Entre las consecuencias más inesperadas de la pandemia, se cita con frecuencia la del renovado interés por trasladarse al campo. Lo que parecía una moda ocasional, está teniendo una significativa relevancia en el mundo de la literatura, que ve cómo el inesperado éxito editorial del año, Feria, de Ana Iris Simón, entra de lleno en el tema y además está dando lugar a una singular polémica ideológica.
La generación del 98. El tema de la España vaciada, de las amplias regiones que han recibido recientemente nombres en algún caso tan exóticos como el de la Siberia Celtibérica, lleva siendo objeto de interés por parte de la literatura desde los tiempos de la generación del 98, con la fascinación por el paisaje castellano de Azorín o Miguel de Unamuno. Después, la novela en ámbito mesetario tuvo un corte muchas veces más tremendista y crudo, con ejemplos tan notables como los de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela o Los santos inocentes de Miguel Delibes, que en otras de sus obras se perfiló como el gran retratista de la Castilla solitaria y apacible, en ocasiones dura, otras generosa, (recuérdese, por ejemplo, El disputado voto del señor Cayo), siempre auténtica a su manera. También fue cuantiosa la producción de novelas a partir de los años cincuenta sobre el éxodo rural a las ciudades, de nuevo con Delibes como referente con su Diario de un emigrante.
Un ejemplo de la revalorización de ese tipo de textos lo encontramos en la reciente edición de las obras completas de Francisco García Pavón. Este escritor manchego fue un bestseller en los años sesenta sobre todo gracias a su serie de historias protagonizadas por el jefe de la policía local de Tomelloso, Plinio, siempre secundado por su particular Watson, el albéitar don Lotario. Las historias de Plinio llegaron a tener adaptación televisiva al comienzo de los setenta, y sus argumentos están repletos de reflexiones sobre la progresiva desaparición de la forma de vida tradicional, el éxodo a las ciudades, la falta de lujos de un entorno que se siente recodo olvidado de una esquina perdida del mundo, etc. La riqueza lingüística del castellano de García Pavón encaja perfectamente en el retrato de esa vida obsoleta pero repleta de verdad.
Finales del siglo XX. El incuestionable jalón de esta temática llegó ya a finales de siglo con La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, la breve pero emotiva historia del imaginario último habitante del pueblo pirenaico de Ainielle. El lugar se ha convertido desde entonces en objeto de peregrinaje para aficionados al senderismo, a la manera que lo es en Alaska el rincón en el que perdió la vida el solitario aventurero retratado por Jon Krakauer en Hacia rutas salvajes.
Con todo, la preocupación por la bajísima densidad de población (en niveles que la UE considera propios de zonas desertificadas) de casi un tercio del territorio peninsular español, no se convertiría en tema presente en los grandes medios, e incluso arranque de un movimiento político que inicialmente se hizo fuerte en Teruel, hasta la publicación del ensayo La España vacía, de Sergio del Molino. Pese a haberse convertido en un símbolo, en rigor el libro de este autor aragonés era más una reflexión sobre la relevancia artística de toda esa amplia región despoblada que sobre la razón de su existencia o posibles soluciones. Curiosamente, Del Molino parece haber descreído un tanto del concepto, es posible que por su creciente relevancia política con los movimientos que pueden estructurarse en torno al primer diputado conseguido en la actual legislatura por el movimiento ciudadano Teruel Existe.
Al poco, a La España vacía le siguieron otros libros con mayor hondura analítica y trabajo a pie de campo, caso de Los últimos. Voces de la Laponia Española, de Paco Cerdá, o Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, de Avelino Hernández. Y nuevos trabajos al respecto fueron apareciendo a lo largo del final de la pasada década.
El debate de Feria. El siguiente éxito al respecto ha sido Feria, de la joven periodista Ana Iris Simón, que ha aportado nuevos elementos al debate, algunos que han abierto heridas incluso en términos ideológicos. El propósito del libro es claro desde sus primeras páginas: Simón se presenta como una treintañera que no ha conseguido estabilidad ni personal ni laboral, y que cree que puede ser el momento de reconsiderar si abandonar su pueblo toledano al final de la adolescencia, para buscar el sueño de una vida cosmopolita en Madrid, no resultó ser un error. No ya por su relativo fracaso personal (que ahora este éxito habrá cambiado por completo), sino como concepto en sí. Como resumió en una intervención en un acto al que asistía el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, «me da envidia la vida que llevaban mis padres a mi edad».
En resumen, Simón se cuestiona si vale la pena llegar a determinada edad con un notable bagaje cultural, con todo tipo de tecnología a su disposición, y habiendo realizado diferentes viajes por el mundo, pero sin un piso en propiedad, sin hijos, sin raigambre en el pasado ni cimiento de certeza acerca del futuro: «Somos pobres con un iPhone y Netflix», resumía en una entrevista en El País.
El libro puede interpretarse como la denuncia del autoengaño de toda una generación, aunque también desliza críticas a toda una estructura que convertía esas opciones no solo en tentadoras, sino también en socialmente más aceptadas. E incluso permite reflexionar sobre ciertas teorías en boga en torno a la necesidad de aceptar que puede aguardarnos un prolongado ciclo de decrecimiento económico, ya que asegura que la baja natalidad en su generación se debe a una pérdida de fe en el progreso, a que «en el horizonte de la generación de mis padres existía el progreso. Hoy el horizonte lo vemos negro».
Feria recoge sobre todo historias sencillas de sus primeros años en ese entorno rural, no del todo edulcorados, pero desde luego sí vistos bajo un filtro de añoranza y simpatía. La pregunta de si ese planteamiento es una cesión a posturas ideológicas regresivas o una adaptación realista a la «nueva normalidad» social ha inundado las redes sociales, donde la propia autora es muy activa, pero ella es tajante: «Nos distraen con las discusiones izquierda-derecha, cuando lo que hay es mucha gente en paro, que no cobra los ERTE y no puede ni tener hijos».