Siguiente «Trump y el nuevo (des)orden internacional», por Javier Rupérez Rubio
AL ENCUENTRO
Hace poco más de un siglo, en 1923, Ernest Hemingway pisó por vez primera las calles de Pamplona y se quedó impresionado por los sanfermines. Tres años más tarde publicaba su novela The Sun Also Rises, que podemos traducir, aunque no es literal, como “Siempre sale el sol” y que en español conocemos como Fiesta. La mayoría de las calles, los edificios, las costumbres y paisajes que vivió el Nobel de Literatura en la capital navarra, y que describe en su libro, siguen al alcance de la mano, la retina e, incluso, el del visitante de hoy.
Tenemos la certeza de que el primer encuentro de Hemingway con Pamplona fue el 6 de julio de 1923, justo para presenciar el chupinazo de ese año y contar en su crónica para el Toronto Star, diario del que era corresponsal, que estaba en “Pamplona, donde tienen seis días de toros cada año, desde el 1126 de la era cristiana, y donde los toros corren por las calles de la ciudad a las seis de la mañana, con la mitad de la población corriendo delante de ellos”. Es evidente que le impactaron la celebración popular, el ambiente, los toros… porque volvió al año siguiente, y al otro; así, hasta casi una decena de veces. Pero fue su tercera estancia entre los pamploneses, la de 1925, la que marcó el punto en el que el periodista dio paso el escritor.
“PAMPLONA, DONDE TIENEN SEIS DÍAS DE TOROS CADA AÑO, DESDE EL 1126 DE LA ERA CRISTIANA, Y DONDE LOS TOROS CORREN POR LAS CALLES DE LA CIUDAD”
The Sun Also Rises, mejor Fiesta, para entendernos, se gestó entre encierro y encierro de 1925. Casi con el Pobre de mí, el joven periodista de 27 años se lanzó a escribir la que sería su primera gran obra. Sus biógrafos dicen que terminó el primer borrador en dos meses, entre el 13 de julio y el 15 de septiembre. A finales de año daba forma al manuscrito y lo comentaba con personas cuyas opiniones le permitieran afinar enfoques y formas, como su amigo Scott Fitzgerald, que ya había triunfado con alguna novela. Hemingway dio por terminado el libro en enero de 1926, se lo llevó a la editorial Scribner’s, hizo las revisiones pertinentes una vez aceptado y entregó su trabajo en abril de ese año.
“LA PLAZA DE TOROS, ALTA Y BLANCA; A LA LUZ DEL SOL, PARECÍA HECHA DE HORMIGÓN”. LO CUENTA JAKE BARNES, QUE ES EL NARRADOR DE LA HISTORIA”
En octubre de 1926 se publica el libro en EE.UU. y las ventas ya marcan el camino de una obra de éxito: en dos meses, 7.000 ejemplares vendidos; y a los dos años, iban por la octava edición. La primera traducción al español se publicó en Argentina, en 1944. Los críticos literarios suelen coincidir en que Fiesta está escrito con un lenguaje llano y directo, que sus descripciones son tan detalladas como concisas: el estilo periodístico plasmado en una novela, puede decirse. Algo que nos viene muy bien para mirar la Pamplona del siglo XXI con los ojos de quien la vivió cien años antes y que describió el viaje de un grupo de amigos que viajan desde París a los sanfermines, para sumergirse en un ambiente de juerga, alcohol, enredos amorosos, alguna pelea y pasión por los toros.
“La plaza de toros, alta y blanca; a la luz del sol, parecía hecha de hormigón”. Lo cuenta Jake Barnes, que es el narrador de la historia y alter ego de Hemingway, cuando en el capítulo X los excursionistas llegan a Pamplona. El coso pamplonés, de estilo renacentista, se inauguró en julio de 1922 y, por tanto, es el que vio el autor el año después, en su primera visita, y siguientes. Al principio del paseo que lleva el nombre del escritor, justo a la entrada del callejón por el que los toros de los encierros acceden a la plaza, está un monumento conmemorativo con un busto que le representa –cara ancha, barba poblada, jersey de cuello alto– instalado en 1967, seis años después de su muerte.
“LUEGO TOMAMOS UNA CALLE SECUNDARIA QUE NOS DEJÓ EN LA GRAN PLAZA, Y PARAMOS DELANTE DEL HOTEL MONTOYA” (HOTEL QUINTANA).
“Luego tomamos una calle secundaria que nos dejó en la gran plaza, y paramos delante del Hotel Montoya”. La calle, seguramente, es Espoz y Mina y la plaza, la del Castillo, por supuesto. Tiene un gran protagonismo en Fiesta este espacio trapezoidal, centro de la vida pamplonesa desde el siglo XIII, sobre todo cuando describe las mañanas de mercado o cuando dibuja el final del día: “Después de cenar, durante una hora, todo el mundo (las chicas guapas, los oficiales de la guarnición, toda la gente bien de la ciudad) se paseaba por la calle que formaba uno de los lados de la plaza, en tanto que las mesas de los cafés se llenaban de los parroquianos habituales”. El Hotel Montoya es como el autor llama en su novela al Hotel Quintana; el señor Montoya sería en realidad Juan Quintana, con quien Hemingway hablaba “con frecuencia de toros y de corridas. Me había hospedado en el Montoya durante varios años. En ninguna ocasión hablamos durante mucho rato; teníamos bastante con el placer de descubrir nuestras emociones recíprocas”. En el número 18 de la Plaza del Castillo, la fachada del “Montoya” está tal y como era cuando se hospedó ahí el grupo de amigos que puebla las páginas de Fiesta.
“SE PASEABA POR LA CALLE QUE FORMABA UNO DE LOS LADOS DE LA PLAZA, EN TANTO QUE LAS MESAS DE LOS CAFÉS SE LLENABAN DE LOS PARROQUIANOS HABITUALES”
Los bares y cafés tienen mucho espacio entre las páginas del libro. Seguramente el primero que frecuentó el autor fue el entonces llamado Bar Choko, que hoy sigue en el mismo sitio, al lado de la puerta del antiguo Hotel Quintana, aunque ha cambiado su grafía por Txoko. Cuentan las crónicas que en la terraza de este establecimiento es donde más veces fotografiaron a Hemingway, seguramente por su situación al pie de su alojamiento. Casi en el ángulo opuesto de la plaza, en el número 37, estaba el Café Suizo:
“—¿Dónde estuvisteis?
—Aquí [el Iruña]. Y cuando cerraron fuimos a ese café del otro lado de la plaza. El viejo que hay allí habla alemán e inglés.
—El Café Suizo.
—Eso es. Parecía un tipo muy simpático. Creo que es un café mejor que éste.”
El Suizo cerró en 1952 y su espacio lo ocupa ahora un restaurante italiano.
“AL OTRO LADO DE LA PLAZA, LAS BLANCAS MESAS Y SILLAS DE MIMBRE DEL IRUÑA SE DESPARRAMABAN Y SE SALÍAN FUERA DE LA ARCADA, HASTA EL BORDE DE LA ACERA”
A pesar de la aparente preferencia por el Suizo, que se refleja en el diálogo anterior, el Café Iruña fue referente de los viajes del escritor a Pamplona y, como no, de Fiesta, citándolo con su nombre real: “Al otro lado de la plaza, las blancas mesas y sillas de mimbre del Iruña se desparramaban y se salían fuera de la arcada, hasta el borde de la acera”. En doce ocasiones, al margen de otras referencias, el nombre del café se cuela en las páginas del libro. El establecimiento data de 1888 –se inauguró en vísperas de los sanfermines de ese año– y mantiene hoy la decoración y el estilo que debió resultar acogedor a Hemingway y a sus amigos. La visita al Iruña, en la Plaza del Castillo también, es un juego de inmersión en los “locos años veinte” pamplonicas, al que añade realismo una escultura en bronce del escritor apoyado en la barra, como dispuesto a debatir, reír o beber con quien a él se acerque; o a solazarse con unos buenos pinchos, que el café se ha convertido en un pequeño templo de la alta cocina en miniatura.
El patrimonio arquitectónico de Pamplona, el que forma parte de Fiesta, tiene puntos destacados como el Ayuntamiento: “Pasamos ante el Ayuntamiento, en cuyo balcón ondeaban las banderas, y bajamos luego por el mercado y por la empinada calle que lleva al puente tendido sobre el Arga”. El balcón es el de la segunda planta, desde el que cada 6 de julio se dispara el chupinazo que abre los sanfermines, y forma parte de la fachada barroca, que es lo único que se conserva del edificio del siglo XVIII. El puente sobre el Arga es el de Curtidores y la calle empinada, la Cuesta de Santo Domingo, desde cuyos corrales arranca cada encierro y donde está la hornacina de San Fermín, a quien se encomiendan los corredores, con sus tres cánticos tradicionales, antes de la suelta de los toros. La duda puede estar, al menos para quien esto les cuenta, en el paso por el mercado que cita Hemingway, que no estaría directamente en la ruta que va hacia el río, sino a la derecha de la bajada. Sin embargo, debía gustarle el sitio, reconstruido en 1876 tras un incendio y que estaba tal y como hoy lo vemos, porque lo menciona en otro pasaje, definiendo un discurrir sosegado: “Luego fui a dar un paseo por la ciudad. Hacía mucho calor, pero iba por el lado sombreado de las calles. Atravesé el mercado y pasé un buen rato visitando de nuevo la ciudad”.
“PASAMOS ANTE EL AYUNTAMIENTO, EN CUYO BALCÓN ONDEABAN LAS BANDERAS, Y BAJAMOS LUEGO POR EL MERCADO Y POR LA EMPINADA CALLE QUE LLEVA AL PUENTE TENDIDO SOBRE EL ARGA”
No muy lejos, no en vano nos movemos por el Casco Viejo, está la Catedral de Santa María la Real: “Al final de la calle, descubrí la catedral y me acerqué a ella. La primera vez que la vi pensé que la fachada era horrible, pero ahora me gustaba. Entré. El interior era oscuro, sombrío, con pilares que subían hasta lo más alto, y había gente que rezaba, olor a incienso y vitrales maravillosos”. Esa fachada que, de mano, no le gustó a ‘Jake Barnes’, es obra de Ventura Rodríguez a finales del siglo XVIII, que trabajó sobre la reconstrucción de edificaciones anteriores de los siglos XIV y XV. El interior, esos pilares y vitrales, son del más puro estilo gótico. ¿Escucharía Hemingway el tañido de María? Es muy posible… Se trata de la campana más grande en uso, nada menos que doce toneladas, en activo desde 1584 y colgada en una de las torres de la catedral.
El Hotel la Perla, de vuelta a la Plaza del Castillo, está en la esquina más próxima al Ayuntamiento. No lo menciona el autor en el libro, pero lo visitaba habitualmente cuando iba a Pamplona por cariño hacia su propietaria, Ignacia Erro, y porque esta le facilitaba el contacto para tener entradas para los toros y le presentaba a los toreros que allí se hospedaban para que pudiese presenciar el ritual de la vestimenta de los diestros o el paso del encierro por la calle Estafeta. Cuentan que cuando Hemingway y su primera esposa, Hadley Richardson, llegaron a Pamplona en 1923 habían reservado en dicho hotel; pero al acceder a la recepción, y enterados del precio de la habitación, dijeron que no se lo podían permitir –parece que las crónicas periodísticas no daban para tanto– y la propia Ignacia Erro les ayudo a encontrar algo más asequible. Hoy, la habitación 201, que el escritor conoció como la 217 –los cambios de numeración son fruto de las reformas del año 2005–, se mantiene tal cual la vivió el ya reconocido autor durante los sanfermines de 1953 y 1959, con el mismo mobiliario y la misma decoración. Se conoce que el éxito de Fiesta, el de obras posteriores que le situaron en la nómina de los grandes escritores de su época y la concesión del Nobel de Literatura (1954) le permitieron pagar, esta vez sí, la estancia.
“HACÍA MUCHO CALOR, PERO IBA POR EL LADO SOMBREADO DE LAS CALLES. ATRAVESÉ EL MERCADO Y PASÉ UN BUEN RATO VISITANDO DE NUEVO LA CIUDAD”
En la esquina contigua a La Perla estaba el Café Bar Torino, que se mantuvo abierto hasta los años 70 del pasado siglo. Hemingway lo llama en su libro el Bar Milano. Algunos de los estudiosos de Fiesta creen se trató de un despiste al asociar Turín a Milán, lugar este último donde él había sido voluntario de Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial. Cuesta creerlo, precisamente porque su servicio en la ciudad italiana, y posterior recuperación tras ser herido, hacen suponer que diferenciaba bien ambas demarcaciones geográficas. Si, como parece, el primer amor de Ernest, con 18 años, se fraguó en Milán, preferimos quedarnos con la idea romántica de que el nombre italiano de un bar le resultaba más emotivo siendo Milano: “un bar pequeño y vulgar donde se podía comer y se bailaba en el cuarto de atrás”. Tras el cierre del establecimiento original, su espacio albergó diferentes propuestas, con nombres sin ninguna relación, y hoy es el Torino Berria (Nuevo Torino), con una carta no muy amplia, de proximidad, y, sobre todo, con una propuesta cultural cotidiana que incluye conciertos, presentaciones de libros, debates o talleres.
Pamplona, reconoce el escritor, integra a quienes la visitan: “El domingo 6 de agosto al mediodía la fiesta estalló. No hay otra forma de expresar lo que quiero decir. Durante todo el día había estado llegando gente de las afueras, pero uno no se daba cuenta porque la ciudad los asimilaba”. Él lo centraba, en este párrafo, en el inicio de los sanfermines, pero basta con leer sus descripciones en Fiesta para darse cuenta de consideraba a los pamplonicas amantes de sus tradiciones y acogedores con quien las respeta. Y eso, no es solo cuando se celebra a San Fermín. Así que, ya que, para vivir los encierros, las corridas de toros o el ambiente festivo, que tan gráficamente describe Hemingway, nadie necesita más incentivo que la posibilidad personal de ‘plantarse’ en la capital navarra, déjennos aquí hacerles una doble invitación: a leer o releer el centenario Fiesta y a darse un garbeo por la Plaza del Castillo, la calle Estafeta, la Plaza Consistorial o la Cuesta de Santo Domingo… No importa que no sea durante los sanfermines, porque en todo tiempo puede disfrutar del carácter acogedor pamplonés.
Oficina de Turismo
San Saturnino, 2
Tel.: 948 420 700
[email protected]
https://visitpamplonairuna.com/
Espacio SanfermIN! Espazioa
Santo Domingo, s/n
Tel.: 948 420 706
[email protected]
ALOJAMIENTO
Gran Hotel la Perla *****
Plaza del Castillo, 1
Tel.: 948 223 000
[email protected]
www.granhotellaperla.com/
RESTAURANTES Y TAPEO
Torino Berria
Plaza del Castillo, 2
Tel.: 623 15 08 26
https://torinoberria.eus/
Café Iruña
Plaza del Castillo, 44
Tel.: 948 222 064
https://cafeiruna.com/
Bar Txoko
Plaza del Castillo, 20
Tel.: 948 222 012
www.bareltxoko.com/
De pinchos por Pamplona
www.visitnavarra.es/es/pinchos
PARA NO PERDERSE
Pamplona Iruña Bizi-bizirik Muy viva.
Ayuntamiento de Pamplona (guía actual).
Ruta Hemingway.
Turismo de Pamplona.
Fiesta, de Ernest Hemingway.
Guía de lectura de Fiesta.
Ancrugon. El Olmo, Club de Lectura de Castellnovo (2013)
