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ESFERA CULTURAL

El teatro es como la Madre Patria a la que siempre vuelves”"

Adrián Salzedo,

actor, cantante y músico

Juan Antonio Llorente

Nacido en Torrejón de Ardoz, echó los dientes sobre las tablas. Y en ellas continúa, recreando una inmensa panoplia de personajes y acumulando reconocimientos por la personalidad que les infunde. Desde Aladin al Rob Jeremy Cole de El Médico, que en 2019 le proclamó Mejor Actor Protagonista de Teatro Musical. Adrián Salzedo enfrenta ahora el momento más importante de su carrera, defendiendo en Madrid a Jean Valjean, héroe de la novela de Víctor Hugo Los Miserables, que da nombre a uno de los grandes musicales de la Historia.

-En las familias de la farándula es habitual disuadir a los hijos para que no sigan sus pasos. ¿Fue la actitud de los suyos?

– En mi familia no se concibe la vida si no es a través del arte. También yo creo que todo es arte. Dicen que cuando trabajas con las manos eres obrero, si es con las manos y la cabeza eres artesano, y cuando trabajas con las manos, la cabeza y el corazón eres artista. Mi madre me enseñó a ser artista en cualquier cosa que haga. Porque ella lo es. Hasta cuando está cocinando, sin requerir de un público, es artista. Es simplemente la forma con que desempeñas tus tareas y tus labores. Ella siempre me impulsó a ser artista en lo que haga, y eso me ha llevado a dedicarme al arte.

 


EN MI FAMILIA NO SE CONCIBE LA VIDA SI NO ES A TRAVÉS DEL ARTE. TAMBIÉN YO CREO QUE TODO ES ARTE


 

-Con dos años, ya estaba sobre el escenario actuando en varias zarzuelas.

– Porque venía de familia. En casa no éramos muy pudientes, la verdad: tanto mi madre como mi padre tenían varios trabajos porque éramos seis hermanos. ¡Una gran camada a la que había que alimentar! Yo soy el menor, y a todos nos permitieron soñar en el escenario, mientras ellos trabajaban muchísimo. Su momento de placer era una asociación de Zarzuela amateur, la Agrupación Lírica de Torrejón de Ardoz, de la que fue presidente mi padre, que murió cuando yo tenía dos años. Por eso la zarzuela es una especie de asignatura obligatoria en mi familia. No de ser conocedor, pero sí al menos, de participar en ellas.

-Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. ¿Le ha tentado regresar a la Zarzuela?

– Tuve la suerte de volver, dentro del proyecto Zarza. Fue bonito ver a gente joven hacer algo tan puro en ese terreno en el que por fortuna me educaron. Grandes amigos míos, también artistas, ignoran por completo lo que abarca ese género. O el género chico. Fue un regalo poder estar en el Teatro de la Zarzuela representando una, digamos pseudo zarzuela, porque a mí me hubiese gustado hacer algo mucho más pureta, más de culto… Pero no descarto volver. Quizá en un futuro tenga la grandísima fortuna de interpretar una. Aunque ahora mismo mi carrera me está llevando por los musicales.

 


LA MÚSICA, APARTE DE LA INTERPRETACIÓN, ES EL GRANDÍSIMO PILAR QUE SOSTIENE MI DÍA A DÍA


 

-Si con dos años era mero acompañante, con ocho defendía texto en La Bella y la Bestia. Y no se ha bajado de los escenarios. ¿Cuántos títulos se anota?

– No lo sé. Cuando me han hecho esa pregunta, un punto rebelde en mí se niega a enumerarlos. Porque al contarlos lo convertiría en una competición, y yo no compito.

-Best Actor New York 2020 en el apartado Outstanding Performance por Sergi en el cortometraje Sergi & Irina. Y no ha insistido en el cine…  

– Me gusta mucho el cine. Muchísimo. Pero en mi caso el teatro es como la Madre Patria a la que siempre vuelves. Me pierden las tablas, los escenarios… Estar ante mil personas, o quinientas, o veinte o treinta… Los que tenga frente a mí. Hacen que me suba la adrenalina como a un paracaidista: cuanto más salta, más quiere seguir saltando. El cine, ya digo, me encanta, pero al no ser lo que más he vivido en mi día a día, no tengo la cultura de otros compañeros actores. Me siento con cualidades para poder hacerlo. Me pica y, obviamente, me interesa. Pero siempre acabo volviendo al teatro. No lo puedo evitar.

-¿Teatro-teatro o teatro con música?

– Al teatro con música, porque la música, aparte de la interpretación, es el grandísimo pilar que sostiene mi día a día. Sin música no existiría. De camino, venía escuchando música. Cuando acabemos, seguramente antes de cantar, me pondré música en el camerino durante el maquillaje. Cuando termine la función pondré música para acompañarme mientras me desmaquillo. Si puede estar todo en torno a la música, lo prefiero.

 


LOS MISERABLES HA SIDO MI GRANDÍSIMA ESCUELA, MI GRAN MAESTRO. AHÍ VEO SU GRANDEZA


 

-Cameron Mackintosh, el gran productor, decía que el éxito de Los Miserables se debe a la atemporalidad. ¿Dónde ve usted la grandeza que justifique tres décadas en cartel en el mundo?

– ¡Mira que he vivido musicales! El Médico fue una experiencia tremenda, donde aprendí muchísimas cosas que me han ayudado mucho. Cuando trabajé con Nacho Cano en Malinche como Hernán Cortés fueron otras tantas… Pero todo lo que iba aprendiendo de unos y de otros, en Los Miserables lo aprendes a la vez. Los Miserables ha sido mi grandísima escuela, mi gran maestro. Ahí veo su grandeza. Aparte de que con Jean Valjean, el personaje que interpreto, el peso de sostener toda la función como núcleo de la compañía me ha posicionado en un lugar donde me siento incluso cómodo. ¡Quién lo diría! ¡Adelante con los remos, tirando de este pedazo de barco, de este navío inmenso!

-¿Valjean asusta, sobrepasa? ¿Le costó aceptarlo?

– Mucho. Aún no lo acepto. Hay cosas que no se aceptan del todo, y creo que cuando muera lo haré sin haber aceptado que fui Jean Valjean. Lo tengo clarísimo. A veces digo que sí, que ya voy asimilándolo, pero es mentira, una mentira profunda y absoluta. 

-¿Había visto otros Miserables? Su hermano, que alterna con usted el papel, estuvo en la producción de 1992.

– Ahí estaba mi hermano Carlos, Carlos Solano. Aunque somos Díaz por familia, artísticamente nos gusta jugar al despiste por divertimento. La vi entonces, pero no tengo recuerdos, porque era un bebé. Y pude volver a verla en 2010, donde de nuevo participaba mi hermano Carlos. Y también mi hermano Víctor. La historia de Los Miserables va directamente ligada a mi familia. No ha habido una producción en España donde no hayan trabajado al menos dos miembros de la familia.

 


RELLENAR LOS SILENCIOS -Y NO HAY NADA MÁS HERMOSO QUE UN SILENCIO- ES CONSTRUIR DESDE LA MENTIRA


 

-¿Cuántos hermanos se han dedicado a la escena?

– En activo, actualmente, cinco de los seis. Y el único que no se dedica al arte, aunque trabaje como delineante en la oficina o jugando al pádel los domingos, es un artista como los otros.

-Al crear el personaje, aparte de escuchar las indicaciones del director: ¿hace tabula rasa? ¿Qué aporta de su cosecha?

– A fin de cuentas, todo: mi cuerpo, mi sudor, mi mente, mi voz… Sería un error intentar ser alguien que no soy. Puedo jugar a encontrar características en mí que se asemejen a Valjean, pero no intento transformarme en alguien distinto. Cuando Valjean se enfada interpretado por mí, soy yo cuando me enfado. Es verdad que, al jugar a ser un personaje de mucha más edad, tengo que trabajar mucho la quietud y varios aspectos más. Pero es curioso que Valjean y yo, salvando las distancias, compartimos rasgos muy similares. Entre otros, el de la evolución, el aprendizaje, y el de que quien fuiste no define quién eres ni quién serás. Y también el poder del perdón a uno mismo.

-¿Qué se tiene que perdonarse?

– Muchas cosas, quizá no haberme amado lo suficiente. Creo que es algo que más de uno tenemos que perdonarnos y no lo sabemos.

-¿Cómo se demuestra la personalidad propia con un personaje?

– Siendo honesto. Que cuando camines sea porque tienes que ir a algún lugar; que cuando hables sea porque tienes algo que decir. Rellenar los silencios -y no hay nada más hermoso que un silencio- es construir desde la mentira. Eso se ve en la personalidad. Se demuestra en las pausas.

-Hasta ese punto le seduce Valjean. ¿Cuál es el ideal del personaje?

– No soy muy de ideales, porque nos acaban decepcionando. Lo que más me gusta de Valjean son quienes lo rodean. En este caso, tengo la gran fortuna de trabajar con personas de un talento admirable y de una humanidad que deslumbra. No entendería y no concibo hacer Valjean sin estar rodeado de quienes tengo alrededor. No concibo la función sin ellos.

-Del personaje literario: ¿qué le puede deslumbrar?

– La obstinación, la capacidad, la resistencia. Es pura resistencia. Sin ser el mejor en nada, es quien más aguanta.

-Con la respuesta del público en su gran soliloquio del primer acto, ¿se replantea el personaje para esa función?

– No, Nunca. No escucho al público. Lo siento mucho. Puede sonar un poquito tremebundo el comentario que voy a soltar, pero yo no he venido a escucharlos a ellos: ellos han venido a escucharnos a nosotros. Si mi representación funcionase fluctuando de acuerdo con los aplausos ajenos, no estaría siendo honesto con lo que siento y con lo que hago, por lo que no me permito escucharlos en ningún momento. Me da igual si aplauden o si no. Voy seguir haciendo mi trabajo, haya cinco personas o haya mil. Para mí no es lo importante, no es lo que prima.

-Su colega y amigo Esteban Oliver comentaba en estas páginas que el personaje se hace sobre el escenario.

– Ese comentario, conociendo a Esteban, tiene que ver con lo que decía Picasso: “Que la inspiración me pille trabajando”. Creo que el Valjean que inicialmente planteé ha evolucionado muchísimo encima del escenario. El de hoy, en el que me he ido transformando, nada tiene que ver con el de mi primera propuesta. Pero no es el público quien ha ido moldeando el personaje. Entiendo el teatro como el horno donde se termina de hacer el pan. Tienes que traer los ingredientes preparados y la masa bien trabada. La metes en el horno, y ahí se termina de cocinar y de tostar. Pero por mucha gente que se asome a la ventanilla, la temperatura del horno debe ser siempre la misma. Es aconsejable no abrir mucho el portón, no vaya a ser que se pierda la humedad y se estropee. ¡Mira, me gusta el símil! (risas).

-Otro amigo, Enrique Ferrer, nos contaba la importancia de asumir los fallos .

– ¡Siempre! El ser humano tiene la grandísima virtud, voy a llamarla así, porque me tengo que acostumbrar a ello, de evolucionar desde el error. Nadie te pregunta, ni tú mismo cuando estás en la cima, si es que tal cima existe, cómo has llegado hasta ahí. Sin embargo, cuando te has hecho daño, has caído, has fracasado, te cuestionas el porqué. Eso sucede porque aprendemos del error, del fracaso. Hay que verlo así. El miedo es la barrera que nos indica que por ahí aprenderemos. Y el error, el recordatorio de que hay que seguir intentando. Que esa es justo la dirección en la que tenemos que ir, gestionándolo como herramienta evolutiva.

-También decía Esteban que el personaje está dentro de ti. ¿No lo deja en el camerino cuando se desmaquilla?

– Soy Valjean en el escenario. Fuera del escenario, Valjean no existe. Es más: intento alejarme cada vez más en mi día a día de los personajes que interpreto. Muchos actores que conozco acaban transformándose en aquello que interpretan. Y digo: ¿tu personalidad dónde está, amigo? ¿Quién eres? Cuando te miras en el espejo, ¿a quién estás mirando? ¿El imaginario de a quién interpretas o quien realmente decides ser? Dicho esto, Adrián es muy distinto de Valjean. Simplemente, le brindo al personaje cualidades que posee, ni más ni menos.

-Larga vida a Miserables, pero después, ¿qué le apetecería? ¿Una llamada de Broadway, del West End de Londres?

– Cualquier propuesta es bienvenida. Las recibo con los brazos abiertos. Como un regalo. Y por supuesto que me gustaría si llegase de alguno de esos puntos. Entre otras cosas, porque quiero aprender muchos idiomas en la vida. Aceptaría encantado una buena propuesta de Los Miserables desde Japón, solamente para aprender japonés.

-En Atenas parecen haberse vuelto locos con Sondheim …

– Y qué maravilla, ¿no? Pues ojalá me dijesen: “Te queremos en Grecia, Adrián, y te vamos a poner durante un año un maestro, un tutor”.

-En 2017 abrió la posibilidad de actuar en solitario. ¿Seguirá explorando en esa vía del one-man-show?

– Aquel concierto, que me divirtió mucho, fue un regalo que me permití para poder cantar con mi madre y que nos grabasen. Porque es la mejor de la familia, una artista nata que, como se decía de Lola Flores: “Ni canta ni baila, pero no se la pierdan”. Ella es la que reúne el talento, y luego sus hijos. Lo demostró cantando aquellos Ojos Verdes. La gente no se lo creía.

-Lo tituló Salzedo on air. ¿Vive en el aire o con los pies en la tierra?

– Los pies siempre en la tierra. No hay que olvidar de dónde venimos. Pero la cabeza, que es la que no mueve, siempre en el aire. Hay que estar conectado con lo de arriba y con lo de abajo.

-Desde esa perspectiva: ¿Se plantea un futuro ideal?

El futuro no me preocupa. Vivir pasito a pasito y ser feliz cada día son mis mayores retos y victorias. No soy para nada ambicioso. Concibo la ambición como algo lejano. Me conformo con pensar que hoy he dormido bien, he comido, me he rodeado de gente que quiero, hago algo que me gusta… O que me voy a tomar un té cuando acabemos esta entrevista.

DONDE ENCONTRARLE

Sus referencias: allí donde se mencione a los grandes de la escena 

Su vida y milagros

Y su presente en 

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