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notario y piloto; tricampeón del Rally Dakar en la categoría ‘Mission 1000’
Mi historia con el Dakar es semejante a la expresión: «Cuidado, si deseas algo con mucha intensidad corres el peligro de que se haga realidad». Así fue conmigo. Desde la perspectiva de un adolescente apasionado del motor y la competición, el Paris-Dakar (así se llamaba originariamente) suponía el mayor reto e ilusión que podría sucederme en la vida. Seguía con atención y auténtica curiosidad las retransmisiones radiofónicas que desde el lejano desierto del Sáhara y las llanuras pedregosas de Marruecos ofrecía noche tras noche José María García, el gran comunicador y pionero de todos los programas de media noche que hoy inundan nuestras radios. Los míticos Juan Porcar, Cañellas, Carlos del Val… auténticos campeones me acompañaban cada noche perdiendo horas de sueño, pero ganando imaginación y sed de aventura.
Fue precisamente Carlos del Val -que era de Andújar y amigo de mi padre- el que me espetó, al manifestarle “algún día yo iré al Paris-Dakar”: “Chico eso es muy difícil”. Nada me ha espoleado más en mi vida que un imposible no fuere posible. Lo mismo me pasó también con la oposición a notario, al manifestarme un profesor de Derecho civil que nunca lo conseguiría.
De la notaría a las dunas
No sé si por llevarle la contraria a ambos o porque ambas cosas las desee muchísimo que… ambas las logre. El Paris-Dakar apareció en mi vida como un torbellino gracias a dos personas que comparecieron un día en mi despacho de La Roca del Vallès, y que habían participado en la última edición. Al enterarme, me ofrecí por si “algún día les faltaba alguien”. Creo que se rieron de aquel chaval inexperto y recién ingresado al Notariado, pero al cabo de dos meses me ofrecieron la oportunidad y la cogí al vuelo. La emoción se sumó a la responsabilidad de copilotar un camión de 400 caballos y 12 toneladas que estaba preparado para surcar dunas y llanuras llenas de peligros y trampas. ¿Qué me esperaba? ¿Sería capaz de asumir el reto? Era lo que había deseado tanto tiempo y ahora estaba allí para que un chaval ilusionado atrapase el otro sueño de adolescente.
Efectivamente la realidad superó a la ficción. Aquellos paisajes eran mucho más hermosos que los que había imaginado; el desierto era tan inmenso y precioso que producía satisfacción y gozo imposible de describir; el esfuerzo y el sacrificio superaban cualquier predicción que me hubieren comentado. Todo era una amalgama de sensaciones y vivencias que no quería que acabasen nunca. Como en la famosa película, «fue el principio de una gran amistad». Al año siguiente ya me consideraba un veterano. ¡Qué lejos de la realidad! Cuánto me quedaba por aprender. Pero ahí estaba y, con ese bagaje, inicié mi segundo Rallye: el Paris-Le CAP. Cambié el camión por el coche. Un Nissan Patrol de fibra de vidrio con el que ese año habíamos ganado el campeonato de España de tierra. Aquel rally fue verdadera aventura. Nos pasó de todo. Desde un accidente tremendo, pasando por atravesar toda África y acabar en una cárcel de Nigeria, a alcanzar a nuestros compañeros en Angola -que había estado en guerra-. Todas estas peripecias las habíamos recorrido completamente solos y absolutamente desconectados de la carrera, sin que nadie supiera si estábamos vivos o muertos. Corría el año 1992.
Unas pinceladas ilustrativas de aquellos primeros años. Los vehículos eran auténticos hierros sin ningún tipo de tecnología ni tampoco aparatos de navegación; solo una brújula que yo llevaba con un cordel al cuello y que para que se orientara un poco había que dar varias vueltas hasta que más o menos cogía rumbo. Impresionante. La prehistoria. Era la aventura en su estado más puro. Era el Dakar. Era lo que tanto había anhelado. Se fueron sucediendo los rallyes con muchas aventuras, experiencias, amigos, grandes peligros, accidentes mortales, disparos, bombas que explotaban cerca de ti y que causaron víctimas. Siempre cerca del peligro. Siempre con el corazón en un puño, pero, no cejábamos. Podía más la gesta que el miedo. Tardé en acabar mi primer Dakar la friolera de cinco largos años.
Una dupla exitosa y pionera
Al sexto rally conocí al que ha sido, es y será mi compañero inseparable y la otra parte del centauro que formamos: Jordi Juvanteny. Gran piloto, gran persona y alguien con el que me he jugado la vida y, si Dios quiere, me la seguiré jugando. Iniciamos una singladura que ha perdurado durante 32 años, solo interrumpido por el COVID. Siempre juntos y corriendo mil aventuras en África, Mongolia, Rusia, China, Suramérica y actualmente Arabia Saudita. Carreras sin fin, noches eternas, rutas imposibles, arenas difíciles, dunas catedrales… La pasión de dos personas que siempre han buscado lo más difícil, la gran dificultad que es esta carrera con sus múltiples aristas y bellezas sin límites.
Después de hacerlo todo en esta carrera y ser “la extraña pareja”, como nos tilda la prensa; después de haber sido secuestrados en Mauritania y despedirnos con lágrimas porque pensábamos que nos iban a ejecutar; después de haber ganado en 18 ocasiones la categoría 6×6 y otras cuatro la de camiones de serie… Ahora somos los pioneros en nuevas tecnologías y, contra todo y contra todos, hemos abierto un camino a una categoría nueva en el Dakar llamada ‘Mission 1000’ que da cabida al llamado “laboratorio del Dakar”, donde tienen acogida todo tipo de propulsiones alternativas a los combustibles fósiles, ya sea electricidad, híbridos, hidrógeno, gas, etc. En su día recogimos el guante de este nuevo reto y estamos corriendo con hidrógeno combinado con un motor eléctrico, con lo que hemos conseguido ser el primer y único vehículo cero emisiones y, además, haber sido por tres años consecutivos campeones de la categoría.
Es una auténtica satisfacción y orgullo que dos pilotos veteranos, con 35 y 34 rallyes -respectivamente-, sean los más novedosos tecnológicamente y hayan iniciado un camino que sirva de guía a la competición más dura del planeta, en aras de una mayor sostenibilidad y ahorro de energía. Esperemos continuar en este proyecto tan innovador y seguir disfrutando de esta pasión que no es otra cosa que la sed de aventura, y tener la sensación de que cuando acabas la carrera, al igual que cuando concluyes una escritura, el premio es el deber cumplido. Doy Fe.