ESFERA CULTURAL

Julio Verne: Veinte mil recuerdos

El 120 aniversario del fallecimiento del autor francés arranca una serie de conmemoraciones que culminarán con el bicentenario de su nacimiento en 2028.
JULIÁN DÍEZ
Fotografía tomada por Gaspard-Félix Tournachon, “Nadar”, en torno a 1878. FOTO MUSÉE JULES VERNE

Julio Verne se refugió en los sueños. Pero lo hizo de una manera singular: soñando con lógica y limitándose a aquellos que creía que podrían hacerse realidad. Eso convierte su recuerdo en imperecedero. Un recuerdo que se reavivará aún más en el ciclo de conmemoraciones que arranca en 2025, con el 120 aniversario de su muerte, y que se cerrará en 2028, con el bicentenario de su nacimiento.

La exposición interactiva Jules Verne 200 se estrenó en el Centre d’Arts Digitals de Barcelona el pasado mes de septiembre, y recorrerá diversas capitales europeas hasta culminar con su presentación en París en 2028, cuando se cumplirán 200 años del nacimiento del autor. Se trata de la producción más ambiciosa de las creadas por la productora IDEAL (Layers of Reality), con salas inmersivas, realidad virtual, zona de metaverso y salas de exposición tradicionales.

También habrá actividades singulares en los dos museos dedicados a la vida del escritor: el de su ciudad natal, Nantes, y el de la localidad en que falleció, Amiens (situado de hecho en la casa en la que vivió los últimos años de su vida, y en la avenida a la que hoy da nombre). Nantes incentivará el contenido verneano de su festival veraniego Le Voyage à Nantes, en el que extrañas criaturas a vapor recorrerán las calles de la ciudad combinando las fantasías del autor con las de Leonardo da Vinci y otros visionarios anteriores al siglo XX.

 


LA EXPOSICIÓN INTERACTIVA JULES VERNE 200 SE ESTRENÓ EN EL CENTRE D’ARTS DIGITALS DE BARCELONA EL PASADO MES DE SEPTIEMBRE


 

Familia de juristas. Todos estos reconocimientos hubieran complacido sin ninguna duda a Verne, que, pese a su descomunal éxito literario, era una persona de ego sensible. No en vano tuvo que enfrentarse a la oposición paterna para desarrollar su carrera de escritor, ya que la familia esperaba que se dedicara a la abogacía. En su lugar, Verne apostó por la literatura, inicialmente en teatro con el apoyo de los Dumas.

Gabriel Verne, abuelo del escritor, del que recibió su poco utilizado segundo nombre, llegó a ser consejero notario del rey Luis XV en los últimos años de su reinado. Este cargo conllevaba la autenticación de documentos, el registro de actas, la supervisión de procedimientos legales y el asesoramiento en asuntos administrativos para el monarca. Después fue el presidente del colegio de abogados de Nantes, donde ejercería más tarde su hijo Pierre durante décadas.

Pese a estos vínculos y a las fuertes presiones que ejerció su padre sobre él cuando le envió a París para proseguir sus estudios, Julio no mostró jamás verdadero interés por el derecho. En cambio, además de la escritura, siempre se sintió atraído por el mar, que había sido el campo de actividad profesional de su familia materna. Si bien el escritor se limitó a la navegación como aficionado, su hermano Paul se convirtió en marino profesional. Pierre Verne debió reconciliarse con las aficiones de sus hijos al cabo de los años, ya que les regaló un pequeño foque cuando terminaron sus estudios.

Verne se centró algo con su matrimonio en 1857 con Honorine, viuda con dos hijas, pero la ilusión le duró poco: ni siquiera estuvo en el nacimiento de su único hijo, ya que se marchó de viaje a Noruega y Dinamarca. Sin embargo, sus singladuras (el mar siempre fue su más verdadero amor; tuvo tres barcos denominados todos ellos Saint Michel) y esa heterodoxa acumulación de conocimientos encontró al fin un destino cuando conoció al editor Pierre-Jules Hetzel.

Tras rechazar su primera y revolucionaria propuesta (París en el siglo XX, editada finalmente en 1994, que es mucho más cercana a lo que hoy entendemos como ciencia ficción que sus trabajos posteriores), Hetzel publicó en 1863 la aventura Cinco semanas en globo, que fue un éxito inmediato. Con poco más de 35 años, firma un contrato por dos novelas anuales, los llamados Viajes Extraordinarios, por una cantidad inédita hasta el momento: 20.000 francos al año. Y los éxitos se sucederán: Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), La vuelta al mundo en 80 días (1872, su novela más vendida), La isla misteriosa (1874), Miguel Strogoff (1876),…

Sueños científicos. Desde el principio, Verne tuvo la idea de presentar de forma divulgativa al público lector potenciales adelantos científicos. Y hasta hoy es recordada su capacidad no tanto profética, sino deductiva. Aunque ya existían pequeños submarinos, dotó al Nautilus del capitán Nemo de una autonomía y tamaño que sólo se alcanzarían años después, por ejemplo. Otros de sus hallazgos más recordados, como estimar que el primer viaje lunar partiría de Florida, pueden también atribuirse a cierta fortuna aliñada por la lógica.

“Todo lo que un hombre puede imaginar, otro podrá convertirlo en realidad” es una de sus citas más celebradas. En su caso, así ha ocurrido con ideas tan variadas como las videoconferencias, los ascensores, las bombas de racimo, los helicópteros o las muñecas capaces de hablar.

Con el paso de los años y los sinsabores personales (tampoco se entendió nunca con su hijo), Verne fue alejándose del optimismo inicial de sus primeras obras para denunciar los peligros de las armas de destrucción masiva en Ante la bandera (1896); de la ciencia sin control en Dueño del mundo (1897); o incluso tomar partido sin recato por el anarquismo en Los náufragos del Jonathan (1897). Estas obras suelen ser más breves, sin el conformismo de las precedentes, y sólo hoy se las reivindica críticamente como una aportación valiosa y distinta, más próxima al imaginario de H.G. Wells.

 


HABRÁ ACTIVIDADES EN LOS DOS MUSEOS DEDICADOS A LA VIDA DEL ESCRITOR: EL DE SU CIUDAD NATAL, NANTES, Y EL DE LA LOCALIDAD EN QUE FALLECIÓ, AMIENS


 

Tras su fallecimiento todavía se publicarían varios de sus libros pendientes; algunos se considera que tuvieron una intervención excesiva de su hijo Michel para culminarlos (por ejemplo, omitió el uso del esperanto al que Verne se había comprometido en uno de ellos). Dos años después, en su tumba, el escultor Albert Roze añadió una estatua del autor saliendo de la piedra, buscando la luz como hizo siempre en sus obras: la tituló Hacia la inmortalidad y la eterna juventud. Si no el propio escritor, desde luego sus obras sí son inmortales y se mantienen eternamente jóvenes.

Verne y Wells, pioneros complementarios
Verne es una excepción en el panorama de la literatura popular del fin del siglo XIX. Mientras que casi todos los padres fundadores de los que serían luego llamados géneros literarios (Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle…) eran anglosajones, y la literatura francesa se centraba en derivaciones del realismo (folletín, novela histórica), Verne dio comienzo de forma casi involuntaria al «romance científico», que décadas más tarde sería rebautizado como «ciencia ficción» por el mercado estadounidense. Sin embargo, no tardó en aparecer un rival anglófono: H. G. Wells. Ambos dieron lugar a las grandes tendencias del género hasta hoy: la del rigor científico de Verne frente a la preocupación por las consecuencias sociales de los cambios tecnológicos de Wells. Todo podría resumirse en una frase que el francés dijo del inglés cuando le preguntaron por sus libros: “¡Él se inventa las cosas!”
El anacronópete, un triunfo español

El éxito internacional de Verne provocó la aparición en casi todas las lenguas de escritores de «romance científico». En España, el más recordado hasta hoy es el madrileño Enrique Gaspar y Rimbau (1842-1902), un diplomático de carrera que estrenó una veintena de obras de teatro. En 1881, escribió en formato de zarzuela la obra por la que es recordado y que se ha reeditado en múltiples ocasiones: El anacronópete, la primera historia jamás publicada con una máquina del tiempo. Se ha especulado con la posibilidad de que Gaspar (que hablaba y leía francés con fluidez) visitara en alguna ocasión a Verne, dado que desarrolló la mayor parte de su carrera profesional en distintas ciudades francesas, pero no existen pruebas fehacientes de ello.

Trenes de proyectiles para la luna. Ilustración para De la tierra a la luna (edición de 1968). Henri de Montaut (autor) y Adolphe François Pannemaker (xilograbador). FOTO BIBLIOTECA PÚBLICA DE BOSTON
Paisaje submarino de la Isla Crespo. Ilustración para 20.000 leguas de viaje submarino (edición de 1971). Alphonse Neuville (autor) y Henri Théophile Hildibrand (xilograbador). FOTO BIBLIOTECA DE ST. MICHAEL'S COLLEGE
Mural en la calle de L’Échelle, en Nantes. FOTO TRAVESÍAS.
Leer a Verne hoy

Dado que se estima que el autor francés es el segundo más publicado en todo el mundo, solo por detrás de Agatha Christie (y sin contar los libros religiosos por no tener autores identificados), es fácil entender que las posibilidades de leerle en español son incontables. Sin embargo, dado que sus obras están libres de derechos, abundan las publicaciones de mala calidad, que en ocasiones se nutren de traducciones decimonónicas que hoy resultan anticuadas al lector. También son numerosas las ediciones (como las de Molino o Susaeta) en que se resumen los textos, eliminando por ejemplo las partes más centradas en explicaciones técnicas. Veinte mil leguas de viaje submarino es hoy una de las novelas mejor tratadas, con ediciones recientes en Cátedra y Penguin Classics. La colección Tus Libros Selección de Anaya o las editoriales Valdemar y Akal tienen traducciones recientes de calidad. Esta última cuenta con la única edición disponible hoy de la pionera París en el siglo XX.

PARA SABER MÁS

La web del museo de Julio Verne en Nantes da cuenta de su sensacional fondo de publicaciones y curiosos objetos conmemorativos

La Biblioteca Virtual Universal creada por entidades académicas argentinas es una de las iniciativas online que recogen los textos de Verne, que ya son de dominio público y por tanto pueden (en traducciones antiguas) leerse de forma gratuita y legal. 

La única estatua consagrada en España al escritor francés está en Vigo, ciudad muy hermanada con su recuerdo por distintas razones. En la cercana Redondela hay otra estatua del Capitán Nemo con dos buzos.