ESFERA CULTURAL
CONVENIO EL PRADO-FUNDACIÓN NOTARIADO
Mesa revuelta
Un primoroso paño viste una mesa. La tela se amolda a unos jarrones labrados, sujetándolos. Al fondo descansa ligeramente ladeado un espejo con marco. Mientras que a la izquierda se ve el fleco que remata el tejido por un extremo, el patrón a rayas traza un movimiento ondulante hasta el borde derecho de la mesa, donde la gravedad tira de la tela hacia abajo. La composición resulta estética, pero guarda una tensión asimétrica e inestable.
Profesora Astrit Schmidt-Burkhardt,
historiadora de la imagen y titular de la Cátedra del Museo Nacional del Prado 2025
El foco de atracción es un reloj de mesa dorado provisto de dos esferas, pie y remate; está protegido por un fanal de vidrio. En él se refleja una fuente de luz distante que hace relucir todos los objetos.
Aunque la ilusión sea perfecta, no es más que pintura: de finales del siglo xvii y de autor desconocido. Permaneciendo anónimo, entre otras cosas, dirigió la atención hacia un tema fundamental: el curso de las cosas, lo transitorio y efímero de todo lo terrenal. De forma discreta, pero con un alegato implícito de la cualidad atemporal del arte, es como si el pintor sin nombre desapareciera tras su obra, que aparece documentada en la colección Felipe v desde mediados del siglo xviii.
El tiempo
Los bodegones no son obras de la eternidad, aunque muchos de los artefactos que representan reclamen justamente eso para sí. Sobre todo, cuando están hechos de materiales duraderos. De este modo, Mesa revuelta encierra un conocimiento intrínseco del tiempo que va más allá de símbolos y alegorías.
Es un ejemplo de vánitas que suma una dimensión adicional a los bienes mundanos: el artista ha integrado un instante transitorio en el motivo estático. El reloj ocupa el centro, pero la manera en que el tiempo actúa sobre las cosas debe leerse en la propia imagen. Analizados en conjunto y vistos en sentido horario, la sucesión de objetos comienza con el jarrón de pie, a la izquierda, y conduce, pasando por el reloj y su reflejo en oblicuo, hasta el jarrón que yace tumbado y cuya prolongación es el candil del extremo derecho; la punta donde debería estar la llama extinta se sitúa en la línea del borde del paño que, con su patrón a rayas, cae bruscamente. Eso hace visible la fugacidad del tiempo contenida en este bodegón.
El orden espacial complementa el temporal: arriba y abajo, izquierda y derecha, detrás y delante. Tanto el tiempo como el espacio son magnitudes físicas. El artista las ilustra mediante la disposición del conjunto. Las naturalezas muertas no dan respuesta, en sentido literal, a la pregunta sobre el origen del tiempo, aunque en ellas permanezca siempre presente. En cambio, desaceleran el tiempo cultural y muestran cómo actúa esa fuerza invisible sobre las cosas y determina el curso de todo lo terrenal: de ello se nutre el arco de tensión de la composición de idea y forma, de vánitas y jarrón volcado. Ni siquiera el cuadro en sí es inmune a ello. Para los coetáneos de Mesa revuelta, el mensaje dado en pintura serviría para la reflexión propia. ¡Nada ha cambiado hasta la fecha!