ESFERA CULTURAL

LEER CUADROS

CONVENIO EL PRADO-FUNDACIÓN NOTARIADO

CLAVES DE LA OBRA

Autor: Genaro Pérez Villaamil y Duguet
Fecha de creación: 1835-1839
Material: Óleo sobre hojalata
Ubicación: Expuesto en la sala 61
Medidas: 172,5 x 182 cm.

La humilde hojalata como soporte del gran arte
El conjunto de vistas monumentales pintadas por Genaro Pérez Villaamil fue un encargo de George Villiers, IV conde de Clarendon, en los años en que fue embajador británico en Madrid (1833-1839). Es uno de los mejores compendios de la pintura de paisaje del primer romanticismo español y una obra muy singular dentro de la pintura europea.
LUCÍA MARTÍNEZ VALVERDE,

restauradora del taller de pintura del Museo Nacional del Prado.

Entre dos gruesos marcos de estructura ojival, se representan 23 vistas de Toledo, 15 de Sevilla y otras de Córdoba, Oviedo, Sanlúcar de Barrameda y El Puerto de Santa María. Probablemente la selección de los lugares debió ser idea del propio Clarendon. La obra se mantuvo en su familia durante 170 años, hasta que fue adquirida mediante subasta por el Estado Español con destino al Museo del Prado.

La característica más singular de esta obra es su soporte. Se trata de 42 delgadas láminas de 18 x 12.5 cm de hojalata, es decir, de una aleación de acero galvanizado y estaño que presentan una apariencia especular. Este mismo material, muy utilizado por Perez Villaamil, también fue un recurso de Goya, como vemos en sus “caprichos” pintados en 1793, o de su amigo Eugenio Lucas. Sin embargo, las siguientes generaciones de artistas de paisaje como Carlos de Haes, Fortuny o Martín Rico, prefirieron utilizar tablillas ligeras de madera, ya que la escasa absorción del metal condicionaba sensiblemente los efectos pictóricos.

 


LA CARACTERÍSTICA MÁS SINGULAR DE ESTA OBRA ES SU SOPORTE. SE TRATA DE 42 DELGADAS LÁMINAS DE 18 X 12.5 CM DE HOJALATA


 

A lo largo de la dilatada historia de la pintura mueble, primero la madera y después la tela han sido los soportes preferidos por los artistas. A pesar de ser ambos materiales comunes, y por eso mismo humildes, de algún modo se han visto ennoblecidos por el trabajo que con ellos han hecho generaciones de creadores en todos los ámbitos del arte. Por lo que respecta a la pintura, resulta sorprendente el diferente cuidado y esmero que los distintos artistas han concedido a los soportes sobre los que hacían sus obras, particularmente cuando la madera era el soporte mayoritario. Y también es un poco chocante la escasa atención que a esta parte tan importante de las obras de arte han puesto quienes disfrutan con ellas. Bien es cierto que el interés principal ha de centrarse siempre en el anverso, la pintura, pero también es verdad que eso que vemos depende, en gran medida, de lo que no vemos: del reverso.

La hojalata

Debido a sus usos, generalmente relacionados con la vida doméstica, tal vez carezca de la estimación que se ha otorgado a otros materiales a lo largo de la historia. Pero en realidad también es un material noble por su buen comportamiento, su durabilidad y resistencia a los agentes de deterioro, especialmente la humedad. Presenta una superficie suave, espejada y luminosa, y es fácil de transportar ya que es mucho más ligera que el cobre. A causa de su nula absorción resulta incompatible con las técnicas de pintura acuosa, pero no con el óleo, y permite trabajar ante el motivo en horizontal, casi como si fuera un cuaderno de dibujo. El principal inconveniente es que condiciona el tamaño de la obra porque si se utiliza en planchas grandes resulta excesivamente flexible e inestable, aunque se fije a una madera.