En el municipio de Alhama de Murcia hablan alto y claro los espacios naturales. Para empezar, el Parque Regional de la Sierra de Espuña y la Sierra de Carrascoy, que tienen gran parte de su territorio en terrenos alhameños. Cita obligada también la Sierra de la Muela, que sirve de abrigo a la población; los Saladares del Guadalentín, humedales que son Lugar de Importancia Comunitaria y Zona de Especial Protección para las Aves, estupendo observatorio de estas, por lo tanto; y los singulares Barrancos de Gebas, para los que difícilmente se puede buscar un calificativo que no sea «paisaje extraterrestre».
El senderismo, los deportes al aire libre o el simple encuentro con distintos ámbitos naturales pueden ser un fin en sí mismos a la hora de proyectar una visita a estas tierras diseñadas por las corrientes fluviales. Para darse una idea, desde el propio centro de la población se pueden hacer varias rutas, como la del Cerro del Castillo, que parte de la Plaza Vieja, o la circular por la Sierra de La Muela, cuyo punto de inicio más habitual es el aparcamiento del cementerio municipal. En estos dos ejemplos, las vistas, una vez ganada cierta altura, son magníficas, aunque puede decirse que el sendero de La Muela se lleva la palma con dos miradores: el de su mismo nombre y el del Embalse de Algeciras.
DESDE EL PROPIO CENTRO DE LA POBLACIÓN SE PUEDEN HACER VARIAS RUTAS COMO LA DEL CERRO DEL CASTILLO O UNA CIRCULAR POR LA SIERRA DE LA MUELA
Claro que, si de lugares con panorámicas privilegiadas hablamos, todo alhameño que se precie dirá al viajero que no se puede ir sin haber estado en el Mirador de los Barrancos de Gebas. La carretera de montaña que llega hasta allí, y que se adentra ya en la Sierra de Espuña, se rodea de naranjos y limoneros en los primeros kilómetros para ir serpenteando distraídamente por pinares y cultivos en terraza. Entre el verde de los pinos, un poco más allá, emergen los primeros barrancos, como arrugas que se hubieran ido apoderando de una piel eterna. Al mirador se accede por un camino de tierra que sale de la pedanía de Gebas. A partir de ahí, con la vista perdida sobre siglos de erosión, solo queda el sonido del viento, de algún ave y del leve estremecimiento que impone el estar frente a un paisaje hermoso y extraño, que se vuelca en el azul lejano del Embalse de Algeciras.
Alhama, explican los etimólogos, viene del árabe al-hamma, cuyo significado es «el agua caliente». Aunque sea esta la denominación que ha llegado hasta nuestros días, es el legado romano, sin embargo, el que ha marcado la impronta de la población como lugar en el que aprovechar un manantial salutífero para aliviar diversos males o, simplemente, para relajarse con un buen baño. O sea, y que sepamos a ciencia cierta –porque en los alrededores hay restos de otras culturas anteriores–, nos hablan más de dos mil años de historia desde la profundidad de las instalaciones balnearias que nos legaron los tiempos de la Pax Romana. El pueblo musulmán, como ha hecho en otros muchos lugares de la Península Ibérica, se limitó a utilizar las instalaciones con algún mínimo acomodo adecuado a sus costumbres y cultura.
Lo que hoy es el Museo Arqueológico Los Baños permite al visitante moverse con comodidad por las distintas estancias que componían el complejo romano –también el musulmán, al fin y al cabo y dado que utilizaron los mismos espacios– observando sus diferentes utilidades. Es digna de mención la adaptación de los restos arqueológicos a espacio museístico, que incluso ha podido desarrollar zonas destinadas a exposiciones temporales. Una adaptación, por cierto, que partía de un punto complicado, porque en 1848 se construyó sobre el complejo romano el Gran Balneario Hotel, que gozó de prestigio, pero que se convirtió en hospital durante la Guerra Civil y fue demolido en 1972.
El castillo, de finales del siglo XI, es el que citó el geógrafo Al-Idrisi hacia 1150 cuando describió la ruta que llevaba desde Murcia hasta Almería, indicando que esta pasaba por Hisn al-Hamma (Castillo del Agua Caliente). Su cometido era dominar la vía de comunicación entre Levante y Andalucía y cuentan las crónicas que fue una plaza difícil de conquistar durante la dominación islámica e, incluso, tras la ocupación cristiana, ya mediado el sigo XIII. Su paso de manos aragonesas a castellanas, con alguna trifulca bélica de por medio, y la poca atención por parte de sus últimos propietarios, los sucesores del marquesado de Los Vélez, trajeron consigo el deterioro en que se encontraban sus restos cuando se inició su recuperación a finales del siglo XX.
TODO ALHAMEÑO QUE SE PRECIE DIRÁ AL VIAJERO QUE NO SE PUEDE IR SIN HABER ESTADO EN EL MIRADOR DE LOS BARRANCOS DE GEBAS
Previo al levantamiento del hisn, los pobladores islámicos construyeron la aldea fortificada de Las Paleras, objeto de actuación arqueológica desde 2006, que se sitúa a un lado de la zona ocupada por el castillo y en el propio cerro. Su edificación se llevó a cabo entre los siglos VIII y IX, unos doscientos años, por tanto, antes que la alcazaba, y se abandonó tras un violento incendio mediado el siglo X. Su singularidad estriba en que se trata de un lugar que no estuvo previamente ocupado, o al menos no se han encontrado evidencias de otros asentamientos, y tampoco se ocupó después. Algún cronista de la época identificó la aldea como la «fuente de Satán», quizás por su proximidad con la sima del Vapor, de 85 metros de profundidad, en cuyo interior hay más de 40 grados y cuya humeante presencia se observa cuando la temperatura exterior es baja.
Alhama de Murcia, por lo demás, es un sitio tranquilo, decíamos al principio, cuya vida transcurre en torno al Museo de los Baños, la vecina iglesia de San Lázaro, del siglo XVIII, pero construida sobre una antigua edificación cristiana, la Plaza Vieja y su centro cultural, establecido en un caserón del siglo XVIII, y la Avenida de la Constitución, donde reina el ayuntamiento y se deja ver el Jardín de los Mártires.
CON LA VISTA PERDIDA SOBRE SIGLOS DE EROSIÓN, ANTE LOS BARRANCOS SOLO QUEDA EL SONIDO DEL VIENTO, DE ALGÚN AVE Y DE UN LEVE ESTREMECIMIENTO
Para quien tenga interés por profundizar un poco más en la historia y la cultura del municipio, siempre sin perder de vista la exuberancia natural que rodea cualquier rincón, las distintas pedanías pueden ser puntos de referencia. En la Sierra de Espuña hay dos: El Berro y Gebas. La primera, con restos de asentamientos musulmanes de los siglos XII a XIV y con su peculiar Auto de los Reyes Magos –se celebra en enero, lógicamente–, que es un pequeño sainete en que participan todos los vecinos. La segunda, con diversas estructuras hidráulicas, algunas de ellas medievales, y un yacimiento de origen romano en el que se está empezando a actuar.
En la Sierra de Carrascoy está El Cañaico, con su yacimiento íbero de La Pita (s. IV a. de C.) y restos de elementos defensivos de los siglos XIII y XIV. En zona algo más llana, cerca de los Saladares, Las Cañadas, donde el yacimiento de Venta Aledo hace pensar en un importante asentamiento romano. Y casi en la orilla del Guadalentín, La Costera, que es la pedanía más extensa de Alhama y cuenta también con restos arqueológicos romanos y medievales.
Si los paseos por senderos y rutas, empapado el caminante de naturaleza y cultura, mandan un descanso para reponer fuerzas, está en un lugar que ha hecho de la industria chacinera su forma de vida y donde el arroz con conejo y las migas marcan la diferencia. Estas últimas tienen, incluso, su broma local… o eso parece. Preguntados varios alhameños por algún restaurante o mesón donde se hagan unas buenas migas, la respuesta es coincidente: «solo hacemos migas cuando llueve». Afortunadamente, en fin, se pueden acabar degustando sin necesidad de abrir el paraguas.