ÁGORA CULTURAL Y JURÍDICA

Fidel Ángel Cadena Serrano.

Fiscal de Sala Jefe de la Sección Penal de la Fiscalía del Tribunal Supremo.

La importancia de las Humanidades

En los planes de Educación subsiste el Bachillerato de Humanidades. En una época que denosta el intangible y se burla de la trascendencia, los tecnicismos y la Inteligencia Artificial quieren desplazar en la hoguera de las vanidades filosóficas a la memoria, bautizada hostilmente como inteligencia de los tontos, y a los valores metafísicos que se desprenden de la Filosofía, el Arte, la Literatura o las llamadas lenguas muertas, denominadas así, curiosa y paradójicamente, porque, pese a no hablarse y escribirse ahora en los territorios geográficos y políticos donde antaño vehiculaban los pensamientos y articulaban la comunicación, permanecen absolutamente vivas en la memoria de todos los que reconocen su influencia capital en la formación de la cultura y la proyección vertical del hombre.

En el principio no fue así. Las humanidades eran básicas. Terencio proclamaba que todo lo que pertenece al hombre interesa vivamente. “Homo sum et nihil humani a me alienum puto”. Para los clásicos tan importante era el tratado geométrico de Euclides como Los Diálogos de Platón, tan necesario el Trivium como el Cuadrivium. Feliz Arcadia en que convergían las ciencias experimentales con las ciencias del espíritu.

Pero la dicotomía entre las ciencias y las humanidades terminó por surgir en un mundo que equivocadamente creyó entender que la colocación del hombre en el centro del Universo -y también del saber enciclopédico- comportaba la preterición del clasicismo. Ese cisma conceptual tiene su punto de partida en Kant y la Ilustración y posiblemente antes en el Discurso del Método de Descartes. En esos momentos se abrió una brecha entre ambos conocimientos, que tristemente quisieron separarse, reclamando las ciencias empíricas su independencia de la tutela celeste que atribuían a la cultura teocéntrica. Ignoraban los cismáticos, como enseñara Hegel, que incluso los que luchan están abrazados.

En esa querella entre el moderno y el antiguo saber salieron triunfantes las ciencias sobre las letras. María Moliner en su Diccionario enseña que las humanidades enriquecen el espíritu, pero carecen de aplicación inmediata. Tenía razón. Las ciencias empíricas son demostrables, exactas y de aplicación inmediata, pero las humanidades, sin frutos cortoplacistas, son las únicas capaces de dar respuesta a las preguntas últimas que superan la tangibilidad y la inmanencia.

En estas líneas de grueso trazado pretendo expresar que sigue existiendo un ámbito existencial y educativo que solo las humanidades saben cubrir cuando se trata de proyectar la mente y el espíritu. Las ciencias y las letras deberían, pues, complementarse. Como escribe Savater, las humanidades desarrollan la capacidad crítica, el sentido del razonamiento lógico, la búsqueda de la verdad más allá de los dogmas y la capacidad para asimilar las más altas realizaciones del ser humano.

Antígona, Tomás Moro y la condición humana

Recurriremos al ejemplo para explicar la importancia de los principios y valores clásicos y la necesidad de que las Humanidades recuperen su espacio en la academia y la educación. Ya en la antigüedad, el dramaturgo Sófocles, que conforma la triada capitolina de la tragedia griega con Eurípides y Esquilo, presentó el drama de Antígona, que contraviniendo el decreto del rey Creonte, tirano de Tebas, enterró a su hermano Polinices, invocando que sentía su conciencia como un mandato ético de jerarquía axiológica superior a la ley positiva. Ocurrió lo mismo con Tomás Moro quien, en su condición de primer ministro, se negó a rubricar el Acta de Supremacía de 1534 que declaraba al rey como jefe supremo de la Iglesia católica en Inglaterra. Tomás Moro, no obstante, se empeñó en resaltar que su negativa a dar el consentimiento a la preterición del Papado no afectaba a su lealtad institucional con la Corona que permanecía incólume. La coherencia de Moro le costó la vida e idéntica suerte corrió Antígona por haber enterrado a su hermano arrojando tierra sobre su cadáver. Esas actuaciones explican, entre otras cosas, el nacimiento de la objeción de conciencia, que responde al principio constitucional de que los derechos fundamentales de las minorías -como la libertad ideológica y la libertad religiosa- no pueden quedar siempre en manos de la opinión mayoritaria.

Según el principio democrático de Habermas, la democracia sería la afanosa búsqueda del justo equilibrio entre el respeto por los derechos de las minorías y la aceptación universal de la voluntad parlamentaria. Eso nos enseñarían Antígona o Tomás Moro: que, sin prescindirse en absoluto de la vigencia de las normas, que deben existir para afirmar el Derecho, es posible suscitar un conflicto de intereses en temas fundamentales que proteja la libertad de conciencia frente a la imperatividad de la ley. Ese derecho a la objeción de conciencia es hoy reconocido por el legislador, por ejemplo, en el artículo 30.2 CE como alternatividad al servicio militar obligatorio. En otro ámbito, también por el Código Deontológico Médico que en su artículo 32 proclama que el reconocimiento de la objeción de conciencia del médico constituye un presupuesto imprescindible para garantizar la libertad e independencia de su ejercicio profesional, derecho que se ha ejercitado para no realizar actuaciones sanitarias o prácticas médicas contrarias al juramento hipocrático en supuestos de aborto y eutanasia. Antígona y Moro elevan la condición humana proyectándola al infinito de la transcendencia.

Del posthumanismo al wokismo

Urge aquella recuperación de las letras, más si cabe, porque frente a la vuelta a la vida del humanismo, florecen, en sentido opuesto, como espigas del progreso, la manipulación genética, la inteligencia artificial y las corrientes filosóficas del transhumanismo y posthumanismo.

Esas posiciones científicas pueden ser contrarias a la ética. La formación de seres genéticamente enriquecidos por la selección de embriones rompe con los principios de libertad, igualdad y dignidad del ser humano. Por otro lado, se piensa en la creación de criaturas humanas conectadas con máquinas y que serían auténticos avatares que habrían de trascender al hombre. Así, una de las ideas del proyecto CYBORG -Kevin Warwick- es trasladar la mente, la personalidad y la memoria de un ser humano a un robot, androide u ordenador. Se trataría así de crear modelos informáticos de la conciencia humana que permitiesen transferir la inteligencia del ser humano a un soporte informático, con cuyo artificial potenciamiento el hombre se convertiría en inmortal. Utópicamente se enseña que así desaparecerían el dolor, la enfermedad y la muerte. El hombre recuperaría, rebelándose contra el Génesis, los dones preternaturales que Dios le retirara por el mal uso de su libertad. En verdad, esas corrientes, parecen decir que “queremos ya en la tierra alcanzar el cielo, porque el Otro se lo dejamos a los ángeles” -Heinrich Heine-.

En el fondo es el hombre que juega a ser Dios -Habermas-, lo que nos permite asistir a una verdadera rebelión de aquel contra su propia existencia -Arendt-, en la que quiere llegarse a un auténtico concepto de deconstrucción de la ontología del ser como denunciara Heidegger en su Carta sobre el humanismo para crear un ser soberano “sin Dios ni amo”.

El wokismo camina en la misma dirección de rechazo liberal de la metafísica clásica, de manera que solo el grupo identitario pueda definir lo que es bueno y en el que el sentimiento prevalezca no solo sobre la ciencia, sino también sobre los valores que conforman las humanidades. Estos peligrosos brotes creativos tan reales como ignorados reclaman la recuperación de las Humanidades que forman el espíritu, la cultura, el rigor, el análisis y la capacidad crítica frente al dogmatismo emocional.