
CONVENIO EL PRADO-FUNDACIÓN NOTARIADO
CLAVES DE LA OBRA
Título: El aquelarre o El gran cabrón
Autor: Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)
Fecha de creación: 1820-1823
Material: Óleo, revestimiento mural trasladado a lienzo
Ubicación: Museo Nacional del Prado, Sala 067
Medidas: 140,5 x 435,7 cm
El aquelarre
El aquelarre o El gran cabrón es parte de las denominadas Pinturas negras donadas al Museo del Prado por el barón d´Erlanger en 1881. Estas catorce escenas de predominantes tonos oscuros decoraban dos habitaciones de la casa de campo de Goya, entonces situada junto al río Manzanares.
GRUDRUN MAURER,
conservadora, Colección de Pintura del Siglo XVIII y Goya
Goya había adquirido esta casa con su amplio terreno en 1819, a la edad de 73 años. Cuatro años después legó la hacienda convertida por el artista en una huerta a su único nieto Mariano, entonces de 17 años, como base de un futuro en la economía agrícola. Destaca y sorprende el sombrío de los asuntos representados en ese conjunto de pinturas destinadas, además, a un joven como Mariano que efectivamente estableció, por unos años, una sociedad de agricultura con su padre Javier.
CON SU NOVEDOSA CREACIÓN DE UN ASUNTO COMO ‘EL AQUELARRE’ EN TAMAÑO MONUMENTAL, GOYA ENNOBLECIÓ EL GÉNERO DEL ‘CAPRICCIO’ CON SU CAPACIDAD DE CRÍTICA
La imagen del aquelarre, de origen medieval, visualizaba la idea de una reunión nocturna de brujas en presencia del demonio, que habitualmente aparecía en la figura de un gran macho cabrío. Aquí, ese demonio habla ante una masa de brujas en cuclillas y de rasgos grotescos, mientras una joven sentada en una silla, aislada del escalofriante público, absorbe las palabras del falso predicador. Sus manos ocultas en un manguito contrastan con la actitud de una hechicera a la izquierda que, obedeciendo a las instrucciones del macho cabrío mira sus manos, como si leyera en ellas el futuro, asustada, como el resto de las brujas.
La ignorancia humana. Goya había representado ya anteriormente unas escenas de brujas, como en la serie de aguafuertes de los Caprichos, de 1799, que reflejaban, según el artista, la imaginación humana oscurecida por la ignorancia, la superstición o el desenfreno de las pasiones y servían para censurar los errores y vicios de los hombres. Concibió así esa realidad humana que la Ilustración europea del siglo XVIII, al seguir la máxima de la Razón, había tildado como potencias contrarias a esta. Con ello, utilizó el género pictórico del capriccio, tradicionalmente de pequeño formato, en el que un artista podía expresarse con libertad, sin oponerse contra la jerarquía académica de los géneros pictóricos. Por tanto, con su novedosa creación de un asunto como El aquelarre en tamaño monumental y reservado hasta entonces a la pintura de historia, mitología o alegoría, ennobleció el género del capriccio con su capacidad de crítica. En El aquelarre, como en otras escenas de las Pinturas negras pintadas durante el Trienio Liberal, tematizó nuevamente el poder que pudo ejercer sobre el ser humano el temor a las fuerzas invisibles y el espanto de las brujas, todo ello alimentado por las falsas enseñanzas y la ignorancia. Ambas fueron criticadas por los liberales en la prensa de estos años, impulsados por la restitución de la Inquisición por Fernando VII. Mariano, que había recibido una educación ilustrada, pudo entender fácilmente la aguda escena del aquelarre en la que las espeluznadas son las brujas, tal vez por ver su futuro cuestionado, y que, hasta hoy, en tiempos de una continua distribución de las más variadas comunicaciones, no ha perdido de su actualidad.