El Babel del Siglo XXI

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EL ‘BABEL’ DEL SIGLO XXI

A pocos años ya de cumplirse el primer cuarto del siglo vigésimo primero de nuestra era, los distintos idiomas que hablamos en el planeta Tierra se debaten entre las ventajas e inconvenientes de su universalización, la importancia social y económica que significa para uno de ellos convertirse en lengua franca o mantenerse como tal y la reivindicación identitaria y cultural de las lenguas minoritarias. La realidad numérica, mientras, pone de manifiesto que hay más de siete mil lenguas vivas conocidas y muy pocas con suficiente número de hablantes como para mantenerse en el tiempo.

MELCHOR DEL VALLE

En la cultura occidental, y parte de la oriental, casi todo el mundo recuerda la historia de la Torre de Babel como el principio de la existencia de distintas lenguas. Es un relato bíblico, del libro del Génesis, pero no es el único. Diferentes culturas y tradiciones, desde América hasta África o Polinesia, encuentran «explicaciones», todas de origen divino, a por qué los seres humanos han podido generar idiomas tan distintos, aun entre pueblos cercanos. El argumento coincidente en todas esas tradiciones es un idioma común, un desencadenante de la furia divina y una «condena» a no entenderse entre vecinos.

Monogénesis o poligénesis.

El origen de las lenguas habladas en el mundo ha ocupado a muchos estudiosos del lenguaje, los arqueo-lingüistas, desde hace tiempo, llegando a establecerse dos teorías: la monogénesis (un solo origen para todas las lenguas) y la poligénesis (varios grupos de sapiens sin contacto, creando independientemente su propia forma de comunicarse). Eso sí, y dadas las evidencias científicas que sitúan el origen de los distintos grupos de habitantes de la Tierra en África, los idiomas también procederían de ahí y las corrientes migratorias habrían expandido una sola lengua o varias, según las dos diferentes teorías, modificadas y subdivididas luego a lo largo de los siglos.

 


TENEMOS 7.151 LENGUAS VIVAS CONOCIDAS, PERO SOLO 23 DE ELLAS SUPERAN LOS 50 MILLONES DE HABLANTES


 

En este sentido, es muy curioso el estudio publicado en la revista Science (Phonemic Diversity Supports a Serial Founder Effect Model of Language Expansion from Africa, abril de 2011) por el profesor Quentin Atkinson, de la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda, que basó su investigación en los fonemas de quinientos cuatro idiomas actuales. Su análisis concluye que cuanto más alejado de África esté un territorio, menos fonemas tienen sus lenguas. Por poner números, algunas lenguas africanas tienen más de un centenar de fonemas, mientras que las hawaianas, que se sitúan en la otra punta de la ruta migratoria, solo tienen trece. Por Europa hemos ‘perdido’ más o menos la mitad: el idioma inglés, por ejemplo, tiene cuarenta y tres fonemas. La teoría de Atkinson, que apoya el origen africano de todo idioma, se basa en lo que en biología se llama «efecto fundador», que se produce cuando un grupo de población pequeño se separa de otro más grande: el nuevo grupo, por tamaño, pierde diversidad genética. Y probablemente también fonemas en la lengua de uso cotidiano que va transmitiendo.

La realidad hoy.

Aunque parezca difícil de creer, es complicado establecer con exactitud el número de lenguas vivas. Esto incluye idiomas y dialectos, que hay actualmente en el mundo. Las distintas fuentes están de acuerdo en que podríamos hablar de más de siete mil. Las diferencias numéricas tienen que ver con qué consideran unos y otros analistas que es «lengua viva» distinta a otras de su familia lingüística. Para darse una idea, podemos decir que en España hay dieciocho lenguas vivas. Al castellano o español, debemos añadir las cooficiales en sus territorios: catalán, euskera, gallego, valenciano y aranés (cooficial en Cataluña); y las que se consideran dialectos: aragonés o fabla, leonés, bable o asturiano, montañés o cántabru, andaluz, canario, extremeño o castúo, fala (norte de Cáceres), murciano o panocha, rifeño (Ceuta y Melilla) y romaní, con su derivada caló. Si quien hace el recuento, por poner un ejemplo, engloba en un genérico asturleonés el bable, el cántabru, el leonés y hasta el castúo; el caló se incluye en el romaní y el rifeño en el andaluz, las dieciocho lenguas pasarían a ser trece.

Teniendo en cuenta estas observaciones podemos tomar como referencia a Ethnologue: una publicación de origen religioso que lleva desde los años cincuenta del pasado siglo traduciendo La Biblia a los distintos idiomas del mundo, y que ahora se ha convertido, como ellos mismos dicen, en «el principal recurso en el que confían tanto los académicos como las compañías de Fortune 500». El último dato que ofrece Ethnologue es que tenemos 7.151 lenguas vivas conocidas (vigésimo quinta edición, año 2022). De ellas, tan solo 23, y aquí ya unimos datos de otras organizaciones como Naciones Unidas o Unesco, tienen al menos 50 millones de hablantes nativos; y más de la mitad de los habitantes del planeta habla una de estas lenguas.

Qué dicen los números.

La lengua que más hablantes nativos tiene es el chino, con 1.197 millones de personas, donde predomina el mandarín, pero que incluye variantes como el cantonés, el min nan o el jinyu, por no citar más que a los más extendidos. El español, con 399 millones para los que esta es su lengua materna, y el inglés, con 335 millones, siguen, aunque a distancia, al chino. Rematan la lista de los seis primeros el hindi, 260 millones; el árabe, 242 millones; y el portugués, 203 millones. Los tres idiomas europeos citados son muestra de que los grandes movimientos colonizadores, fundamentalmente hacia América, fueron los responsables de la expansión de las lenguas, cosa corroborada también por los números: solo 59,8 millones de hablantes nativos ingleses están en Reino Unido e Irlanda, 34,8 millones en España y 10 millones en Portugal.

 


EL ESPAÑOL, CON 399 MILLONES DE HABLANTES NATIVOS, Y EL INGLÉS, CON 335 MILLONES, SON SEGUNDO Y TERCERO DESPUÉS DEL CHINO


 

También los números nos ofrecen una curiosidad: la cantidad de lenguas vivas de cada país. La clasificación la encabeza Papúa Nueva Guinea, donde sus nueve millones de habitantes disponen de 840 lenguas vivas para entenderse, aunque la principal lengua oficial es el inglés (recordemos que su jefe de Estado es el rey de Inglaterra). El segundo puesto es para Indonesia, con 715 lenguas vivas, aunque en este caso parece un poco más lógico porque sus algo más de 270 millones de habitantes se distribuyen por 17.508 islas. El tercer lugar es para Nigeria, donde sus 225 millones de habitantes también tienen el inglés como lengua oficial, con otras cuatro cooficiales, que registra 527 lenguas vivas.

Lenguas francas.

Hay idiomas en los que podemos entendernos la mayor cantidad posible de los 7.700 millones de habitantes que actualmente poblamos la Tierra (datos ONU). La necesidad de su implantación se basa en aspectos como la economía, el comercio y el Derecho internacionales, las relaciones políticas y diplomáticas… Si miramos las estadísticas, 1.500 millones son hablantes nativos del inglés o han aprendido este idioma para entenderse con otros angloparlantes de distintas partes del mundo. Es la lengua franca de nuestra época, como en su tiempo lo fue el latín o intentó serlo, posteriormente, el esperanto. La política de colonización británica tiene mucho que ver con la difusión del inglés, pero también la influencia, sobre todo económica y política, de Estados Unidos, donde se concentra la mayor parte de hablantes nativos del inglés (225 millones).

Si continuamos sumando el número de hablantes nativos y el de los que han aprendido una lengua distinta a la propia materna, el siguiente idioma europeo más utilizado en el mundo es el español, con 549 millones de hablantes, y en el medio quedan el chino mandarín, 1.119 millones, y el hindi, 602 millones. Un cálculo de los porcentajes reafirma la condición de lengua franca actual del inglés: mientras que los no nativos que han aprendido este idioma son un 74,3% del total, los de los otros idiomas suponen un 17,8%, el chino, un 42,9%, el hindi, y un 13,5% el español. Y no perdamos de vista a la India: aunque sus gentes sigan luchando por la igualdad de clases y por erradicar la pobreza, muchas de sus poblaciones se han convertido en un referente mundial en tecnología, innovación y comercio. Vueltos a los porcentajes de hablantes no nativos, y aunque el inglés sea lengua oficial en el país asiático, junto con el hindi, la cifra de este último, en comparación con chino y español, es todo un síntoma.

Qué idioma estudiar

El inglés sigue siendo el idioma más demandado para aprender como lengua extranjera (1.500 millones de personas), con mucha diferencia sobre el francés (82 millones), el chino (30 millones), el español (14,5 millones), el alemán (14,5 millones), el italiano (8 millones) y el japonés (3 millones), que lo siguen en la lista. La duda es por cuánto tiempo seguirá siendo así. Si la estimación de crecimiento poblacional hasta 2050 realizada por Naciones Unidas es correcta, la mitad de ese crecimiento tendrá lugar en África y la India será el país más poblado del mundo, desbancando a China. Así que quizás convendría estudiar hindi por si es la nueva lengua franca al finalizar el siglo XXI; posiblemente francés, por la influencia de los países francófonos africanos. También puede suceder que haya conseguido imponerse, por su actual potencia económica y geopolítica, el chino mandarín. Nada es descartable.

Las lenguas indígenas

Según Ethnologue, la mayoría de las lenguas indígenas del mundo se encuentran en Asia, de donde proceden el 32% de ellas, y en África, que aporta el 30%. Europa, que solo tiene un 4% de estas lenguas, registra un promedio de 40.000 hablantes por cada una, lo que supone la mayor media. En la zona del Pacífico, los hablantes por lengua están en torno al millar, cuarenta veces menos que en Europa, aunque el número de idiomas alcanza un 18,5% del total.

Para saber más

Old world language families.
Minna Sundberg (2011).

Phonemic Diversity Supports a Serial Founder Effect Model of Language Expansion from Africa
Quentin D. Atkinson (Science, 2011).

Mapped: Second Primary Languages Around the World. Omri Wallach (Visual Capitalist, 2021).

“Epitafio lingüístico”, por Carmelo Encinas

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CARMELO ENCINAS,

periodista. Asesor editorial de 20 minutos

 

“En la competencia por un puesto de trabajo el auténtico plus lo proporciona ahora el manejarte en una lengua exótica "

Epitafio lingüístico

Un conocido político, ya veterano, asegura haber pedido que en su tumba pongan el siguiente epitafio “aquí yace un eterno estudiante de inglés”. Es buen amigo y sé que maneja con soltura el sarcasmo, pero tengo la impresión de que lo dice en serio. Al igual que tantos españoles por encima de los 60, pertenece a esa generación que solo estudiaron francés en la escuela. Los genes educativos de la vieja España entendían que la lengua extranjera que había que aprender era la del país vecino, bien porque era con quienes tendríamos que entendernos dada la proximidad o por si hubiéramos de guerrear con ellos, como ocurriera a principios del siglo XIX contra Napoleón.

Hasta los años 70, el inglés en las escuelas solo se estudiaba de forma complementaria y por unos pocos chavales cuyos padres ya advertían que ese idioma se estaba imponiendo en el mundo como lengua comodín. Aquellas clases de inglés se pagaban aparte; su aprendizaje no entraba en los planes educativos, y yo estuve entre esa minoría de privilegiados cuyos progenitores querían que sus hijos aprendieran inglés. Con solo seis años mi padre me inscribió en la clase de un tipo apellidado Rojas y de cuyo nombre no quiero acordarme. Han pasado unas cuantas décadas desde entonces, pero de haber pasado mil años seguiría recordando como si la tuviera delante la cara de ese profesor al que atribuyo en gran medida la responsabilidad de que nunca aprendiera bien inglés.

El tal Rojas era el docente menos empático y más plomizo que cabe imaginar; sus clases eran tan soporíferas y poco pedagógicas que sus alumnos salíamos del aula como si volviéramos de una sala de tortura. Tan insufribles me resultaban sus peroratas que, a pesar de mi corta edad, un día me armé de valor y anuncié solemnemente en casa que no estaba dispuesto a someterme una tarde más a semejante tormento. Debí plantearlo con mucha convicción porque mis padres cedieron y me borraron de aquella clase de inglés. Así, por culpa de un profesor paliza y también quizá por mi limitada capacidad de sacrificio perdí la oportunidad de aprender el idioma en esa etapa de la vida en que el cerebro es una esponja y lo absorbe todo con mayor facilidad.

Cuando fui consciente del error que supuso el no haber adquirido entonces el nivel básico de inglés que me permitiera avanzar en su aprendizaje había mil tareas y conseguirlo resultaba ya bastante más complicado. La solución hubiera sido algún curso de verano en Inglaterra, Irlanda o Estados Unidos como después harían y hacen ahora tantos chavales españoles, pero en aquellos tiempos eso solo estaba al alcance de las familias más pudientes y la nuestra no era el caso.

Consciente de que la lengua de Shakespeare era el instrumento más útil por no decir indispensable para manejarse por el mundo emprendí, como mi amigo el del epitafio, distintos cursos de idiomas que por circunstancias profesionales o personales dejaba siempre a medias. A resultas de todo ello me he recorrido medio planeta empleando un nivel de inglés que no debe diferir mucho del que tenía Toro Sentado antes de aniquilar al Séptimo de Caballería en la batalla de Littel Bighorn.

Que mi caso es un clásico de toda una generación lo demuestra el hecho de que hasta la llegada a la Moncloa de Pedro Sánchez todos los presidentes de Gobierno que en España han sido necesitaron acudir a los encuentros internacionales con un traductor. Felipe González hablaba francés con soltura, pero esa lengua, que antaño fue el idioma de los diplomáticos, no era suficiente para hacerse entender en todos los foros extranjeros. Otro tanto le ocurrió a José María Aznar cuando empezó a codearse con George Bush Junior y a poner los pies encima de su mesa. Aquel ridículo episodio en el que hizo declaraciones con acento mexicano debió animarle a realizar un curso intensivo de inglés que le permitiera al menos relacionarse sin traductores con sus amigos americanos. Así lo hizo con tal aplicación que en Estados Unidos llegó a atreverse a dar conferencias en un inglés algo macarrónico, por lo que cuentan los puristas, pero suficiente para cobrar un dineral por cada charla.

Por fortuna hoy la mayoría de los jóvenes tienen bastante interiorizado el segundo idioma, bien por el énfasis que ponen en ello los planes educativos o bien porque internet, las redes sociales y la globalización les sumerge en el bilingüismo. Tanto es así que, aunque dominar esa segunda lengua es casi imprescindible, ya no supone como antes una gran ventaja en el mercado laboral por lo generalizado que está ese conocimiento. En la competencia por un puesto de trabajo, el auténtico plus lo proporciona ahora el manejarte en una lengua exótica de las que hablan miles de millones de personas en el mundo y donde se necesita gente que pueda entenderse con ellos. Esto es lo que ocurre en Asia, un área económica cada vez más pujante y en la que se alza con mayor descaro la torre de Babel Contemporánea.

Esta circunstancia explica el que, aunque el inglés siga siendo el más demandado en los cursos de idiomas, las solicitudes hayan caído un 36% en el último año en España, mientras que los idiomas asiáticos como el chino, el japonés e incluso el coreano ganan terreno de forma exponencial. El auge tecnológico y cultural de los tigres asiáticos garantiza el mantenimiento de esa tendencia hasta el punto de que hoy en día el dominio de cualquiera de esas lenguas garantiza prácticamente el acceso a un puesto de trabajo. Cierto que no es fácil el aprendizaje de unos modos de expresión que nos resultan tan distintos o ajenos y son muchos los que lo intentan y enseguida tiran la toalla. Si ya es duro y frustrante ser un eterno estudiante de inglés, como el del epitafio, no quiero imaginar la tortura que ha de ser estudiar chino de por vida.

Freno al «salvaje oeste» digital en la UE

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Freno al «salvaje oeste» digital en la UE

El Parlamento Europeo aprobó el 5 de julio las leyes de mercados digitales y de servicios digitales con normas claras que regulan su funcionamiento.

La expresión es del diputado europeo danés Christel Schaldemose, ponente de la Ley de Servicios Digitales, para quien «el mundo digital se ha convertido en el “salvaje oeste”, en el que los más grandes y fuertes fijan las reglas. Pero ha llegado a la ciudad un nuevo sheriff». Este nuevo defensor son la Ley de Mercados Digitales y la ya citada de Servicios Digitales, cuyo visto bueno dio el Parlamento Europeo, previa aprobación por la Comisión. Un reto para las grandes plataformas y una indudable ayuda para los usuarios.

MELCHOR DEL VALLE,

El Parlamento Europeo (PE) aprobó el 5 de julio de 2022, por amplia mayoría, la Ley de Mercados Digitales (DMA, de Digital Markets Act) y la Ley de Servicios Digitales (DSA, de Digital Services Act), que ya habían sido consensuadas entre el propio PE y el Consejo Europeo. Según la nota de prensa emitida por el organismo comunitario, «ambas leyes tienen por objeto abordar los efectos sociales y económicos del sector tecnológico. A tal fin, establecen normas claras que regulan, de acuerdo con los derechos y valores de la UE, el funcionamiento y la prestación de servicios por parte de estas empresas en la Unión».

Qué hace el ‘sheriff’. Cabe decir que los Estados miembros de la Unión dan un paso tan gigantesco como histórico para lograr la regulación legal del mercado digital. «Reglas sin precedentes», dicen desde el PE, para que las empresas tecnológicas rindan cuentas. No olviden esto último, en lo que incidiremos un poco más adelante, porque esos controles son el principal objetivo de ambas normas. La DSA, si vemos las normativas por separado, «establece obligaciones claras para los proveedores de servicios digitales, como las redes sociales o los mercados electrónicos, para hacer frente a fenómenos que pueden suponer una amenaza para la sociedad, como la difusión de contenidos ilegales y la desinformación en línea. Los nuevos requisitos son proporcionales al tamaño de las plataformas digitales y a los riesgos que representan para la ciudadanía», dice el PE.

 


SON UNAS «REGLAS SIN PRECEDENTES», DICEN DESDE EL PARLAMENTO EUROPEO, PARA QUE LAS EMPRESAS TECNOLÓGICAS RINDAN CUENTAS


 

La DMA «establece obligaciones para las grandes plataformas en línea que ejercen como guardianes de acceso (es decir, aquellas plataformas cuya posición dominante aboca a prácticamente todos los usuarios a utilizarlas) en el mercado digital para velar por un entorno empresarial más justo y una mayor oferta de servicios para los consumidores». Aunque lo habrán percibido entre líneas, hablar de «guardianes de acceso» es citar implícitamente a las llamadas GAFAM: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft (aunque sería mejor llamarlas GAMAM desde que Facebook es Metaverso). Y no: la denominación no es un invento del redactor de la ley, porque a estas grandes compañías las llaman, en argot del sector, «los guardianes» (gatekeepers) online.

Servicios y Mercados. La DSA, pues, está más basada en las redes sociales y el comercio electrónico (e-commerce) y busca frenar la desinformación y los bulos o fake news, además del uso publicitario de datos confidenciales o de menores. La transparencia y las explicaciones sobre el uso de sus algoritmos son los objetivos en el caso de las redes sociales; y el rigor respecto a la trazabilidad y la seguridad de los productos ofertados, si hablamos del comercio electrónico. También destaca, decíamos, la prohibición de diversos tipos de publicidad selectiva, como son los anuncios basados en datos confidenciales y aquellos dirigidos a menores de edad. En el capítulo multas se prevé hasta el 6% de su facturación anual para quien incumpla las nuevas obligaciones impuestas.

Para la DMA lo importante es evitar el control de los «guardianes» sobre los datos de los ciudadanos de la UE. Simplificando, se buscará evitar monopolios y se diseñarán normas de acceso a las plataformas de dichos guardianes. En otras palabras, sus servicios de comunicación tendrán que ser interoperables, pero es que, además, los usuarios corporativos (empresas) podrán tener acceso a la información de las grandes plataformas para poder publicitar sus productos y servicios en estas, aunque sean competencia. Afecta a las GAFAM y alguna más, como YouTube, WhatsApp, Instagram, TikTok, Telegram o Twitter, porque la DMA se aplica a las plataformas que superen los 45 millones de usuarios, entre otros requisitos, lo que las situará bajo el control directo de la Comisión Europea. Las sanciones aquí pueden llegar al 20% de la facturación para los reincidentes.

Reacciones. Al cierre de este número de Escritura Pública apenas había reacciones de las grandes plataformas. Únicamente Apple y Google. La primera, que ya estaba abiertamente en contra de la DMA, ha hecho público su desacuerdo indicando que la norma va a crear vulnerabilidades en la privacidad y la seguridad de sus usuarios, aunque lo que más les duele es que creen que no van a poder cobrar por determinados derechos de propiedad intelectual. Con esta última idea están en Google, aunque ellos lo expresan diciendo que van a salir perdiendo los consumidores europeos porque no van a poder disponer de sus innovaciones y, por tanto, se reducirá su oferta de servicios.

 


LA LEY DE SERVICIOS DIGITALES BUSCA FRENAR LA DESINFORMACIÓN Y LOS BULOS O FAKE NEWS, ADEMÁS DEL USO PUBLICITARIO DE DATOS CONFIDENCIALES O DE MENORES


 

En el lado opuesto tenemos organizaciones como la GSMA (Global System for Mobile Communications, organizadores –ente otras actividades– del MWC Barcelona), que se auto define como «una organización global que unifica el ecosistema móvil para descubrir, desarrollar y ofrecer innovación fundamental para entornos empresariales positivos y cambios sociales»; y la ETNO (European Telecommunications Network Operators’ Association), que de sí misma dice que es «la voz de los operadores de redes de telecomunicaciones de Europa desde 1992 y se ha convertido en el principal grupo político para los operadores europeos de redes de comunicaciones electrónicas». Ambas se han posicionado sin fisuras a favor de la frase estrella del PE: «lo que es ilegal offline debería ser ilegal online». Para que conste, son organizaciones nacidas en Europa y paneuropeas en sí mismas, aunque con intereses en todo el mundo; sobre todo GSMA.

Y ahora, ¿qué? Los textos se tienen que publicar en el Diario Oficial de la UE, lo cual sucederá cuando el Consejo los apruebe oficialmente (unos días después de la aprobación por el PE para DMA y en septiembre de 2022 para la DSA). Su entrada en vigor será veinte días después de su publicación; y serán directamente aplicables a los seis meses para la DMA y a los quince meses o en enero de 2024 (la fecha más tardía) para la DSA. Esto se aplica a toda la Unión Europea sin necesidad de que los Estados miembros las transpongan.

Procede finalizar con una declaración del alemán Andreas Schwab, ponente de la DMA: «Ya no vale lo de la “supervivencia del más fuerte”. El objetivo del mercado único digital es que Europa reciba a las mejores compañías y no sólo a las más grandes. Por eso debemos centrarnos en la aplicación de la legislación. Hace falta una vigilancia adecuada para asegurar que el diálogo regulatorio funciona. Sólo una vez que tengamos un diálogo entre iguales lograremos que la UE sea respetada; se lo debemos a nuestros ciudadanos y empresas».

Modificación de la carga de la prueba

En palabras del europarlamentario alemán Andreas Schwab, ponente principal de la Ley de Mercados Digitales, «esta legislación [DMA] modifica la carga de la prueba, porque serán las compañías las que tendrán que demostrar que su conducta es leal y no los reguladores, que hasta ahora necesitaban demostrar que se habían vulnerado las leyes antitrust vigentes».

Es algo similar a lo que sucede con la normativa española para la Defensa de Consumidores y Usuarios, que textualmente dice: «Los prestadores de servicios serán responsables de los daños y perjuicios causados a los consumidores y usuarios, salvo que prueben que han cumplido las exigencias y requisitos reglamentariamente establecidos». En el caso de la DMA, se facilita el trabajo de control y de imposición de sanciones por parte de organismos como la Dirección General de Competencia de la Comisión Europea.

Mayoría europea

La Ley de Mercados Digitales (DMA) y la Ley de Servicios Digitales (DSA) salieron adelante en el Parlamento Europeo, el 5 de julio de 2022, con amplias mayorías. En concreto, la DMA obtuvo 588 votos a favor, 11 votos en contra y 31 abstenciones, mientras que la DSA se aprobó con 539 votos a favor, 54 votos en contra y 30 abstenciones.

Algunas enmiendas a la DSA, que no salieron adelante, estuvieron muy presentes en los debates, como la que buscaba que los medios de comunicación estuviesen excluidos de las leyes, con lo que se habría impedido a las plataformas recusar los contenidos generados por los medios. La Federación de Periodistas Europeos se opuso a esa enmienda, pero insistió en obtener «garantías que evitarían que las plataformas de internet eliminen arbitraria y unilateralmente el contenido periodístico».

Pantallazos de las votaciones en el Parlamento Europeo.

Por si las dudas

Sneak peek: how the Commission will enforce the DSA & DMA. Thierry Breton, comisario europeo para el Mercado Interior. (Publicado en LinkedIn).

Avanzando en la soberanía digital europea: los reglamentos DSA y DMA. Moisés Barrio Andrés. Real Instituto Elcano (2022).
Para el Parlamento Europeo los nuevos requisitos son proporcionales al tamaño de las plataformas digitales y a los riesgos que representan para la ciudadanía.

“Big Tech”, por David Cano

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DAVID CANO MARTÍNEZ,
socio de Analistas Financieros Internacionales

“Ni vamos a dar pasos atrás en el desarrollo tecnológico, ni las principales compañías cotizadas atraviesan por una crisis en su modelo de negocio"

‘Big Tech’

UNO DE LOS ACONTECIMIENTOS más notables del capitalismo o, desde luego, de uno de sus símbolos, la Bolsa, ha sido el aumento del valor de mercado de unas cuantas compañías tecnológicas estadounidenses en los últimos 15 años. Las denominadas Big Tech se han convertido en emblema del éxito de un modelo de negocio con elementos diferenciales.

La capitalización de estas compañías ha superado, y por mucho, a los estandartes de otros momentos, como las entidades crediticias en 2007 (justo antes del inicio de la crisis financiera) o las petroleras a mediados de los ochenta. Nunca antes compañía alguna había tenido una capitalización tan elevada como la que ahora registran Apple (2,4 billones de USD), Microsoft (2 billones), Alphabet (1,6 billones), Amazon (1,2 billones), Tesla (780.000 millones), Meta (476.000 millones) o NVIDIA (400.000 millones de USD). Y eso que la foto actual es peor que la del pasado noviembre.
Desde entonces, la caída de las cotizaciones ha sido en media del 30% (pero del ‐70% en Netflix y de ahí que, con su valor de mercado actual, 83.000 millones de USD, haya salido de la clasificación de Big Tech).

Con esta capitalización (sirva para el contraste que Iberdrola, con 70.000 millones de EUR, es la compañía española que más capitaliza) y la corrección reciente, muchas voces alertan de que nos enfrentamos a una nueva burbuja de valoración. Esta habría comenzado a estallar debido al inicio del endurecimiento de la política monetaria de la Reserva Federal de EE. UU. Estaríamos ante la repetición de la famosa dot com bubble burst de 2001. Si tenemos en cuenta que el Nasdaq, el principal índice representativo de las tecnológicas, cotiza hoy un 400% por encima de los máximos de entonces, podría parecer sensato alertar del futuro proceso correctivo. Pero no estoy de acuerdo. Existe un factor fundamental y diferencial: los beneficios empresariales. En 2001 se podía vislumbrar el futuro desarrollo de la tecnología, pero todavía era una expectativa (como dato, el iPhone no se lanzó hasta 2008 y las redes sociales comenzaron a popularizarse en 2010). El mercado, como suele suceder, se anticipó, pero de forma excesiva («exuberancia irracional», del Nobel Robert Shiller, fue el término más utilizado). Hoy, la disrupción de las nuevas tecnologías es una realidad que se plasma en enormes beneficios para los principales innovadores (en 2001 apenas conseguían cubrir costes ante un volumen de negocio muy reducido). Como muestra, otro dato: el conjunto de las compañías del Nasdaq ganará este año 700.000 millones de USD (Inditex, del orden de 3.000 millones de EUR), lo que da soporte a una capitalización de 14 billones de USD (65.000 millones de EUR en el caso de la textil gallega). La ratio entre capitalización y beneficios (que en los mercados financieros llamamos PER) está en la zona de 20. Un múltiplo de valoración que apenas se sitúa por encima del promedio histórico del conjunto de acciones cotizadas (16x). Se podría entender que ante una mayor capacidad de crecimiento del beneficio por acción el inversor esté dispuesto a pagar un ratio mayor (20x vs 16x). Por ello, porque tras las actuales cotizaciones haya elevados beneficios, con capacidad no solo para resistir, sino para crecer, considero que no estamos ante una nueva burbuja tecnológica. La corrección desde noviembre debe entenderse como una típica fase bajista coyuntural tan propia en unos mercados bursátiles caracterizados por la volatilidad. Ni vamos a dar pasos atrás en el desarrollo tecnológico, ni las principales compañías cotizadas atraviesan por una crisis en su modelo de negocio, ni cotizan con unos ratios de valoración excesivos (acaso la excepción puede ser Tesla). Por cierto, tampoco creo que el endurecimiento de las políticas monetarias vaya a ser excesivo (un nivel de llegada en cotas del 2,5%–3,5% es más que asumible, más si la inflación se mantiene en esas mismas referencias).

Más debate puede generarse, en mi opinión, en torno a si es contraproducente, si es un riesgo sistémico, un fallo de mercado o un monopolio de facto contar con compañías tan grandes. Nunca antes un grupo tan reducido de empresas (siete) había tenido tanto valor de mercado (9 billones de USD). E, insisto, esta elevada capitalización no se debe a una burbuja de valoración, sino a una realidad. Nunca antes un grupo tan reducido de empresas ganaba tanto dinero (este año, 300.000 millones de USD y solo Apple, 100.000 millones de USD). Estas compañías han alcanzado en sus respectivos mercados un liderazgo tal que muchos advierten de la necesidad de “trocearlas” para fomentar la competencia y para esquivar un too big to fail, es decir, evitar que se conviertan en entidades sistémicas, como ya pasó con los grandes bancos en la crisis de 2008‐2012. Por desgracia, ese debate no lo tenemos en Europa, donde apenas existen compañías tecnológicas cotizadas de tamaño relevante. Entre ellas, ASML, que capitaliza 178.000 millones de EUR, respaldada por unos beneficios esperados este año del orden de 5.500 millones de EUR. Esa misma cantidad ganará en 2022 SAP, compañía que capitaliza 110.000 millones de EUR. Y poco más. Que el Área euro se ha quedado atrás en el desarrollo tecnológico de las dos últimas décadas se confirma con muchos indicadores. Entre ellos, el valor de mercado de las principales Big Tech.

El caos informativo

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EL CAOS INFORMATIVO

El informe analiza la existencia o no de daños físicos, psicológicos o emocionales a los periodistas.

Dicen, y permítannos apostillar que, con toda la razón, no puede haber democracia plena sin libertad de prensa. Si dicha libertad es solo un sueño tan inalcanzable como la propia democracia en algunos países, la ciudadanía pierde la capacidad de acción que proporciona la información. Como van demostrando los sucesivos estudios de Reporteros sin Fronteras, los Estados que iban mal, van peor. Y los síntomas de retroceso en los de regímenes democráticos no son ninguna buena noticia.

MELCHOR DEL VALLE,

Seguramente conviene empezar por recordar que Reporteros sin Fronteras, (RSF), organización no gubernamental nacida en Francia en 1985, es reconocida como entidad consultiva por las Naciones Unidas, la UNESCO y el Consejo de Europa. Desde hace veinte años, viene publicando un informe anual en el que analiza cómo se ejerce el periodismo en 180 países. Su evaluación se basa en lo que su propio panel de expertos define como libertad de prensa, principio con el que seguramente es fácil estar de acuerdo: «La libertad de prensa es la posibilidad efectiva para los periodistas, como individuos y como colectivo, de seleccionar, producir y difundir informaciones, en aras del interés general, independientemente de las interferencias políticas, económicas, legales y sociales, y sin menoscabo para su seguridad física y mental».

Los parámetros analizados.

La mejor manera de ver rápido y claro una situación es poner notas. En el caso del antes mencionado informe anual, y muy escuetamente, se lleva a cabo una valoración, de 0 a 100 puntos, mediante preguntas en cinco contextos diferentes: el político, el económico, el socio cultural, el marco legal y la seguridad. El fin del primero es valorar cómo se apoya a periodistas y medios cuando exigen claridad y transparencia a los políticos, pensando solo en el interés público, y cómo se acepta la diferencia de criterios profesionales según ideología o independencia políticas. En el aspecto económico se tienen en cuenta desde las trabas que ponen los gobiernos o la corrupción de los periodistas por parte de distintos actores, hasta las presiones hacia los editores y sus consecuencias respecto a los periodistas.

 


REPORTEROS SIN FRONTERAS SEÑALA QUE EXISTE UN CAOS INFORMATIVO CREADO POR UN ESPACIO DIGITAL GLOBALIZADO Y SIN REGULAR, QUE FAVORECE LAS INFORMACIONES FALSAS


 

El contexto sociocultural se mueve en dos líneas: las presiones sociales hacia los periodistas (machismo, racismo, xenofobia…) y las presiones culturales, concretadas en sugerir a los profesionales de la información que no «destapen» determinadas cosas para no perjudicar al conjunto del territorio o de la sociedad. El marco legal se refiere a la libertad de poder trabajar sin censura o sanción, la posibilidad normativa de proteger las fuentes o el grado de impunidad de quienes agreden a los periodistas. En lo tocante a la seguridad, por último, se analiza la existencia o no de daños físicos, sicológicos o emocionales a los periodistas y el perjuicio profesional, como pérdida de empleo, cuando el informador se sale de los límites impuestos por determinados poderes.

 

Caos informativo.

La expresión no es nuestra, sino fruto de la contundencia con que se expresan los redactores del informe de RSF: el informe «pone de manifiesto, en su edición de 2022, los efectos desastrosos del caos informativo, creado por un espacio digital globalizado y sin regular, que favorece las informaciones falsas y la propaganda». También hacen referencia a una doble polarización «amplificada por el caos informativo: la polarización mediática, que crea fracturas dentro de los países, y la polarización de los Estados, a escala internacional». En el fondo, las frases son la reseña de situaciones que hemos visto o percibido últimamente, desde el asalto al capitolio de EE. UU. hasta la invasión en Ucrania por parte de tropas rusas, sin olvidar todo lo que viene concurriendo en torno a la pandemia del COVID-19.

Según esas puntuaciones antes citadas, en esta «nueva era de la polarización» –así lo califican en RSF– los diez países donde el estado de la libertad de prensa se considera mejor son Noruega, Dinamarca, Suecia, Estonia, Finlandia, Irlanda, Portugal, Costa Rica, Lituania y Liechtenstein, cuyas puntuaciones oscilan entre los 92.65 y los 84.03 puntos sobre 100. A la cola, los cinco con menor puntuación son Birmania, Turkmenistán, Irán, Eritrea y Corea del Norte, que solo obtuvieron entre 25.03 y 13.92 puntos sobre 100. España quedó en el puesto 32 con 76.71 puntos.

Por contextos.

Si lo vemos según el contexto político, Noruega, Dinamarca y Suecia también encabezan la clasificación, con Eritrea a la cola. Respecto al contexto económico, los mismos tres de cabeza, aunque intercambian puestos Suecia y Dinamarca, siendo el último país de la clasificación Corea del Norte. Cambia un poco el panorama en el contexto sociocultural, donde el primer lugar lo ocupa Jamaica, seguido de Noruega y Portugal; también aquí Corea del Note ocupa el último puesto. Si miramos la situación del marco legal, Noruega, de nuevo, Argentina y Suecia están arriba y Cuba abajo del todo. En el ámbito de la seguridad, por último, primeros puestos para Liechtenstein, Irlanda y Costa Rica y el último para Birmania, país del que RSF dice que «el golpe de Estado de febrero de 2021 ha hecho retroceder brutalmente diez años la situación de los periodistas».

 


DE 2013 A 2022, LOS PAÍSES CON BUENA SITUACIÓN DE LA LIBERTAD DE PRENSA HAN PASADO DE 26 A 8 Y LOS QUE TIENEN SITUACIÓN DIFÍCIL O MUY GRAVE, DE 58 A 70


 

Hay un contexto, no definido así en el informe, que es el histórico, donde podemos ver con mayor perspectiva el panorama internacional comparando los análisis de 2013 a 2022. En el primero de los años, los países con buena situación de la libertad de prensa, de los 180 estudiados, eran veintiséis. En 2022, solo ocho. En el lado contrario, los países con situación difícil o muy grave eran cincuenta y ocho en 2013. En 2022, setenta. Y no: Europa no se libra de esta situación de retroceso, aunque cope los primeros puestos de la clasificación. El informe cita específicamente a países de la zona Europa-Asia Central como Eslovenia, Polonia, Hungría, Albania, Grecia, Rusia, Bielorrusia o Turquía, donde «se han endurecido las medidas liberticidas» contra el periodismo.

 


EUROPA NO SE LIBRA DE ESTA SITUACIÓN DE RETROCESO, AUNQUE COPE LOS PRIMEROS PUESTOS DE LA CLASIFICACIÓN


 

En democracia.

Solo por curiosidad, hemos comparado los resultados del informe de RSF con el Índice de Democracia Global elaborado por la Unidad de Inteligencia de la revista británica The Economist. Es verdad que este índice analiza 167 países (frente a los 180 del informe de RSF), con lo que la comparación no puede ser estricta; pero en su última edición (2021) solo veintiuno han sido calificados como democracias plenas. Y ahí se incluyen todos los países escandinavos, Irlanda o Costa Rica, que, oh coincidencia, son los que encabezan la clasificación hecha por los reporteros. Es un caso más de efecto y causa; es una llamada de atención a la sociedad compleja en la que estamos inmersos.

La libertad de prensa en España

España venía ocupando el puesto 29 en la clasificación de Reporteros sin Fronteras desde 2017, con un retroceso al 31 en 2018, y en 2022 ha caído hasta el lugar 32. Esto es debido, según los analistas de la organización internacional, a factores como que «España es víctima de un clima de gran polarización política, del que no se libran unos medios de comunicación en los que la opinión contamina cada vez más a la información, acrecentando la desconfianza de la ciudadanía en la profesión periodística», aunque, o quizás por eso, «desde la crisis de 2008 y la ola de cierre de medios y despidos masivos que supuso, la profesión se ha instalado en una precariedad ya cronificada».

Por si las dudas

Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2022: la nueva era de la polarización.
Reporteros sin Fronteras, 2022.

Democracy Index 2021: the China challenge. Economist Intelligence (The Economist Group), 2022

Contexto histórico

Número de países que entre 2013 y 2022 se encontraban en una u otra situación (de buena a grave), según los sucesivos informes de Reporteros sin Fronteras.
Fuente: La libertad de Prensa (2022). Reporteros sin Fronteras.

«El periodismo está en un momento muy peligroso», por Juan José Morodo

ALDEA GLOBAL

JUAN JOSÉ MORODO,

Subdirector de Cinco Días

 

"La fotografía de la libertad de prensa, mejor sería decir el vídeo, muestra un campo sembrado de minas”"

El periodismo está en un momento muy peligroso

La libertad de prensa es un derecho cardinal en cualquier sociedad democrática. Esta no existe sin aquella. En España viene recogido en el artículo 20 de la Constitución de 1978 como el derecho a “expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones” y a “comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. Es un derecho que la sociedad deposita históricamente en los periodistas.

Sin embargo, pocas veces en la historia reciente ha estado ese derecho más en peligro. La Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa, realizada por Reporteros sin Fronteras, que evalúa las condiciones en las que se ejerce el periodismo en 180 países, pone de manifiesto en su vigésima edición, de 2022, los “efectos desastrosos del caos informativo creado por un espacio digital globalizado y sin regular, que favorece las informaciones falsas y la propaganda”.

En esa clasificación (que encabezan Noruega, Dinamarca y Suecia), España figura en el puesto 32, tres escalones más abajo que el año anterior y por debajo de Portugal (7), Alemania (16) o Francia (26), aunque por delante, por ejemplo, de Estados Unidos (42), donde se pone de manifiesto cómo la polarización mediática alimenta la fractura interna de una sociedad. Por razones obvias, Ucrania (106) y Rusia (155) ya pierden respectivamente nueve y cinco puestos (la verdad es la primera víctima de la guerra) tras la invasión de la primera por la segunda en febrero de 2022.

Titulado La nueva era de la polarización, el informe revela la existencia de una doble polarización, amplificada por el caos informativo: la mediática, que crea fracturas dentro de los países, y la polarización de los Estados, a escala internacional. Y sostiene que en las sociedades democráticas el desarrollo de ciertos medios de opinión y “la generalización de los circuitos de la desinformación, impulsada por las redes sociales, están provocando un aumento de las fracturas sociales”. En el plano internacional, insiste, “la asimetría que existe entre, por una parte, sociedades abiertas y, por otra, regímenes despóticos que controlan a sus medios y sus plataformas, mientras libran guerras de propaganda, debilita a las democracias”. En ambos niveles, “es un factor de intensificación de las tensiones”, concluye el estudio de Reporteros sin Fronteras.

A ello hay que añadir en demasiados casos una tercera y aún más inquietante polarización: la de muchos informadores que devienen en fans, cuando no en portavoces camuflados y simples productores de propaganda, sea de una idea o un concepto, o de publicidad, si se trata productos o servicios. Un proceso que anula el siempre inalcanzable ideal de la objetividad, pero que aniquila por completo la sagrada aspiración a la veracidad.
Todas ellas son el fértil caldo de cultivo en el que se desarrolla una generación de receptores a los que no les importa la verdad de los hechos ni la trascendencia de los acontecimientos.
La fotografía de la libertad de prensa, mejor sería decir el vídeo, muestra un campo sembrado de minas. Los Gobiernos, incluidos los de regímenes democráticos, y sus servicios de inteligencia, las Administraciones en sus diversas formas, los lobbies empresariales o de cualquier otro tipo y los grupos de presión en general desarrollan crecientes departamentos de imagen que medran al tiempo que las redacciones de la gran mayoría de los medios de comunicación pierden fortaleza. La inversión en capital humano de muchas grandes cabeceras ha pasado a un segundo plano, en paralelo al cambio de un modelo de negocio que ha puesto en tela de juicio buena parte de sus pilares a manos de la digitalización mal entendida, las redes sociales o el espectáculo, y esto a la vez que ha eclosionado un pretendido periodismo ciudadano que ignora con facilidad las normas básicas de la buena información. Conceptos como verificación, comprobación de las fuentes, precisión, claridad, credibilidad, profesionalidad o diferenciación expresa de información y opinión han perdido presencia a pesar de las facilidades proporcionadas por las nuevas tecnologías.

Es este un terreno fértil para las fake news (noticias falsas). Una contradicción en sus propios términos. Una noticia falsa es una mentira, y su peor efecto es que anula la capacidad de interpretar verazmente la realidad. La consecuencia de ello es que las personas, las organizaciones y la sociedad en general se convierten en vulnerables a los intereses de quienes mienten. Gobiernos, medios y gestores de redes sociales están obligados a no mentir, pero también a combatir las mentiras de otros. ¿Lo hacen? En un escenario como este quien sí está apremiado a evitar la mentira es el ciudadano, como individuo, contrastando sus fuentes, discriminándolas y acudiendo a medios fiables. La credibilidad, por tanto, será el principal activo de los medios y soportes, sea cual sea su formato. Contra la mentira están la verdad, y su hermana mayor, la transparencia. Aplicadas ambas con tanta contundencia como claridad.

Pero esa transparencia convive con dificultad con la libertad de prensa cuando los tres poderes básicos de una democracia se enmarañan. Si Montesquieu, el padre de la división de los poderes políticos en tres áreas independientes (ejecutivo, legislativo y judicial), se levantara hoy se echaría las manos a la cabeza. Lo mismo que quienes sigan creyendo en el cuarto poder como garante de la democracia. Y todo ello mientras se gesta ese quinto poder a manos de la intervención económica del Estado (más concretamente de los Gobiernos) sobre el mercado, unida a los nuevos fenómenos surgidos en torno a internet.

Al final, nadie interesado en la supervivencia de la libertad de prensa debe olvidar ese conocido aforismo, atribuido a George Orwell, pero conformado a lo largo de los años por muchos autores, que se sustancia en que “una noticia es aquello que alguien no quiere que se publique; el resto son propaganda o relaciones públicas”.

Un mundo más desigual

ALDEA GLOBAL

Un mundo más desigual

La desigualdad varía significativamente entre la región más igualitaria (Europa) y los más desiguales (Oriente Medio y el Norte de África).

Hay muchas –demasiadas– formas de desigualdad entre humanos. La que más incentiva al resto, y la más visible, además, es la desigualdad económica. Si lo pensamos superficialmente, nos imaginamos que el problema solo existe en áreas subdesarrolladas, en lugares que no han alcanzado aun la suficiente estabilidad política y social. Pero llegó una pandemia a decirnos que las cosas no son tan simples, que un virus diseminado por todo el planeta puede ahondar en esas diferencias o que un conflicto bélico, más próximo a nuestras casas de lo que creíamos, podría suceder, las podría multiplicar por cifras impensables hace solo un par de años.

MELCHOR DEL VALLE,

Desigualdad global de ingresos y riqueza

El 50% obtiene el 8,5% del ingreso total medido y posee 2% de la riqueza. El 10% de los más ricos del mundo posee el 76% de la riqueza total y logra el 52% de todos los ingresos netos generados en 2021. Téngase en cuenta que los principales tenedores de riqueza no son necesariamente los principales titulares de ingresos.

World Inequality Lab, un centro de investigación internacional económica y social creado en l’École d’économie de París, ha hecho público su informe anual sobre la desigualdad en el mundo (World Inequality Report 2022) en el que decenas de investigadores de setenta países han plasmado la siguiente foto fija de 2021: el 10% de la población con mayor riqueza posee el 75% de toda la que hay en el mundo, mientras que el 50% con menos recursos solo dispone del 2%. Y la tendencia, durante la pandemia, ha sido ir incrementando esas diferencias.


Los conflictos bélicos destruyen recursos, paralizan la producción y el empleo


Pandemia.

«La crisis del COVID –explicó Lucas Chancel, autor principal del informe– ha exacerbado las desigualdades entre los muy ricos y el resto de la población. Sin embargo, en los países ricos, la intervención del gobierno evitó un aumento masivo de la pobreza; este no fue el caso en los países pobres. Esto demuestra la importancia de los estados sociales en la lucha contra la pobreza».

En cifras, y mirando las diferencias entre los datos de 2019 y los de 2021, el 50% de la población mundial menos favorecida no ha incrementado ni disminuido su porcentaje de riqueza, tan solo es de un 2%, mientras que el del 10% de los más ricos ha crecido en cuatro décimas (75,1% a 75,5%); pero la diferencia es más evidente si solo miramos al 1% de los más pudientes, que han incrementado su riqueza del 37,1% del total mundial al 37,8%. Estos porcentajes debemos mirarlos juntamente con los de ingresos: quienes más tienen no los han incrementado, pero para los más infortunados han caído una décima porcentual.

Desigualdad desigual.

No es nuevo para nadie que existen zonas geográficas en las que las diferencias económicas son, de puro grandes, abismales. Dice el informe de World Inequality Lab que «la desigualdad varía significativamente entre la región más igualitaria (Europa) y los más desiguales (países MENA, acrónimo inglés que se refiere al Oriente Medio y el Norte de África)». En Europa, la participación en los ingresos del 10% (de las personas más ricas) está en torno al 36%, mientras que en los países MENA es del 58%. Ya se habrá percatado el lector que el estudio diferencia entre riqueza, donde es mayor la desigualdad, e ingresos.

Si vamos más allá de los números globales, observamos también distintos patrones. Por ejemplo, los niveles de ingreso promedio nacional no son proporcionales con el grado de igualdad. Hay países de ingresos elevados que son muy desiguales, como los EE.UU., mientras que, en otros, como Suecia, se da mayor proporcionalidad. Algo parecido sucede entre los países de ingresos bajos y medianos, donde encontramos casos como Brasil e India, con una enorme desigualdad; China, que se sitúa en un término medio, aunque peligrosamente tendente al alto; o Malasia y Uruguay, donde los grados de desigualdad se pueden calificar de moderados.

Dificultades de recuperación.

En el informe Global Economic Prospects 2022, del Banco Mundial, se incluyen secciones analíticas en las que se plantean tres obstáculos que pueden impedir una recuperación duradera en las economías en desarrollo. Uno de ellos es el impacto de la pandemia en la desigualdad. Se pone de manifiesto que la pandemia ha supuesto un incremento en la desigualdad de ingresos a nivel mundial, dando al traste, en gran medida, con la disminución conseguida en las dos décadas anteriores.


La crisis del covid ha exacerbado las desigualdades entre los muy ricos y el resto de la población


«También ha intensificado la desigualdad –dice el informe– en muchas otras esferas de la actividad humana: en la disponibilidad de vacunas, en el crecimiento económico, en el acceso a la educación y la atención de la salud, y en la escala de la pérdida de empleo y de ingresos, que ha sido mayor entre las mujeres y los trabajadores poco cualificados e informales. Esta tendencia puede dejar cicatrices duraderas: por ejemplo, las pérdidas de capital humano causadas por las interrupciones en la educación pueden transmitirse de una generación a otra».

Soluciones.

Dicen los economistas que «el papel lo aguanta todo», pero no es menos verdad que sin poner sobre la mesa posibles soluciones, los problemas de desigualdad (cualquier problema de ámbito económico y mundial, en realidad) serán difíciles de atajar. Abhijit Banerjee y Esther Duflo, que firman el prólogo del World Inequality Report 2022, dicen que «Este informe deja claro una vez más que se necesitan cambios políticos profundos para que las cosas vuelvan a su lugar. Las soluciones políticas existen normalmente y, cuándo no, a menudo sabemos cómo encontrarlas. Nuestra propia investigación, y la de los investigadores de la red que ayudamos a crear, se ha centrado en cómo hacer bien la ‘fontanería’, para que la política pueda hacer su trabajo».


Son necesarias reformas que puedan incrementar la inversión y promover el capital humano y revertir la desigualdad de ingresos y de género


Por su parte, Ayhan Kose, director del Grupo de Perspectivas del Banco Mundial, dijo que «A la luz de la desaceleración prevista en el crecimiento de la producción y la inversión, el escaso espacio normativo y los riesgos considerables que opacan las perspectivas, las economías emergentes y en desarrollo deberán calibrar cuidadosamente sus políticas fiscales y monetarias. También es necesario que emprendan reformas para borrar las cicatrices de la pandemia. Estas reformas deben diseñarse de modo tal que puedan incrementar la inversión y promover el capital humano, revertir la desigualdad de ingresos y de género, y hacer frente a los desafíos del cambio climático».

Conflicto bélico.

Estábamos enfrascados en estos análisis y pensando en soluciones, cuando un país decidió invadir militarmente el territorio anejo y ajeno, y provocar una importante debacle económica en todo el mundo. No les abrumamos con detalles, ni los humanos ni los económicos, que los tienen ampliamente explicados y al día en todos los medios informativos. Pero eso nos ha hecho preguntarnos si esto va a incrementar la desigualdad en el mundo, si se restringirá a Europa o si será solo un problema para invasores e invadidos.

Duele hablar de ello mientras mueren personas, niños… mientras se destruyen hospitales y escuelas, pero ya nos pasó antes, nos sigue pasando, en otros conflictos bélicos. Así que déjennos echar mano de la historia europea, sin ir más allá, para encontrar un dato. Los conflictos bélicos, por definición, destruyen recursos, paralizan la producción y el empleo, además de causar disminución poblacional. Cero crecimiento, incluso negativo, y menor riqueza, por tanto; pero para todos. En Francia, por ejemplo, la desigualdad disminuyó durante ambas guerras mundiales y en el lapso entre ellas (datos del World Inequality Lab, que lleva estudiando la desigualdad en el país galo desde principios del siglo XIX). Ya saben: vivimos en un mundo en el que hay más grises que blancos y negros, aunque el mal de muchos no consuele, esta vez, a nadie.

La organización sin ánimo de lucro The Ocean Cleanup publicó en la revista Science (abril de 2021) un estudio que pone los pelos de punta y cuyos resultados resumen así: «1 000 ríos son responsables de casi el 80 % de las emisiones anuales mundiales de plástico fluvial, que oscilan entre 0,8 y 2,7 millones de toneladas métricas por año, con los pequeños ríos urbanos entre los más contaminantes. El 20 % restante de las emisiones de plástico se distribuyen en otros 30.000 ríos».

Cifras visibles. Para que podamos poner en valor el significado de todas las cifras que citaremos en estas líneas, hagamos un simple ejercicio numérico a modo de ejemplo. Tenemos que una bolsa de plástico tipo supermercado pesa unos 6 gr y una botella pequeña de agua sin gas, 8 gr. Ahora imaginemos una «sopa» de plástico de tan solo 20 Kg flotando en el mar (recuadro «Mapas interactivos», Sailing seas of plastic), en la que hay bolsas y botellas a partes iguales. Tendríamos en la mancha cerca de 3 000 piezas.

Si llevamos los materiales del ejemplo a lo que vierte el río más contaminante de los que da notica el estudio de The Ocean Cleanup, el Pásig, en Filipinas, sus 62,6 toneladas de plástico anuales significarían 9,4 millones de desechos entrando al mar por su desembocadura en Manila. Este país, en fin, tiene el doloroso récord de ser el que más tráfico fluvial de plásticos conduce al mar. En total, el país tagalo emite 360 000 toneladas de plástico al año mediante 4 820 de sus ríos.

Medallas de deshonor. Tras Filipinas, los siguientes países que más polímeros mueven en sus vías fluviales son, por este orden, India, Malasia, China, Indonesia, Birmania, Brasil, Vietnam, Bangladés y Tailandia, por solo citar los diez más contaminantes. Pero hay que marcar diferencias: el segundo (India), vierte justo la mitad de plástico (130 00 toneladas) que el primero; y el décimo (Tailandia) «solo» 23 000 toneladas. En el entorno del Mediterráneo más próximo, puede ser preocupantes las 14 000 toneladas de ríos turcos, sobre todo al Mar de Mármara, y las 5 800 toneladas de los argelinos dejadas casi a las puertas de las Islas Baleares.

 


EN 2025 HABRÁ DESECHOS PLÁSTICOS COMO PARA CUBRIR CADA METRO DE COSTA DE TODO EL MUNDO CON 100 BOLSAS

 

Asía, por tanto, es la zona donde el problema que venimos comentando alcanza mayor intensidad. En el entorno americano, Brasil es el primer emisor de plásticos, 38 000 toneladas, seguido de Guatemala, Haití, República Dominicana y Venezuela. En África, se lleva «la palma» Nigeria, con 19 000 toneladas, seguido de Camerún, con 11 000 toneladas, y el ya citado Argelia. En la Unión Europea, crucemos los dedos, solo el río Neretva (desemboca en Croacia, pero el 90,2 % de su curso transcurre por Bosnia-Herzegovina) vuelca volúmenes significativos (125,8 toneladas) al Adriático. A esta misma cuenca vierten los albaneses Ishën (algo más de quinientas toneladas) y Seman (235,5 toneladas), entre otros, demostrando que el cuidado medioambiental local puede servir de poco si los problemas no se acometen internacionalmente.

Qué hay de nuevo. Los ríos, nos cuenta la historia, nos vienen sirviendo para abastecernos de agua, disponer de terrenos fértiles para los cultivos o pastos y deshacernos de los residuos. Para esto último hemos involucionado, porque el incremento de producción y uso de plásticos ha hecho de los ríos autopistas de evacuación de productos que no se degradan fácilmente. Cuando hablamos del «uso de plásticos», nos estamos refiriendo a los más de 8.500 millones de toneladas fabricadas desde que se empezó la producción masiva en 1950. Y creciendo.

 


SE CALCULA QUE LA «ISLA DE PLÁSTICO» DEL PACÍFICO NORTE PUEDE ALCANZAR UNA EXTENSIÓN SIMILAR A ESTADOS UNIDOS

 

Un informe de Naciones Unidas calcula que, de seguir así, en 2025 habrá plástico como para cubrir cada metro de costa de todo el mundo con 100 bolsas tipo supermercado. Cabe recordar que los polímeros tardan entre 55 y 1 000 años en degradarse (depende del compuesto y el grosor). Y un dato más: las mascarillas y guantes desechables tardan en desintegrarse entre uno y cinco años.

De los ríos al mar. Mares y océanos son los depositarios de todos estos desechos que pueden a pasar a la cadena alimenticia, los famosos microplásticos, a precipitarse a los fondos marinos o a mantenerse a flote formando las conocidas como «islas de plástico». De las muchas que hay ya, la más impresionante es la del Pacífico Norte. Diversas estimaciones calculan que puede llegar a medir más que EE. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), calcula que esta isla de basura crece al ritmo de una tonelada de desechos al día. Hay más: según investigaciones recientes, en torno a un 70 % de los componentes de estas islas se hunden; calculen la dimensión del problema si eso que es visible y más o menos cuantificable es solo el 30 % de lo que depositamos en el mar.

Las cifras son abrumadoras, ciertamente, e interesarse por ellas nos debería alejar de la indiferencia, huir de la comodidad de comprar productos frescos envasados en barquetas de poliestireno y envueltos con cubierta transparente o de aceptar sin rechistar la bolsa de plástico para llevar nuestra compra. Un estudio de Naciones Unidas, SINGLE-USE PLASTICS: A Roadmap for Sustainability (2018), puso de manifiesto que en el mundo consumimos casi 10 millones de bolsas por minuto. No, no ha leído mal: 10 millones por minuto. La receta, dicen desde hace tiempo quienes más padecen los excesos de plásticos en nuestras aguas, está en las tres «R»: reducir, reusar y reciclar. Fácil, ¿no?

La desigualdad en España

El World Inequality Report 2022 aporta, además de resultados globales, el detalle por países. Nos mueve, claro, la curiosidad de saber cómo está España. En el cuadro pueden ver las diferencias porcentuales de riqueza e ingresos de 2019 y 2021 (pre y post pandemia). Los grupos son los mismos que los estudiados en el resto de los países del mundo: 1% de los españoles con mayor riqueza, 10% de estos mismos y 50% de la población menos favorecida. La diferencia no es mucha, pero hay un ligero incremento de la desigualdad.

Para saber más

World Inequality Report 2022.
Coordinado por Lucas Chancel (director y autor). World Inequality Lab, diciembre de 2021.

Global Economic Prospects.
Coordinado por Carlos Arteta. Grupo Banco Mundial, enero de 2022.

El efecto del COVID-19 en los negocios internacionales (2ª edición).
Gina Bowman (dirección) y Olivia Scotti (coordinación). Gedeth Network, mayo de 2021.

«Una bofetada de realidad”, por Casimiro García-Abadillo

ALDEA GLOBAL

CASIMIRO GARCÍA-ABADILLO,

Director de «El Independiente»

 

"Los europeos estábamos mirándonos el ombligo y, de repente, ¡zas!, estalló la guerra en nuestra frontera"

Una bofetada de realidad

Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, el presidente norteamericano, Woodrow Wilson, declaró que ya no volvería a haber más guerras como esa. Confiaba en que el horror causado por los millones de muertos y el espíritu pacificador que llevó a creación de la Sociedad de Naciones, que él impulsó, harían que nunca más se repitiera tal barbarie.

Pero veinte años después, Hitler echó por tierra el vaticinio de Wilson. La Segunda Guerra Mundial sería aún peor que la Primera.

La guerra fría que se instaló en el planeta tras el final de la Segunda Guerra Mundial trasladó los conflictos entre los dos bloques al extrarradio europeo. En realidad, nunca dejó de haber guerras, pero estas no afectaban directamente a las grandes potencias. África, América Latina y, sobre todo, Asia se convirtieron en el tablero de operaciones en la disputa por el control de áreas de influencia.

Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS algunos, como el politólogo norteamericano Francis Fukuyama, pensaron que la historia tal y como la conocíamos había acabo. Pero se equivocó. Treinta años después de la publicación de su famoso libro El fin de la historia y el último hombre, en Europa vuelven a estallar las bombas.

Los europeos hemos vivido plácidamente durante estas tres décadas. Rusia, pensábamos, había caído rendida a los encantos del capitalismo y China no se veía como una amenaza. Durante unos años, el peligro para la paz se focalizó en el terrorismo yihadista. Los atentados de las torres gemelas, de Madrid y de Londres, evidenciaron los agujeros de seguridad e inteligencia que se habían producido tras la relajación que siguió a la caída del Telón de Acero. ¡Qué tremendo error!

Occidente reaccionó con operaciones militares y de ocupación en Afganistán e Irak, que no lograron sus objetivos finales. La consolidación de Al Asad en Siria, tras diez años de cruenta guerra contra su pueblo, y, sobre todo, la retirada de Afganistán, cuyo gobierno volvió a manos de los talibanes el pasado mes de agosto, evidenciaron la debilidad de EEUU y sus aliados.

Pero a los gobernantes europeos y a la mayoría de los ciudadanos de la UE lo que más les preocupaba entonces era mantener su nivel de vida y mejorar sus sistemas de salud tras la eclosión del Covid, que ha puesto de relieve la ineficacia de sus sistemas sanitarios para hacer frente a la pandemia.

La decisión de Vladimir Putin de invadir Ucrania, sin una provocación previa, saltándose la legalidad internacional y el cumplimiento de sus propias promesas ante los líderes europeos, es un golpe de mano que obedece al intento de Rusia de volver a ser un actor protagonista de la escena internacional, que se produce en un contexto de repliegue de EEUU y de falta de liderazgo en Europa.

Los europeos estábamos mirándonos el ombligo y, de repente, ¡zas!, estalló la guerra en nuestra frontera.

Ha sido un baño de realidad que nos enfrenta a los horrores de los bombardeos de ciudades, al éxodo de millones de personas y al miedo a que un conflicto nuclear.

El mundo ya no será igual. Europa -ese es uno de los efectos positivos de lo que está pasando- ha cobrado conciencia de sí misma. La dureza de las sanciones económicas a Rusia, el envío de armas a Ucrania y la decisión de aumentar los presupuestos de defensa, sobre todo de Alemania, han animado a los países más relevantes a convertir a la UE en algo más que un club de intereses económicos.

Los parlamentarios europeos han pasado de discutir sobre el tamaño de las jaulas en las que deben transportarse las gallinas, a brindar solidaridad a un pueblo que está siendo masacrado por la superioridad militar de una Rusia que quiere recuperar su imperio. ¡Ya era hora de dejar de hablar de tonterías!

Las decisiones tienen sus consecuencias. Putin podrá ganar la guerra, pero ya para siempre será un paria con el que los países democráticos no querrán tener nada que ver. La renovada conciencia europea puede alumbrar lo que, hasta ahora, no era más que un planteamiento teórico: la necesidad de crear un ejército europeo. Europa es consciente de que tiene poder, pero que éste debe estar sustentado en Estados fuertes. Esa es una mala noticia para los movimientos secesionistas.

Mientras que Rusia corre el peligro de quedar aislada internacionalmente, China consolida su posición como gran actor a la altura de Estados Unidos. Europa tiene dos opciones: o seguir dependiendo de las prioridades que marque Washington, o bien tener su propia agenda, aunque se mantenga la alianza occidental dentro de la OTAN.

Las guerras cambian muchas cosas. Una de ellas es la economía. Europa tiene que plantearse su estrategia energética a medio y largo plazo. Es una decisión muy importante que tiene que engarzar, por un lado, la transición a las energías limpias y, por otro, la independencia energética del gas ruso y el petróleo de los países árabes.

Mientras que Estados Unidos y China se disputan la primacía económica mundial, sobre los ejes de la tecnología, la inteligencia artificial y el control de los datos, Europa todavía no tiene una agenda propia para competir en esas áreas. Es otros de los asuntos que los líderes europeos tienen que abordar en el corto plazo.

El mundo, decíamos, ya no será igual. No habrá globalización, sino áreas de influencia y alianzas. Ha llegado el momento de que el baño de realidad de la invasión de Ucrania genere un nuevo concepto más robusto, más político, y más competitivo de Europa.

Descosificación y sintiencia: pilares del Derecho Animal, por Nuria Menéndez de Llano

ALDEA GLOBAL

Nuria Menéndez de Llano Rodríguez,

Abogada y Directora del Observatorio Justicia y Defensa Animal. Cofundadora de la Comisión de Derecho Animal del Colegio de Abogados de Oviedo.

 

Serán los jueces y tribunales, la doctrina y los demás operadores jurídicos, los que den vida e interpreten este nuevo estatuto jurídico del animal

Descosificación y sintiencia: pilares del Derecho Animal

Dicen que Victor Hugo profesaba una gran devoción hacia los animales, y cuentan que sentaba a su mesa a un galgo de mirada limpia al que llamaba Lux. Estoy segura de que, hoy en día, el autor de Los Miserables aplaudiría que también nuestro legislador, como ya hiciera su Francia natal en 2015, haya escuchado a la sociedad española y haya descosificado legalmente a los animales.

Y ya era hora, porque desde 2009 el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea introduce el mandato de reconocimiento de la sintiencia animal como elemento esencial para la consideración de los animales no humanos que, en tanto portadores de intereses y expectativas, deben ser respetados por el Derecho de los países miembros.

La espera ha dado sus frutos y, tras múltiples avatares y ríos de tinta, el pasado 5 de enero de 2022 todos los animales han dejado de tener, en el ordenamiento jurídico español, la consideración legal de bienes semovientes, es decir, de cosas. Finalmente, la triple reforma del Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil ha actualizado una legislación decimonónica y cosificadora para los animales, ofreciendo a los operadores jurídicos actuales unas herramientas legales propias de este siglo.

Remontándonos a los orígenes de esta reforma, en 2015 el Observatorio Justicia y Defensa Animal, atendiendo a la necesidad de afrontar jurídicamente esta cuestión y de ponerla en el centro de la agenda política nacional, depositó en las Cortes Generales el casi medio millón de apoyos ciudadanos recabados en Change.org. Con gran respaldo social y político, la campaña #AnimalesNOsonCosas del Observatorio, ha conseguido que el legislador, al fin, descosifique legalmente a los animales, otorgándoles un régimen jurídico propio. La cuestión no es baladí: con el reconocimiento legal de todos los animales como seres vivos dotados de sensibilidad, hemos logrado eliminar un anacronismo legal que nos impedía poder avanzar, por más que quisiéramos, en la lucha contra el maltrato animal. No lo olvidemos: el origen de toda opresión y abuso está en la cosificación de la víctima.

Aunque a alguien le pueda resultar una cuestión menor, una simple obviedad, o incluso algo de poca trascendencia, este reconocimiento constituye un hito histórico para el Derecho Animal, y supone la condición necesaria para seguir adelante con el desarrollo futuro de la personalidad jurídica de los animales no humanos.

El contexto plasmado en la anterior legislación civil, que databa de 1889, reflejaba una sociedad menos compleja, eminentemente agraria, y en la que los animales eran considerados como meros recursos de los que sacar algún provecho. Se mantenía, en el Derecho Civil común, la concepción cartesiana y mecanicista de que el animal-máquina no sentía ni padecía y, desde esa perspectiva, y sin ningún cuestionamiento ético ni legal, se les explotaba de todas las maneras imaginables. Y es que, como nos alertaba el ya citado autor francés, los animales son de Dios, pero la bestialidad sigue siendo humana.

Cuando en 2012, en el seno de la Universidad de Cambridge, un nutrido grupo de neurocientíficos firmaron la Declaración de Cambridge de la conciencia animal, ya dejaron constancia científica de que los humanos no somos los únicos animales con los sustratos neurológicos necesarios para tener conciencia. Desde aquella declaración ya resultaba imperiosa, también en el plano legal, la necesidad de actualizar y repensar nuestra forma de relacionarnos con los demás seres vivos. La ignorancia ya no podía seguir siendo una excusa.

De nuevo, Victor Hugo tenía razón. No existe nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo. Las sociedades cambian y evolucionan. La ética y la razón también progresan y todos nos beneficiamos de ello. Los cambios más profundos, también para los animales, surgen cuando el pueblo soberano se muestra más permeable a la idea de la protección del más débil, del más vulnerable. Es entonces cuando se requiere ver la plasmación legislativa de las expectativas sociales. También el Derecho, como constructo humano, cambiante y vivo, hace que la consideración moral del otro, la alteridad, sea necesariamente extendida a los demás animales con los que compartimos planeta y existencia.

En el plano de lo concreto, seguramente, van a ser múltiples las aplicaciones prácticas que podrán derivarse de este importante avance legal. No obstante, serán los jueces y tribunales, la doctrina y los demás operadores jurídicos, los que den vida e interpreten este nuevo estatuto jurídico del animal, subsumiéndolo en la realidad social de nuestro tiempo. No obstante, el mero hecho de llevarse a cabo la corrección de este anacronismo legal y, al mismo tiempo, alcanzar el reconocimiento legal de la sintiencia animal, ya la convierten en una reforma de hondo calado.
Pese a que todavía estamos bastante lejos de alcanzar una solución definitiva para los grandes problemas de la justicia social de nuestro tiempo, algunos indicadores nos dan cierta esperanza. El reciente estudio Visión y Actitudes hacia los Animales en la Sociedad Española de la Fundación BBVA, nos revela que a una amplísima mayoría de nosotros nos importan los demás animales, no apoyamos su cosificación y su sufrimiento no nos resulta indiferente.

Es por ello que, reconociendo el gran avance jurídico que supone la reforma de la legislación civil, conviene asumir que todavía nos queda por delante un largo camino en el que debemos humanizarnos respetando a los demás animales. Ellos son los únicos dueños de sus vidas. De hecho, es el único bien que poseen. Nadie debería poder arrebatársela ni ser insensible a sus padecimientos. Ya saben, primero fue necesario civilizar al hombre en su relación con el hombre y, ahora, se hace necesario civilizar al hombre en su relación con la naturaleza y con los animales, Victor Hugo dixit.

Esos seres sintientes con los que convivimos

ALDEA GLOBAL

ESOS SERES SINTIENTES CON LOS QUE CONVIVIMOS

Los animales de compañía están más protegidos por la legislación en Reino Unido, Polonia, Austria, Suiza, Suecia, Malasia y México.

Melchor del Valle

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La entrada en vigor en España de la Ley sobre sobre el régimen jurídico de los animales, en diciembre de 2021, ha supuesto la consecución de varios de sus objetivos para organizaciones como el Observatorio Justicia y Defensa Animal, que los perseguían al grito de #AnimalesNOsonCosas desde 2015, y una concienciación general de que la ciencia, primero, y la legislación, después, reconocen que con los humanos conviven seres vivos dotados de sensibilidad.

Legislar sobre la convivencia del hombre con los animales no es algo nuevo. Ya el Derecho Romano incluía a estos últimos en su normativa, aunque los considerase «cosas». La realidad histórica es que ese régimen jurídico de los animales lleva más de dos mil años presente en el continente europeo y, por ende, en muchos países de todo el mundo.

Si nos quedamos en la Unión Europea, tenemos el Tratado de Ámsterdam de 1997, donde se encuentra el germen del artículo 13 del Tratado de Lisboa, firmado en 2007, que dio lugar Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. En él se reconoce la sensibilidad animal y exige a los Estados miembros que «tengan plenamente en cuenta los requisitos de bienestar de los animales» cuando apliquen las políticas de la UE relativas a agricultura, pesca, transporte, investigación y desarrollo tecnológico.

 


LA UE EXIGE A LOS ESTADOS MIEMBROS QUE «TENGAN PLENAMENTE EN CUENTA LOS REQUISITOS DE BIENESTAR DE LOS ANIMALES»

 

Pero esto de reconocer que los animales no son meros objetos, parece no ser suficiente. Austria, pionera en quitar a los animales la consideración de «cosas» (1988), lo cita explícitamente en su Código Civil: «Los animales no son cosas; están protegidos por leyes especiales». A parecidas soluciones llegaron Alemania y Suiza. Algo similar sucedió en Canadá, concretamente en la Asamblea Nacional de Quebec, cuando legislaron para reconocer que «los animales no son cosas, sino seres sintientes con necesidades biológicas», y en Nueva Zelanda.

 

La Declaración de Cambridge.

Un prestigioso grupo internacional de científicos especializados en neurociencia cognitiva, neurofarmacología, neurofisiología y neurociencia computacional, se reunieron en la Universidad de Cambridge (julio de 2012) para evaluar, a la luz de los conocimientos actuales, los sustratos neurobiológicos de la experiencia consciente y los comportamientos que tienen que ver con ella; y, aquí viene lo significativo, en humanos y no humanos.

Cuando se refieren a la consciencia, dejan lugar a pocas dudas: «Hay evidencias convergentes que indican que los animales no humanos poseen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de los estados de consciencia, junto con la capacidad de mostrar comportamientos intencionales. En consecuencia, el peso de la evidencia indica que los humanos no somos los únicos en poseer la base neurológica que da lugar a la consciencia. Los animales no humanos, incluyendo a todos los mamíferos y aves, y otras muchas criaturas, entre las que se encuentran los pulpos, también poseen estos sustratos neurológicos». Es quizás por eso que las normativas de Francia (2015), Portugal (2017) y la recientemente aprobada en España (2021) «prefieren –como se indica en el preámbulo de nuestra Ley– una descripción “positiva” de la esencia de estos seres que los diferencia, por un lado, de las personas y, por otro, de las cosas y otras formas de vida, típicamente de las plantas». En esto consiste, básicamente, lo que hemos dado en llamar «descosificación».

 

Índice de protección animal.

Para tener una idea de conjunto y por países de en qué situación se encuentran internacionalmente las leyes de protección a los animales y de traslación a la realidad de los distintos países de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales (UNESCO, 1978, y ONU, posteriormente), conviene echar un vistazo al Índice de Protección Animal (API, por sus siglas en inglés de Animal Protection Index) que ofrece la organización internacional World Animal Protection, antes conocida como World Society for the Protection of Animals (WSPA). La segunda edición de este índice es la de 2020 (publicada en diciembre de ese año; la primera fue en 2014) y revisa la situación de cómo la legislación protege a los animales en 50 países de todos los continentes.

 


EL GRUPO DE ANIMALES QUE MAYOR ATENCIÓN RECIBEN, EN CUANTO A LA PRESENCIA EN LA LEGISLACIÓN DEL BIENESTAR ANIMAL, SON LOS DEDICADOS A LA INVESTIGACIÓN

 

El análisis del API se basa en cuatro pilares: reconocimiento de la sensibilidad animal y prohibición del sufrimiento animal, presencia de la legislación sobre bienestar animal, establecimiento de órganos gubernamentales de apoyo y apoyo a las normas internacionales de bienestar animal (la antes citada Declaración Universal y las normas de la Organización Mundial de Sanidad Animal). Los resultados se ofrecen online, abiertos a todos los usuarios, y se pueden ver en conjunto, país por país, según cada uno de los pilares e, incluso, comparando países. En el mapa global se observa que Irán y Azerbaiyán son los últimos de la clasificación general, mientras que Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Austria, Suiza y Reino Unido son los que se encuentran a la cabeza. Todos de Europa, como puede apreciarse.

 

Sensibilidad animal.

Siendo importantes todos los pilares citados, los dos primeros están íntimamente ligados con el reconocimiento de #AnimalesNOsonCosas y su traslado a la correspondiente legislación. El reconocimiento de la sensibilidad animal está más arraigado en Colombia, seguido de Perú y Chile, en América; y de Austria, Francia, Países Bajos y Suecia, en Europa, zona en la que el país peor clasificado es Bielorrusia. Si hablamos de leyes contra el sufrimiento animal, Suiza, Dinamarca y Suecia son los más activos. En este capítulo es en el que se denota más actividad, ya que se unen al grupo de los «B» –segunda posición– países como Canadá, Rusia, India o Pakistán y Kenia, Nigeria y Malasia, por no dejar ninguna zona por mencionar.

 


EL ÍNDICE DE PROTECCIÓN ANIMAL MIDE LA TRASLACIÓN A LA REALIDAD DE LOS DISTINTOS PAÍSES DE LA DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES

 

La citada Kenia, pasando ya al pilar del traslado de los principios a la legislación, es el país más activo en la protección legal de animales salvajes, seguido de Brasil. El grupo de animales que mayor atención reciben, en cuanto a la presencia en la legislación del bienestar animal, son los dedicados a la investigación, con Francia, Alemania, Polonia, Austria, Suiza, Países Bajos, Suecia y Dinamarca como primeros valedores. El grupo de los dedicados a la agricultura solo se ve reconocido legalmente en Austria y Suecia. El parámetro en que mejor clasificada sale España es respecto al grupo de los animales en cautiverio, junto con Reino Unido, Suiza, Austria, Alemania, Países Bajos, Dinamarca y Suecia. Si señalamos a los animales de compañía, están más protegidos por la legislación en Reino Unido, Polonia, Austria, Suiza, Suecia, Malasia y México. En el último de los grupos, los animales de tiro y recreo –suponemos que se refiere básicamente a caballos–, solo Malasia y Suiza se salvan de la quema, pero con valores mucho más bajos que en las otras medidas.

 

Objetivos 14 y 15.

Naciones Unidas, en su Agenda 2030 sobre desarrollo sostenible, incluyó la necesidad de conservar de manera sostenible los océanos y el uso de los ecosistemas terrestres. Hablan de protección de fauna y flora, claro, promoviendo las adecuaciones legislativas que ayuden a esa sostenibilidad. En mayo de 2022, va a tener lugar en Lyon (Francia) la 19ª Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres a la que asistirán, si nos guiamos por anteriores ediciones, más de 3 000 especialistas. Será un termómetro para conocer cómo estamos haciendo las cosas respecto a la legislación para la protección de esos seres vivos que están a nuestro lado…

La organización sin ánimo de lucro The Ocean Cleanup publicó en la revista Science (abril de 2021) un estudio que pone los pelos de punta y cuyos resultados resumen así: «1 000 ríos son responsables de casi el 80 % de las emisiones anuales mundiales de plástico fluvial, que oscilan entre 0,8 y 2,7 millones de toneladas métricas por año, con los pequeños ríos urbanos entre los más contaminantes. El 20 % restante de las emisiones de plástico se distribuyen en otros 30.000 ríos».

Cifras visibles. Para que podamos poner en valor el significado de todas las cifras que citaremos en estas líneas, hagamos un simple ejercicio numérico a modo de ejemplo. Tenemos que una bolsa de plástico tipo supermercado pesa unos 6 gr y una botella pequeña de agua sin gas, 8 gr. Ahora imaginemos una «sopa» de plástico de tan solo 20 Kg flotando en el mar (recuadro «Mapas interactivos», Sailing seas of plastic), en la que hay bolsas y botellas a partes iguales. Tendríamos en la mancha cerca de 3 000 piezas.

Si llevamos los materiales del ejemplo a lo que vierte el río más contaminante de los que da notica el estudio de The Ocean Cleanup, el Pásig, en Filipinas, sus 62,6 toneladas de plástico anuales significarían 9,4 millones de desechos entrando al mar por su desembocadura en Manila. Este país, en fin, tiene el doloroso récord de ser el que más tráfico fluvial de plásticos conduce al mar. En total, el país tagalo emite 360 000 toneladas de plástico al año mediante 4 820 de sus ríos.

Medallas de deshonor. Tras Filipinas, los siguientes países que más polímeros mueven en sus vías fluviales son, por este orden, India, Malasia, China, Indonesia, Birmania, Brasil, Vietnam, Bangladés y Tailandia, por solo citar los diez más contaminantes. Pero hay que marcar diferencias: el segundo (India), vierte justo la mitad de plástico (130 00 toneladas) que el primero; y el décimo (Tailandia) «solo» 23 000 toneladas. En el entorno del Mediterráneo más próximo, puede ser preocupantes las 14 000 toneladas de ríos turcos, sobre todo al Mar de Mármara, y las 5 800 toneladas de los argelinos dejadas casi a las puertas de las Islas Baleares.

 


EN 2025 HABRÁ DESECHOS PLÁSTICOS COMO PARA CUBRIR CADA METRO DE COSTA DE TODO EL MUNDO CON 100 BOLSAS

 

Asía, por tanto, es la zona donde el problema que venimos comentando alcanza mayor intensidad. En el entorno americano, Brasil es el primer emisor de plásticos, 38 000 toneladas, seguido de Guatemala, Haití, República Dominicana y Venezuela. En África, se lleva «la palma» Nigeria, con 19 000 toneladas, seguido de Camerún, con 11 000 toneladas, y el ya citado Argelia. En la Unión Europea, crucemos los dedos, solo el río Neretva (desemboca en Croacia, pero el 90,2 % de su curso transcurre por Bosnia-Herzegovina) vuelca volúmenes significativos (125,8 toneladas) al Adriático. A esta misma cuenca vierten los albaneses Ishën (algo más de quinientas toneladas) y Seman (235,5 toneladas), entre otros, demostrando que el cuidado medioambiental local puede servir de poco si los problemas no se acometen internacionalmente.

Qué hay de nuevo. Los ríos, nos cuenta la historia, nos vienen sirviendo para abastecernos de agua, disponer de terrenos fértiles para los cultivos o pastos y deshacernos de los residuos. Para esto último hemos involucionado, porque el incremento de producción y uso de plásticos ha hecho de los ríos autopistas de evacuación de productos que no se degradan fácilmente. Cuando hablamos del «uso de plásticos», nos estamos refiriendo a los más de 8.500 millones de toneladas fabricadas desde que se empezó la producción masiva en 1950. Y creciendo.

 


SE CALCULA QUE LA «ISLA DE PLÁSTICO» DEL PACÍFICO NORTE PUEDE ALCANZAR UNA EXTENSIÓN SIMILAR A ESTADOS UNIDOS

 

Un informe de Naciones Unidas calcula que, de seguir así, en 2025 habrá plástico como para cubrir cada metro de costa de todo el mundo con 100 bolsas tipo supermercado. Cabe recordar que los polímeros tardan entre 55 y 1 000 años en degradarse (depende del compuesto y el grosor). Y un dato más: las mascarillas y guantes desechables tardan en desintegrarse entre uno y cinco años.

De los ríos al mar. Mares y océanos son los depositarios de todos estos desechos que pueden a pasar a la cadena alimenticia, los famosos microplásticos, a precipitarse a los fondos marinos o a mantenerse a flote formando las conocidas como «islas de plástico». De las muchas que hay ya, la más impresionante es la del Pacífico Norte. Diversas estimaciones calculan que puede llegar a medir más que EE. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), calcula que esta isla de basura crece al ritmo de una tonelada de desechos al día. Hay más: según investigaciones recientes, en torno a un 70 % de los componentes de estas islas se hunden; calculen la dimensión del problema si eso que es visible y más o menos cuantificable es solo el 30 % de lo que depositamos en el mar.

Las cifras son abrumadoras, ciertamente, e interesarse por ellas nos debería alejar de la indiferencia, huir de la comodidad de comprar productos frescos envasados en barquetas de poliestireno y envueltos con cubierta transparente o de aceptar sin rechistar la bolsa de plástico para llevar nuestra compra. Un estudio de Naciones Unidas, SINGLE-USE PLASTICS: A Roadmap for Sustainability (2018), puso de manifiesto que en el mundo consumimos casi 10 millones de bolsas por minuto. No, no ha leído mal: 10 millones por minuto. La receta, dicen desde hace tiempo quienes más padecen los excesos de plásticos en nuestras aguas, está en las tres «R»: reducir, reusar y reciclar. Fácil, ¿no?

El régimen jurídico de los animales en España

Cuando, dentro de algún tiempo, se actualice el Índice de Protección Animal, España escalará algunos puestos en las clasificaciones merced a la reciente entrada en vigor de la Ley 17/2021, de 15 de diciembre, de modificación del Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil, sobre el régimen jurídico de los animales.

Esta norma modifica otras tres, como deja claro el nombre de la ley, sobre todo respecto al Código Civil.

Para saber más

Animal Protection Index.
World Animal Protection. Mapa multicapa interactivo (2020).

Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030.
Naciones Unidas (2015)

La descosificación de los animales.
Marita Giménez-Candela. Revista Eletrônica do Curso de Direito da UFSM (2017).