ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Javier Rupérez Rubio.

Exembajador de España en los Estados Unidos, exdiputado y exsenador de las Cortes Generales, académico de Ciencias Morales y Políticas, diplomático, político y escritor.

Trump y el nuevo (des)orden internacional

Siendo el presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, y al poco de comenzar la I Guerra Mundial que enfrentaba al imperio alemán contra Francia e Inglaterra, un submarino alemán hundió frente a las costas de Irlanda al transatlántico americano Lusitania, causando la muerte de más de 1500 personas. Entre ellas el músico español Enrique Granados, que regresaba de Nueva York, donde había estrenado con gran éxito sus Goyescas. Era el año 1915. Dos años después, en una similar maniobra, otro submarino alemán hundió en aguas británicas al transatlántico americano Sussex, provocando lo que el presidente americano había ido contemplando desde 1915: participar junto con franceses y británicos en la guerra contra Alemania. Wilson, que inicialmente había sido partidario de mantener la neutralidad de su país en el conflicto, fue un elemento determinante en la victoria contra Alemania y en la resolución política y legal del conflicto, a través del Tratado de Versalles y de la creación de la Sociedad de Naciones, primer intento ésta de establecer las bases para una convivencia sentada sobre el respeto a las normas de un incipiente derecho internacional. Pero en 1920, en EEUU, el partido republicano en la contienda electoral contra el partido demócrata, al que pertenecía Wilson, llevó al Senado, y obtuvo, la retirada de los Estados Unidos del Tratado de Versalles, así como su ausencia de la Sociedad de las Naciones. Todo ello favoreció la aparición y el crecimiento en Alemania del nazismo hitleriano y la consiguiente erosión de las relaciones internacionales, que desembocaron en 1939, con la invasión de Polonia por parte de Alemania y la URSS, en el comienzo de la II Guerra Mundial. La paz del Tratado de Versalles y de la recortada Sociedad de Naciones había durado apenas 20 años.

De la guerra fría, ¿a la III Guerra Mundial?

Le correspondió al presidente americano Franklin Delano Rooselvet, también inicialmente inclinado a mantener la neutralidad del país en el conflicto entre el Eje germano-italiano y el Reino Unido y Francia, tomar la decisión de participar en el mismo del lado de Londres y Paris cuando, en diciembre de 1941, una nutrida avalancha de aviones y navíos militares japoneses atacaron la base militar americana de Pearl Harbor, en la isla de Hawai. La victoria resultante, en parte debida al cambio de fila que durante el conflicto experimento la URSS al pasar de sus fidelidades berlinesas a otras occidentales, no tuvo un explícito tratado de paz, pero sí una nueva y reforzada pauta de comportamiento nacional e internacional: la Organización de las Naciones Unidas, cuya Carta fue firmada en San Francisco en octubre de 1945. Desde entonces, hace 89 años, el mundo en general ha conocido una evolución notable que, sin ser perfecta ni desconocer errores y tropiezos, ha podido garantizar un estado de previsibilidad pacífica rara vez, si alguna, registrada durante los últimos siglos. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca como presidente de los Estados Unidos el 20 de enero de 2025, tras ser elegido por segunda vez para el cargo en las elecciones presidenciales del año 2024, ha vuelto a descargar pesada y dolorosamente sobre la comunidad internacional las mismas dudas surgidas por la jerarquía norteamericana antes de la I y la II Guerra Mundial. O, dicho de otra forma, ¿habremos pasado de la Guerra Fría, y la consiguiente y afortunada generalización de la democracia tras la caída de la URSS y el Pacto de Varsovia, a la terrible posibilidad de una III Guerra Mundial?

Veto a las organizaciones globales

Trump no tiene ningún afecto por las instituciones internacionales, precisamente aquellas cuya finalidad esencial, en el ámbito general o regional, es la de mantener cauces de comportamiento que garanticen la paz. Ya durante su primer mandato, entre los años 2017 y 2021, había calificado a la OTAN de “organización obsoleta”. Le ha faltado tiempo en las primeras semanas de su segundo mandato, para proclamar su voluntad de hacerse con el vecino Canadá como estado número 51 de los USA, de reclamar la soberanía sobre el Canal de Panamá, de hacer lo propio, incluso con amenazas de utilizar la fuerza si ello fuera necesario, con la isla danesa de Groenlandia. No hace falta recordar cómo la intervención armada que condujo contra Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro -con independencia de los sentimientos de horror que el sátrapa venezolano suscita en cualquier persona bien ordenada- constituye una flagrante violación de los mandatos internacionales, que consideran ilegal la utilización de la fuerza contra la integridad territorial de los estados. Actitud esta que, como es bien sabido, ha sido y sigue siendo mantenida por el autócrata ruso Vladimir Putin, que mantiene con Trump una indudable vecindad de camaradería, al violar desde 2014, con la ocupación de Crimea, y desde 2022, con la agresión armada contra el territorio continental, la integridad territorial de Ucrania.

Y en la misma longitud de onda cabe registrar el manifiesto despego que Trump siente hacia las organizaciones internacionales, y en particular hacia la ONU. Acaba de anunciar la creación de una Junta de Paz -curiosamente así denominada por alguien que no descarta la utilización de la violencia para conseguir sus objetivos- que, bajo la parca contribución de mil millones de dólares por cabeza estatal, une a veinte estados próximos a la categoría de satélites de Washington (*) que afirman rendirse ante el derecho al veto que sólo una persona del sistema podrá ejercer: Donald Trump. Sin olvidar la progresiva y brutal retirada de los Estados Unidos de una parte significativa de las agencias de la ONU dedicadas a la mejora existencial de los ciudadanos del mundo en terrenos básicos para la supervivencia: el Acuerdo de París sobre cambio climático, la UNESCO, el Fondo de Población, o el Programa ONU para los Asentamientos Humanos. Otras, más de sesenta organizaciones diversas, han sido también abandonadas por la Casa Blanca trumpiana.

Una respuesta firme y ordenada

Trump, que en su carrera personal y política -fue el organizador del golpe de estado que el 6 de enero de 2021 invadió por la fuerza el edificio del Congreso en Washington para protestar por el resultado electoral que legítimamente le había privado de continuar en la Casa Blanca después de sus primer mandato- tiene un amplio y largo historial delictivo, y sólo tiene como aspiración la realización del “negocio” personal y familiar, como demuestran los datos de enriquecimiento que en ese entorno está experimentando en los doce meses que lleva al frente del gobierno americano. Y también, no hay que olvidarlo, su inclinación a considerar la reformulación de sus amenazas si, enfrente, alguien con capacidad y voluntad suficiente para hacer creíblemente frente a las amenazas del (des)gobierno internacional, le planta abierta y claramente cara. Como recientemente ha ocurrido en la reunión de Davos según han dejado sentir con claridad el presidente francés, Macron, y el primer ministro canadiense, Carney. Porque en la peculiar y grave circunstancia que el mandatario americano nos depara cabe la preocupación, pero no la desesperanza: la ciudadanía mundial que ha creído y sigue creyendo en la superioridad de la democracia, de los derechos humanos, del respeto a las normas internacionales de comportamiento, no está sola ni abandonada. A ella, en Europa, en América, en Asia, en Oceanía, le corresponde la respuesta firme y ordenada para poner freno a la barbarie política, económica e ideológica que Trump quiere imponer en la anchura del globo terráqueo. En ello nos va la paz. Y la libertad. Y la vida.

(*) Albania, Argentina, Armenia, Azerbaiyán, Bahréin, Bielorrusia, Bulgaria, Egipto, Hungría, Indonesia Israel, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Kuwait, Mongolia, Marruecos, Pakistán, Paraguay, Catar, Arabia Saudita.