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PANORAMA INTERNACIONAL // UINL

El Notariado internacional en el Día de la Mujer

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, la Unión Internacional del Notariado (UINL) y su Grupo de Trabajo de Igualdad de Género organizaron el 9 de marzo un webinar sobre la acción del Notariado internacional y su alineación con las políticas públicas globales en favor de la igualdad de género. Este espacio de diálogo, inaugurado por el presidente de la UINL, David Figueroa, y liderado por la presidenta honoraria del organismo, Cristina Armella, reunió a notarias de distintos países de todo el globo: Portugal, Uruguay, Argentina, México, Marruecos o Vietnam, entre otros.

En representación del Consejo General del Notariado español (CGN), la presidenta Concepción Pilar Barrio Del Olmo ofreció una ponencia en el bloque dedicado a la intervención notarial en la transición tecnológica y frente al impacto de la inteligencia artificial, en el que se abordaron las brechas que pueden generarse, los desafíos a futuro y las posibles soluciones. El foro permitió también la reflexión en torno al papel del Notariado en la prevención de la violencia y para el fortalecimiento económico de las mujeres en el emprendimiento, con una mesa redonda en la que participó la notaria Carmen Boulet, delegada de Asuntos Económicos del CGN.

La ocasión sirvió para presentar asimismo el primer volumen del libro digital del Grupo de Trabajo ‘Igualdad de Género’ de la UINL: Las pioneras del notariado. Las primeras mujeres notarias y su contribución a la historia del notariado latino.

Comisión de Asuntos Europeos

Los días 16 y 17 de abril, la Comisión de Asuntos Europeos (CAE) de la Unión Internacional del Notariado (UINL) se reunió en Tiflis (Georgia) para la primera sesión plenaria de la legislatura 2026–2028. El presidente de la UINL, David Figueroa Márquez; el viceministro de Justicia de Georgia, Giorgi Dgebuadze; la presidenta de la CAE, Valentina Rubertelli; y la presidenta del Notariado georgiano, Ekaterine Nandoshvili, inauguraron el encuentro.

En el marco de este evento, la Academia Notarial Europea celebró un nuevo seminario bajo el título Transacciones inmobiliarias en Europa: seguridad jurídica y transformación digital. Los debates se centraron en el valor añadido de la intervención notarial en las transacciones inmobiliarias y la digitalización de los actos y servicios notariales.

En la primera de las mesas redondas tomó parte el notario español Juan Gómez-Riesco, en calidad de vicepresidente de la CAE, para hablar sobre El papel fundamental del notario en la lucha contra el blanqueo de capitales. A la celebración de este foro asistió también el notario Pedro Rincón de Gregorio, en representación de la Sección Internacional del Consejo General del Notariado.

Sesión plenaria.
De izda. a dcha.: Giorgi Dgebuadze, Ekaterine Nandoshvili, David Figueroa y Valentina Rubertelli.

Reunión con el Notariado georgiano

Con ocasión de la celebración de la sesión plenaria de la Comisión de Asuntos Europeos en Tiflis, en la que se definió el plan de trabajo para el período 2026–2028 y se compartieron las novedades legislativas de los Notariados europeos miembros y los estudios comparativos internacionales, los máximos representantes de la UINL y de la Comisión mantuvieron una reunión con la Cámara de Notarios de Georgia.

Este encuentro permitió intercambiar impresiones sobre las competencias del Notariado georgiano en materias como el Derecho de familia, los regímenes matrimoniales, Derecho sucesorio, donaciones o Derecho inmobiliario, entre otros; así como sobre sus proyectos en desarrollo, entre los que destaca la digitalización de los servicios notariales.

«El Paraíso de los libros», por Juan Manuel de Prada

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Juan Manuel de Prada,

escritor. Licenciado en Derecho y Doctor en Filología Hispánica. 
Autor de la bilogía Mil ojos esconde la noche: La ciudad sin luz (2024) y Cárcel de tinieblas (2025). Ganador del Premio Planeta (1997) y Premio Nacional de Narrativa (2004).

El Paraíso de los libros

Como Borges, yo también me figuro el Paraíso bajo la especie de una biblioteca. Una biblioteca populosa como la eternidad, que incluya los libros que mi ávida memoria reconoce, los libros que mi ferviente entusiasmo espera leer antes de que la muerte me visite, y también los incontables libros que no podré leer en esta vida. Y en ese Paraíso no podrá faltar mi amado y añorado abuelo, con quien espero reencontrarme. Fue mi abuelo quien me enseñó a leer, cuando todavía no había cumplido los tres años, casi a la vez que aprendía a hablar. Lo hizo con la ayuda de una vetusta cartilla que en su primera página incluía las letras vocales, acompañadas de un dibujo alusivo: la a de abanico, la e de erizo, la i de iglesia, la o de ojo, la u de uvas.

Guardo todavía un ejemplar de aquella cartilla, desvencijado y amarillento; y, mientras lo hojeo, me imagino aupado sobre las rodillas de mi abuelo, arrimados ambos a la camilla que escondía bajo sus faldas el calor hospitalario del brasero, pronunciando al unísono esos sonidos que servían para designar el mundo; y llego a imaginar tan vívidamente esa escena que por momentos creo recordarla. Pero sé bien que se trata de falsos recuerdos, reelaborados a partir de otras impresiones posteriores que me han dejado una huella indeleble, como los besos de buenos días que mi abuelo me daba en las mejillas cada mañana, restregándome su barba picajosa de tres o cuatro días, una barba que le crecía recia y me dejaba las mejillas escocidas. Ahora que esos besos me faltan me despierto muchos días añorando aquel escozor en la piel, y a veces incluso llego a sentirlo en la duermevela como una lija amorosa que frotase todo mi rostro, lavándolo de arrugas y pensamientos sombríos.

Al calor de la poesía de Gabriel y Galán

Mi abuelo, que me enseñó a leer, no era sin embargo hombre de lecturas numerosas. La sabiduría que había atesorado no se la habían proporcionado los libros, sino las asperezas y sinsabores de la vida; sin embargo, guardaba como oro en paño un ejemplar muy magullado de las poesías de José María Gabriel y Galán, que había llegado a aprenderse de memoria allá en su infancia campesina. Sospecho que hoy ya casi nadie frecuenta a Gabriel y Galán, tan alejado de la muy cuestionable sensibilidad contemporánea; pero su poesía rural, candeal, muy delicadamente emotiva me sigue poniendo un amasijo de ortigas en la garganta cada vez que la releo. El poema predilecto de mi abuelo se titulaba El vaquerillo; y me lo recitaba a diario, con una voz que era a un tiempo muy viril y muy melancólica, como si en el niño protagonista estuviese viendo al niño que yo era por entonces, o incluso al niño que él mismo había sido:

“He dormido esta noche en el monte
con el niño que cuida mis vacas.
En el valle tendió para ambos
el rapaz su raquítica manta
y se quiso quitar, ¡pobrecillo!,
su blusilla y hacerme almohada.”

Mientras mi abuelo leía aquellos versos temblorosos, yo sentía crecer dentro de mí el relente de una noche pasada en la intemperie, y me acurrucaba contra él, para sentir el calor de su sangre derramándose por sus venas antiguas, como un río rumoroso y lentísimo, para sentir los latidos de su corazón, como un reloj que midiese la respiración del mundo. Pegados el uno al otro, como la piedra al liquen, sentíamos que se nos hacían de acero los cuerpos y de oro las almas; y la noche que ya se avecindaba a lo lejos ni siquiera nos rozaba: ambos éramos invulnerables y eternos como los dioses.

Mi abuelo y yo solíamos dar largas caminatas en pos del crepúsculo, siguiendo el curso del río o por vericuetos que sólo él conocía, en busca de las hierbas medicinales que le servían para curar sus achaques. Recuerdo que me cantaba canciones de cuando la guerra, o todavía más antiguas, con una voz cascada y agrietada de melancolías, y que me contaba anécdotas de su juventud de vendedor ambulante, anécdotas sobre aquellos años ásperos en que dormía en las posadas de los caminos, y a veces también a la intemperie, escrutado por las estrellas y las lechuzas. En uno de aquellos paseos mi abuelo me llevó hasta la biblioteca de la ciudad en que crecí, allá donde las iglesias románicas guardaban su liturgia anciana y fresquísima. Mi abuelo, como tantos otros jubilados, solía hojear los periódicos en la biblioteca, para ahorrarse las monedillas que costaban en el quiosco; y, mientras lo hacía, me dejaba en la sala de lectura infantil, donde descubrí que los libros eran un tesoro inagotable que podría llenar mis días y mis noches, un tesoro que refulgía como el oro de las mitologías.

Del ‘método’ a la pasión insomne

La visión de aquellas estanterías atestadas de libros, combadas por el peso de cientos de volúmenes que aguardaban expectantes mi curiosidad, me produjo una suerte de arrobo. Extrañamente, pensé que aquella biblioteca era una suerte de templo, protegido de las contingencias y de los vanos afanes de los hombres, donde podría alimentar mi devoción por los siglos de los siglos. Y, como no sabía por dónde empezar, me impuse un método de lectura disparatado: decidí que estaba obligado a leer todos aquellos libros, uno por uno, y para que mi propósito no flaquease, decidí leerlos en estricto orden, empezando por el anaquel más alto de la estantería más próxima a la entrada de la biblioteca; cuando acabé con el primer anaquel, seguí con el siguiente, y así hasta acabar con la primera estantería. Durante años, seguí a rajatabla aquel disparatado método; e, inevitablemente, hice acopio de lecturas absurdas o perfectamente prescindibles; también de lecturas demasiado abstrusas para un niño que apenas había empezado a descifrar los senderos de la vida. Pero también en aquellos libros absurdos o prescindibles o demasiado intrincados hallé motivos de alborozo; y todavía hoy queda en mí algo de aquel niño desprejuiciado que no hacía ascos a nada en su pasión voraz por la lectura, una pasión que pronto anegaría mi vida entera, como un amor insomne que no me concedía tregua. Más de una vez mi madre me pilló robando horas al sueño, con la lámpara de mesilla encendida, absorto en la lectura de un libro; y, aun después de que mi madre me apagara la lámpara de mesilla, yo me las ingeniaba para seguir leyendo, armado de una linterna, acurrucado entre las mantas. Y así me sorprendía el amanecer, calenturiento de palabras que me aturdían con un fragor de enjambre.

Alma y literatura, más allá de la vida

Por supuesto, en aquella época, pensaba que tendría tiempo suficiente para leer todos los libros que me apeteciera. En mis visitas a la biblioteca pública, me paseaba entre los anaqueles atestados con un sentimiento optimista e insensato; como el terrateniente que recorre las lindes de su finca, creía que mi vida sería suficientemente larga como para asomarme a todas aquellas páginas que, en cierto modo, me pertenecían. Pues, en el ímpetu de los pocos años, a falta de otras posesiones más inmediatas y palpables, uno llega a albergar la certeza un tanto megalómana o presuntuosa de que el futuro le pertenece en exclusividad. Ahora ya sé que me moriré sin haber leído muchos libros que deseo leer; y me consuelo pensando que los leeré después de haber muerto, en ese Paraíso soñado por Borges donde no pueden faltar los libros.

Puedo llegar a concebir un mundo lóbrego como el que urdió Ray Bradbury, en el que los libros hayan sufrido persecución y alimentado el fuego, como pájaros asesinados, para sobrevivir instalados en la memoria agradecida de unos pocos hombres libres; pues en la novela de Bradbury, cada hombre libre se aprendía de memoria un libro, se convertía en un hombre-libro, y por las noches, en torno a una fogata, recitaba ese libro a sus compañeros. No puedo concebir, en cambio, la existencia humana sin libros; sería tanto como imaginarla desposeída de alma, extraviada en los pasadizos de un mundo ininteligible.

«Jueces, redes y medios de comunicación», por Pablo de Lora

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Pablo de Lora,
escritor, ensayista y divulgador. Catedrático de Filosofía del Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid.

Jueces, redes y medios de comunicación

Huelga insistir en la importancia que, para la solidez del Estado de Derecho, tiene que los jueces no solo “sean” sino que “parezcan” imparciales, alejados de la pugna política o partidista. Nuestros más altos tribunales no se han cansado de repetirlo en una jurisprudencia que está plenamente consolidada. ¿Hasta qué punto, en aras a la satisfacción de ese requisito, deben manifestar sus opiniones o criterios a través de las redes sociales o los medios de comunicación? Algo se dirá en las líneas que siguen a propósito de ese espinoso y complejo asunto.

El siempre añorado profesor Tomás y Valiente acostumbraba a decir que los jueces hablan en sus providencias, autos y sentencias. Es un criterio de demarcación claro, pero probablemente en exceso estricto. El juez tiene una posición como jurista que es ciertamente privilegiada para transmitir conocimiento, y la sociedad seguramente lamentaría no poder disponer de la divulgación de su sabiduría o experiencia. De hecho, si por jueces entendemos, laxamente, también a los magistrados del propio Tribunal Constitucional del que formó parte, hasta llegar a presidirlo, Tomás y Valiente, sería exagerado que él mismo, o perspicuos juristas de disciplinas diversas que conformaron ese órgano, salvados los casos que estuvieran llamados a resolver, no hubieran podido impartir conferencias, o dar entrevistas en televisión acerca de aquellas materias sobre las que pueden aportar un juicio experto y fundado.

Otros jueces de carrera han llegado a ser excelentes especialistas en su materia y no es ni mucho menos descabellado que dicten clases para provecho de estudiantes o abogados u otros profesionales del Derecho. Yo recibí en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid el magisterio del fiscal, luego magistrado del Tribunal Supremo, Martín Pallín, o del juez de lo contencioso-administrativo José Yusti Bastarreche, por poner dos ejemplos bien cercanos.

De las aulas a los tuits

Desde aquellos años en los que la difusión del Derecho por jueces y magistrados se canalizaba en medios de comunicación escritos o audiovisuales, o en las aulas académicas o salas de conferencias, las cosas han cambiado de manera dramática; en su doble sentido de “intensidad” y “afectación”. Muchos jueces y magistrados se han lanzado, con su mejor intención, a las aguas de las procelosas “redes” y bien está siempre que conserven su apariencia y embriden sus deseos de terciar en lo que no sea aclarar el Derecho, el procedimiento, el funcionamiento de las instituciones. Si cruzan la, a veces, delgada línea roja que separa la lege lata de la lege ferenda, la oportunidad de la política legislativa o directamente la política, correrán el riesgo de acabar cual Ulises que ha logrado desatarse y arrojarse al mar mientras cruza las islas de Eea. Así ha ocurrido en no pocas ocasiones con jueces y magistrados que se creyeron a resguardo por el uso del “nickname” en Twitter, ahora X, y que sufrieron las dentelladas de las sirenas afanadas en desvelar su identidad y partido judicial.

La prudencia ante las cámaras

Hay cierta imprudencia también en algunas expresiones, parlamentos o actitudes de jueces y magistrados que, quizá inadvertidamente, han sido grabados en contextos que invitaban a la familiaridad y a la complicidad con el auditorio. Es el caso reciente del juez David Maman que participaba como ponente en unas jornadas del ICAM sobre violencia de género. Su campechanía y afán anti-academicista se ha revelado inoportuno. Es cierto que sus consideraciones sobre el actual funcionamiento del régimen jurídico en materia de violencia contra la mujer; las dudas y complejidades que la reciente reforma de la organización judicial plantea; los incentivos perversos puestos a disposición de la presunta víctima en el orden civil, todo ello, y más, es vox populi, pero el juez Maman se debió cuidar más dado el actual clima de polarización política y exacerbados ánimos. También los jueces que, sabedores de estar siendo grabados o siendo su vista reproducida en directo, dirigen el debate procesal o interrogan al testigo confundiendo el rigor y la autoridad con el desplante y la ofensa gratuita.

El prestigio del Poder Judicial, en juego

Tampoco ayuda a la imagen de la función judicial que los jueces, por legítima que sea su querella, muestren el caos organizativo de sus juzgados, y no digamos ya que se manifiesten con la toga puesta y proclamen “estar en huelga”. Aunque no se trate expresamente de un juez, las recientes declaraciones del ex Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, a un programa de televisión distinguiendo, de modo muy torpe y sectario, entre fiscales “progresistas” y “conservadores” (los primeros preocupados por respetar los Derechos Humanos y la igualdad, los segundos dispuestos a no proteger a los inmigrantes, al trato desigual y escépticos de la violencia de género y de la existencia del machismo estructural) son también un magnífico ejemplo de lo que no se debe decir públicamente si es que uno tiene el propósito de que la institucionalidad no vuele definitivamente por los aires.

En España el Estado de Derecho está en sus horas más bajas desde el advenimiento de la democracia: a la colonización de las instituciones y órganos constitucionales clave; el estado terminal del Parlamento; el abuso hasta límites nunca sospechables del Decreto-Ley; y la condena de todo un Fiscal General del Estado por la comisión de un gravísimo delito se ha sumado la promulgación de leyes de dudosísima constitucionalidad, si es que no crasa inconstitucionalidad, como ha sido señaladamente el caso de la popularmente conocida como “Ley de Amnistía”. En ese contexto el Poder Judicial se antoja como el último bastión que puede evitar que termine de difuminarse la división de poderes y el control del poder político por el Derecho en nuestro país. Es por ello por lo que, más que nunca, los jueces y magistrados harán bien en extremar el celo a la hora de pronunciarse públicamente más allá de lo que admiten las resoluciones que están encomendados a dictar. Con su prestigio e imagen se juegan, y nos jugamos, mucho.

«Balanza y vocación de la poesía», por Jesús García Calderón

ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Jesús García Calderón,
poeta, escritor y jurista. Fiscal de la Fiscalía de la Comunidad Autónoma de Andalucía Académico de número de la Real Academia Extremeña de las Letras y las Artes

Balanza y vocación de la poesía

Las aciagas circunstancias del roñoso ejercicio del poder y la mediocridad reinante en nuestro camino hacia un complicado progreso han conseguido que pensemos que “Derecho” y “Literatura” son términos que deben y merecen ser antagónicos. Se afirma categóricamente, con tan poco rubor como tanta ignorancia, que el mundo de los juristas es casi siempre un árido espacio descreativo. Pero nada más lejos de la realidad: hablar de Derecho y Literatura es una redundancia. Pocas cosas hay tan literarias como algunos preceptos de una sabia ley que conoce a varias generaciones y, olvidando a los legisladores que la crearon, se comporta como esas coplas populares de las que nos hablaba Manuel Machado como máxima aspiración del poeta, para ser únicamente hija del tiempo y no reconocer otra autoría que la cifra del año que la vio nacer.

Ya el 25 de septiembre de 1781, Gaspar Melchor Jovellanos -cuando solo tiene 39 años, pero ya pertenece a la Real Academia de San Fernando y a la Real Academia de la Historia- lee ante don Carlos III su breve Discurso de Ingreso en la Real Academia Española. Lo ha titulado Sobre la necesidad del estudio de la lengua para comprender el espíritu de la legislación y en él se muestra convencido de la verdadera finalidad que inspira su nombramiento. Piensa que la corporación procura con esta designación que se conozca y aplique mejor la lengua por quienes deben interpretar las diversas leyes del Reino. Añade Jovellanos otras enseñanzas que al día de hoy resultan plenamente vigentes y hasta profetizan el grave problema al que nos enfrentamos a diario sobre la mala utilización del lenguaje por los juristas.

Para Jovellanos, están decisivamente equivocados quienes creen que el conocimiento primario de la lengua que nos proporciona nuestra etapa escolar y una cierta inclinación posterior hacia la lectura es más que suficiente bagaje para que el jurista afronte su labor profesional con garantías. No es así porque la lengua modifica sus hábitos y acepciones, amplía sus significados, construye nuevas palabras y descubre nuevos modos de unirlas para alcanzar una mayor eficacia y hasta una considerable belleza. No basta con recordar las reglas básicas de la Gramática. No podemos exigir al jurista la pulcritud del filólogo, pero sí procurar una relación respetuosa con el lenguaje que nos permita conocerlo y comprender su valor y alcanzar la convicción de que no es la lengua la que sirve al Derecho, sino que es el Derecho el que sirve a los intereses quizá más elevados del lenguaje.

El artículo 148 del Reglamento Notarial

En cierta ocasión, hablando justamente de Derecho como Literatura en la Academia Sevillana del Notariado, tuve la ocurrencia de intentar convertir en una silva el vigente artículo 148 del Reglamento Notarial de 1944 que, como es sabido, establece literalmente que “los instrumentos públicos deberán redactarse empleando en ellos estilo claro, puro, preciso, sin frases ni término alguno oscuros ni ambiguos, y observando, de acuerdo con la Ley, como reglas imprescindibles, la verdad en el concepto, la propiedad en el lenguaje y la severidad en la forma”.

Recordemos que la silva es una composición métrica muy frecuente en la poesía española en la que se alternan libremente versos endecasílabos y heptasílabos. Encontró en Góngora y en sus Soledades el cénit de nuestra poesía. Pero también es la silva, como me enseñó Vicente Sabido, aquel poema que se escribe en un elevado impulso, de un solo y certero golpe, casi como un dictado lúcido que se desata por sorpresa dentro de la razón y muchas veces sin que el propio poeta lo presienta o espere.

Después de varios intentos, no conseguí la transformación en silva del precepto porque quise mantenerme fiel al mecánico conteo de las sílabas y no tomarme algunas licencias que podían resultar necesarias y hasta aconsejables para celebrar la exactitud de un texto tan bien logrado. No me di cuenta de que el precepto contaba con la suficiente cadencia interior, con el flujo fonético necesario para ajustar una métrica oculta que mi ignorancia no supo identificar. Tengo pendiente una charla con mi admirado Antonio Carvajal para que me ilustre, como ya hizo con su Metáfora de las huellas, proverbial estudio sobre métrica, para que podamos culminar este firme propósito de llevar el Reglamento Notarial a la poética española contemporánea.

En cualquier caso, métricas aparte, no podemos negar que el redactor anónimo de este luminoso precepto probablemente sucumbió al arrebato lírico más intenso en el momento de rematar su obra. Señalar como reglas imprescindibles la verdad en el concepto, la propiedad en el lenguaje y la severidad en la forma es un tricolon muy afortunado y del mayor nivel retórico que pueda imaginarse en la lengua española. No puede darse mejor consejo o mayor consuelo a cualquier espíritu inquieto que inicie la paradójica (tan penosa y dichosa a la vez) aventura de escribir. Sea cual sea el género finalmente elegido, ya se trate de una novela de aventuras o de redactar instrumentos hipotecarios. Porque esta conjugación de la verdad con la falta de cualquier artificio o mendacidad que ensucie la claridad de nuestro mensaje convierte la tarea de escribir, para el jurista, en una de las empresas humanas con mayor dificultad. Hablamos de la dificultad de trazar esos límites que permitan, con el auxilio de las leyes y algunos nobles principios, una convivencia más segura y el aliento necesario para la buena dirección del progreso.

El arte de trazar límites

Creo que fue Manuel Olivencia quien en su recordado Discurso de Ingreso en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla elogiaba la dimensión literaria del Derecho Mercantil al recordar el famoso tratado del profesor Joaquín Garrigues. Ya mereció esta magnífica obra elevados elogios de signo puramente literario del gran novelista y académico Miguel Delibes, profesor de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid, quien descubrió en las enseñanzas del recordado catedrático, textualmente, “el arte de encadenar palabras con belleza y erudición, la exactitud del adjetivo, el ramalazo metafórico deslumbrante y eficaz […] la forma y la estructura literarias, la precisión de la palabra, el arte de escribir en suma y al margen de lo que se cuenta a los demás con belleza y eficacia en la mera combinación de unos signos”.

Ambos comprendieron que la misión de la norma y de su intérprete no es otra que el arte de trazar límites y este noble cometido es también el que persigue el vate, el rapsoda o el aedo, el peculiar discurso que alumbra con sus versos el hogar de nuestras emociones.

La decisión del poeta y el pesaje de la palabra

Volvieron a preguntarme hace algunas semanas si me resultaba fácil conciliar mi profesión de fiscal con mi aspiración poética. He respondido muchas veces esa misma pregunta, pero esta vez quise reforzar mi respuesta enumerando una heterogénea serie de profesiones. Contable, subdirector de una compañía de seguros, pediatra y ginecólogo, profesor de francés, empleado bancario, agente de cambio y bolsa o portera de fincas urbanas. Estas dispares ocupaciones corresponden a Fernando Pessoa, Wallace Stevens, William Carlos Williams, Antonio Machado, T. S. Eliot, Ricardo Defarges y a mi admirada Begoña Abad. Tan brillante nómina de grandes poetas demuestra que esta condición no se vincula con ninguna traza profesional o académica. Desde muy joven, algunas voces magistrales que tuve la suerte de tratar y de las que tanto aprendí en largas conversaciones, me enseñaron a desconfiar del poeta “profesional”, tanto como del poeta domesticado. Nada mejor que una ocupación distante para conseguir esa discreta ocultación donde germina de forma más exuberante la pulcritud de la inspiración.

Ocurre con el poeta, de otra parte, lo mismo que ocurre con algunas decisiones jurisdiccionales. Creo que fue Saramago quien nos recordó que, en puridad, no siempre somos nosotros los que tomamos las decisiones, sino que a veces son las decisiones las que nos toman a nosotros. Así sucede con muchos dictámenes o sentencias y también con la ocurrencia de escribir poesía, porque si el poeta es verdadero, casi no tiene elección. Lo atrapa una decisión que le viene impuesta desde lo más profundo de su ser y que le aflora al margen de su voluntad. Le aparece como un imperativo ineludible y paradójico, asumiendo ese dulce e ingrato deber al que debe enfrentarse con el escaso bagaje de su posible virtud.

Quizá por esta especie de sentencia de conformidad que suscribimos con la Literatura, señalaba Ernst Jünger en sus famosas memorias que el estilo del escritor, en especial el del buen poeta, se basa precisamente en la Justicia, recordando que solo la persona justa sabe cómo hay que trazar la frase y sopesar la palabra. Por todo esto y por alguna que otra intuición, sabemos que la rectitud y la ambición del Derecho están muchas veces presentes en la balanza y vocación de la poesía.