central de política exterior. Desde abril de 2025, Estados Unidos ha impuesto un arancel universal del 10% sobre todas las importaciones, junto con aranceles recíprocos elevados a países con altos déficits comerciales con Washington.

El objetivo declarado es recuperar la soberanía y fomentar la relocalización industrial. En el caso de China, se ha alcanzado un acuerdo provisional que reduce temporalmente los aranceles, aunque persiste la amenaza de aumentos si no se cumplen los términos negociados. Estas medidas buscan contener el avance chino en sectores estratégicos como la biofabricación y la microelectrónica.

Sin embargo, el impacto negativo sobre el consumidor estadounidense es notable: el coste anual estimado por familia asciende a $4,600. Además, la incertidumbre generada por políticas erráticas ha debilitado la confianza internacional en la fiabilidad de Estados Unidos como socio económico.

En línea con su enfoque transaccional, Trump ha cuestionado el rol de Taiwán como socio estratégico. Acusándole de robar el negocio de semiconductores, ha propuesto aumentar los aranceles a sus productos y ha presionado para que Taipéi eleve su gasto en defensa hasta el 10% de su PIB.

Realineamientos estratégicos y erosión diplomática

Una de las decisiones más significativas de la administración Trump ha sido la desarticulación de la asistencia exterior. La disolución de USAID y la reorganización del Departamento de Estado han debilitado el rol histórico de Estados Unidos como líder humanitario y defensor de derechos.

Se estima que, la erosión de la diplomacia tradicional y el cierre de oficinas clave reduce la capacidad del país para anticipar crisis y construir relaciones duraderas. El vacío dejado por esta retirada podría ser aprovechado por potencias como China o Rusia, con consecuencias duraderas para el equilibrio mundial.

En conclusión, el segundo mandato de Donald Trump representa una consolidación ideológica y operativa de su visión de America First, con consecuencias profundas para la arquitectura global. El orden multilateral, basado en reglas y cooperación, ha sido reemplazado por una lógica de poder unilateral, transacciones bilaterales y realineamientos estratégicos.

Aunque esta estrategia puede generar beneficios a corto plazo para Estados Unidos -en forma de reducción de compromisos internacionales o acuerdos comerciales específicos- también ha erosionado alianzas clave, aumentado tensiones geopolíticas y generado una percepción de imprevisibilidad. En conflictos como Ucrania o Gaza, la búsqueda de soluciones rápidas y ventajosas ha marginado valores como la soberanía, los derechos humanos y el derecho internacional.

«Sobre el acogimiento familiar», por José Luis Espinosa de Soto

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

‘Sobre el acogimiento familiar’

por José Luis Espinosa de Soto

Notario de Vigo, académico de número de la Real Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación e integrante de programas de acogimiento familiar.

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: José Luis Espinosa de Soto Notario de Vigo, académico de número de la Real Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación e integrante de programas de acogimiento familiar y Rafael Navarro-Valls, Catedrático emérito y profesor de honor de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid

¿Qué harías si supieras que tu hogar puede cambiarle la vida a un niño, una niña o un adolescente? El pasado 31 de mayo se celebró el día del acogimiento familiar y la referencia que con tal motivo hizo en su web Cruz Roja Española (entidad que tiene un programa para formar y gestionar a familias acogedoras en colaboración con las administraciones públicas) comenzaba con esa pregunta, indicando que en España hay más de 17.000 niños, niñas y adolescentes tutelados en acogimiento residencial, es decir en residencias o instituciones, según datos del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.

La organización Aldeas Infantiles SOS destaca que crecer en un entorno familiar donde los niños y niñas se sientan vistos, escuchados y valorados es un derecho que incide directamente en su salud mental, su bienestar emocional y su desarrollo social y cognitivo. Y es que en la psicología moderna se repite constantemente la idea de que cubrir las necesidades afectivas es esencial para el equilibrio emocional del ser humano; y si esa idea la referimos a los niños y adolescentes no cabe duda de que crecer en un entorno que les proporcione esos mínimos cuidados afectivos es clave para tener de adulto una personalidad equilibrada. Este derecho lo reconoce la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, tanto en su preámbulo como en el art. 20, que incluso hace referencia a sistemas tradicionales de acogimiento.

Crecer en un entorno apropiado, clave para el futuro

El acogimiento familiar proporciona ese entorno afectivo a los niños, niñas y adolescentes que, por múltiples razones de todo tipo, no pueden vivir con sus padres o su familia biológica, ya que el niño se inserta en la familia acogedora como un hijo más -o como un hijo, si los acogedores no los tienen-. La experiencia demuestra que su situación en estos casos no difiere, en cuanto a la relación afectiva y personal, de la de un hijo. Además, una familia acogedora puede dar al menor, además de cariño, estabilidad económica, seguridad y una adecuada atención a las necesidades materiales en general, unas ayudas y apoyos que pueden ser muy importantes para su futuro. El niño o niña siente que forma parte de la familia y es aceptado en ella y generalmente llegada una edad se sentirá apoyado en sus proyectos y decisiones.

Claro está que esta situación no está exenta de dificultades, empezando por el hecho de que prestarse a ser una familia acogedora requiere una disponibilidad de tiempo y personal, que no siempre es fácil de tener, cierta estabilidad económica y una formación suficiente, para obtener la calificación positiva de aptitud. Una vez superadas las condiciones iniciales, otras dificultades tienen que ver, de un modo u otro, con el carácter naturalmente temporal del acogimiento. Primero porque, incluso cuando el niño o niña es acogido desde su nacimiento, llega a la familia con su propia historia, ya imborrable. Segundo, porque la integración en la familia puede ser algo complicada si los padres acogedores tienen también sus propios hijos -aunque no tiene porqué-, lo cual en ningún caso es motivo para descartar el acogimiento. Y tercero, porque el momento de la separación es, o puede ser según los casos, un momento de especial dificultad e incluso dramático, pero necesario e inevitable, tanto para la familia acogedora como para el menor.

Esto último es incluso más difícil de llevar para ambas partes cuando el acogimiento ha sido largo, tanto si el menor vuelve a su familia biológica como si es dado en adopción. En estos casos la separación puede ser una prueba dolorosa y difícil de superar, pero es necesario porque el niño lo que necesita es una familia definitiva y propia y el regreso a su familia o la adopción es siempre la mejor opción para él. Ello no quiere decir que en algunos casos no sea posible un acogimiento permanente, que dure hasta la edad adulta, pero lo ideal es dar al niño una solución más definitiva.

Soluciones jurídicas y acompañamiento emocional

La solución, en la medida de lo posible, de estos problemas o dificultades, necesita el apoyo de las instituciones públicas en un doble aspecto: el jurídico y el personal psicológico. En el ámbito jurídico, los menores en régimen de acogimiento están en la práctica totalidad de los casos bajo la tutela administrativa de los servicios de menores, que ejercen las funciones de guarda y custodia propias de la patria potestad, y mediante el contrato de acogimiento autorizan la convivencia con la familia acogedora. Generalmente estas situaciones funcionan correctamente, porque la mera convivencia no necesita muchas facultades ni autorizaciones legales, pero suelen quedar muchos problemas sin resolver. Sucede en la práctica algo parecido a lo que ocurre con los guardadores de hecho de las personas con discapacidad; en estos casos, aunque el grado de discapacidad de la persona que necesita apoyo sea grande, la labor del guardador puede desarrollarse bien por la mera vía de hecho, sin facultades representativas ni asistenciales, pero hay ocasiones en que la prestación de apoyo necesita alguna cobertura jurídica, que implica a veces un proceso lento y poco operativo, al igual que ocurre con el acogimiento de los menores.

En el ámbito personal y psicológico la necesidad es prestar tanto al menor como a la familia acogedora la ayuda necesaria en la gestión de la situación. Hay que tener en cuenta que la situación de acogimiento familiar, por muy provisional y transitoria que sea, se asemeja mucho a una verdadera relación familiar y el reconocimiento de esta realidad es necesario para evitar que, en el momento de terminarse el acogimiento cuando el menor se separa de la familia acogedora, al dolor de la separación se sume innecesariamente el ocasionado por una mala gestión de la separación.

En general los servicios administrativos de menores extreman su diligencia en mantener con claridad la diferencia entre el acogimiento familiar y la adopción, para evitar confusiones y situaciones problemáticas y ello ha llevado en muchas ocasiones que la separación de la familia de acogida se haga mediante una ruptura radical cortando en seco la relación. En estos casos esa ruptura abrupta y sin las suficientes explicaciones no pocas veces genera en el menor una sensación de abandono por parte de la familia acogedora incomprensible e incompatible con el afecto y la familiaridad del que hasta ese momento ha sido objeto, situación que para los acogedores añade al duelo ya asumido de antemano de la separación el de no poder evitar el sentimiento de culpabilidad por generar en el menor esa sensación de abandono no decidida ni deseada en realidad, lo cual puede incluso tener la consecuencia de echar por tierra o retroceder en los beneficios que la relación familiar y el cariño y apoyo prestado al menor le han generado durante el acogimiento.

Un vínculo a mantener

Esto, unido al propio hecho de que asumir la separación después de haberse generado una estrecha relación personal ya tiene su dificultad, es posible que haga que el plantearse un acogimiento familiar acabe siendo rechazado por muchas familias en nuestro país y siga habiendo un número tan alto de menores viviendo en centros residenciales.

Por ello es importante que tanto en el momento de iniciarse como -sobre todo- en el de terminarse el acogimiento todos esos sentimientos y situaciones sean tenidos en cuenta a fin de evitar al menor los sentimientos de frustración y conservar la relación afectiva entre el menor y los acogedores, en los casos en que es evidente que es beneficiosa para él. Ayuda bastante en este sentido el realizar esas operaciones de modo progresivo y no traumático, porque en ese momento una adecuada gestión de los sentimientos puede tener tanta importancia o más que las condiciones jurídicas de la situación.

Quizá el insuficiente apoyo a las familias de acogida sea una de las causas de que el acogimiento familiar no haya llegado consolidarse en nuestro país a un nivel satisfactorio. Puede que esa sea una de las causas y seguramente habrá otras, como la falta de visibilización o sensibilización social del problema, pero sirva al menos una reflexión de vez en cuando para llamar la atención sobre la situación de los llamados niños invisibles.

«’Estilo Ghibli’: entre el dilema legal y moral», por Pablo Fernández Carballo-Calero

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

‘Estilo Ghibli’: entre el dilema legal y moral

por Pablo Fernández Carballo-Calero

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Vigo. Consejero Académico de HOYNG ROKH MONEGIER Madrid

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Pablo Fernández Carballo-Calero Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Vigo. Consejero Académico de HOYNG ROKH MONEGIER Madrid; y Consuelo Madrigal Martínez-Pereda, Fiscal de Sala del Tribunal Supremo. Académica de Número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

El Studio Ghibli, considerado por la crítica especializada como uno de los mejores estudios de animación del mundo, es un santuario en el que se han gestado las más hermosas historias. Fundado en Tokio, el 15 de junio de 1985, por el productor Toshio Suzuki y los directores Hayao Miyazaki e Isao Takahata, continúa en la actualidad produciendo películas y cortometrajes de animación.

Fotograma de «El viaje de Chihiro» (Hayao Miyazaki, 2001).

Las creaciones del Studio Ghibli son únicas y entre ellas destacan, junto a las oscarizadas El viaje de Chihiro (2001) y El chico y la garza (2023) otras como Mi vecino Totoro (1988), La princesa Mononoke (1997) o El cuento de la princesa Kaguya (2013).

En tiempos recientes el estudio ha estado en boca de todos. Y es que diversas herramientas de inteligencia artificial, entre ellas ChatGPT, permiten recrear su estética y encanto visual con solo subir una imagen y dar una simple instrucción o prompt. De esta forma, cientos de miles de personas han utilizado ya estas herramientas para transformar sus selfies, mascotas, escenas y paisajes familiares al estilo “Ghibli”. Sirva como ejemplo esta imagen difundida por la embajada francesa en la India de Enmanuel Macron, presidente de la República, y Narendra Modi, primer ministro del país asiático.

IA, propiedad intelectual y la (no) protección del estilo

Desde la perspectiva del copyright, el “estilo” como tal no se protege. La tutela que dispensa la propiedad intelectual se brinda a las obras originales expresadas a través de cualquier medio o soporte, pero no al estilo característico de un autor. De esta forma, se protegen las obras de Warhol, Hamilton o Lichtenstein, pero nada impide que otros autores exploren las posibilidades del “pop art” en aras de la libertad de creación artística consagrada constitucionalmente.

IA, propiedad intelectual y la (no) protección del estilo

Ahora bien, las posibilidades que ofrecen algunos sistemas de inteligencia artificial para generar contenido al estilo Ghibli pone de manifiesto que los mismos han sido entrenados con imágenes propiedad del estudio. Precisamente, junto a la tarea de descifrar la propiedad intelectual de las obras creadas por inteligencia artificial (el problema de los “outputs”), la otra gran cuestión es determinar cómo han de tratarse jurídicamente las obras que se utilizan para alimentar a los citados sistemas (el problema de los “inputs”).

No es este el lugar adecuado para un análisis detallado de esta última cuestión. En cualquier caso, cabe señalar al respecto que en la Unión Europea la Directiva 2019/790 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 17 de abril de 2019, sobre los derechos de autor y derechos afines en el mercado único digital, ofrece un marco jurídico complejo. La excepción de minería de textos y datos para organismos de investigación e instituciones de patrimonio cultural (artículo 3) y la excepción de carácter general (artículo 4) -que permitirían utilizar obras protegidas por derechos de autor para el entrenamiento de los sistemas de inteligencia artificial- pueden resultar inoperativas por la adopción de medidas tecnológicas de protección. A ello hay que sumar que la excepción de carácter general, esto es, la posibilidad de utilizar obras de terceros en el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial incluso con finalidad comercial, se aplicará si el uso de tales obras no ha sido expresamente reservado por los titulares de derechos de manera adecuada» (opt-out o exclusión de la minería).

De la UE a Japón: diferencias normativas

En Estados Unidos, a diferencia de lo que ocurre en la Unión Europea y en otros países, no se ha establecido una excepción específica para la minería de textos y datos ni, en general, para el desarrollo de sistemas de IA, sino que el encaje de estas actividades en la legislación de propiedad intelectual se ha analizado desde la perspectiva de la doctrina del “uso justo” (fair use) regulada en el artículo 107 de la Copyright Act de 1976.  

Por su parte Japón, país de origen de los estudios Ghibli, resuelve la tensión entre la innovación y la propiedad intelectual introduciendo una excepción a la protección de los derechos de propiedad intelectual para el entrenamiento de los sistemas de IA que es aplicable a todo tipo de beneficiarios y usos comerciales y no comerciales, sin posibilidad en ningún caso de reserva de derechos por parte de los titulares (artículo 30.4 de la Ley Japonesa de Derechos de Autor de 1970).

Dicho esto, la problemática que plantea el uso de obras protegidas para entrenar a los sistemas de inteligencia artificial ya está en los tribunales. En efecto, las demandas de The New York Times, Getty Images y otras entidades y colectivos de artistas por el uso sin autorización de sus obras como “alimento” o material de entrenamiento de los sistemas de inteligencia artificial son solo el principio.

Utilizar el arte para sustituir al artista

Resulta curioso que la polémica que analizamos se haya planteado en Japón, el paraíso de la minería de textos y datos y el machine learning. Decía Miyazaki en una entrevista en el año 2016 que la animación con IA era “un insulto a la vida misma” y que desearía no incorporar nunca esa tecnología en su trabajo. Tal y como hemos podido observar, la cuestión de si pueden los sistemas de inteligencia artificial aprender utilizando obras protegidas por derechos de propiedad intelectual sin la autorización de sus titulares, plantea un dilema legal pero también moral. ¿Es legítimo utilizar el arte de terceros para crear una herramienta que podría llegar a sustituirlos?

Fotograma del videojuego ‘Ni no Kuni: Wrath of the White Witch’ (Level-5, QLOC y Estudio Ghibli, 2011).

Mientras reflexionamos sobre ello, como nos recuerda el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, los bosques están llenos de espíritus, los castillos vuelan por el cielo, las niñas se enfrentan cara a cara con criaturas amigables y aterradoras de otros mundos y la naturaleza nos ofrece desde exuberantes bosques hasta prados azotados por el viento y las misteriosas profundidades del océano. Mientras reflexionamos sobre ello, brindemos porque la belleza se capture en momentos de calma cotidiana y porque el cuidado y el detalle nos conduzcan a una atmósfera mágica llena de color y nostalgia. Brindemos, en definitiva, por la serenidad frente a la inmediatez y por el trabajo de toda una vida frente al aplauso fácil.

«La vida está en otra parte», por Consuelo Madrigal

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

La vida está en otra parte,

por Consuelo Madrigal Martínez-Pereda

Fiscal de Sala del Tribunal Supremo. Académica de Número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Pablo Fernández Carballo-Calero Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Vigo. Consejero Académico de HOYNG ROKH MONEGIER Madrid; y Consuelo Madrigal Martínez-Pereda, Fiscal de Sala del Tribunal Supremo. Académica de Número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

La digitalización marca un antes y un después en la forma en que los seres humanos nos relacionamos con la naturaleza, las máquinas y con otros seres humanos; también, en nuestra manera de percibirnos a nosotros mismos. La transformación es tan profunda y acelerada que la distinción entre la neutralidad moral de la tecnología y la perversidad de algunos de sus usos se ha convertido en un tópico ingenuo.

Walter Benjamin vio en el Angelus Novus de Paul Klee al ángel de la historia que vuelve su rostro espantado hacia las catástrofes del pasado. Quisiera actuar, pero un huracán procedente del paraíso se enreda en sus alas y le empuja irresistiblemente hacia el futuro. Ese huracán es lo que llamamos progreso. Las distopías que ofrecen el cine y la literatura nos advierten que no siempre la verdad libera. Algunas verdades de la ciencia y la tecnología incluso podrían destruirnos. Y, al igual que la civilización industrial floreció a costa de la naturaleza y hoy amenaza la misma Tierra, el poder económico digital prospera a costa de lo que hay de humano en nosotros, penetrando en ámbitos vitales a los que hasta ahora el comercio no tenía acceso. Ofrece posibilidades y libertad, pero al mismo tiempo, ejerce una irresistible compulsión hacia la conectividad, creando una relación obsesiva con el dispositivo. El círculo de la conectividad y la información digital acelera el flujo del beneficio económico.

La colosal magnitud de ese beneficio ha alterado la configuración geopolítica del mundo. Los gigantes tecnológicos que controlan en occidente nuestras opciones de ocio, conectividad y consumo representaban en 2021 un valor de mercado de 7,6 billones de dólares, que esperan duplicar en esta década. Su presencia y gesto en la toma de posesión del nuevo presidente de los EEUU escenifica su poder planetario. Emplean a los profesionales más cualificados y aplican los últimos hallazgos científicos en todos los campos, también en el del aprendizaje neuronal y modificación de la conducta, para condicionar la voluntad de las personas, inocular deseos que no tenían y hacerles sentir más libres y más ellos mismos cuando se conectan y consumen ininterrumpidamente sus productos.

‘Falacias’ para rentabilizar la brecha digital

Parte de ese trabajo cualificado es la implantación con fines comerciales de ciertas falacias que han sido asumidas acríticamente sin reflexión. Así, pocos discuten la supuesta superioridad del nativo digital, permanentemente conectado, sobre el obsoleto usuario digital que solo accede torpe y ocasionalmente. Pero todos sabemos que la tecnología digital no ha mutado el cerebro del homo sapiens y que su mejor adaptación al entorno no depende del hábil manejo de dispositivos electrónicos sino del desarrollo del cerebro y sus funciones ejecutivas: atención, concentración, memoria, velocidad de procesamiento, comprensión lectora, elaboración de narrativas … Un proceso en el que la sobreestimulación digital interfiere negativamente.

Otra falacia rentabiliza una supuesta “brecha digital” entre personas de diferentes estatus socioeconómicos, cubriendo de prestigio el consumo digital, fuera del alcance de los desfavorecidos. La realidad es muy distinta: el 98% de los jóvenes españoles de 15 años tiene acceso a internet, siendo los miembros de familias de alto nivel socioeconómico los menos expuestos al consumo abusivo. En la élite de la comunidad tecnológica de Silicon Valley, los directivos de las Big Tech limitan o prohíben el uso de los dispositivos electrónicos en sus familias.

En 1996 el psicólogo David Lewis describió el síndrome de cansancio de la información, que presentan profesionales de la gestión de formidables cantidades de información con creciente parálisis de la capacidad analítica, perturbación de la atención, inquietud difusa y dificultad de asumir responsabilidades. Lejos de engendrar verdad o esclarecer el mundo, la acumulación digital de información lo hace más impenetrable. Más allá de un determinado punto –reflexiona Chul Han- la información no es informativa sino deformativa. La comunicación deviene acumulación.

La capacidad de asumir retos, responsabilidades y compromisos aparece en el ser humano asociada a la voluntad, las promesas y la confianza. La ausencia de vinculación, la inmediatez, la absoluta primacía del presente en el mundo digitalizado, privan de sentido a las acciones que dan y demandan tiempo como responsabilizarse o comprometerse.

Aprendizaje y crecimiento, lejos de las pantallas

Se ha constatado también la relación entre la estimulación sensorial del aprendizaje escolar digital con trastornos cognitivos, emocionales y conductuales. En La generación ansiosa, Jonathan Haidt describe la trágica transición de una infancia basada en juegos con personas al aire libre a la infancia mórbidamente capturada ante las pantallas. Mirar el móvil o la tablet al tiempo que cuidamos a nuestro hijo o darle una pantalla para que se entretenga mientras hacemos otra cosa, le priva del estímulo más poderoso de su cerebro: la atención concentrada, la mirada y escucha atentas, la proximidad y el amor de una persona que le quiere.

En su tesis doctoral sobre El amor en San Agustín, Hannah Arendt analiza la relación del pensamiento y el amor con la memoria. San Agustín fue el primero en relacionar escritura, lectura y memoria. Sus Confesiones inauguraron la memoria autobiográfica que convierte la propia vida en texto y articula el yo interior como conjunto de posibilidades perpetuamente abiertas. Solo los libros pueden alimentar el pensamiento, la memoria y su compleja interacción en la vida de la mente. El nativo digital con su acceso irrestricto a videojuegos o pornografía, nunca será lector.

También aquí circula la falacia interesada del cambio de paradigma pedagógico: más que los conocimientos del alumno importan sus destrezas. No es fácil saber a qué destrezas se refieren los partidarios de tamaña simpleza, sí lo es comprobar las penosas consecuencias que ha tenido disminuir el caudal de conocimientos en la enseñanza formal. Al desaliento académico de cualquier esfuerzo de retención se suma el que naturalmente comporta la disponibilidad inmediata de información digital y las dificultades que la misma sobreestimulación sensorial procedente de las pantallas opone a la asimilación de contenidos, al aprendizaje by heart, como se dice, bella y gráficamente, en inglés. Pero esos conocimientos acumulados, que los neurocientíficos denominan “reserva cognitiva”, son esenciales en el nivel cultural y la cualificación profesional de las personas, en sus posibilidades de llevar vidas ricas y gratificantes, en la prevención de enfermedades degenerativas y en la minimización del deterioro que acarrean.

Los hábitos de comunicación digital interfieren también en nuestra capacidad de mantener una postura activa ante la vida, que se desarrolla en la exploración del mundo y la interacción con las personas y está impulsada por la curiosidad. La estimulación digital focaliza la atención en el mundo virtual, inhibe la curiosidad y reduce la actividad en beneficio de la recepción y el sedentarismo cognitivo.

El mundo real no cabe en un smartphone

Emociones y sensaciones como alegría, rabia, miedo, tristeza o aburrimiento, con su magia palpable, su densidad específica y su energía colorista, han de ser vividas, transformadas o controladas como experiencia personal que habilita la creatividad y el cambio. El marketing tecnológico incide en esas experiencias, generando necesidades no sentidas, tolerancia y adicción al mecanismo de satisfacción virtual que, sea cual fuere el producto elegido, implica adquisición y consumo, con beneficio económico de tercero. Una distracción seductora puede reducir provisionalmente la tensión emocional pero la ausencia de trabajo personal perpetúa el desvalimiento, aísla y debilita la personalidad única del sujeto, uniformando su interior debilitado con el de todos los demás, también debilitado.

El aislamiento del sujeto explotado refuerza el proceso de explotación. Para muchas personas solo existen dos lugares en el mundo: el sitio en el que viven y su smartphone. Pero ni el ocio digital ni la permanente conectividad, por compartidos que fueren, generan comunidad. Los usuarios de redes sociales, los que se invaden de dopamina viendo las mismas imágenes impactantes, permanecen aislados. Conectividad no es unión y mucho menos, comunión. Es imposible construir en el espacio digital un “nosotros” que afirme su existencia y su libertad.

Lo que une a los seres humanos es la mutua interacción que una persona provoca en otra. Esa es la naturaleza del amor y la amistad que explica Montaigne refiriéndola a su relación con Étienne de la Boétie: porque él era él y yo era yo. El amor y la amistad que me unen a otro ser humano son reales y liberadores porque él es él y yo soy yo. Por eso, el tiempo dedicado a la digitalización con el que se enriquecen las empresas tecnológicas compite con el tiempo de la vida.

Si el usuario medio consulta su teléfono unas 150 veces al día y lo toca unas 2.600 y si los adolescentes consumen, al margen de las tareas escolares, unas 7 horas diarias de ocio digital entre juegos, redes y webs porno, no es solo que los jóvenes hayan desaparecido del mundo analógico en el que vivieron sus padres; es que, como dijo Rimbaud, la vida está ausente.

El hogar familiar y el colegio para el niño, la intimidad de la vida privada para todos nosotros, son santuarios del amor, el respeto, el pensamiento y el goce de vivir compartidos. Tanto la educación como esa misma vida privada solo pueden discurrir en la proximidad personal, en la escucha y atención concentradas, en libertad. En definitiva, cercenando la dependencia digital.

«Obras maestras del plagio», por Juan Manuel de Prada

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Obras maestras del plagio,

por Juan Manuel de Prada,

escritor, crítico literario y articulista. Licenciado en Derecho y Doctor en Filología Hispánica. Premio Planeta (1997) por La tempestad y Premio Nacional de Narrativa (2004) por La vida invisible.

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Juan Manuel de Prada escritor, crítico literario y articulista. Licenciado en Derecho y Doctor en Filología Hispánica. Premio Planeta (1997) por La tempestad y Premio Nacional de Narrativa (2004) por La vida invisible; y Pablo de Lora, escritor, ensayista y divulgador. Catedrático de Filosofía del Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid.

Solemos pensar ilusoriamente que la misión del creador consiste en ser original. Esta pretensión de originalidad, en una época en que el arte ya ha agotado todas sus posibilidades de invención, adolece de una insoportable fatuidad. Leemos en el Eclesiastés que nada nuevo existe bajo el sol; sólo el desconocimiento del pasado, o cierta presunción tontorrona, pueden infundir al creador la creencia de que sus argumentos puedan ser enteramente originales. Todo está inventado por los maestros que nos precedieron; nuestra única misión, nuestra única posible originalidad consiste en repetir las mismas cosas que otros escribieron antes, pero de una manera personal, con una mirada renovada.

Pecaríamos de ignorancia si no reconociésemos la alcurnia estética del plagio, que puede llegar a ser una forma suprema de originalidad, cuando “vierte el vino añejo en odres nuevos”. Fue el crítico francés Saint-Beuve quien, con un ingenio un tanto cínico, escribió: “En literatura, se permite robar a un autor a cambio de que se le asesine”. Es decir, con la exigencia de que el robo se utilice provechosamente, creando una nueva forma expresiva que haga olvidar o se ponga a la misma altura que la anterior. Así entendido, el plagio no sólo merece el indulto, sino también el aplauso; y así es como lo han cultivado los más admirables maestros, desde Virgilio hasta Borges, cuya Historia universal de la infamia puede calificarse sin exageración de colección de plagios.

De lo ‘necesario’ del plagio a su carácter propio

Sobre el carácter fecundo del plagio han reflexionado, entre otros, Anatole France, Lautréamont (que lo calificó de “necesario”, porque mejora la literatura) y también nuestro Josep Pla, que definió malévolamente las Crónicas italianas de Stendhal como “un plagio maravilloso”, para a continuación aseverar: “Siempre he defendido que la literatura buena es un plagio”. Quizá para no quedar excluido de este veredicto, el propio Pla plagió en alguna ocasión a Dostoievsky, sin rubor ni remordimiento. En una entrada de su dietario, Pere Gimferrer escribe: “El buen plagio sabe que el material literario existente es una parte del trozo de realidad que el escritor tiene a su alcance”. A raíz de una polémica en la que se discutía la falta de originalidad de Campoamor, Valera publicó un muy perspicaz artículo en el que podemos leer: “La verdadera y buena originalidad ni se pierde ni se gana por copiar pensamientos, ideas o imágenes, o por tomar asuntos de otros autores. La verdadera originalidad está en la persona, cuando tiene ser fecundo y valer bastante para trasladarse al papel y quedar en lo escrito como encantado, dándole vida inmortal y carácter propio”. En esta condición del “carácter propio” es donde debe trazarse la distinción entre el plagio censurable y el plagio “benéfico y laudable” (y conste que citamos al propio Valera).

Habría que empezar a desacreditar el concepto quimérico de “originalidad”, impuesto por los románticos (que, con frecuencia, lo confundían con sus desvaríos y ocurrencias) y consagrado histéricamente en esta modernidad nuestra, en la que aún creemos cándidamente que se puede ser novedoso, como si los grandes asuntos literarios no estuvieran ya todos requeteinventados. La única originalidad posible no consiste en la invención de nuevos ingredientes literarios, sino en la novedosa combinación de los ya existentes. No debe extrañarnos, pues, que los escritores más radicalmente originales, aquéllos que han sabido imprimir en su obra la fisonomía de su genio, hayan recurrido sin rebozo a los maestros que los precedieron, incurriendo en la adaptación, en la ofrenda imitativa, incluso en el plagio. Virgilio, cuyos hexámetros inmortales luego serían copiados hasta la saciedad, no tuvo reparos en asimilar las enseñanzas de Teócrito en sus Bucólicas, como tampoco en traducir cientos de pasajes de las epopeyas homéricas en su grandiosa Eneida (el discurso en el que Turno implora piedad a Eneas, por ejemplo, constituye un plagio descarado y sin disimulos del que Homero pone en labios de Héctor, en un intento infructuoso de aplacar la cólera de Aquiles). ¿Y qué podemos decir de Horacio? Sus débitos con Píndaro no malogran la vehemencia y vivacidad de su estilo, como tampoco denigran a Catulo sus plagios recurrentes de Anacreonte.

La ‘originalidad’ de Shakespeare y el pillaje de Valle-Inclán

Si abandonamos la Antigüedad clásica, descubriremos que el argumento de Fausto, antes de que Goethe nos procurase su obra inmortal, ya circulaba en leyendas divulgadas por el norte de Europa; lo que consiguió el gran escritor alemán fue elevar al rango de arquetipo literario imperecedero un asunto que no era de su invención. En cuanto a Shakespeare, los investigadores más concienzudos de su obra coinciden en afirmar que apenas una tercera parte de los versos que componen sus obras teatrales están sacados de su caletre; el resto, o están copiados literalmente de autores clásicos, o están descaradamente inspirados en obras de sus contemporáneos (aunque Shakespeare se esforzaba por disimular estas apropiaciones con afeites y retoques). Sin embargo, ¿podemos concebir un prototipo de escritor más “original” que Shakespeare? Cada vez que alguien le afeaba su propensión al hurto literario, Shakespeare contestaba muy serio que robaba versos a los poetas mediocres “como quien aparta a una muchacha virgen de las malas compañías”. ¿Y qué ejemplo más indiscutible de originalidad podemos invocar aquí sino el de Dante? ¿Acaso sus latrocinios del libro sexto de la Eneida, o sus sisas inmoderadas a la poesía de sus contemporáneos le restan grandeza? Tampoco creemos que Los tres mosqueteros nos regocije menos cuando descubrimos que es un esmerado plagio de unas Memorias de Monsieur D’Artagnan, escritas por un tal Gatien de Courtilz, a quien Dumas (o su negro) sorbió los tuétanos.

Y, fijándonos en la literatura autóctona, ¿qué hizo Garcilaso de la Vega, sino parafrasear a Petrarca? ¿Acaso esta labor vicaria le resta originalidad? Las fábulas de Samaniego, ¿no expolian sin rebozo las fábulas de La Fontaine, quien a su vez birlaba ideas a Fedro, quien a su vez vampirizaba sin remilgos a Esopo, quien a buen seguro disponía también de fuentes para nosotros ignotas, que “fusilaba” sin contemplaciones? Pero quizá no haya habido plagiario más recalcitrante en nuestra literatura como Ramón María del Valle-Inclán, a quien Julio Casares denunció ferozmente en su libro Crítica profana, desvelándonos que, al escribir su Sonata de primavera, Valle fusiló varias páginas de Casanova, que sin embargo refundió en su embriagador estilo. No contento con esta apropiación, Valle también garduñó a D’Annunzio varios episodios, tomó prestado el personaje de un conde crapuloso a Barbey d’Aurevilly para delinear su marqués de Bradomín y usurpó a Eça de Queiroz diversos epítetos atrevidos y sonoros, así como algunas metáforas y símiles. Valle, lejos de exculparse, reconoció el pillaje, pero hizo ver que aquellas frases o páginas repescadas aquí y allá relucían en su obra con galas mucho más vistosas: “Las mejoré en un cien por ciento”, sentenció sin rebozo.

¿Reprobación u honores al refrito?

Mención aparte en la taxonomía del plagio merece el refrito, que es una suerte de plagio onanista, pero también una suerte de cortesía máxima del escritor que, sabiendo que sus palabras ya nunca recuperarán aquel pálpito de belleza que alcanzaron en el pasado, en lugar de ofrecer un pálido oropel que las remede, prefiere regalar a sus lectores su oro originario. Ciertamente, el abuso de esta modalidad onanista de plagio que es el refrito puede convertir a un escritor en una caricatura de sí mismo: esto le ocurrió, por ejemplo, al noctívago Emilio Carrere, rapsoda de las musas del arroyo y de la bohemia más desastrada, que solía amueblar sus manuscritos con capítulos recuperados de sus obras anteriores, a las que sólo cambiaba el título y los nombres de los personajes, completando la labor de aliño con un capítulo preliminar que variase someramente las circunstancias de la narración. Pero no siempre el refrito degenera en esta ropavejería de la literatura instaurada por Emilio Carrere. Pensemos, por ejemplo, en el ya citado Valle-Inclán, que con gran habilidad empedraba sus novelas con los retazos de los cuentos que previamente había publicado en las revistas de la época, obteniendo a cambio unas rumbosas gratificaciones que sus libros nunca le depararon. Otro insigne y recalcitrante plagiario de sí mismo fue Julio Camba, quien instalado en su habitación del lujoso Hotel Palace de Madrid y entronizado como el gran maestro de la ironía, consagró su última etapa como articulista al rescate de piezas de juventud. En ABC no tardaron en descubrir la añagaza, pero nunca se lo reprocharon, pues, ¿acaso aquellas palabras traspasadas de sutil inteligencia no merecían los honores de la reimpresión? ¿Acaso los lectores no las agradecían dirigiendo a la redacción del periódico unánimes cartas de admiración y elogio?

El plagio, en fin, puede ser también la forma más refinada de originalidad, si se cumple la condición establecida por Saint-Beuve. Después de todo, ¿podemos exigirle a un escritor más que al mismísimo Dios, quien, al crear al hombre, no lo inventó, sino que lo modeló a su imagen y semejanza?