ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Obras maestras del plagio,

por Juan Manuel de Prada,

escritor, crítico literario y articulista. Licenciado en Derecho y Doctor en Filología Hispánica. Premio Planeta (1997) por La tempestad y Premio Nacional de Narrativa (2004) por La vida invisible.

Expertos en diferentes áreas del Derecho se dan cita en nuestra revista para ofrecernos su visión de lo acontecido en el mundo de la Literatura, las Artes, la Justicia y, por qué no, en la vida misma. En este número nos acompañan: Juan Manuel de Prada escritor, crítico literario y articulista. Licenciado en Derecho y Doctor en Filología Hispánica. Premio Planeta (1997) por La tempestad y Premio Nacional de Narrativa (2004) por La vida invisible; y Pablo de Lora, escritor, ensayista y divulgador. Catedrático de Filosofía del Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid.

Solemos pensar ilusoriamente que la misión del creador consiste en ser original. Esta pretensión de originalidad, en una época en que el arte ya ha agotado todas sus posibilidades de invención, adolece de una insoportable fatuidad. Leemos en el Eclesiastés que nada nuevo existe bajo el sol; sólo el desconocimiento del pasado, o cierta presunción tontorrona, pueden infundir al creador la creencia de que sus argumentos puedan ser enteramente originales. Todo está inventado por los maestros que nos precedieron; nuestra única misión, nuestra única posible originalidad consiste en repetir las mismas cosas que otros escribieron antes, pero de una manera personal, con una mirada renovada.

Pecaríamos de ignorancia si no reconociésemos la alcurnia estética del plagio, que puede llegar a ser una forma suprema de originalidad, cuando “vierte el vino añejo en odres nuevos”. Fue el crítico francés Saint-Beuve quien, con un ingenio un tanto cínico, escribió: “En literatura, se permite robar a un autor a cambio de que se le asesine”. Es decir, con la exigencia de que el robo se utilice provechosamente, creando una nueva forma expresiva que haga olvidar o se ponga a la misma altura que la anterior. Así entendido, el plagio no sólo merece el indulto, sino también el aplauso; y así es como lo han cultivado los más admirables maestros, desde Virgilio hasta Borges, cuya Historia universal de la infamia puede calificarse sin exageración de colección de plagios.

De lo ‘necesario’ del plagio a su carácter propio

Sobre el carácter fecundo del plagio han reflexionado, entre otros, Anatole France, Lautréamont (que lo calificó de “necesario”, porque mejora la literatura) y también nuestro Josep Pla, que definió malévolamente las Crónicas italianas de Stendhal como “un plagio maravilloso”, para a continuación aseverar: “Siempre he defendido que la literatura buena es un plagio”. Quizá para no quedar excluido de este veredicto, el propio Pla plagió en alguna ocasión a Dostoievsky, sin rubor ni remordimiento. En una entrada de su dietario, Pere Gimferrer escribe: “El buen plagio sabe que el material literario existente es una parte del trozo de realidad que el escritor tiene a su alcance”. A raíz de una polémica en la que se discutía la falta de originalidad de Campoamor, Valera publicó un muy perspicaz artículo en el que podemos leer: “La verdadera y buena originalidad ni se pierde ni se gana por copiar pensamientos, ideas o imágenes, o por tomar asuntos de otros autores. La verdadera originalidad está en la persona, cuando tiene ser fecundo y valer bastante para trasladarse al papel y quedar en lo escrito como encantado, dándole vida inmortal y carácter propio”. En esta condición del “carácter propio” es donde debe trazarse la distinción entre el plagio censurable y el plagio “benéfico y laudable” (y conste que citamos al propio Valera).

Habría que empezar a desacreditar el concepto quimérico de “originalidad”, impuesto por los románticos (que, con frecuencia, lo confundían con sus desvaríos y ocurrencias) y consagrado histéricamente en esta modernidad nuestra, en la que aún creemos cándidamente que se puede ser novedoso, como si los grandes asuntos literarios no estuvieran ya todos requeteinventados. La única originalidad posible no consiste en la invención de nuevos ingredientes literarios, sino en la novedosa combinación de los ya existentes. No debe extrañarnos, pues, que los escritores más radicalmente originales, aquéllos que han sabido imprimir en su obra la fisonomía de su genio, hayan recurrido sin rebozo a los maestros que los precedieron, incurriendo en la adaptación, en la ofrenda imitativa, incluso en el plagio. Virgilio, cuyos hexámetros inmortales luego serían copiados hasta la saciedad, no tuvo reparos en asimilar las enseñanzas de Teócrito en sus Bucólicas, como tampoco en traducir cientos de pasajes de las epopeyas homéricas en su grandiosa Eneida (el discurso en el que Turno implora piedad a Eneas, por ejemplo, constituye un plagio descarado y sin disimulos del que Homero pone en labios de Héctor, en un intento infructuoso de aplacar la cólera de Aquiles). ¿Y qué podemos decir de Horacio? Sus débitos con Píndaro no malogran la vehemencia y vivacidad de su estilo, como tampoco denigran a Catulo sus plagios recurrentes de Anacreonte.

La ‘originalidad’ de Shakespeare y el pillaje de Valle-Inclán

Si abandonamos la Antigüedad clásica, descubriremos que el argumento de Fausto, antes de que Goethe nos procurase su obra inmortal, ya circulaba en leyendas divulgadas por el norte de Europa; lo que consiguió el gran escritor alemán fue elevar al rango de arquetipo literario imperecedero un asunto que no era de su invención. En cuanto a Shakespeare, los investigadores más concienzudos de su obra coinciden en afirmar que apenas una tercera parte de los versos que componen sus obras teatrales están sacados de su caletre; el resto, o están copiados literalmente de autores clásicos, o están descaradamente inspirados en obras de sus contemporáneos (aunque Shakespeare se esforzaba por disimular estas apropiaciones con afeites y retoques). Sin embargo, ¿podemos concebir un prototipo de escritor más “original” que Shakespeare? Cada vez que alguien le afeaba su propensión al hurto literario, Shakespeare contestaba muy serio que robaba versos a los poetas mediocres “como quien aparta a una muchacha virgen de las malas compañías”. ¿Y qué ejemplo más indiscutible de originalidad podemos invocar aquí sino el de Dante? ¿Acaso sus latrocinios del libro sexto de la Eneida, o sus sisas inmoderadas a la poesía de sus contemporáneos le restan grandeza? Tampoco creemos que Los tres mosqueteros nos regocije menos cuando descubrimos que es un esmerado plagio de unas Memorias de Monsieur D’Artagnan, escritas por un tal Gatien de Courtilz, a quien Dumas (o su negro) sorbió los tuétanos.

Y, fijándonos en la literatura autóctona, ¿qué hizo Garcilaso de la Vega, sino parafrasear a Petrarca? ¿Acaso esta labor vicaria le resta originalidad? Las fábulas de Samaniego, ¿no expolian sin rebozo las fábulas de La Fontaine, quien a su vez birlaba ideas a Fedro, quien a su vez vampirizaba sin remilgos a Esopo, quien a buen seguro disponía también de fuentes para nosotros ignotas, que “fusilaba” sin contemplaciones? Pero quizá no haya habido plagiario más recalcitrante en nuestra literatura como Ramón María del Valle-Inclán, a quien Julio Casares denunció ferozmente en su libro Crítica profana, desvelándonos que, al escribir su Sonata de primavera, Valle fusiló varias páginas de Casanova, que sin embargo refundió en su embriagador estilo. No contento con esta apropiación, Valle también garduñó a D’Annunzio varios episodios, tomó prestado el personaje de un conde crapuloso a Barbey d’Aurevilly para delinear su marqués de Bradomín y usurpó a Eça de Queiroz diversos epítetos atrevidos y sonoros, así como algunas metáforas y símiles. Valle, lejos de exculparse, reconoció el pillaje, pero hizo ver que aquellas frases o páginas repescadas aquí y allá relucían en su obra con galas mucho más vistosas: “Las mejoré en un cien por ciento”, sentenció sin rebozo.

¿Reprobación u honores al refrito?

Mención aparte en la taxonomía del plagio merece el refrito, que es una suerte de plagio onanista, pero también una suerte de cortesía máxima del escritor que, sabiendo que sus palabras ya nunca recuperarán aquel pálpito de belleza que alcanzaron en el pasado, en lugar de ofrecer un pálido oropel que las remede, prefiere regalar a sus lectores su oro originario. Ciertamente, el abuso de esta modalidad onanista de plagio que es el refrito puede convertir a un escritor en una caricatura de sí mismo: esto le ocurrió, por ejemplo, al noctívago Emilio Carrere, rapsoda de las musas del arroyo y de la bohemia más desastrada, que solía amueblar sus manuscritos con capítulos recuperados de sus obras anteriores, a las que sólo cambiaba el título y los nombres de los personajes, completando la labor de aliño con un capítulo preliminar que variase someramente las circunstancias de la narración. Pero no siempre el refrito degenera en esta ropavejería de la literatura instaurada por Emilio Carrere. Pensemos, por ejemplo, en el ya citado Valle-Inclán, que con gran habilidad empedraba sus novelas con los retazos de los cuentos que previamente había publicado en las revistas de la época, obteniendo a cambio unas rumbosas gratificaciones que sus libros nunca le depararon. Otro insigne y recalcitrante plagiario de sí mismo fue Julio Camba, quien instalado en su habitación del lujoso Hotel Palace de Madrid y entronizado como el gran maestro de la ironía, consagró su última etapa como articulista al rescate de piezas de juventud. En ABC no tardaron en descubrir la añagaza, pero nunca se lo reprocharon, pues, ¿acaso aquellas palabras traspasadas de sutil inteligencia no merecían los honores de la reimpresión? ¿Acaso los lectores no las agradecían dirigiendo a la redacción del periódico unánimes cartas de admiración y elogio?

El plagio, en fin, puede ser también la forma más refinada de originalidad, si se cumple la condición establecida por Saint-Beuve. Después de todo, ¿podemos exigirle a un escritor más que al mismísimo Dios, quien, al crear al hombre, no lo inventó, sino que lo modeló a su imagen y semejanza?