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AL ENCUENTRO

Palacio de Camposagrado (s. XVII).

AVILÉS

Con notas celtas

JESÚS ORTIZ

Avilés, digámoslo para empezar, nunca dejó de ser marinera y pescadora, aunque la sombra de los altos hornos marcase un frenético ritmo industrial en el siglo XX, que favoreció el empleo y el crecimiento económico, cierto, aunque tiñó la ría del color del óxido y emponzoñó la brisa antaño salobre. Avilés, compruébenlo, tampoco perdió, en el aturdimiento de aquella expansión fabril, ese aire señorial de calles en las que la pie-dra es como allí nació, sin reconstrucciones ni artificios, viva desde el Medievo o desde el siglo XIX; calles en las que conviven la esencia de las pesquerías, de los artesanos, de la nobleza y sus palacetes y de la modernidad cultural.

Hay un cuento, como de madrastra de Blancanieves preguntando a su espejo mágico, según el cual, alguna de las herramientas de inteligencia artificial al uso, a la que alguien puso en la tesitura de citar la localidad más fea de Asturias, no tuvo reparo en adjudicar a la villa avilesina el “galardón”. De ser cierta la historia, seguro que la IA de marras se sintió plenamente humana y dijo semejante majadería por puro egoísmo, para poder disfrutar ella sola de la “Villa del Adelantado” en el siglo XXI.

El Avilés de la infancia, la adolescencia y la primera juventud de quien esto les cuenta se proyecta en los recuerdos niños de San Balandrán, arenal del vecino Gozón al que se llegaba cruzando la ría en una barquita, quizás una chalana; en los de las meriendas tardías en Sabugo, tras un día de playa y antes de regresar a Oviedo; en los de la triste degradación paulatina del estuario y ese envenenado hedor que enervaba la sangre joven; en los de las movilizaciones laborales y la eterna duda sobre si era posible cuidar el entorno permitiendo la actividad industrial; y hasta en los de una voz niña, con acento argentino –¡Mirá, papá: una fábrica de nubes!–, en un puro grito de descubrimiento y sorpresa cuando pasaron ante sus ojos las grades columnas de vapor blanco que las chimeneas de los altos hornos proyectaban hacia la troposfera.

 


HABLAR DE AVILÉS Y SU COMARCA TAMBIÉN PERMITE ALEJARSE DE LA CRÓNICA SUBJETIVA PARA SUMERGIRSE EN LA MERAMENTE DESCRIPTIVA SIN QUE EL RESULTADO PIERDA NI UN ÁPICE DE INTERÉS


 

Ya: es muy personal esto que acabamos de contarles; pero las ciudades, los pueblos, los paisajes… tienen cada cual el encanto de las sensaciones que recuerda quien hizo el viaje, quien se amansó en un paseo urbano, quien casi levitó sintiéndose en paz con la naturaleza o quien aún revive el roce de una mano paternal, el sabor de un plato marinero, el torbellino del desenfado recorriendo festejos con amores y amigos…; bien lo sabe el lector. Sin embargo, hablar de Avilés y su comarca también permite alejarse de la crónica subjetiva para sumergirse en la meramente descriptiva sin que el resultado pierda ni un ápice de interés; tampoco de emoción, porque sus calles y edificios son una antología viva del transcurrir de los siglos. Y porque aquel grito de la “fábrica de nubes”, que antes rememoramos, fue como una premonición de que la degradación medioambiental se podía revertir, que de nuevo es la villa de visión luminosa y olor marinero que nunca debió de quedar medio sepultada en lodos y vapores de sulfhídrico.

El casco antiguo o histórico acaba de cumplir 70 años de haber sido declarado Conjunto Histórico Artístico (1955). Cuentan los cronistas que su origen, asentamientos prehistóricos al margen, pudo haber sido un campamento romano, pero su existencia solo está documentada desde la Edad Media. Los restos del trazado de las murallas, de los que hay algún vestigio en calles como La Muralla (no es casualidad el nombre, vaya), San Bernardo o la propia Plaza España, hablan de un primer núcleo no muy grande que, para darse una idea, tenía extramuros al barrio de pescadores de Sabugo. De aquellos tiempos, en los que Avilés era el almacén de sal asturleonés, nos quedan la iglesia románica de San Nicolás de Bari (s. XIII), donde mora un capitel romano convertido en pila bautismal; la iglesia vieja de Sabugo (s. XIII), oficialmente iglesia de Santo Tomás de Canterbury, con esa ‘Mesa de los Mareantes’ en su lateral donde, cuando fue construido el templo, se reunían los pescadores para organizar y coordinar las labores de pesca; la joyita arquitectónica de la capilla de los Alas (s. XIV), entre románica y gótica; o el Palacio de Valdecarzana o Casa de las Baragañas (s. XIV), con sus góticas ventanas geminadas.

 


SE LLAMA CALLE RIVERO PORQUE CORRÍA PARALELA A LA ORILLA (RIVA, EN CASTELLANO ANTIGUO) DE LA RÍA, QUE ANTES LLEGABA CASI HASTA LA CALLE Y BAÑABA GRAN PARTE DE LO QUE AHORA ES EL CENTRO URBANO


 

De los siglos XV y XVI no queda nada apenas. Quizás porque la actividad comercial decayó bastante en aquellos tiempos. En ello influyó que un incendio (1478) se cebase con buena parte de la villa o que la navegación por la ría se viese dificultada por el crecimiento de los arenales. Aunque, bien pensado, sí queda algo del XV: el mercado franco de los lunes, privilegio que otorgaron los Reyes Católicos a Avilés un año después del incendio, y la calle Rivero, que a lo mejor era anterior a dicho siglo, pero que aparece documentada desde entonces, aunque reseñada como una zona extramuros. Esta es una de las calles donde disfrutará el visitante, porque supone un paseo peatonal más que agradable y porque se abre a una de las entradas al parque de Ferrera: el mayor de Avilés. Volviendo a la calle, se llama Rivero porque corría paralela a la orilla (riva, en castellano antiguo) de la ría, que antes llegaba casi hasta la rúa y bañaba gran parte de lo que ahora es el centro urbano. El paseante podrá ver en el suelo, también en otras calles avilesinas, que tiene dos tipos de pavimentos: cantos, para los animales, y losas, para los artesanos, que trabajaban en los soportales para protegerse de sol y lluvia, pero aprovechar la luz solar.

El siglo XVII aporta al paisaje urbano avilesino varios palacios: el de Camposagrado, que luce con orgullo su decoración barroca en una estructura arquitectónica renacentista; o el de Llano Ponte, al principio de la calle Rivero, con sus soportales incorporados y “a juego” con la sede el ayuntamiento. Y, ya que estamos prácticamente en la Plaza de España, también del XVII son el antes citado Palacio del Ayuntamiento, primer edificio noble construido fuera de las murallas; el Palacio de Ferrera, hoy convertido en un hotel de cinco estrellas, con su poco convencional torre en escuadra, a cuyo costado está la fuente de los Caños de San Francisco y sus seis cabezas proveedoras de agua limpia para hacer frente, cuando se diseñó, a la escasa higiene de los regatos en superficie que suministraban el líquido elemento hasta entonces.

 


EL PALACIO DE FERRERA, CON SU POCO CONVENCIO-NAL TORRE EN ESCUADRA Y HOY CONVERTIDO EN UN HOTEL DE CINCO ESTRELLAS, A CUYO COSTADO ESTÁ LA FUENTE DE LOS CAÑOS DE SAN FRANCISCO


 

La siguiente centuria no dejó nada significativo, seguramente porque los piratas ingleses andaban dando mucha “lata” por la zona y porque había un mayor interés por nuevas industrias artesanas, como el moldeado de cobre o la fabricación de loza y lienzos. Y porque hubo varios terremotos, que también debieron hacer lo suyo. Llegados al siglo XIX, nuevos palacetes: el de Maqua y la Casa de Arias Noceda. El primero, con su intento de balcones góticos; la segunda, típica casona de indiano con su llamativa fachada en rojo carruaje. De ese tiempo es también la Iglesia de Santo Tomás de Canterbury y la singular Plaza del Mercado o de los Hermanos Orbón. Y antes de cambiar de siglo, cita ineludible al Cementerio de la Carriona, parte de la «Ruta europea de Cementerios Significativos» y cuyos grupos escultóricos dejan impresionado al visitante. La Casa de Eladio Muñiz, otro indiano que, en esta ocasión, optó por un edificio en altura, y el Palacio de Balsera, hoy sede del Conservatorio de Música, son muestras de la arquitectura de principios del siglo XX.

Las calles de Avilés, las del Casco Antiguo, basan su encanto en su fuerte personalidad. Ya hemos hablado de la de Rivero y su alma artesanal, que es normalmente la más citada por las guías al uso. Pero pasee el viajero y sorpréndase con la de La Fruta, que ya formaba parte del núcleo medieval intramuros; la de La Cámara, que es el primer eje comercial surgido tras la desaparición de la limítrofe muralla; la de San Bernardo, que marcaba otro de los límites de la fortificación; y, en fin, la lúdica, coqueta y singular Galiana, que sigue conservado edificaciones construidas en el mismo siglo XVII en que nació la propia vía. Metidos en callejeo, dos plazas: la de Carbayo y la del Cabayedo. Para quien no conozca bien Asturias, los nombres suenan parecido, pero no son lo mismo; carbayo es como se denomina al roble en asturiano y, claro, carbayedo es un bosque de robles. Pero volvamos a la Villa: la Plaza del Carbayo concita en su entorno al barrio de Sabugo y es donde esta su iglesia vieja; y la del Carbayedo, al final de la calle Galiana y tan coqueta como ella, era un bosque de robles donde se conseguía la madera para hacer las embarcaciones que los carpinteros de ribera construían en… ¡la plaza del Carbayo!

 


OSCAR NIEMEYER, EL DISEÑADOR DE LA CAPITAL FEDERAL DE BRASIL, BRASILIA, DEJÓ A ORILLAS DEL ESTUARIO SU ÚNICA OBRA EN ESPAÑA Y UNA DE LAS MÁS IMPORTANTES DE EUROPA


 

Una buena manera de sintonizar con el encanto avilesino es empezar por el Museo de la Historia Urbana de Avilés. Está en pleno centro, en la calle La Ferrería, que es, por cierto, la que más vestigios medievales tiene. El museo explica, como puede imaginarse el lector, el desarrollo de la población desde su pequeña configuración medieval hasta nuestros días. Y pone punto final en el hito del siglo XXI: el Centro Niemeyer. El reconocido arquitecto brasileño del mismo nombre recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1989 y donó el proyecto del edificio en agradecimiento. De esta manera, el diseñador de la capital federal de Brasil, Brasilia, dejó a orillas del estuario su única obra en España y una de las más importantes de Europa, en sus propias palabras. Oscar Niemeyer definió el Centro como «una plaza abierta a todo el mundo, un lugar para la educación, la cultura y la paz».

Podrán comprobar, en fin, que la IA que citábamos al principio estaba despistadísima si aceptan la invitación a conocer hoy la Villa del Adelantado de la Florida. Breve reseña, que no hemos dicho nada, sobre el “adelantado”: se trata de Pedro Menéndez de Avilés, que fue fundador de San Agustín; es la ciudad más antigua de los Estados Unidos que aún conserva su identidad fundacional.

Oficina de Turismo de Avilés

Antigua Pescadería (Plaza de Santiago López)
Tel.: 985 544 325
[email protected]
https://goo.su/ZqCmknt

ALOJAMIENTO

Palacio de Avilés *****

Plaza de España, 9
Tel.: 985 129 080
[email protected]
https://goo.su/1u6cn

 

RESTAURANTES Y TAPEO

Casa Lin
Avda. de los Telares, 3
Tel.: 985 564 827

Tuercebotas
Galiana, 62
Tel: 984 282 131

La Botella
Emile Robin, 15
Tel.: 985 564 808

Tierra Astur
San Francisco, 4
Tel.: 984 833 038

Capilla de los Alas (s. XIV).
Iglesia de Sabugo (s. XIII).
Ventanas geminadas en el Palacio de Val-decarzana (s. XIV).
Monumento a Hemingway en el paseo de su mismo nombre (foto Turismo de Pamplona).
Fachada modernista del antiguo Hotel Quintana al lado del Bar Txoko.
Casa de Eladio Muñiz (s. XX).
Fuente de los Caños de San Francisco (s. XVII).
Calle Galiana, de origen medieval.
Vista nocturna del Centro Niemeyer.
Palacio de Llano Ponte (s. XVII).
Plaza de España y Ayuntamiento (s. XVII).

PARA NO PERDERSE

Centro Niemeyer.

Paseo ilustrado por el Casco Histórico.

Comarca de Avilés.

XXIX FESTIVAL INTERCÉLTICO DE ASTURIAS

Avilés, del 18 al 26 de julio de 2026

El grupo folclórico Esbardu, actualmente compuesto por banda de gaitas y grupo de baile, quiso reproducir en Avilés, hace más de tres décadas, el ambiente que sus componentes vivieron en el ya mítico Festival Intercéltico de Lorient, Francia. Como explican desde la organización, “está dedicado a las tradiciones culturales (y sus evoluciones) de los países celtas, con especial peso de la música y de la danza, aunque también recoge otras formas de arte como la pintura, la fotografía, el teatro, la escultura o la artesanía, así como deportes, gastronomía, etcétera”.

El Grupo Esbardu –esbardo o esbardu, es vocablo bable que significa osezno– ha logrado, a través de los años, que el festival llene toda una semana de actuaciones, principalmente en calles y plazas, con grupos procedentes de varios lugares de Asturias, pero también de Galicia, Francia, Irlanda, Escocia… Pasacalles, desfiles, mercado o exposiciones llenan Avilés y su comarca con sonidos de reminiscencias céticas y el colorido de los trajes tradicionales.

Más allá del tiempo del festival veraniego, no es mala idea una visita al Muséu de los Países Celtes, que se encuentra en Corvera, municipio perteneciente a la Comarca de Avilés. Además de una imponente colección de gaitas procedentes de todos los territorios celtas europeos, el visitante podrá ver una serie de paneles explicativos en los que se explican las peculiaridades, las musicales, sobre todo, de dichos territorios.

Banda escocesa por las calles de Avilés.
Muséu de los Países Celtes.

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